viernes. 19.07.2024

El pueblo árabe grita: Libertad!

Muchos españoles, soñábamos con el retorno de nuestro país a la democracia en los duros años del franquismo; algunos, además de soñar, pagaron muy caro su empeño por recuperar la libertad. Es posible que ese sueño determinara, más que otras circunstancias, la forma en la que se llevó a cabo el proceso de transición democrática.

Muchos españoles, soñábamos con el retorno de nuestro país a la democracia en los duros años del franquismo; algunos, además de soñar, pagaron muy caro su empeño por recuperar la libertad. Es posible que ese sueño determinara, más que otras circunstancias, la forma en la que se llevó a cabo el proceso de transición democrática.

Gil de Biezma decía que “de todas las historias de la Historia, sin duda la más triste era la de España porque termina mal”. Y tenía razón. Cuando acabó la segunda guerra mundial, muchos demócratas españoles pensaron que los días de Franco estaban contados; desafortunadamente, las potencias ganadoras de ese conflicto, asignaron al régimen de Franco el papel de “vigía de Occidente”, frustrando toda esperanza de recuperar la democracia robada por las oligarquías nacionales, con el apoyo del fascismo internacional. Poco antes, durante nuestra guerra civil, esas mismas potencias, con el argumento de no ingerencia y la política de apaciguamiento, negaron toda ayuda al Gobierno de la República, abandonándonos a nuestra suerte. Como consecuencia de ello, durante aquél régimen, nuestro país volvió a ser el feudo del caciquismo, aumentando la pobreza, la miseria y la injusticia, en beneficio de la élite dominante, con el corolario de la fuerte represión. Tantos años de humillación y atraso nos hicieron concebir una suerte de complejo de inferioridad en las generaciones que sufrimos ese régimen, cuya propaganda se encargó, sin éxito, de hacernos creer incapaces de gobernarnos en democracia.

Viene a cuento todo ello, porque muchos analistas políticos han fraguado esa misma idea en relación a los países árabes o de influencia islamista. Durante décadas, pero sobre todo desde el 11S, los gobiernos occidentales han contribuido notablemente al sostenimiento de regímenes autocráticos con el subterfugio de frenar el avance del islamismo radical, cimentando la idea de oposición entre democracia e Islam y dando pábulo al “choque de civilizaciones” augurado por Samuel Huntington .

Nuevamente, la fuerza de los acontecimientos ha dejado sin confirmar todas estas teorías, y un movimiento de masas muy heterogéneo, pero mayoritariamente joven y aparentemente bien formado e informado, ha acabado con dos dictadores de la talla de Mubarak en Egipto y de Ben Ali en Túnez. El proceso no ha hecho sino comenzar, pero parece imparable; miles de ciudadanos hartos de pobreza, atraso e injusticia, se han echado a la calle exigiendo democracia y libertad en Libia, Yemen, Bahrein, Argelia, Siria, Marruecos… Y sin que podamos afirmar que el islamismo no haya de jugar un papel importante en este proceso, apenas se han oído en las proclamas el grito de: “¡Allah Akbar!” (Dios es el más grande).

Como escribía el analista de Nueva Tribuna, Ignacio Muro: “Al Qaeda, en 15 años de lucha terrorista no ha sido capaz de acabar con un solo régimen despótico de la zona, lo que contrasta con la eficacia de la lucha de masas”. Nadie podía haber imaginado que eso pudiera ocurrir en unos países con unos férreos sistemas de gobierno, basados en la violación constante de los derechos humanos. Alejandra Ortega , en su magnífico informe sobre la primera visita de una delegación de CCOO a Egipto, cuenta cómo, cuando entrevistaron a Nabil Abdelgani , este les decía, con lágrimas en los ojos: “Tengo 67 años y jamás pensé que un día vería un Egipto libre”.

Es difícil establecer las claves que han permitido poner en marcha este proceso, porque a todos ha sorprendido. Se habla de los jóvenes y de las redes sociales creadas gracias a Internet y a la telefonía móvil; de las clases medias, que ven cómo sus niveles de preparación académica y profesional apenas encuentran áreas de desarrollo; de las organizaciones sindicales, que han tenido un papel capital en el desarrollo de las movilizaciones, y mucho antes, con el conflicto social que fueron creando, a través de numerosas huelgas en sectores vitales de las economías egipcia o tunecina. Por ello, no se puede hablar de un movimiento organizado ni siquiera orquestado, sino de diferentes movimientos y grupos sociales que han confluido en un momento histórico para exigir democracia, libertad y desarrollo. Y este es un aspecto de capital importancia para entender este proceso.

Obviamente, el camino iniciado va a ser largo, lleno de amenazas y retos; Gaddafi responde a los anhelos de libertad de su pueblo a cañonazos, y una coalición internacional, con mandato de la ONU, está interviniendo para intentar impedir la masacre anunciada por el dictador, en una acción polémica, que pone de manifiesto las escandalosas asimetrías en el cumplimiento de las resoluciones de la ONU (Palestina en la memoria). Lo que pueda pasar en al área todavía es una incógnita, pero, en cualquier caso, serán sus pueblos los que tendrá que establecer las bases y la estrategia que les conducirá algún día a poder elegir sus respectivos gobiernos, como en cualquier sociedad democrática.

Hasta el momento, los gobiernos occidentales sólo han sabido tratar con las élites corruptas de cada uno de estos países, desoyendo las voces de miles de ciudadanos que denunciaban el clima de terror instaurado con su apoyo. Sería el momento oportuno para cambiar y redefinir el papel de Occidente en este proceso y dirigir su apoyo hacia las incipientes organizaciones sociales y políticas que deberán dar cauce al proceso democrático emprendido, para no incurrir, nuevamente, en enfoques interesados, que frustren las mismas esperanzas que en su día tuvimos otros, cuando esperábamos poder tener el derecho a elegir democráticamente a nuestros dirigentes, aun a riesgo de equivocarnos.

Vuelvo a evocar las palabras del viejo sindicalista egipcio, y sólo espero que ese anhelo, en parte cumplido, de ver un Egipto libre, se extienda al conjunto de países que conforman el mundo árabe, cuyos pueblos están dándonos una lección de coraje democrático.


1  Huntington es autor del libro “El Choque de civilizaciones”, donde predice que los principales actores políticos del siglo XXI serán las civilizaciones en lugar de los estados-nación. Más recientemente, adquirió atención generalizada por considerar que la inmigración actual de América latina hacia los Estados Unidos, constituye una amenaza a la identidad nacional de este país.

2  Responsable para Países árabes, África y Asia de la Confederación de CCOO

3  Presidente de la federación de jubilados egipcios

El pueblo árabe grita: Libertad!
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