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viernes. 01.07.2022

Free, free Nelson Mandela

Los años de Nelson Mandela como pde Sudáfrica fueron un auténtico éxito porque supo combinar la firmeza en los principios con el pragmatismo en las decisiones.

Es tan incontestable que el fin de la Guerra Fría se produjo por la desaparición de la Unión Soviética y de las dictaduras que giraban en torno a ella en la Europa del Este como que el símbolo de ese cambio histórico fue la caída del Muro de Berlín.

Pero conviene no olvidar que también hubo otros hechos políticos relacionados con el citado que marcaron el cambio de ciclo incluso con mayor fuerza para los cientos de millones de habitantes del Planeta que veían la dinámica de bloques como un problema esencialmente intra-occidental aunque, en realidad, conllevara graves y negativas consecuencias para ellos.  

Entre esos hechos hay dos particularmente representativos: la firma de los Acuerdos de Oslo entre Israel y la OLP y el fin del apartheid, con Arafat entronizado en la Casa Blanca y Nelson Mandela abandonando la prisión en la que había pasado varias décadas.

Ni el conflicto del Próximo Oriente ni el apartheid fueron el resultado de la Guerra Fría, aunque la persistencia de la misma contribuyó poderosamente a su estancamiento o permanencia.

En el caso de Sudáfrica, el Gobierno racista había sabido convertirse en un fiel e indispensable aliado de las democracias occidentales, empezando por los Estados Unidos, frente al avance de la liberación colonial en el sur de África y la llegada al poder en Luanda, Maputo y Windhoek de partidos próximos ideológicamente a Moscú, que les apoyó vía Cuba frente al intento de las fuerzas reaccionarias de derribarles a través de sangrientas guerras civiles.

En esas condiciones, Washington no tuvo empacho en apoyar a los “rebeldes” con el inestimable y brutal apoyo de Pretoria, especialmente en el caso de Angola.

Caído Moscú (o variada 180 grados su política exterior con Gorbachov aún al frente), el régimen del apartheid vio evaporarse su utilidad geoestratégica y entendió que tratar de hacer frente a la oposición de la mayoría negra del país, organizada en torno al Congreso Nacional Africano (ANC), era inviable. Se inició así una transición pacífica hacia la democracia cuya puerta se abrió al mismo tiempo que la de la celda de Mandela.

A veces, el cine refleja la realidad histórica de forma inmejorable. En el caso de la película “Invencible” es así: la descripción de un Madiba empeñado en moderar la política del ANC (que había combatido con las manifestaciones y con las armas al apartheid y era de facto una gran coalición de fuerzas de todo tipo, empezando por un poderoso Partido Comunista firmemente enraizado en los suburbios de color de todo el país) y liderar una transición que pusiera por encima del ajuste de cuentas la reconciliación (gracias a instrumentos tan impresionantes como la “Comisión de la Verdad”), para lo que contó con el apoyo de personajes tan imprescindibles como Desmond Tutu, es absolutamente correcta. 

Mandela se puso a la cabeza de la nación para que lo fuera por primera vez, para que Sudáfrica dejara de ser de unos (los blancos) para serlo de todos (negros –y, dentro de ellos, los zulúes, con cuyos líderes le tocó lidiar con paciencia y habilidad-, blancos, mestizos, indios), explotando a fondo sus capacidades económicas –incluyendo sus impresionantes recursos naturales-, geoestratégicas y políticas para elevar el nivel de vida, promover la igualdad y jugar su papel en África y el Mundo.

Los años de Nelson Mandela como Presidente fueron un auténtico éxito porque supo combinar la firmeza en los principios con el pragmatismo en las decisiones.

Lamentablemente, sus herederos en el poder no estuvieron tan acertados y, a pesar de que el ANC sigue ostentando y previsiblemente lo seguirá haciendo una amplia mayoría, es evidente que en su seno y con otras de las fuerzas políticas representativas de la mayoría del país se han agudizado sensiblemente las contradicciones.

Los sangrientos acontecimientos de los últimos tiempos reflejan tanto las tendencias autoritarias del poder como la exigencia de la mayoría negra de que se aceleren los cambios a favor de una sustancial redistribución de la riqueza, excesivamente lenta después de veinte años de la llegada al Gobierno del ANC. Ahí están, a la vez, el problema y la solución de la Sudáfrica de hoy en día.

Tarde o temprano, Mandela dejará de estar entre nosotros. De momento, celebramos su 95 aniversario y repasamos su ejemplo personal y político. Para los que durante años nos manifestamos por su libertad y la de su patria (cantando aquello de “Free, free Nelson Mandela”), para los que luego tuvimos la ocasión de conocerle libre en su tierra y escucharle, seguirán resonando los versos del poeta victoriano W. E . Henley puestos en su boca en la gran pantalla y que parecen describir la decisión de la Sudáfrica arco iris:

“En medio de la noche oscura,
Negra como un pozo insondable,
Doy gracias al Dios que fuere
Por mi alma inconquistable…
Soy el dueño de mi destino,
Soy el capitán de mi alma”.

Blog Alternativas en El País

Free, free Nelson Mandela