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martes. 04.10.2022

El vacío

Tras la investidura de Mariano Rajoy como Presidente del Gobierno, Zapatero se va dejando detrás la frustración de sus seguidores, de los que le han votado y de los que no, y un vacío político e ideológico que será fácilmente ocupado con los valores y principios de una derecha exultante.

Tras la investidura de Mariano Rajoy como Presidente del Gobierno, Zapatero se va dejando detrás la frustración de sus seguidores, de los que le han votado y de los que no, y un vacío político e ideológico que será fácilmente ocupado con los valores y principios de una derecha exultante.

Las idas y venidas de Zapatero en estos casi ocho años de mandato, con sus giros a izquierda y derecha, sus pasos adelante y hacia atrás, sus numerosas propuestas y sus no menos frecuentes rectificaciones, sus globos sonda y su espasmódico estilo de gobernar, unidos a un optimismo enfermizo y a la pasmosa facilidad para pactar encubierta con el célebre talante, han mostrado un gobierno desorientado, sin mapas ni brújula, y un partido a la deriva y zarandeado por el ventarrón neoliberal.

Ese vacío ideológico se ha intentado ocultar con medidas de urgencia, titulares de prensa, eufemismos y frases ingeniosas, cuando no manidas, pero lo ha delatado la ausencia de un discurso en profundidad, de un discurso político progresista, imposible de elaborar para dar coherencia a decisiones políticas tan dispares. Y al aplicar sin objeciones el programa neoliberal para salir de la recesión económica, cuyo resultado es catastrófico para las clases populares europeas, Zapatero ha derribado el endeble tenderete ideológico que era el programa aprobado en el XXXV Congreso del PSOE, que, en el año 2000, tras una breve etapa de interinidad, le eligió Secretario General.

En ese congreso se pasó como sobre ascuas por el pasado inmediato, y la reflexión sobre la derrota y lo ocurrido en los mandatos de González, no sólo en lo referido a la corrupción, que fue el último pretexto que utilizó el Partido Popular en su campaña contra el PSOE, sino sobre el estilo de gobierno, el cesarismo de González, la deriva neoliberal impuesta por Boyer y Solchaga y la falta de capacidad crítica y por tanto correctora del partido, que durante esos años sufrió una profunda transformación. Bastó un relevo generacional para dejar zanjado el tema y, sobre las demás opciones, se impusieron, aunque por poca diferencia, los jóvenes políticamente inanes de la Nueva Vía, tan inanes ellas como ellos -en esto han alcanzado una indiscutible paridad-, vía que fue la versión española de la no menos inane Tercera Vía, auspiciada por Gidens, Blair y Schoeder para adaptar la socialdemocracia a los retos planteados por la caída del comunismo en Europa.

Tras el congreso, en el PSOE creyeron que estaban preparados para asumir el gobierno cuando les cayó en las manos en 2004. Pudieron administrar la bonanza económica mientras duró y acometieron algunas reformas legales, pero les faltó valor para llevar a término muchas de ellas. Para lo que no estaban preparados era para enfrentarse a una crisis económica de estas dimensiones y a la oposición salvaje y marrullera del Partido Popular.

Y con esto hemos llegado al meollo del asunto. Frente a una derecha crecida y potente, cuyos rasgos la hacen perfectamente reconocible, Zapatero, y el PSOE con él, han ofrecido un desdibujado perfil de la socialdemocracia. En realidad dan la impresión de que no saben lo que son, ni en lo que creen. Desde hace años el PSOE es un partido ensimismado, enredado en querellas de sus aparatos burocráticos, que ha trasladado su atención desde la sociedad al Estado. Movido por tan espurios intereses, la vida interna gira, por medio de intrigas, en torno a la promoción de los cuadros dirigentes en alguna de las administraciones del Estado. Con ello, la atención a las vicisitudes de los plenos municipales, las cámaras autonómicas y el parlamento ha desplazado el interés por los ciudadanos, con los cuales se mantiene una relación indirecta a través de los medios de información y de los sondeos de opinión.

¿En qué creen los dirigentes del PSOE, además de en sus carreras? ¿En qué cree Zapatero? ¿Cuáles son las íntimas propensiones, como diría Ortega, que le mueven?

Hoy, la derecha española muestra un perfil claro y perfectamente reconocible: es centralista, pero profesa un regionalismo moderado en sus taifas ligado a los negocios; defiende la monarquía, la religión católica y la moral tradicional, la nación española, el Estado unitario y -si se puede- autoritario (democracia, la justa). Es más atlantista que europeísta, y occidentalista frente al Tercer Mundo; es partidaria de lo privado frente a lo público; su modelo de gestión pública es la empresa privada; es elitista y desigualitaria a pesar de que se denomine popular; partidaria del individualismo, del pragmatismo y del mercado sin reglas y enemiga acérrima del Estado asistencial.

