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sábado. 26.11.2022

España: ¿En estado de shock?

La genial periodista e investigadora de gran influencia en el movimiento antiglobalización, Naomi Klein, en su libro “La doctrina del shock” borda un retrato del llamado "capitalismo del desastre", título que otorga a aquel sistema político según el cual los gobiernos aprovechan periodos de crisis económica, guerras, desastres naturales, ataques terroristas o epidemias, para saquear los intereses públicos y llevar a cabo todo tipo de

La genial periodista e investigadora de gran influencia en el movimiento antiglobalización, Naomi Klein, en su libro “La doctrina del shock” borda un retrato del llamado "capitalismo del desastre", título que otorga a aquel sistema político según el cual los gobiernos aprovechan periodos de crisis económica, guerras, desastres naturales, ataques terroristas o epidemias, para saquear los intereses públicos y llevar a cabo todo tipo de reformas a favor del libre mercado. Medidas tan despiadadas que sólo pueden imponerse mediante el miedo, la fuerza y la represión. Medidas que, dicho sea de paso, sólo pueden combatirse desde posicionamientos aguerridos y combativos.

Irlanda, país que tiene el dudoso honor de haber sido rescatado por el BCE, aparece estos días en los medios seguido de la palabra “miedo”. Todas las noticias se hacen eco del ya famoso “voto del miedo” irlandés, el cual asegura la victoria en el referéndum del Tratado de Estabilidad Financiera o Tratado de Austeridad. Los sondeos apuntan a que los irlandeses darán a su Gobierno un mandato de ratificación con cerca del 60% de votos a favor del citado tratado.

Pero si Irlanda ya ha sido rescatada ¿miedo a qué? o mejor, ¿por qué sólo bajo el acoso del miedo los ciudadanos han de dar su consentimiento al citado tratado de estabilidad financiera?; Esa es la verdadera cuestión, en realidad se trata de conseguir un objetivo por medios ilícitos: sólo sembrando el pánico entre la población se consigue que el nefasto tratado de austeridad se convierta para la ciudadanía en el único clavo ardiendo al que agarrarse, en un momento en que las duras e injustas medidas impuestas por el BCE tras el rescate a la población irlandesa han demostrado lo que ya venimos avisando desde hace tiempo: que no sirven para nada y que sólo crean más miseria donde ya hay mucha. Y este, desde luego, es el camino que parecen seguir los ajustes llevados a cabo entre los países intervenidos (Portugal, Irlanda, Italia y Grecia).

Deberíamos aprovechar en España la oportunidad que estos días nos brindan los camaradas irlandeses para, como bien dice el refrán, tratar de ver al menos la paja en el ojo ajeno, ya que nos empeñamos en no ver la propia e inmensa viga que está no sólo tapando nuestros ojos, sino dejándonos en la ceguera más irredimible.

La ciudadanía española, al contrario que la irlandesa -inmersa en consultas en las que nunca piensan nuestros políticos patrios para nosotros-, ha podido observar el extraño fenómeno de cómo los agujeros bancarios crecen y crecen según pasan los días. Y crecen aun más si además estos agujeros viajan en balances contables rumbo a Bruselas, aunque crecen sólo en el viaje de vuelta, no en el de ida. Hace ahora tres semanas los españoles tuvimos que ver cómo el Gobierno del Partido Popular nos imponía un nuevo recorte de 10.000 millones de euros en educación y sanidad que excedía, curiosamente, de los cuantiosos recortes previstos en los PGE y además sin que el Gobierno justificara el porqué de este nuevo recorte. El Partido Popular está íntimamente emparentado con los dirigentes de Bankia, lo que explica inequivocamente por qué el asunto Bankia ha estallado ahora: han esperado a un gobierno popular, ya que nadie mejor que sus propios padres políticos para dar todo a la hora de salvar la entidad y conseguir que los chanchullos políticos y económicos salgan de rositas, sin investigación ni responsabilidades. A los pocos días del recorte, la forzada dimisión del popular Rato -al mando de Bankia hasta entonces- hizo saltar la noticia: Bankia tiene un agujero de, curiosamente, 10.000 millones de euros. La coincidencia definía la amoralidad del Gobierno: recortar 10.000M€ para eliminar la sanidad a los inmigrantes o a los enfermos terminales y la educación en igualdad de condiciones de nuestros hijos, para pagar chanchullos financieros.

Confieso que cuando oí la noticia pensé que ésta sería un detonante para que todo indignado español, y creo que ya somos muchos, pasara a la acción, espontánea y cívica, a ese “BASTA YA” colectivo y global que la ciudadanía de este país comienza a deberle a este gobierno del PP. Pero no, parece que el fantasma del miedo a la intervención en España es muy poderoso. Cuál ha sido mi sorpresa cuando, por el contrario, el Gobierno ha llegado a dar tres cifras distintas antes de que el sucesor de Rodrigo Rato elevase las necesidades de financiación hasta 24.000 millones de euros para la recapitalización de Bankia. Baile de cifras que hasta al propio presidente del BCE ha sacado los colores imposibilitando, en su afán de salvaguardar al aventajado Rajoy, el no definir la actuación del Gobierno de España como mala y poco transparente. Transparencia, algo que para quienes practican la doctrina del amedrentamiento y el poder absoluto no existe, como no existen las comisiones de investigación ni las responsabilidades sobre Bankia.

Que tras todo esto los ciudadanos no nos motivemos en una acción coordinada y contundente contra esta incalificable política que nos amenaza con desposeernos de todo, hasta de la dignidad como ciudadanos, pues a estas alturas muchos han de ser ya conscientes de lo que asumen, tragan y soportan para intentar continuar sobreviviendo (imaginen los recortes que vendrán para financiar los 24.000 millones), sólo tiene una explicación, y es de manual, como diría la genial Naomi: España está en estado de shock. Sólo reaccionando se sale de ese estado. Actuemos.

España: ¿En estado de shock?
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