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lunes. 27.06.2022

¿Estamos sin ideas y ...sin ética?

¿Por qué la izquierda, especialmente el PSOE, no emerge como alternativa ante el PP a pesar de sus políticas antisociales, gobernando sólo...

En estos aciagos y desconcertantes días de inicio de 2014, en los que se nos anuncia la recuperación de la economía (la Bolsa ha ganado en 2013 un 21%, los mejores resultados, después de la de Frankfurt, con una previsión de  todavía mejores resultados para 2014), al tiempo que el empleo precario, la pobreza y la desigualdad seguirán instalados en nuestra sociedad durante una o dos décadas, según diferentes Informes (OCDE, Banco Mundial, EUROSTAT). Incluso, que en España sea donde la desigualdad más ha crecido  y seguirá creciendo de toda la Unión Europea (UE), según EL PAIS de 6 Enero 2014. Además, se presenta la ley del aborto más represiva en democracia; se anuncia una versión renovada de “Ley de Orden Público”… En resumen, el balance de la situación económica, social  y democrática de estos últimos cinco largos de crisis nos llevan a una crítica radical de las políticas conservadoras y neoliberales que nos vienen de la UE  y, sobre todo, del Gobierno del Partido Popular (PP).

La pregunta obligada y recurrente en diferentes círculos progresistas, de una u otra forma, es la siguiente: “¿Por qué la izquierda, especialmente el PSOE, no emerge como alternativa ante el PP a pesar de sus políticas antisociales, gobernando sólo para una minoría privilegiada y de ultra conservadora, cercana al Tea Party norteamericano?”

Es cierto que los votantes de derecha no son tan exigentes (manteniendo un voto más fiel) con sus representantes como lo son los votantes de  izquierda. En este sentido, merece la pena pararnos y repensar algunas “claves diferenciadoras” que siempre han caracterizado a la izquierda. 

Recuperando el pensamiento de Luis Gómez Llorente en la “Ética socialista del pablismo” y en “Educación Pública y Socialismo” (Los Libros de la Catarata, 2013), en homenaje del primer aniversario de su fallecimiento, se destaca la “ética del pablismo” como:  austeridad en las costumbres; el amor y rigor por las ideas, plasmado en el inefable afán de difundirlas: el cuidadoso respeto a las normas de la democracia interna de las organizaciones; la radicalidad de su ambición revolucionaria, atemperada por la prudencia de una estrategia gradualista; así como la entrega tenaz y total en la  lucha por la emancipación de la clase obrera, demostrando hasta qué punto puede vertebrarse una ética rigurosa de la solidaridad basada en un ideario estrictamente laico, plenamente válida para dar sentido de la vida a los militantes, así como para difundir sentimientos de dignificad y de razonable esperanza de mejora para todos los trabajadores y trabajadoras.

Al concepto de competitividad entre individuos, países…, propio de la concepción liberal se oponía  el concepto de opresores y oprimidos,  explotadores y explotados… que con otras y diversas manifestaciones (desigualdades, exclusión, pobreza…) son consecuencia del viejo/”nuevo modelo” neoliberal. Para la izquierda, no se podrá establecer un verdadero “interés común” de toda la sociedad en tanto no desaparezca esa causa de escisión radical de la convivencia que consiste en la compra de trabajo ajeno y la consecuente apropiación unilateral del beneficio, sin ninguna intervención “reguladora” de los poderes públicos. ”La republica social ya no es simplemente aquellas libertades (individuales), sino que la república social indica alguna forma en la que los intereses sociales se anteponen a los interese individuales”.

De ahí surge la idea de Igualdad (hoy diríamos preferentemente Igualdad/libertad). La Igualdad quizás sea la principal línea divisoria que separa el liberalismo del socialismo: La desigualdad de riqueza y de poder ha engendrado la subordinación de unos seres humanos a otros, su infelicidad, sufrimiento… y muy frecuentemente la anulación de su libertad. La Igualdad es, por tanto, una condición posibilitante de la Libertad individual que sería el bien a proteger mediante la Igualdad: “igual libertad”. La izquierda siempre tuvo muy claro que  en tanto no existiera una igual condición económica, no podía existir una igual libertad, un igual acceso al ejercicio de las libertades o libertad real.

