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miércoles. 17.08.2022

Gallardón y la Navidad

Hoy, cuando escribo, es 21 de diciembre: comienza el invierno. El día es suave: no hace frío pero el sol, como avergonzado, luce una timidez de amigo lejano. Suena un CD de las “Letanías” de Mozart, que es una pieza injustamente olvidada, y más en estos tiempos en que proclamar la afición por la música clásica es pedantería, salvo que pagues una millonada por un asiento en un teatro y el director sea famoso.

Hoy, cuando escribo, es 21 de diciembre: comienza el invierno. El día es suave: no hace frío pero el sol, como avergonzado, luce una timidez de amigo lejano. Suena un CD de las “Letanías” de Mozart, que es una pieza injustamente olvidada, y más en estos tiempos en que proclamar la afición por la música clásica es pedantería, salvo que pagues una millonada por un asiento en un teatro y el director sea famoso. La languidez del espíritu encuentra abundantes tónicos, embaucadores ánimos para dejar desmayadas las palabras y que formen un tenue artículo sobre las verdades navideñas: las que están en las Escrituras y las que atesoró el pueblo, tan aficionado a completar los olvidos narrativos del poder. Porque también me he sentido feliz cuando mi hijo tarareaba esta mañana un villancico, cuando le veo deambular trasegando piezas del belén o cuando nos recuerda que hay que volver a llevarle a la feria. Y espero con genuina ilusión el discurso del Rey: este año los publicitarios se estarán ganando el aguinaldo, aunque los titulares ya están escritos: “El Rey llama a la unidad y al orgullo de ser españoles”. Bien está. Que el Gran Cazador debe saber de lo que habla cuando se está practicando con tanto ahínco la caza de clases.

Pero experimento vértigo cuando imagino la gente que, muy cerca, no debe estar para fiestas. Y pienso en los que maldita la gracia que les hará decorar una casa de la que pueden ser desahuciados pasado mañana. Y, lo que es peor, me hiere hasta lo más íntimo saber que los beneficiarios de la crisis –que los hay, ocultos y negros- montan sus saraos caritativos y enviarán felicitaciones en las que animan a que, “pese-a-todo”, se tenga fe, porque al fin y al cabo Dios también nació pobre. Se les olvida decir que, en todo caso, fuera o no fuera Dios, también murió crucificado, y que los caritativos de su época no movieron ni un dedo para evitarlo. Pero, ¿qué más da? No van a cambiar. No si no les obligamos nosotros: esos a los que nos consideran rencorosos, envidiosos, pecadores. Tienen a su favor a los ángeles, al peso de la historia, a los redactores de las revistas del corazón y al sentido común, tan fácil de transmitir a los imbéciles. Una alianza demasiado fuerte como para que los autosatisfechos no puedan seguir conspirando. Algunos, lo más listos, se temen que lo mismo se estén pasando. En fin: ojalá los grandes cazadores, los banqueros rescatados, los fabulosos caritativos y los periodistas de limosna y visón pasen miedo. Que no pasen hambre ni frío. Pero que pasen miedo. Ese es mi deseo navideño.

Y para los demás yo pediría que no nos conformáramos. No es mucho. No es gran cosa. Pero algo es algo. Porque la crisis secuestra las ilusiones de muchos niños, el trabajo de muchos padres, la seguridad de muchas familias, la esperanza de muchos enfermos o dependientes. Y lo hace como un hecho brutal, como una máquina que golpea sobre el empleo, los contratos, los ahorros o los sueños. Pero también es algo más sutil, más ideológico. Su clave, lo que la hace intrínsecamente perversa, es que se presenta como un hecho de la naturaleza, como un avatar de fuerzas indomables y desatadas: inevitables y, por lo tanto, justificadora de políticas inevitables, o sea: toda política que el poder político-económico considere positiva para reproducir el modelo de neocapitalismo. Por eso, a diferencia de otras crisis, la derecha no dice nunca –ni la socialdemocracia sabe cómo decir- que las medidas más duras son provisionales, que terminarán cuando pase el maremoto, cuando se calme el volcán. No: algunos bendicen en sus altares de campaña a la crisis, que les permite realizar sus proyectos y dejar, para siempre, un mundo atravesado por la aguja del mercado, y al Estado del bienestar como un insecto de museo, clavado, expuesto: un vestigio del pasado.

Por eso a veces se les escapan las ideas. El gozo es tal que no pueden reprimirlo. Nada me parece más brutal que esa frase de Gallardón en la que ha defendido que gobernar consiste a veces en repartir el “dolor”. Nada menos que dolor, que es algo que podemos asociar con tantas cosas que causa estupor que esa sinceridad pueda difundirse sin mayores quebrantos. ¿Dolor hasta dónde?, ¿dolor escrito por qué torturador de lo colectivo?, ¿dolor vigilado?, ¿dolor privatizado?, ¿dolor moral, dolor físico? Me atrevo a pensar que de todo un poco: el dolor purifica, limpia, enseña. Eso está inscrito en el alma de la derecha española, tan adicta al castigo, y en cuanto se descuidan, se les ve. Eso y la mentira, porque no hay tal reparto. Lo que hay es ensañamiento: el dolor se ceba en los que ya son más débiles, en los más castigados, en los que han de huir al Egipto cotidiano. No hay equidad procuradora de la igualdad –como quiere la Constitución– en esa fantasía sádica. Hay ideología del dolor como una maldad autónoma, para cebarse con los que no se merecen otro bien: dolor para los frágiles, para los excluidos, para los que no pueden recurrir un proceso del que esperar justicia, para los que se los lleva el cáncer mientras cuentan si tienen monedas para pagar el taxi, para los hijos que ven a sus padres sin cuidados y humillados. Y gloria in excelsis para los culpables, para los fuertes, para los caritativos.

Iba a decir que después de 35 años leyendo textos de teoría e historia política no he encontrado ningún antecedente que ubique en la difusión del dolor la justificación del poder. Pero, qué caray, es Navidad: no nos olvidemos de Herodes. Seguro que Herodes también pensó que “lo suyo” era inevitable y que los inocentes eran unos radicales. Conclusión: mientras haya inocentes, habrá Herodes y Gallardones. Feliz Navidad. Y cuidado con las bromas.

Gallardón y la Navidad