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viernes. 12.08.2022

En defensa de la política

Recientemente se ha publicado un artículo en el Diario Digital Nueva Tribuna escrito por la Diputada en la Asamblea de Madrid Tania Sánchez Melero, en donde participa de un debate que parece haber entrado con fuerza en determinados sectores de la izquierda española en los últimos meses y que se ha intensificado a raíz de las “expropiaciones forzosas” de alimentos realizadas en diferentes municipios de Andalucía.

Recientemente se ha publicado un artículo en el Diario Digital Nueva Tribuna escrito por la Diputada en la Asamblea de Madrid Tania Sánchez Melero, en donde participa de un debate que parece haber entrado con fuerza en determinados sectores de la izquierda española en los últimos meses y que se ha intensificado a raíz de las “expropiaciones forzosas” de alimentos realizadas en diferentes municipios de Andalucía. En este artículo se realiza un paseo por nuestra historia reciente e introduce algunos elementos de importancia en el debate planteado, para concluir a modo de corolario en que «debemos estar del lado de la gente cuando pide que se le reconozca el derecho a aspirar a un orden social justo», un recurso retórico cargado de peligro si no se sustenta en una naturaleza ideológica.

No pretendemos en estas pocas líneas hacer un repaso teórico a los conceptos de democracia y pueblo, que tanta tinta consumieron en los textos de numerosos filósofos, políticos y revolucionarios, pero sí querríamos apuntar que entre las victorias del capitalismo hegemónico nos encontramos con una usurpación de conceptos que hacen necesario que aclaremos lo que queremos decir, antes de utilizar manidos términos como democracia o pueblo.

Así que, siendo apasionante este análisis teórico, el objetivo es aclarar, y si es posible desmontar, algunas construcciones que se pueden entrever en el artículo y el debate en el que nos encontramos, al parecer, en la izquierda española. Ante algunas de las cuestiones que se deslizan por el artículo al que nos referimos, es preciso no eludir el debate, sino abrirlo nítida e intensamente. La izquierda española para ser creíble, debe aclararse sobre quién considera que es el sujeto político capaz de transformar la realidad capitalista, sobre cuál es el valor de la representatividad y el poder simbólico que sus instituciones tienen, así como decidirse por el movimiento como fin o por la movilización como instrumento de lucha contra el poder.

En este sentido, lo primero que observamos es que no sólo se ha (re)abierto el debate sobre la legitimación de la política como instrumento de intervención social, sino que por la puerta de atrás se ha colado la conceptualización de que el sujeto político capaz de transformar la sociedad y el capitalismo es aquel que se configura en el desclasamiento y la individualización. Lamentablemente, la izquierda española parece perdida en este caminar teórico y no es capaz, ni siquiera, de enlazarlo con la intensa producción que a finales de los años 1960 elaboró la izquierda europea sobre ambas cuestiones, como podemos comprobar en las interesantes polémicas existentes entre diferentes teóricos en el seno del Partido Comunista de Francia.

Por otro lado, es notorio que el capitalismo a lo largo de su historia ha intentado controlar los procesos de cambio social mediante mecanismos de asimilación que han concluido en una interiorización en su seno de la protesta y la crítica, neutralizando eficazmente la posibilidad no ya de revoluciones, sino simplemente de reformas puntuales. Aquí sí es preciso remitirnos a la intensa producción teórica de Gramsci, precursor del concepto de hegemonía cultural, o del más reciente Michel Foucault, para quienes la hegemonía de una clase se realiza por asimilación de sus valores culturales por las clases dominadas, lo que hace que estas últimas adquieran un sentimiento de pertenencia a los valores hegemónicos, algo que se contrapone con su carácter de clase.

Este asunto tiene una gran relevancia en el momento actual, pues no de otra manera podemos entender la facilidad con la que el capitalismo ejerce el control social que le permite la reproducción de los modos de producción y la posesión de los medios de producción de ideas. Esto no es algo nuevo, y ya Marx lo había pormenorizado en la Ideología Alemana: “las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época”.

En esta línea de participación hegemónica y tomando como referencia algunos planteamientos del polémico Zizek, no debemos perder de vista que el capitalismo, a través de diferentes mecanismos es capaz de asimilar la protesta y hacerla servir a sus propios intereses. Hoy en día, muchos de los planteamientos de sectores populares, e incluso de la izquierda organizada, son utilizados por el capitalismo para mayor debilitamiento y desunión de la clase trabajadora, ya sea a través del descrédito de los sindicatos (creados para defender a los trabajadores frente a los empresarios), mediante la equiparación de todos los partidos políticos y fundamentalmente por la desaparición del concepto de clase y su sustitución ‑muchas veces indistintamente‑ por pueblo, gente o ciudadanía. Para poder debatir consecuentemente sobre este cambio de sujeto político, que deja de ser la clase y que desemboca necesariamente en el individuo, deberíamos saber qué está entendiendo parte de la izquierda de nuestro país por estos términos, algo que hasta el momento no nos queda claro a algunos de nosotros.

Se trata pues de una cuestión ideológica de primer orden, pues son pocos los que han sido capaces de desmentir a Marx en este punto, y ni siquiera los más arriesgados teóricos como Walter Benjamin o Toni Negri han podido desvincular el sujeto político de la clase, desnaturalizada en la multitud, pero clase al fin y al cabo. Sin embargo, posiciones sin ningún sustento teórico pueden hacer caer a la izquierda española en estas ambigüedades, basándose en el movimiento como fin en sí mismo y no como instrumento de lucha, lo que hace priorizar las acciones sobre las propuestas, ridiculizando y eludiendo la elaboración teórica para avanzar a base de consignas vacías de contenido teórico.

Un pequeño recurso a nuestra historia nos puede dar algunas pautas, pues a la recurrente polémica sobre la transición española se ha mitificado el sujeto social que fue traicionadoy éste no era más que un sujeto organizado. El individuo en sí poco pudo hacer para cambiar el triste e insuficiente modelo de ruptura con el franquismo. La resistencia anti-franquista se basó en el poder de lo común, en la organización, cosa curiosa es que ahora muchos se empeñen en individualizar esta resistencia y aprovechen el movimiento de la memoria histórica para dotar al sujeto de una bondad que le llevó a ser perseguido, calificándolo como “hecho social". Nada mas falso, los perseguidos fueron culpables de tener ideología y creer en el colectivo.

La situación podría empeorar si la izquierda cae en la trampa que muy bien nos ha tejido el capitalismo, una trampa que se fundamenta en el fin de la Historia, en definitiva, en el alumbramiento de una sociedad de individuos en donde se ocultan las relaciones de clase derivadas del trabajo. El movimiento permanente y la acción como fin contribuyen a ocultar las relaciones de clase derivadas de la división social del trabajo, es decir, lo que venimos llamando la contradicción capital-trabajo. Así, un movimiento irreflexivo, sin apoyo teórico o que pretenda la superación de la Historia y la ideología, sólo puede desembocar en un renovado fascismo que guíe, en nombre de la democracia, a un pueblo despojado de su carácter de clase.

En definitiva urge este debate, porque de lo contrario, nos dejaremos arrastrar por hermosos discursos que yerran en sus enfoques y análisis hechos a partir de generalizaciones apresuradas y, acaban por ser instrumentos de reproducción del capitalismo —léase de dominación, si se prefiere— o acaban en fascismo. Marx no lo quiera.

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