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sábado. 10.12.2022

El precio del progreso

Afirma Timothy Snyder que la responsabilidad fundamental de la historia consiste en recordarle a la gente que las cosas sucedieron en realidad, que los hechos y los sufrimientos fueron reales, que la gente vivió así y que sus vidas acabaron de una manera determinada y no de otra distinta. El comentario es más importante de lo que aparentemente pueda parecer puesto que, uno de los problemas que tenemos, es la incapacidad de pensar históricamente.

Afirma Timothy Snyder que la responsabilidad fundamental de la historia consiste en recordarle a la gente que las cosas sucedieron en realidad, que los hechos y los sufrimientos fueron reales, que la gente vivió así y que sus vidas acabaron de una manera determinada y no de otra distinta.

El comentario es más importante de lo que aparentemente pueda parecer puesto que, uno de los problemas que tenemos, es la incapacidad de pensar históricamente. Vivimos demasiado ensimismados (aunque no por falta de motivos) por la situación económica de España: el paro, la nacionalización de la banca, los recortes de derechos y prestaciones sociales y, especialmente, por el rescate. Conviene brevemente racionalizar este asunto para situarnos ante los acontecimientos reales, que, es casi lo contrario del discurso un tanto absurdo de Rajoy el domingo. La UE presta dinero al Tesoro Público a un interés que no es de mercado, sino intervenido. De manera, que, el Estado contrae una deuda con la UE. Hasta ahí está claro. Ese dinero, el Gobierno debe darlo a los bancos, siguiendo el criterio y el control de la UE. De manera que los bancos se capitalizarán, probablemente a un precio (que no sabemos porque nadie lo ha dicho, pero que, en todo caso, han de negociar los bancos con el Estado español y la UE, y, este es el único punto oscuro y no es menor). Por lo demás, la UE; a cambio del préstamo exige textualmente, si atendemos al informe del Eurogrupo "monotorizar fiscalmente al Estado", esto es, decidir sobre sus cuentas, en la práctica.

En fin, estamos tan asfixiados y angustiados con la situación actual que tenemos la impresión de que nada se mueve y que todo es inmediato. No es así. Y es imprescindible pensar históricamente esta crisis para introducir una cierta perspectiva y mayor análisis. A este respecto, parece claro que la situación fuera está variando. Alemania hace 2 años estaba en contra del rescate a Grecia (en ese momento el primer rescate). Los germanos estaban en contra porque pensaban que con su dinero se estaba pagando a los vagos del sur de Europa. Dos años después (el 13 mayo de 2012), el partido de Merkel perdió estrepitosamente las elecciones en la región más poblada de Alemania, Renania, frente al SPD. Los alemanes están empezando a asumir que la depresión de Europa, a la larga les afectará. No es un cambio irrelevante. Este es solo un ejemplo sincrónico.

Pero lo más importante es hacer análisis de diacronía histórica. Y ahí entran otras consideraciones que no son solo estrictamente económicas y que atienden a la fisonomía de las sociedades y al modo de organizarse. Sin embargo, todo está muy centrado en una dimensión equivocada de la economía (en España no se habla de otra cosa que de diplomacia económica). Se olvidan, por ejemplo, aspectos históricos fundamentales como por ejemplo, la Revolución Industrial y la mecanización del campo (que en Inglaterra comienza a partir de 1750, en Europa en 1800 y en España a partir de 1960), y que ha generado un problema de empleo (agravado con la incorporación de la mujer al mundo laboral). Así, el número de trabajadores que requería el campo, no es posible ser asumido por la nueva economía industrial salvo en situaciones excepcionales como la inmediata segunda postguerra mundial, en donde se daban una serie de condiciones específicas de demanda de trabajo. En cualquier caso, aunque ha habido algunas excepciones como EE.UU. porque ha logrado integrar campo e industria (a través de los famosos cinturones) y Japón, por su fuerte capacidad industrial de alto valor añadido, la norma es que las sociedades europeas tengan un sustrato de desempleo que, en situaciones de crisis puede resultar peligroso para la cohesión social. Pensemos, por ejemplo, en Alemania. Este país tiene 80 millones de habitantes, son potencialmente un gran número de consumidores, cierto es, además, que Alemania tiene una tasa de paro baja, pero a costa de que millones de ciudadanos trabajen en condiciones malísimas, a través, de lo que allí se denomina minijobs. Pero el problema es el mismo: el sistema alemán, no es capaz de generar suficientes empleos de calidad para todos. Y muchos ciudadanos, no tienen más remedio que degradarse para sobrevivir. Han aguantado mejor, sin embargo, los países productores de petróleo (por la cantidad de industrias y servicioes que llevan asociados). Además, si se tiene que gastar poco dinero para cuestiones básicas – y la energía es una de ellas – se puede detraer esos recursos en cuestiones como la creación de industrias de alto valor (como el caso de Nokia en Finlandia) o la generación de empleos públicos, por este motivo, además, de por tener cohesión demográfica, los países nórdicos tienen un modelo social avanzado.

