jueves 21/10/21

Elogio de los sindicatos

NUEVATRIBUNA.ES - 18.6.2010...Cierto es que las centrales sindicales mayoritarias en nuestro país, UGT y CCOO, han tardado en reaccionar frente a la que se nos viene encima, pero ni más ni menos que el Gobierno y sus oposiciones, ni menos ni más que una patronal a la que cada día cuesta más llamarle empresariado, o una sociedad española que cada vez recuerda más a don Tancredo, un monigote rico en perplejidad y falto de reflejos, de coraje y
NUEVATRIBUNA.ES - 18.6.2010

...Cierto es que las centrales sindicales mayoritarias en nuestro país, UGT y CCOO, han tardado en reaccionar frente a la que se nos viene encima, pero ni más ni menos que el Gobierno y sus oposiciones, ni menos ni más que una patronal a la que cada día cuesta más llamarle empresariado, o una sociedad española que cada vez recuerda más a don Tancredo, un monigote rico en perplejidad y falto de reflejos, de coraje y de ideas.

Los sindicatos, no nos engañemos, somos todos porque los sindicatos no son nadie: su tasa de afiliación es ridícula porque los españoles, hastiados quizá por la obligatoriedad de pertenecer al sindicato vertical durante la dictadura franquista, sólo recurren a dichas centrales en peligro de muerte o si se ha de comulgar, como quien peregrina al santuario de Lourdes esperando un milagro o musitando “Virgencita mía, que me quede como estoy”, cada vez que asoma sus orejas el lobo de los despidos.

Cierto es que entre los sindicalistas hay burócratas, gente amaestrada que ha perdido el fuelle de los megáfonos, la impronta de las pancartas, el heroísmo de las manifestaciones. Pero, ¿no ocurre igual con otros aspectos de la vida política cotidiana? No cabe exigirle al sindicalismo lo que no le reclamamos de igual modo, pongo por caso, al movimiento vecinal, a las ONGs o a las asociaciones de consumidores. Alguien nos domesticó hace mucho y no somos conscientes de nuestra condición de caniches.

En el hipotético caso de que usted hubiera sido responsable sindical, ¿qué habría hecho en un trance como el que atravesamos y con todas las cajas de resistencia vacías desde hace mucho porque, por un motivo o por otro, los trabajadores dejaron de confiar en dichas organizaciones y estas tuvieron que terminar malviviendo de las subvenciones?

Nadie puede volar si no tiene alas y este sistema se las cortó hace mucho al sindicalismo. En España, aquel proceso coincidió con el de la transición democrática, no más atravesar los años ochenta del siglo XX, justo cuando a escala mundial el neoliberalismo de la Escuela de Chicago tomaba cuerpo en el saqueo de valores protagonizado, en distintas escalas, por Ronald Reagan, Margaret Thatcher y –tampoco se olvide—Augusto Pinochet. Entre la guerra de las Galaxias, la guerra de las Malvinas y la guerra contra la subversión, bajo las fotos de presidentes hollywoodenses, damas de hierro y generalísimos de la tortura, bajaban las garantías sociales de los currantes de medio mundo. Y no fue distinto aquí, en una España que provenía de la estética izquierdista que caracterizó a la última etapa de la lucha contra el franquismo y que tuvo que humillar sus utopías bajo los pactos de La Moncloa. Entonces nos fiscalizaba Henry Kissinger y ahora lo sigue haciendo: no en balde el antiguo secretario de Estado de Richard Nixon pertenece al selecto Club Blinderberg, ese pariente rico del Fondo Monetario Internacional que vino a visitarnos la pasada semana.

De aquellas aguas, estos lodos. Los sindicatos creen que la reforma laboral que ha decretado el Gobierno es filibustera, pero entre Guatemala y Guatepeor no confían en que la que pudiera plantear el Partido Popular fuera más noble. ¿Qué alternativa política existe frente a la rendición socialdemócrata y los previsibles tijeretazos conservadores? A pesar de las últimas encuestas, no parece previsible que Izquierda Unida vaya a formar Gobierno. Y el ala más a la izquierda de Unión Pueblo y Democracia de Rosa Díez estaría encantada de fichar a Feliciano Fidalgo y a Pedro Solbes de la misma tacada.