Ante esto, ¿qué defiende el PSOE? ¿Es centralista? Sí, pero no, o bastante pero no tanto, pues dentro conviven desde posturas centralistas, defensoras del más recio nacionalismo español -según Bono, el secretario general debe poder gritar ¡Viva España!-, pasando por federalistas y hasta confederalistas, porque en los lugares donde el (micro) nacionalismo es fuerte, los socialistas han seguido a los nacionalistas de izquierda, los cuales a su vez siguen a las derechas nacionalistas. Sorprende la transformación catalanista sufrida por Montilla y Chacón, que proceden del sector obrerista y xarnego del PSC, lo cual explica mucho de lo ocurrido en el Tripartito ante las volteretas de ERC. Otro tanto ocurre en Galicia con el BNG, pero más preocupante es lo del PSE, donde el presidente del partido, Eguiguren, está cercano a los abertzales.

¿Es monárquico el PSOE? Sí, por adscripción, pero según con quien se hable. ¿Y católico o laico? Pues según, hay de todo, pero, a juzgar por los resultados, el sector católico tiene más peso que el laico. La pleitesía del Gobierno de Zapatero con la Iglesia católica poco tiene que envidiar a la rendida por el PP.

Internacionalmente, el PSOE oscila entre el tercermundismo verbal y la aceptación del status quo. Defiende la permanencia en la OTAN pero ha puesto en marcha la Alianza de Civilizaciones, que no se sabe muy bien lo que es, ni en qué grado de desarrollo se halla. El servilismo de Zapatero respecto al triunvirato Merkel-Trichet-Sarkozy, no respecto a la UE, cuyas estructuras parecen haber desaparecido en el caos producido por la crisis, ha producido el mismo bochorno que la incondicional sumisión de Aznar ante G W. Bush.

¿Es partidario el PSOE de lo público más que de lo privado? Según se mire: las primeras privatizaciones vienen de la época de Boyer y Solchaga, que entre otros “aciertos”, privatizaron la banca pública, que se echa hoy en falta. ¿Defiende hoy el PSOE el Estado del bienestar? Rotundamente, sí, pero no ha dudado en recortar prestaciones asistenciales cuando se lo han pedido desde Bruselas. ¿Defiende el PSOE los intereses de los asalariados antes que los del capital? En teoría, sí; en la práctica no. Después de haber recortado salarios y pensiones y subido el IVA, Zapatero abandona el Gobierno sin haber subido los impuestos a las grandes fortunas y habiéndoselo reducido a los empresarios.

Por resumir, se puede acusar al Gobierno Zapatero de abandonar los valores de la izquierda -la tensión por la igualdad, la solidaridad con los que tienen menos, la defensa de la dignidad de los más débiles, el esfuerzo por corregir los desequilibrios en el reparto de la riqueza nacional cerrando el abismo entre las rentas, la mejora de la representación democrática y los valores laicos y civiles. Pero sobre todo, se le acusa de no haber mantenido la esperanza de las clases subalternas en que es posible vivir mejor, en una sociedad más equilibrada y más digna frente a los bárbaros ataques del capital.

Sin estrategia, con una táctica dubitante y sin liderazgo, la principal crítica que hoy se le puede hacer al PSOE es haber renunciado a disputar la hegemonía a la derecha al haber dejado que esparza sus valores y haber asumido algunos de ellos. Los socialistas parecen, cómoda o resignadamente, instalados en el pensamiento neoliberal y en un ambiguo neocristianismo de samaritanos.

El modo de actuar de Zapatero actuando a corto plazo revela que estamos ante un superviviente. Zapatero, y el partido con él, se ha adaptado a lo que hay: primero a la bonanza y luego a la crisis con igual facilidad; se ha adaptado a la lógica especulativa del modelo económico y financiero de Aznar y luego a la lógica de la recesión impuesta por la Unión Europea y el FMI. Zapatero, en política, ha imitado a la economía; ha actuado con rapidez para adaptarse al corto plazo, lo cual coincide con la lógica del capital especulativo. Con ello ha mostrado un gran talento para adaptarse a los efectos darwinistas de la globalización. Zapatero ha actuado como un camaleón, que, mimetizado, se ha confundido con el paisaje económico de la coyuntura. Pero con su habilidad para sobrevivir ha confundido a sus seguidores, que en gran parte le han abandonado en espera de que el socialismo recobre su color habitual. Si ello es posible.

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