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jueves 26/5/22

El ‘Old Deal’ (1)

Cuenta Joaquín Estefanía en La economía del miedo, que el primer “New Deal” de Roosevelt arrancó con cien días apasionantes debido a la “borrachera legislativa“, que afectó a áreas económicas importantes, con que comenzó su mandato.

Cuenta Joaquín Estefanía en La economía del miedo, que el primer “New Deal” de Roosevelt arrancó con cien días apasionantes debido a la “borrachera legislativa“, que afectó a áreas económicas importantes, con que comenzó su mandato.

No puede decirse lo mismo de los primeros cien días de Rajoy, que ahora se cumplen, pues, aunque su Gobierno haya padecido similar “embriaguez”, el resultado de tales reformas debe calificarse de decepcionante, por el fondo y por la forma.

Por la forma, porque han regresado los hábitos autoritarios de la derecha. El “viejo trato”, maltrato más bien, dispensado por el poder político a la ciudadanía ha vuelto a imponerse. El gobierno habla cuando quiere y dice lo que quiere, aunque se desdiga de lo dicho hace poco tiempo, miente lo que quiere, que es mucho, y hace lo que quiere, porque puede. Una actitud prepotente -incluso chulesca-, que nos retrotrae a los años en que, en España, gobernar era un ejercicio altanero y con frecuencia despótico.

A una campaña electoral sin desvelar el programa, han seguido tres meses de ocultamiento de los Presupuestos Generales del Estado, por simple cálculo electoral, y un rosario de medidas dictadas con rapidez y firmeza pero sin ánimo negociador, que, en el caso de la regresiva reforma laboral, ha dejado al margen lo ya acordado por la patronal y los sindicatos. Lo cual no indica que el Gobierno haya dejado descontentos a los empresarios.

Lejos de las continuas comparecencias de Roosevelt en la radio, en las que, mediante charlas explicaba su programa y trataba de devolver la confianza a los ciudadanos y reducir la separación entre los votantes y la clase política, Rajoy no sólo carece de intención pedagógica, sino que evita dar la cara. Juró el cargo en vísperas de Nochebuena, levantó el vuelo y regresó al Congreso en vísperas de carnaval, y después, salvo contadas ocasiones, ha dejado la labor de presentar las reformas económicas, que no de explicarlas (¿acaso merecen explicaciones los ciudadanos?), a los primeros espadas del Gobierno y del Partido -Sáenz de Santamaría, Guindos, Montoro, Báñez y Cospedal- y él se ha dedicado a la política europea, que tanto criticó a Zapatero, creyendo que la afinidad ideológica con el triunvirato que dirige la UE -Merkel, Sarkozy, Draghi- le iba a deparar alguna ventaja. Pero no ha sido así, y el desgaste internacional de la “marca Rajoy” ha sido una de las decepciones de los primeros cien días.

Al atribuir el origen de la crisis a Zapatero y confiar la recuperación a su salida de la Moncloa, Rajoy aparecía como el hombre con la misión providencial de devolver la confianza a los españoles y sobre todo a la UE y a los mercados. Durante cuatro años esta ha sido la fácil cantinela que colocaba sobre los hombros de Rajoy una tarea imposible de cumplir, porque una vez en el Gobierno le aguardaba la crisis de verdad, no la inventada por táctica electoral. Ahí le esperaban, para que mostrase su madera de estadista, la recesión, la prima de riesgo subiendo y bajando, pero sin alejarnos definitivamente de la zona de peligro, la Bolsa donde siempre, subiendo y bajando, pero en tono bajista, el paro subiendo, los bancos pidiendo dinero y la inversión productiva sin llegar -salvo la oferta milagrera de montar un timba por todo lo alto-. Y ahí se ha visto no sólo la coincidencia ideológica del Gobierno con la Unión Europea en las líneas maestras de la política económica, sino la ausencia de medidas concretas a aplicar en España. El providencial Rajoy no tenía más programa que el viejo talante de la derecha española, que es volver al pasado, al Old Deal, a atender los intereses de las clases altas y de la Iglesia, y ante los apremios de la realidad ha tenido que improvisar. Y ahí se ven las ocurrencias: donde antes dijeron que no, ahora dicen que sí; donde criticaron a Zapatero, ahora hacen más de lo mismo, pero empleando mucha palabrería y mareando la perdiz con cifras y porcentajes sobre el objetivo del déficit público y sobre los consiguientes recortes, que de poco han servido ante la UE para intentar negociar el porcentaje y los plazos de la deuda, a pesar del truquito de jugar a la soberanía nacional, pues la Comisión ha señalado el objetivo del déficit para este año en el 5,3% del PIB.

De cara al exterior, el resultado de los primeros cien días no es satisfactorio a pesar de la coincidencia política con la UE, pues el Gobierno no sólo no ha logrado transmitir confianza a los mercados sino que la mermado la de Bruselas. La prima de riesgo ha superado a la de Italia, y la Comisión Europea ha colocado a España bajo supervisión y le ha impuesto unos recortes más severos que a Grecia, Portugal e Irlanda, pues debe reducir el déficit público desde el actual 8,5% del PIB al 3% del PIB en 2013, como objetivo inamovible (y seguramente inalcanzable).

En el interior, el colofón de la gestión de los primeros cien días de gobierno ha sido: más dinero a los bancos, trabajo más precario, despido más fácil y barato, subida de impuestos a los salarios (que son el 85% del IRPF), amnistía para los defraudadores, recortes en sanidad, educación, investigación, cultura, dependencia y asistencia social, y subida de precios (gasolina, “impuesto eléctrico”), que, para la población asalariada, se resumen en vivir peor y perder derechos.

Lo que opinan los ciudadanos de estos primeros cien días se puede observar en la calle, en la proliferación de protestas y en la huelga general contra la reforma laboral. Y también en el escueto resultado electoral en Asturias, donde el PP sigue igual, y en el fracaso, no electoral, pues han ganado tres escaños, sino político en Andalucía, que impiden a Rajoy acariciar el viejo sueño de consolidar la hegemonía conservadora a escala nacional. Como era antes.

El ‘Old Deal’ (1)
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