En una Europa con los socialdemócratas en horas bajas, con la derecha extrema o con la extrema derecha avanzando, quizá los sindicatos sean la última frontera de las luchas sociales. Y tal vez conviniese que, más allá de huelgas parciales, fueran urdiendo un motín a escala comunitaria. Porque sería miope la convocatoria de una huelga general exclusivamente contra el Gobierno de ZP, que también. Los gobiernos legítimos de la Unión Europea, en gran medida, sufren del síndrome de Estocolmo: los intereses de los grandes bancos y transnacionales han secuestrado a la soberanía popular y han convencido a los ejecutivos de que para salvar a cuatro rehenes tienen que matar a uno. ¿Por qué no disparar, en cambio, contra unas implacables reglas de mercado que nos han conducido a este callejón sin salida? ¿Por qué no frenar con eficacia a los especuladores en Bolsa que pueden hundir en un solo día la imagen y la solvencia de un país? ¿Por qué no acabar con los paraísos fiscales, esas cloacas del capitalismo salvaje a donde huyen los dineros cuando la democracia quiere fiscalizarlos?.

Los mismos que hace poco reprochaban a UGT y CCOO que no convocasen huelga general cada día, ahora pretenden desmarcarse del conflicto, encogiéndose hipócritamente de hombros, o critican de antemano que vaya a ser una pantomima orquestada con ZP. Y, por supuesto, ponen el grito en el cielo porque se haya convocado a finales de septiembre. ¿Cuándo hacerla, acaso, en el tórrido verano español? De ser así, habría que haber convocado las concentraciones con derecho a pantalla gigante para seguir el mundial de fútbol o en las playas, con opción a tortilla, sombrilla y pack familiar. Ya escribió Antonio Gala hace un mundo que nuestro pueblo, tan rebelde, tan Esquilache, tan Salvochea, capaz de saltar a las barricadas a las primeras de cambio, cada vez que llega el quince de julio grita al unísono ojú qué calor hace y se repliega a la costa para combatir las alferecías.

Que no se han preocupado de los cuatro millones y pico de parados, les acusan. Cierto: quizá hayan estado más atentos en impedir que hubiera más merced a que el despido no sólo sea libre en España sino además gratuito; o casi. Que no son creíbles, arguyen sus detractores; como si lo fuese Díaz Ferrán.

Si usted piensa que UGT y CCOO parecen vencidos por una pájara de décadas como un ciclista veterano ante el empinado Alpe d¨Huez, ¿no existen acaso otros sindicatos a los que afiliarse, otras centrales que fundar? El sindicalismo puede atravesar hoy el valle de las sombras, pero sin su frágil escudo sólo nos aguardaría el valle de lágrimas, o sea, la antesala del infierno. Claro que el diablo neocon querría que lo negásemos y sucumbiéramos a la tentación de unas reglas del juego en la que no existieran convenios colectivos, comités de empresa, abogados laboralistas y magistraturas del trabajo, o como quiera que se llamen. Detente, Satanás. Ese sería un buen lema para la huelga de otoño, que tendrá lugar por cierto justo cuando se abra un nuevo frente de batalla en torno a las pensiones.

Juan José Téllez es escritor y periodista, colaborador en distintos medios de comunicación (prensa, radio y televisión). Fundador de varias revistas y colectivos contraculturales, ha recibido distintos premios periodísticos y literarios. Fue director del diario Europa Sur y en la actualidad ejerce como periodista independiente para varios medios. En paralelo, prosigue su carrera literaria como poeta, narrador y ensayista, al tiempo que ha firmado los libretos de varios espectáculos musicales relacionados en mayor o menor medida con el flamenco y la música étnica. También ha firmado guiones para numerosos documentales.

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