domingo 1/8/21

El IV Reich

Reformas estructurales, ajustes fiscales, rescates financieros, prima de riesgo… Asistimos a un bombardeo intenso de conceptos técnicos difícilmente comprensibles para la mayoría de la población, que esconden tras el velo de los discursos mediáticos dominantes, una verdadera intención de ocultación del significado real de esas medidas, que configuran en realidad un ataque sin precedentes a la democracia y el bienestar de los ciudadanos.

Reformas estructurales, ajustes fiscales, rescates financieros, prima de riesgo… Asistimos a un bombardeo intenso de conceptos técnicos difícilmente comprensibles para la mayoría de la población, que esconden tras el velo de los discursos mediáticos dominantes, una verdadera intención de ocultación del significado real de esas medidas, que configuran en realidad un ataque sin precedentes a la democracia y el bienestar de los ciudadanos.

Estamos ante una situación de guerra implícita contra las democracias, a través de la imposición de una serie de dogmas neoliberales que consolidan el imperio de los mercados y el sometimiento de los ciudadanos a las exigencias injustas y empobrecedoras de los grandes agentes económico-financieros. La aplicación sistemática de una política económica orientada a recuperar la tasa de beneficio del gran capital transnacional, liderado por el sector financiero (que detenta el control de la política y la economía internacional) se consolida a través de la aplicación de una serie de medidas que persiguen tres grandes objetivos, en la línea con la argumentación de David Harvey, que enuncia como nuevo modelo de acumulación de capital, que denomina “modelo de acumulación por desposesión”:

1. Modificar el reparto de la riqueza a través de medidas que significan una transferencia de rentas desde el trabajo al capital: reducción de los salarios a través de la aplicación de la Reforma laboral y de la presión del desempleo sobre el poder de negociación de los trabajadores; incremento de los impuestos indirectos que afectan más negativamente a los que menos tienen; eliminación de mecanismos de redistribución de rentas a través de una política fiscal regresiva que reduce los impuestos para las rentas del capital.

2. Privatización de los servicios públicos, que significa un trasvase de recursos hacia el sector privado, con la apertura de “nuevas oportunidades de mercado” del que extraer beneficios, asumiendo la gestión y explotación de servicios públicos, cuya principal finalidad no es el de ofrecer la cobertura de una serie de necesidades básicas a la población, sino de extraer un beneficio económico de dichas actividades.

3. Una transferencia de riqueza desde las naciones periféricas de Europa Occidental hacia las potencias hegemónicas (Alemania) a través de la imposición de unas políticas que responden al concepto de “ajuste fiscal”, ya muy ensayadas en Latinoamérica en las décadas de los 80 y 90, impuestas por las grandes instituciones económicas supranacionales (FMI, BCE, UE) que suponen un empobrecimiento progresivo de esos países a través del mecanismo de la deuda, que consolida una desigualdad creciente que limita la capacidad de estos países para crecer y prosperar: intereses crecientes e impagables de la deuda que detrae recursos necesarios para el mantenimiento de un Estado del bienestar que genera una situación de círculo vicioso (menos ingresos fiscales, más ajustes, más deuda…). Otras consecuencias de esas políticas es la generación de flujos financieros desde la periferia hacia los países centrales y el creciente deterioro de la economía productiva.

Una derivada especialmente grave de este proceso es que, para llevarlo adelante, la democracia es prescindible, convirtiendo a los gobiernos nacionales en títeres manejados por instituciones supranacionales sin legitimidad democrática defensoras de los intereses de los lobbys financieros internacionales, y que deciden medidas de política económica lesivas para una mayoría de la población. A propósito de esta cuestión, en España hemos tenido que asistir al espectáculo de un presidente del gobierno reconociendo en sede parlamentaria que él sólo hace lo que le mandan y que no tiene ninguna capacidad para ejercer la soberanía nacional, sin que esa confesión merezca su dimisión, aceptando de facto la condición de protectorado alemán del Estado español.

El papel de Alemania en este proceso es también significativo, al existir una coincidencia entre los intereses del gran capital financiero transnacional y los intereses del Estado alemán (aunque a medio y largo plazo es cuestionable los beneficios de la actual deriva neoliberal para la ciudadanía de este país) pues las exigencias sobre los países periféricos de Europa implican la defensa de los intereses de la banca alemana, supone la aceleración de flujos financieros desde las periferias hacia los países centroeuropeos, permite una financiación a coste cero de su deuda y la destrucción de los tejidos económicos productivos de posibles competidores en el mercado globalizado.

Por lo tanto, hoy estamos ya viviendo bajo el IV Reich alemán, pero esta vez no son los “Panzer” los que avanzan por el territorio europeo arrasando todo, sino que son las imposiciones de los poderes económicos alemanes o a su servicio los que destruyen los débiles estados del bienestar y dinamitan la cohesión social en nuestros países. Digámoslo claro, hoy vuelve a ser Alemania, como en la década de los años 30 del siglo pasado, el principal peligro para Europa, y ante esa realidad, hay que reaccionar para evitar que la historia se repita.

La dignidad de los ciudadanos está en juego y los gobernantes, elegidos democráticamente, se deben a sus ciudadanos y no a poderes económicos impuestos por las élites políticas y financieras. Es por ello que es necesario una actitud consciente que nos lleve a la denuncia y a la rebelión respecto a esta situación, exigiendo a nuestros gobernantes que lo primero es el bienestar y el futuro de los ciudadanos, y la economía y la política deben ser instrumentos al servicio de esos objetivos, y no fines en sí mismos para que los grandes poderes económicos culminen el asalto al bienestar y a los derechos sociales y políticos que tanto ha costado conseguir.

Vivimos en el seno de una Unión Europea y monetaria que es parte del problema enunciado. Y sobre esto, es preciso hacerse una serie de preguntas:

¿Qué sentido tiene pertenecer a una estructura política que se sustenta sobre la desigualdad interna de sus miembros y que la permanencia en ella significa el creciente distanciamiento de los estándares de vida entre los ciudadanos de unos países y otros? ¿Qué sentido tiene pertenecer a un club en el que reina la desconfianza entre sus socios y se celebra como un triunfo la imposición de sacrificios y sufrimiento extremos a la población de unos países que se definen como vagos, corruptos, derrochadores e incapaces?

Una UE que no persiga la cohesión social, la convergencia social y económica entre sus distintos territorios no es un proyecto viable, y tampoco es útil. Nuestra permanencia en el euro, en estos momentos, nos conduce al empobrecimiento y al sometimiento al IV Reich, el imperio neoliberal financiarizado, en el que nuestra pobreza es la condición ineludible para la prosperidad de otros, como demuestra la deriva insoportable de Grecia, espejo que refleja nuestro futuro y, en gran parte ya, nuestro presente.

El IV Reich
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