Ahora, en la primera década del siglo XXI, tenemos otro problema acelerado. Los procesos productivos se descentralizan perdiéndose mano de obra, pero también, y esto es relevante, el capital industrial ha perdido importancia frente a un capitalismo financiero (que no requiere proceso productivo alguno). Este es un problema grave para España. Su economía productiva, tras el hundimiento de la construcción, no es excesivamente diversificada. Destacamos en industria textil (ahí están Zara e Inditex), también en la industria química y farmacéutica, en el calzado, los muebles, los juguetes, la industria naval y, el inagotable maná del turismo. Pero tenemos una serie de desventajas con productos de alto valor añadido (especialmente tecnológicos). ¿Qué sector puede tomar el relevo de la construcción? Lo más probable es que no sea uno, sino varios. El Consejo General de Colegios de Economistas de España, que publicó en marzo del año pasado un amplio informe sobre la cuestión, considera esencial potenciar la biotecnología, la aeronáutica, los servicios avanzados, la salud y las energías renovables, sin perder de vista actividades con fuerte implantación en España como el metal, la agroalimentación o la química. En general, parece un diagnóstico acertado, tal vez, deba hacerse alguna consideración al respecto de las energías renovables, que, aunque, efectivamente suponen tecnología y puestos de trabajo potenciales, tienen el enorme inconveniente de su imposible almacenamiento y la necesidad de su consumo inmediato, de manera que, como modelo de desarrollo productivo, aun es insostenible. En cualquier caso, el presidente del Consejo, Valentí Pich, explica que el nuevo modelo productivo español debe girar en torno a cuatro ejes: la innovación -tecnológica y no tecnológica-, el conocimiento -con un capital humano cada vez mejor preparado-, la internacionalización de las empresas -sean grandes, medianas, pequeñas o microempresas- y la sostenibilidad, esencial para garantizar la eficiencia en el uso de las materias primas. Pich opina que la industria, que aporta actualmente el 17,5% del PIB español, debería aportar como mínimo el 20,3% en 2015, en línea con la media de la zona euro. “Sin una armonización industrial, la convergencia de la renta per cápita española con los países más avanzados de Europa será difícil de alcanzar. Nuestras referencias deben ser Suecia, Alemania, Francia o Dinamarca”, afirma Pich.

En definitiva,  los países y las sociedades transcurren con equidad, históricamente,  mientras son sostenibles y son sostenibles si hay valor añadido suficiente para detraer parte de la riqueza que se añada para mantener la cohesión social. La preocupación de los agentes económicos y sociales y de los políticos actuales está más ligada a la deslocalización de las inversiones de la sociedad industrial, que tiene grandes dificultades para competir por economía de costes, que por cómo ganar capacidad de añadir valor con la incorporación de la revolución tecnológica a nuestro sistema productivo en la economía equitativa y ordenada. Y esto, no es un problema económico, aunque tenga dimensiones económicas, sino histórico: se trata de ser consciente en cada tiempo, del precio del progreso.

El precio del progreso
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