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domingo. 14.08.2022

El país ha cambiado

Si alguna persona volviese a España después de un viaje de cinco años se daría cuenta de lo mucho que ha cambiado el país; y no sólo por el precio del billete de Metro en Barajas. La fisonomía social, los hábitos de consumo, el desapego a las instituciones son muestras de ese cambio social que está operando en nuestro entorno.

Si alguna persona volviese a España después de un viaje de cinco años se daría cuenta de lo mucho que ha cambiado el país; y no sólo por el precio del billete de Metro en Barajas. La fisonomía social, los hábitos de consumo, el desapego a las instituciones son muestras de ese cambio social que está operando en nuestro entorno. La crisis económica que tuvo su inicio hace ya más de 5 años está transformando el tejido y las pautas sociales.

En primer lugar, la ocupación laboral ha experimentado un fuerte descenso; provocando infinidad de despidos y la dificultad de ubicar a las nuevas generaciones en la socialización que genera el trabajo. El trabajo es uno de los factores prioritarios de centralidad social, la ausencia del mismo conlleva muchas desconexiones y anomias. Son muchas las personas que al no tener trabajo se están descolgando de la sociedad y otras, los jóvenes, que ni siquiera conocen qué es trabajar. Asimismo, aquellos que tienen ocupación laboral se encuentran en la situación estresante de perderlo. Por lo tanto, este país está encontrándose con el hecho de que uno de los procesos más significativos de socialización como es el trabajo está fallando. Se están construyendo itinerarios sociales alternativos al trabajo.

Lógicamente a este paro masivo se le une una pérdida importante de rentas de trabajo que acelera la desigualdad social y la pobreza. Agudizándose este proceso de pauperización por los recortes de las políticas públicas. En ciertos segmentos sociales como los inmigrantes la fractura social se agranda. El riesgo social es cada día más intenso.

En nuestra actual sociedad, el consumo también forma parte de las claves para comprender las pautas sociales. De un consumo desaforado recurriendo al crédito, hemos pasado a una severa restricción. El hábito de nuestro consumo está cambiando no solo por su intensidad, se consume mucho menos, sino también por su naturaleza; se consume de manera diferente. El tupper se puede convertir en el símbolo del actual consumo. Este alternativo consumo nos llevará a otra economía de servicios, totalmente diferente.

Por otra parte, la ciudadanía asiste indignada ante la regresión de su bienestar. La reacción social se transforma en rechazo institucional. Un cuestionamiento profundo hacia el sistema de representación política. Hacia el conjunto del sistema político y que puede afectar a nuestra democracia.

Nos encontramos, pues, con un país donde los hábitos laborales, el consumo, la pobreza, las representaciones políticas han experimentado un profundo cambio. Podemos detectar el malestar social como pulsión social principal. Pero no sólo el malestar social es la clave para interpretar nuestra actual sociedad. Es preciso también dar respuestas. La desorientación, el desnortamiento, el descuelgue social, se está produciendo en amplios sectores sociales. En nuestra actual sociedad, los márgenes se están ensanchando; son muchas, las personas que viven al margen de la centralidad sociedad. Y con ello, el desplazamiento de la centralidad de los valores sociales. Más allá de los peligros que la nueva sociedad nos depara, es preciso formular, articular y vertebrar otros valores y otras relaciones sociales. No podemos seguir persiguiendo las representaciones sociales de la década anterior. Se han ido para no volver.

El país ha cambiado
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