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sábado. 25.06.2022

El fútbol como industria global y nacional

NUEVATRIBUNA.ES - 25.7.2010A lo largo de los últimos dos meses, esta columna se ha dedicado al análisis económico del futbol. Con la culminación del Mundial, es hora de hacer un corte de caja y dejar este tema que entretiene, para volver a otros más relevantes que son también más preocupantes.
NUEVATRIBUNA.ES - 25.7.2010

A lo largo de los últimos dos meses, esta columna se ha dedicado al análisis económico del futbol. Con la culminación del Mundial, es hora de hacer un corte de caja y dejar este tema que entretiene, para volver a otros más relevantes que son también más preocupantes. Valga, pues, un punteo de asuntos a partir de los cuales el futbol debe ser analizado no sólo como deporte o espectáculo sino como una actividad económica relevante.

1. Consumidores globales, nacionales y locales.

Si hace unas décadas la pasión por el balompié implicaba una identificación con el equipo local, de la ciudad o del barrio de residencia, ahora el aficionado puede ser cada vez más remoto y vivir a miles de kilómetros del estadio donde juegan sus ídolos. La ocasión para disfrutar de los partidos protagonizados por las mejores estrellas del orbe ya no se reduce a la Copa del Mundo cada cuatro años, sino que la televisión ha hecho posible que cada fin de semana los espectadores consuman un espectáculo ocurrido en las principales ligas europeas, epicentro de este negocio global. Esta ampliación de aficionados-consumidores también ha catapultado el alcance de la industria futbolística: dejó atrás el barrio y se volvió, como la economía en su conjunto, global.

2. Un mercado imperfecto y monopólico.

Aunque hay millones de equipos de futbol en el mundo, sólo unos cuantos miles son profesionales, es decir, hay relativamente pocas empresas que producen ese servicio de entretenimiento que es el futbol. Para entrar al mercado, hay importantes filtros, lo que reduce las posibilidades de participar: tener un equipo en una división profesional requiere sortear competencias previas y/o, en su caso, realizar desembolsos considerables ya sea para adquirir una franquicia, un conjunto de acciones o para adherirse a una federación. Además, hay un único regulador supranacional: la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) que define las reglas del juego y del negocio en todo el planeta, a grado tal que tiene más países afiliados que la propia organización de las Naciones Unidas. Hay, así, pocas empresas que abarcan a un negocio con miles de millones de consumidores. Pero esas empresas, lejos están de ser de dimensiones similares. Para no ir muy lejos en las comparaciones, baste señalar que en la misma división profesional de una misma liga, hay diferencias más que significativas. Es el caso de la liga española, donde se identifica al club más rico del orbe, el Real Madrid, cuyos activos y flujo de ingresos poco o nada tienen que ver con los de un equipo como el Hércules de Alicante, recién ascendido a esa misma primera división.

3. Los ingresos de los equipos.

Si tradicionalmente un equipo de futbol recibía ingresos por las entradas de aficionados a su estadio a lo largo de los diferentes torneos en los que competía, ahora las fuentes de recursos se han diversificado, pero en algunos casos, concentrado. La diversificación proviene de la multiplicación de los productos que se venden: antes sólo el partido en vivo y en directo para los aficionados en la tribuna, y algunas cervezas y refrescos, más la publicidad en las vallas alrededor del campo. Ahora, además de lo anterior, publicidad también en los propios uniformes de los jugadores, así como una amplia gama de productos de mercadotecnia: gorras, camisetas, bufandas, estampas para coches, libros, calendarios, etcétera. Y la concentración de los ingresos que pueden recibir las empresas, esto es, los clubes de futbol, proviene del negocio de la televisión, pues son unos cuantos compradores los que realizan las adquisiciones, siendo este rubro el más importante como generador del dinero fresco para los equipos profesionales.

4. TV y futbol, mancuerna indisoluble.

La popularidad del futbol hace que se convierta en uno de los contenidos más rentables en la emisión de las cadenas televisivas —aunque no sólo, pues también aumenta las audiencias de las frecuencias de radio y las ventas de ejemplares de periódico (o bien de consultas en internet) a grado tal de permitir la existencia de algunos diarios deportivos destinados, en el grueso de su información, al seguimiento futbolero—. Si el futbol es un buen negocio para la televisión, la televisión se ha convertido en el principal negocio del futbol. Es gracias a la TV que un partido en el Santiago Bernabéu se puede seguir en tiempo real en toda España y en Europa, así como en Beijín, en Río de Janeiro y en la Ciudad de México. Los equipos viven, literalmente, del dinero que les ofrece la televisión. El problema es que la industria de la televisión también es de alta concentración económica y de unos cuantos actores que, por lo mismo, tienen un poder monopsónico excepcional (como son pocos compradores pueden influir en el precio de compraventa en deterioro de los intereses del vendedor). Así, buena parte de la salud del negocio del futbol depende del tipo de arreglos que los equipos, de manera sea individual o colectiva, puedan tener con las empresas de televisión.

