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lunes 23/5/22

El mito de la colombianización

NUEVATRIBUNA.ES - 19.11.2009...que más que luz, arrojan sombras sobre los problemas de la violencia e inseguridad que sufre el país. La estrella dentro de esta mitología es sin duda la idea de la “colombianización”: la fantasmagoría agitada por algunos políticos y medios de comunicación que se ha convertido en la máxima advertencia de lo que hay que evitar, o de la imparable debacle en la que nos encontramos.
NUEVATRIBUNA.ES - 19.11.2009

...que más que luz, arrojan sombras sobre los problemas de la violencia e inseguridad que sufre el país. La estrella dentro de esta mitología es sin duda la idea de la “colombianización”: la fantasmagoría agitada por algunos políticos y medios de comunicación que se ha convertido en la máxima advertencia de lo que hay que evitar, o de la imparable debacle en la que nos encontramos. Aunque esta idea sea un mero invento, es interesante reflexionar en torno a ella, pues la existencia y el éxito del concepto son prueba de los malentendidos en que se incurre al hablar de la violencia, del narcotráfico y de su relación con el Estado mexicano. Al señalarlos, al mismo tiempo, ayudaremos a corregirlos.

¿DE QUÉ SE ESTÁ HABLANDO?

“Colombia” en las últimas décadas, tal como afirma Fernando Escalante, se ha convertido no ya en un caso ejemplar, sino en casi un concepto. Un concepto nebuloso, si, pero que trae imágenes claras de un país en el que la violencia ha superado a la política por la conjunción de fenómenos como el narcotráfico, la guerrilla y el paramilitarismo, unidos a un Estado débil sin capacidad de controlar extensos territorios. Ciertamente, en México existen casi todos los elementos del combo, pero ¿de eso se sigue la inevitable colombianización? Difícilmente, ya que el más breve análisis indica no solo que su existencia es casi inherente al propio sistema político mexicano y nunca ha amenazado seriamente su estabilidad, sino que uno de ellos (la debilidad del Estado) es compartido prácticamente por todos los países del subcontinente. Además, y aquí está lo importante: los narcos, la guerrilla, la violencia, y la relación de estas con el Estado han sido y son profundamente diferentes en México y en Colombia. Esas diferencias son las que llevan a pensar la alta improbabilidad que México esté en un proceso de colombianización. Veamos:

LAS DIFERENCIAS: EL NARCO Y LAS GUERRILLAS

El narco no es un ente monolítico, directamente intercambiable entre territorios, por lo que el primer paso para entender este fenómeno en un país es saber que su organización, su arraigo en la sociedad, y sus prácticas difieren según cuál sea su asentamiento geográfico. Pensar lo contrario es caer en mitologías reduccionistas. ¿Cuáles son estas diferencias en los casos colombiano y mexicano?

Los narcotraficantes colombianos se dedican principalmente a la producción de una droga: la cocaína, droga cara de producir, en la que tienen desde los 80’s una situación de casi monopolio. Su principal ventaja comparativa es la capacidad que tienen para el cultivo de la droga en áreas rurales, casi sin presencia estatal y en muchos casos controladas por organizaciones guerrilleras, para después procesarla y mandarla al extranjero.

El narcotráfico en México no gira en torno a la producción, sino en torno al contrabando en la frontera con Estados Unidos. Ha existido producción de amapola y marihuana (baratas) en el ámbito rural, pero con presencia poco significativa tanto de organizaciones traficantes como guerrilleras debido al relativamente pequeño margen de ganancia del negocio. Es así porque el negocio ilegal por excelencia en México ha sido siempre el contrabando a Estados Unidos (de drogas o de lo que sea), y lo es más desde los 80’s, al crecer la demanda estadounidense y entrar a México la cocaína colombiana. Un contrabando de drogas de perfil urbano, local, y fronterizo, arraigado en ciudades donde el valor de la droga llega multiplicado varias veces y donde han medrado las organizaciones traficantes (Tijuana, Cd. Juárez).

Tenemos entonces dos perfiles muy distintos de traficantes que hacen que el fenómeno colombiano sea difícilmente repetible en México, siendo el tráfico de drogas urbano y no vinculado al campo, en zonas cercanas a una frontera muy vigilada y sin nexos con organizaciones guerrilleras. Además, las diferencias en las guerrillas de ambos países son bien claras: el EPR o el ERPI no se pueden comparar con las FARC o Sendero Luminoso, amén de que esta simbiosis “narco-guerrillera” no es ni automática ni exenta de problemas para ambas partes del “matrimonio” (muchas veces termina en un conflicto abierto, pues mientras los guerrilleros o insurgentes desean transformar el orden socioeconómico, los traficantes necesitan la estabilidad de éste para el bien del negocio).

