sábado 29/1/22

Fukushima: Dolor de pasado, drama de futuro

A lo largo de este año transcurrido desde el catastrófico tsunami que asoló la costa de Japón, y que nos dejó a todos grabado en la memoria el nombre de Fukushima, los japoneses han intentado superar el dolor por la ausencia de miles de conciudadanos que perdieron sus vidas arrastrados por aquella ola de destrucción que aterrorizó al mundo desde las pantallas de televisión.

A lo largo de este año transcurrido desde el catastrófico tsunami que asoló la costa de Japón, y que nos dejó a todos grabado en la memoria el nombre de Fukushima, los japoneses han intentado superar el dolor por la ausencia de miles de conciudadanos que perdieron sus vidas arrastrados por aquella ola de destrucción que aterrorizó al mundo desde las pantallas de televisión. En este país, periódicamente golpeado por las fuerzas de la naturaleza, la sociedad ha llegado a forjar una suerte de solidaridad colectiva que asombra por la imagen de fortaleza que transmite ante las mayores adversidades.

Pero al tiempo que van intentando restañar las heridas que van quedando atrás, los ciudadanos de aquella región se esfuerzan en inventar una nueva forma de vida totalmente distinta de la que llevaban hasta el 11 de marzo de 2011. Y es que mientras que el terremoto ya es doloroso pasado, hoy son conscientes de que el accidente nuclear que se produjo en paralelo se ha convertido en un terrible compañero de vida, una tremenda carga que no saben cuánto tiempo les va a condicionar sus días, ni siquiera en que forma lo irá haciendo.

Saben los japoneses que el accidente nuclear les ha privado de un suelo antes fértil en un perímetro de 20 kilómetros en el entorno de la central nuclear (una central para la que se anuncian 40 años de desactivación controlada). Saben los pescadores que habrá de pasar mucho tiempo antes de que su actividad vuelva a ser viable en aquellas aguas. Saben las familias que abandonaron tierras y haciendas, que ya nunca podrán volver a recuperar sus raíces. Saben los niños de Fukushima que son muchos los días en los que no pueden salir a jugar al parque como hacían antes, aunque no entienden muy bien la razón. Saben las autoridades sanitarias que habrán de controlar especialmente la evolución de la salud de esos niños por el resto de su vida, mientras los mayores esperan a que se inicien los protocolos de control de la radiación que hubiese podido afectarles a ellos. Saben los técnicos que tendrán que procesar millones de metros cúbicos de tierra y de materiales contaminados, que habrán de ser confinados en algún lugar por determinar. Sabe el Gobierno del país que tendrá que hacerse cargo de la inmensa factura que dejará detrás la insolvencia de una actividad empresarial que no alcanza a responder por sus daños.

Es mucho lo que ya saben, por desgracia. Pero es mucho peor lo que no saben, lo que sospechan, lo que temen. No saben si el enemigo invisible de la radiación está a su lado en este momento, si lo estuvo antes, o si lo estará a continuación. No saben si sería mejor irse para siempre; o mejor dicho, lo saben, pero no saben con qué medios podrían rehacer sus vidas. No saben ni siquiera si yéndose podrán evitar las consecuencias futuras en su organismo. No saben en cuánto se valorará lo que han perdido, ni cuándo podrán ser indemnizados por ello. No saben si les dicen la verdad o se la ocultan.

¿Por qué añadir al dolor que genera en ocasiones una naturaleza que nunca alcanzaremos a controlar, el dolor de algunos despropósitos humanos que podríamos evitar? Deberíamos haber aprendido la lección. Es razonable decirles a los ciudadanos que acometeremos la tarea de abandonar la energía nuclear en nuestro país, sin necesidad de esperar a que otra catástrofe nos interpele por no haber tomado la decisión de hacerlo.

Fukushima: Dolor de pasado, drama de futuro
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