miércoles 2/12/20

El principio de la idea. Tres casos.

En varias ocasiones he afirmado que el debate intelectual en España tiene un nivel muy bajo. Un caso particular de todo esto  tiene que ver con el monolitismo ideológico y la mediación de la política.

En varias ocasiones he afirmado que el debate intelectual en España tiene un nivel muy bajo. Un caso particular de todo esto  tiene que ver con el monolitismo ideológico y la mediación de la política. Voy a tratar de poner de manifiesto muy brevemente este hecho a través de tres ejemplos con afán de aportar valor añadido o nuevos enfoques cuyo objetivo es tratar de indagar en la importancia de la densidad de las ideas y los  debates, de su carácter radical y su vocación innovadora o creativa.

El primer ejemplo tiene que ver con la crisis. En España, desde los últimos 4 años, no para de hablarse de esto  y en concreto, de su manifestación más devastadora: el paro. Así se establecen análisis que tienen que ver con el modelo productivo español (escasa diversificación de la economía) y también, la derecha insiste en la poca flexibilidad del mercado laboral; y de ahí se desprende la necesidad de hacer una reforma laboral. Todos  estos argumentos tienen su importancia  aunque no la misma validez, puesto que las condiciones del mercado de trabajo han explicado tasas de paro bajas en el pasado y no explican que a día de hoy, algunas Autonomías tengan un paro muy alto y otras moderado. No obstante, lo relevante es que  este tipo de análisis son en muchas ocasiones circulares y nuestro afán por discutir las mismas cosas siempre imposibilita tomar otras variables o establecer nuevos enfoques. ¿Por qué nadie habla de  lo cara que cuesta la luz en relación con otros países de Europa? En España, para una PYME, pagar el recibo de la luz, cuesta lo mismo que contratar a un trabajador. Y la consecuencia concomitante está, obviamente, en que los empresarios contratan a menos trabajadores.

El segundo ejemplo tiene que ver con la memoria.  Todo es memoria. Cualquier exposición lleva por título memoria, los archivos cambian el nombre y se convierten en Centros de la memoria histórica, España tiene que recuperar la memoria que perdió en un momento determinado. Parece casi asumido de manera generalizada que la memoria es el modo de acercarse al pasado frente a la Historia, que reconstruye otro pasado no requerido. En fin, incluso los historiadores alertan la proliferación de los recordatorios y el mundo de la representación, como la reciente conmemoración  del hundimiento del Titanic (y la muerte de 1.500 personas)  cuando aparecieron unos cuantos señores vestidos de "época", o cuando otros tantos se  colgaron a cincuenta metros de altura para comer...  Y todo esto se etiqueta bajo la categoría abstracta de memoria.  Vivimos tal saturación de la memoria que nos impide siquiera pensar en otros términos más precisos de hechos que siempre se catalogan como memoria. Pero es que la memoria ha pasado de ser una categoría cognitiva a un concepto hiper-referencial como si de una obra de J. Kosuth se tratase. Opino que hay que explicar las cosas no a través de etiquetas o tipologías que no definen lo que muestran, sino a por medio de su valor expresivo. En realidad, todo este tipo de fenómenos que ahora se denominan como memoria,  no son actuales. Tienen su origen en el Manierismo y lo que se engloba  bajo la categoría  o bucle de memoria (que en realidad es una hipertrofia conceptual),  se define como pulsión escópica. Por decirlo en términos lacanianos: "Habitamos la dimensión del lenguaje, pero como algo meramente semiótico: como palabras, como formas, como figuras, etc". De este modo, si queremos escapar del debate entre la memoria que substituye al conocimiento objetivo de la Historia, lo primero que debería pensarse es si estamos denominando con precisión los hechos de conciencia.

El tercer y último ejemplo, es el análisis del discurso político de  las estructuras sociales. Sobre este asunto, la izquierda no para de elaborar interpretaciones circulares y nociones vacías de contenido cuando debate sobre la  existencia de la clase media o trabajadora o si hay que llamarla de una manera o de otra. Todo ello, partiendo de un análisis marxista o lo que es mucho peor, de enfoques puramente estructurales o de tipos ideales que olvidan las mediaciones políticas de las ideologías. En cualquier caso, lo que hay que poner de manifiesto es que se  ha vinculado como consecuencia concomitante el lenguaje a una situación exclusiva de conciencia. Y la realidad no funciona así. La realidad es que, las experiencias políticas median sobre las concepciones de la ideología y la sociedad, y partiendo de este hecho, que es esencialmente distinto para cada grupo político o social, debe hacerse el análisis. Es decir, clase no como categoría estática, sino como palabra de la que median valores expresivos distintos. Así lo ponen de manifiesto algunos autores cuando explican que en Inglaterra, clase para unos grupos era un efecto discursivo sobre las relaciones de producción y distribución, clase como resumen de prácticas culturalmente significativas (como brillantemente lo  analizó E.P. Thompson), clase como posición social o estatus (como ha teorizado Hobsbawm). Y en fin, clase, como manifestación del desarraigo (no solo económico, sino de identidad o moral), y que defino con el término desclasados. No es por lo tanto la catalogación estructural del término lo que importa, sino su valor expresivo mediado en la relación ideología y política.

En definitiva estos tres ejemplos constituyen una reflexión sobre la necesidad de penar –por expresarlo en términos de vanguardia histórica– a partir de la hipertrofia cognitiva del yo, como fue el caso del impresionismo (que trató de plasmar compositivamente el valor de la permanencia), del cubismo (que mostró la descomposición de las formas y el detalle de la tercera dimensión en un plano de dos), de la abstracción (que trató de hacer configuraciones pictóricas gestálticas)  o del arte conceptual (que definió al arte a través de la definición del arte). El objetivo en cualquier caso de toda idea estriba en que ésta ha de  conformarse a través de  argumentos que se basen  –sin alterar el rigor y el método  cognoscitivo- en aquello que enunció Vigostky bajo la denominación de Zona de Desarrollo Próximo y que  en la práctica supone la ruptura de esquemas sapientes previos.

El principio de la idea. Tres casos.
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