LAS DIFERENCIAS: LA VIOLENCIA

También en los perfiles de la violencia en ambos países hay diferencias notables que el mito de la “colombianización” oscurece pues la Colombia aludida era un país en que existían varias guerras: la del narco contra el Estado, la de la guerrilla contra el Estado, la de los paramilitares contra guerrilleros y organizaciones de izquierda, y la de todos contra la población civil, y en el que existía una violencia eminentemente política, con una la lucha territorial fuerte en el ámbito rural. Actualmente en México no existe un tipo de violencia política parecido: se trata de una violencia eminentemente delincuencial (con excepciones puntuales) que tiene sus razones de ser en el desmoronamiento paulatino de los arreglos informales del régimen priista, en un desajuste dentro de la relación de equilibrio entre las organizaciones traficantes, y en la particular estrategia del gobierno de Calderón de golpear, de la mano de la importancia que ha venido cobrando en años recientísimos el mercado interno consumidor de drogas (al estar saturado el estadounidense) y las consecuencias en materia de violencia de la lucha por el control de plazas para la venta de droga además de las de entrada y salida. Ha habido cambios en las pautas de violencia y una escalada en el último par de años, localizada e intensa (un fenómeno de “crime wave”), pero por lo mismo seguramente breve, y muy diferente a lo que ocurrió en Colombia. La tendencia en México, como bien ha señalado Fernando Escalante, es la de una constante reducción de la tasa de homicidios (muy por debajo siempre de la colombiana). Tenemos pues, una violencia diferente cuantitativa y cualitativamente.

LA RELACIÓN DEL NARCOTRÁFICO Y EL ESTADO EN MÉXICO

El tema de la relación que el particular Estado mexicano ha tenido y tiene con el narcotráfico es sensible porque con base en esto se formula un mito hermano de la “colombianziación”: el miedo a que las organizaciones traficantes confronten, derroten, y sustituyan al Estado, apropiándose de territorios del país e imponiendo su lógica. Este es el invento mediático del “narcoestado”. Decir esto en el caso de México evidencia una falta total de conocimiento no ya sólo sobre el narcotráfico, sino sobre la forma en que funciona el país desde hace 150 años.

Si hay un consenso entre los expertos académicos en materia de narcotráfico en México (como Jorge Chabat o Luis Astorga) es que los traficantes nunca han buscado competir ni suplantar al Estado como se ha declarado desde tantas tribunas. El mismo Luis Astorga ha señalado más de una vez que las organizaciones traficantes mexicanas siempre han formado parte del aparato del régimen político (gran máquina de integración política), pero siempre desde posiciones de subordinación, marginadas del poder político, siguiendo las reglas del juego por esté impuestas. Esto equivale a decir que México ha sido y es la antítesis de lo que se considera “narcopolítica” en Colombia.

Si bien los traficantes han contribuido a la pérdida de fortaleza institucional mexicana no han sido ni mucho menos los grandes causante de la misma, y siguen siendo organizaciones locales o regionales cuyo objetivo con relación al poder público no es la suplantación sino la compra de protección o el contrato de las corporaciones policiales para emplearlas contra la competencia o como mercenarios: no es otro el origen de que la mayoría de los muertos relacionados con el narco sean, además de pistoleros o narcomenudistas de las propias organizaciones, policiales locales vinculados a tal o cual cartel, que no cumplieron su acuerdo, intentaron jugar a dos bandas, etc.

En los últimos años no ha habido cambios radicales en este esquema: lo que ocurre es que, con la crisis del régimen posrevolucionario y la pérdida de muchos de sus acuerdos informales, tanto las organizaciones traficantes como los cuerpos policiales han ganado en relativa autonomía y se ha perdido parte la facultad del régimen de actuar como árbitro en el tema de narcotráfico, pero esto difícilmente cambiará la lógica del narcotraficante en relación al Estado, porque en términos generales no hay mucho misterio: al narcotráfico no le interesa el poder estatal, lo que le interesa es medrar de forma subterránea, silenciosa, y parasitaria a la sombra de este, por medio del vínculo de la corrupción. La estabilidad política y económica es buena para el negocio. La confrontación duradera no lo es.

¿A QUIÉN CONVIENEN ESTOS MITOS?

Sobre estas mitologías hay que señalar por último un punto interesante: ¿a quién conviene este clima de parálisis y terror? En primer lugar, no resulta disparatado creer que las declaraciones de políticos, militares y cuerpos de seguridad sobre el peligro de la “colombianización” y sobre la fortaleza de las grandes organizaciones criminales que amenazan la soberanía del país sean un recurso para justificar fácilmente sus derrotas ( la lucha contra el narcotráfico está perdida de antemano si solo se circunscribe a lo policial/militar y el ejemplo más claro son los Estados Unidos) y magnificar sus éxitos relativos (más decomisos y capturas que realmente significan la existencia de más volumen de tráfico, mercado y gente implicada). Y en segundo lugar, algo más grave: estas “invenciones” resultan descabelladas, a menos que lo que se busque sea precisamente un clima de opinión favorable a la militarización de la lucha antidrogas (cosa que ya se dio), y una mayor permisividad para la injerencia de Estados Unidos en materia militar de la mano de excusas como el “narco-terrorismo”, o la idea de que México es un Estado fallido. Si la “colombianización” es en sus premisas falsa, podría resultar verdadera en sus consecuencias: militarización, y que EUA utilice planes de ayuda para intervenir militarmente en el país y convertirlo en otra zona militar estratégica en complicidad con parte de la clase política nacional, como ocurrió en Colombia. Y eso sí que sería un problema de seguridad nacional.

El problema de la violencia y el narcotráfico en México es real, pero abandonar mitificaciones en su concepción es el primer paso necesario para poder delimitarlo, entenderlo e intentar resolverlo. Se necesita en resumen, más realismo y menos mitologías.

César Morales Oyarvide - Politólogo mexicano.

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