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domingo 29/5/22

Esta sorprendente Unión Europea

No sé si es su peor defecto o, por el contrario, su gran virtud, pero el caso es que la Unión Europea no deja de ser sorprendente como construcción política. El Pleno del Parlamento Europeo ha sido esta semana un buen ejemplo de ello. Veamos.


No sé si es su peor defecto o, por el contrario, su gran virtud, pero el caso es que la Unión Europea no deja de ser sorprendente como construcción política. El Pleno del Parlamento Europeo ha sido esta semana un buen ejemplo de ello. Veamos. Hemos conmemorado el X aniversario de la entrada en vigor del euro (que no de su puesta en circulación, más cercana en el tiempo) en un hemiciclo compuesto por representantes de 27 países, de los que únicamente 16 lo utilizan como moneda única. Durante la celebración ha tomado la palabra uno de los artífices de aquella decisión, Giscard D"Estaing, Presidente de la Convención que elaboró la primera Constitución Europea, nunca ratificada por el No francés y transmutada en un Tratado de Lisboa pendiente de un segundo voto en Irlanda en otoño (el último sondeo, publicado hace unos días, señala que la ventaja en favor del sí se agranda cada día que pasa: 55 % frente a un 37). Inmediatamente después, hemos escuchado en sesión solemne la alocución profundamente europeísta del Presidente de Letonia, precedida por primera vez en la Cámara de la interpretación del Himno a la Alegría: una melodía que todos consideramos representativa de Europa (el Parlamento Europeo lo hace oficialmente ahora en su Reglamento, tras la aprobación hace unos meses de mi propuesta de modificación para entronizar el uso de los símbolos de la UE), pero que los Gobiernos no incluyeron en el Tratado de Lisboa, aunque figuraba en la Constitución. Y todo ello en medio de una Presidencia semestral del Consejo ejercida por la República Checa que ha eliminado de toda su iconografía cualquier referencia a la bandera azul con doce estrellas doradas. ¿Hay quien dé más?

Sin embargo, esto se mueve. No estamos ya -y eso se nota- en la hiperactiva Presidencia francesa de la UE, ostentada con ganas y con notables resultados por el Sr. Sarkozy, aliado con Zapatero y Brown. Pero quizás se haga buena -al menos en parte- la frase de que la función hace al hombre, que en este caso podría traducirse por otra: la presidencia de la UE hace a quien la ostenta. Puede ser el caso de la República Checa, más por necesidad que por virtud, seguramente. Contamos con dos cuestiones que en estos comienzos de año lo han puesto de manifiesto. Una, la guerra en Gaza: tras un primer comunicado considerando "defensiva" la intervención militar israelí, Praga tuvo que aceptar amoldar su posición a la del conjunto de la Unión -demandando, en línea con la ONU, un alto el fuego inmediato y el envío urgente de ayuda humanitaria- y tomar parte en una misión comunitaria de buenos oficios en la zona -misión superpoblada y con pocos resultados, pero misión al fin y al cabo, ante la clamorosa ausencia de unos Estados Unidos en la tierra de nadie de la transición entre Bush y Obama-. Otra, la crisis del gas entre Rusia y Ucrania, con Europa como rehén: si los gobernantes de algunos países orientales de la UE mantenían todavía recelos euroescépticos, empezando por los checos, la gélida situación les habrá devuelto a la realidad de que la única manera que tienen de influir en los acontecimientos es hacerlo en el marco de la Unión.

Estaremos atentos a los acontecimientos, que incluyen el inicio mediático del lanzamiento de la candidatura de Tony Blair para presidir de forma estable el Consejo Europeo, una vez en vigor el Tratado de Lisboa. Y sobre todo estaremos al quite de que la Presidencia checa no cumpla con sus obligaciones, porque eso lo pagaríamos todos y no están los tiempos como para ir malgastando el dinero o el tiempo.

Carlos Carnero
Vicepresidente del Partido Socialista Europeo

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