5. Los futbolistas son trabajadores.

Sin futbolistas no habría futbol. Esta perogrullada quiere subrayar el hecho de que todo el circo del futbol mundial finalmente descansa en el talento de unos cuantos trabajadores, de habilidades sorprendentes, que despliegan su talento a cambio de un salario. Son trabajadores en ocasiones de lujo y muy bien pagados con frecuencia, pero trabajadores al fin. Su vida laboral es muy corta, a lo sumo de una decena de años en un puesto de alto nivel, y no exenta de riesgos laborales, como las lesiones, que pueden ser definitivas. Ahora bien, al tratarse de un negocio reducido, con pocas salidas —ser titular de un buen equipo es muy difícil— y con una fuerte competencia por los trabajadores más calificados —los futbolistas de mejor calidad—, el precio de sus salarios no guarda relación con el resto del mercado de trabajo. Además, existen intermediarios que se dedican a negociar las condiciones contractuales de los futbolistas, o bien a venderlos y comprarlos a cambio de importantes comisiones. A diferencia de otros gremios, y en buena medida por la organización de los empleadores —directivos de los clubes— no existen organizaciones profesionales sólidas que puedan hacer valer los derechos laborales de los futbolistas.

6. El futbol y el fisco

Como todo negocio, el futbol genera —o debería generar— ingresos fiscales. Esa sería la contribución “pública” directa de este negocio al resto de la economía. Todo ingreso de los equipos debería estar gravado: venta de entradas, derechos de transmisión, ingresos por mercadotecnia y publicidad, dividendos, así como por la venta de activos, como es el caso de los jugadores. Asimismo, deben causar gravamen los ingresos de aquellas empresas privadas que hacen quinielas de apuestas deportivas. No suele ser ello lo usual, sobre todo en países como México donde la elusión y evasión fiscal se han convertido en un deporte tan popular como el futbol mismo.

7. La especulación y el futbol.

El futbol necesita de jugadores y también de infraestructura inmobiliaria, como estadios y campos de entrenamiento. En ambos casos, se trata de activos sobre los que se puede especular —comprar barato y vender caro—, lo que puede dar lugar a la creación de burbujas típicas de otros negocios. En los últimos años, las ligas más importantes se han adentrado en un proceso de espiral inflacionaria en los precios de adquisición de los jugadores, que pone en riesgo la solvencia de los propios equipos.

8. El impacto económico del futbol.

El futbol como actividad económica se enmarca dentro del sector servicios de la economía y, en especial, en el del ocio. Además de los ingresos y empleos directos que produce —para jugadores, entrenadores, preparadores físicos, árbitros, administradores y directivos, accionistas, personal de mantenimiento de estadios e instalaciones, etcétera.— puede generar “externalidades” positivas en otras áreas de la economía. El incremento del consumo de aparatos receptores de televisión, la ampliación de suscripciones a la TV por cable, la mayor afluencia a bares y restaurantes, el aumento de venta de artículos deportivos, los viajes de aficionados que incrementan el turismo, son ejemplo de esa derrama del futbol. Sin embargo, es apresurado pretender que un triunfo o una derrota futbolera pueda tener mayor incidencia en la economía de un país. Importa más el comportamiento general de la industria —como en Inglaterra, donde se ubica la liga más robusta en términos de volumen del negocio— que un buen desempeño en un mundial —la economía uruguaya seguirá siendo la misma a pesar del destacado papel de su selección en Sudáfrica—.

9. El negocio requiere infraestructura.

México ha sido sede de dos copas del mundo, 1970 y 1986. Pretendió repetir como país anfitrión para 2018 o 2022, pero pronto la Federación Mexicana de Futbol renunció a tal pretensión. La razón es que la FIFA exige un conjunto de estadios relativamente nuevos, con cierta capacidad de aforo, que nuestro país no tiene. Nuestra infraestructura futbolera ha envejecido y está obsoleta. La gran joya del balompié mexicano, el Estadio Azteca, fue edificado en los años del desarrollo estabilizador y de sustitución de importaciones. Así, aunque ha crecido el volumen del negocio, no lo ha hecho por igual la inversión, signo de que el futbol puede en este caso ser botón de muestra de las decisiones económicas predominantes en un país.

10. La regulación estatal.

Toda actividad económica debe estar sujeta a regulación para evitar incumplimientos de contratos, abusos de los actores de mayor poderío, daño al consumidor o afectación al interés público. El negocio del futbol no es la excepción o no debería de serlo, por ejemplo, en lo que se refiere al cumplimiento de las obligaciones fiscales de los clubes, pero también en lo que hace al respeto a los derechos laborales —que en México son sistemáticamente violados—. Además, en países como España e Inglaterra se habla ya de una nueva regulación a las decisiones económicas de los equipos para evitar su bancarrota —y el eventual rescate con recursos públicos que ello supondría—.

Pensar en el futbol como una actividad económica quizá ayude a mejorarlo como deporte, sobre todo en casos como el de México donde la búsqueda de la rentabilidad inmediata —mejor importar jugadores que formarlos; tener dos breves torneos de baja calidad pero que ofrecen los ingresos de la liguilla dos veces al año; las decisiones deportivas supeditadas a los intereses de las empresas de TV, y un largo etcétera— ha impedido la planeación estratégica de una industria que tiene lo esencial para todo negocio exitoso: una elevada demanda, protagonizada por millones de consumidores ávidos de buen futbol cada domingo.

Ciro Murayama - Economista, es profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es editor de la revista “Nexos” y en la actualidad escribe semanalmente en “La Crónica”.

ciromurayama@yahoo.com

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