Pero, “la aspiración de igualdad” debe concretarse día a día  en la  acción tendente a la reducción de las desigualdades. Mediante la implantación de servicios universales y gratuitos que garanticen a todos por igual el acceso a algunos bienes básicos como la educación, la salud y la vivienda (estado de Bienestar/fiscalidad). La obsesión por la escuela universal, única y gratuita tuvo mucho que ver con el afán de combatir lo que hoy llamamos desigualdad de origen.

De ahí, la importancia o el “culto a las ideas” como valor ético  de practicar y difundir entre los ciudadanos y ciudadanas el aprecio por las ideas, el gusto por aprender, el afán de difundir la cultura, el respeto hacia los maestros y la justa estimación de la ciencia, de la literatura y del arte. Todo lo cual se plasmó con sumo entusiasmo y como acción prioritaria del Gobierno durante el primer bienio del II República. El analfabetismo en el que estaba sumida durante el primer tercio del siglo XX la mayor parte de la población rural, barriadas humildes (especialmente entre las mujeres)… constituía un freno al progreso de los ideales democráticos y un serio obstáculo al funcionamiento de las  instituciones representativas. Amén de ser el analfabetismo caldo de cultivo para el oscurantismo y la superstición.

Igualmente el trabajo, en la concepción marxista, ni es un castigo bíblico, ni un mandato divino, ni es una mercancía. Sino la capacidad que los seres humanos tienen para transformar el mundo para recrearlo conforme a sus necesidades: “humanización“del mundo y creación de una “cultura” con la que, simultáneamente, se remodela a sí mismo. El ser humano se realiza en el trabajo. Trabajando exterioriza sus capacidades más específicas y materializa de algún modo  (“valor del trabajo”), el fruto del trabajo que lleva en  él (“autoestima”)… Sustraídos por el pensamiento neoliberal y por el trato habitual de menosprecio recibido en el “mercado de trabajo”.

 Por ello, para la izquierda, las ideas transformadoras siempre han ido acompañadas de la tenacidad: “Nuestros adversarios habrán de convencerse de que nuestra firmeza espiritual y moral es invencible… Aspiramos en nuestro siglo a liberar a la Humanidad sometida a la esclavitud económica para que las fuerzas del espíritu, hoy cohibidas, se expansionen y produzcan las grandes obras de la creación humana en una civilización fraternal, grande y fuerte”. (Julián Besteiro en el Cine Pardiñas de Madrid, el 5 noviembre de 1933).

Luis Gomez Llorente destaca en el “pablismo” la racionalización de la rebeldía: Racionalización del malestar mediante la reflexión y la acción política que evite mucha violencia innecesaria, mucho sacrificio estéril… encauzándolo hacia la lucha mediante una acción concertada. Esto supone una pedagogía intelectual y moral a través de la Organización. El valor de la Organización se ha considerado desde la I Internacional como el respeto a la democracia interna (debate plural, derecho a las minorías…), al cumplimiento de los acuerdos, dando especial importancia al funcionamiento interno (Estatutos, reglamentos…) y a la “ Organización metódica” (Actas de las reuniones, Estados de cuentas… ) considerando a las Organizaciones, con su práctica, verdaderas escuelas de educación ético-cívica,  a través de la “ayuda mutua” entre compañeros y compañeras, más allá de la competitividad interna y la lucha por los cargos.

En resumen, se trata de recuperar ideas y valores; aquellos ideales clásicos de la emancipación humana a través de una profundización en la democracia, la redistribución de la riqueza (el “salario social”), la justicia social, el trabajo decente… que las organizaciones de izquierda deberíamos ser portadores. Para los socialistas de la época, que estaban totalmente ciertos y seguros de que llegaría el momento en que la clase obrera habría de hacerse cargo de dirigir la sociedad, era vital la “educación ética”. Intencionalmente se quiso hacer de las organizaciones un “microcosmos” del tipo de sociedad al que se aspiraba. Si se quería una organización igualitaria y democrática, las organizaciones obreras tenían que serlo desde ya.

Entre ello, un escrupuloso rigor en la administración de los recursos públicos. Citando a Luis: “Ni en el momento más terrible de la posguerra civil, se pudo acusar a ningún dirigente de izquierdas de ningún delito económico…  A pesar de haber estado en importantes responsabilidades en la Administración de la II República”.

¿Estamos sin ideas y ...sin ética?