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miércoles. 29.06.2022

El foro de Davos, el mundo prescindible y el coco de la confianza

2.2.2009¿Para qué sirve el Foro Económico Mundial que cada año se reúne en la ciudad suiza de Davos? Visto lo visto, para que la policía aporree cada año a varios cientos de manifestantes altermundistas. Sus sesiones acaban de clausurarse esta vez con un monumental encogimiento de hombros ante la profunda crisis que viven los mercados mundiales y que sus gurus fueron incapaces de predecir en su actual dimensión.
2.2.2009

¿Para qué sirve el Foro Económico Mundial que cada año se reúne en la ciudad suiza de Davos? Visto lo visto, para que la policía aporree cada año a varios cientos de manifestantes altermundistas. Sus sesiones acaban de clausurarse esta vez con un monumental encogimiento de hombros ante la profunda crisis que viven los mercados mundiales y que sus gurus fueron incapaces de predecir en su actual dimensión. Y siguen sin aportar una mínima luz al final del túnel: “Como Sócrates, todos los participantes coincidieron en que no sabemos absolutamente nada", resumió adecuadamente el economista Martin Wolf, editor de The Financial Times.

Al otro extremo del mundo y en sus antípodas ideológicas, los promotores del Foro Social Mundial (FSM), reunido en la ciudad amazónica de Belem, hicieron suya una frase del discurso pronunciado por el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva: “Otro mundo es imprescindible”. Por lo tanto, si hemos de despejar la incógnita, lo que resulta absolutamente prescindible es el mundo que sigue cocinándose en Davos.

En un momento en que hasta resulta una mala noticia la bajada de precios por cuanto pueda aproximarnos al fantasma de la deflación, sorprende que los artífices de este desastre no hayan protagonizado un acto colectivo de contricción. Ni siquiera han guardado esta vez ni un cierto cupo de decencia como cuando el año pasado el cantante Bono les reprochó el incumplimiento de los objetivos del milenio con una contundente imputación: "Si tengo que dar algún consejo al mundo en desarrollo es este: tomad un buen abogado y sentad nuestros culos en el banquillo de los acusados".

En aquel entonces, que ahora se nos antoja sumamente remoto, se hablaba de cooperación con el tercer mundo. Ahora se habla de que el primero se va a pique: y si el maremoto de la pobreza entra en los camarotes de lujo, no quiero ni pensar qué puede estar ocurriendo en las bodegas de la miseria extrema, de la hambruna y de la desesperación.

Desde Grecia a Bulgaria, pasando por Francia, las tensiones están aflorando a la calle en mitad del invierno más crudo de la última década. Mientras la Gran Bretaña del economista Gordon Brown empieza a cotizar por debajo de su libra, la Italia de Silvio Berlusconi parece más preocupada por activar un supuesto paquete de seguridad destinado a reprimir a la inmigración, que por emprender medidas de choque contra una crisis que mina la moral colectiva de sus ciudadanos. En España, se respira una extraña calma, la de la perplejidad. Por ejemplo, factorías como Acerinox, cuyo beneficio acumulado hasta octubre de 2008, alcanza a 125,4 millones de euros, plantean ahora un Expediente de Regulación Temporal de Empleo; mientras que los bancos que han contribuido a agravar la actual quiebra de nuestra economía, confiesan beneficios millonarios: pero con una mano aceptan dinero público y con la otra siguen negando créditos a particulares y empresas.

Los de Davos han dicho que estamos ante “una crisis transformacional” que deberá modificar el sistema financiero. ¿Hacia dónde? ¿Hacia donde quiere José María Aznar, que sigue recetando más liberalismo a ultranza para sacarnos del pozo en donde nos ha sumido el liberalismo a ultranza? ¿O hacia donde quieren demócratas y republicanos de Estados Unidos que empiezan a dar pasos para nacionalizar bancos cuando aquí todavía nos cuesta trabajo hablar de una simple intervención gubernamental en los mismos?

Habrá que recapitalizar el sistema bancario mundial, como dicen esos señores tan finos reunidos en Suiza. Pero habrá también que pedir responsabilidades a quienes nos han robado la cartera: en Davos, durante el día, se arreglaba el mundo, se rechazaba el comunismo y se hablaba de capitalismo verde, pero por la noche se sustituía a la macroeconomía por las macrofiestas de lujo, como la que organizó Marruecos, un país cuyas tres cuartas partes de la población siguen por debajo del umbral de la pobreza y que deslumbró a propios y extraños con un despliegue propio de las mil noches y una noche de Harum Al-Rashid.

A fin de cuentas, el Foro Económico Mundial se inició en 1970 y pronto dejó de ser estrictamente europeo para abrirse a numerosos países y economías, desde Estados Unidos a China, desde Argentina a Colombia. Pero sigue siendo un club privado cuyos socios pagan una fortuna por participar en esa cumbre anual, un think tank, un mercado de ideas, que, paradójicamente, parece haberse quedado sin mercancía creativa. Algo parecido a lo que recientemente confesaba Pedro Solbes, el ministro español de Economía, cuando aseguraba que a nuestro Gobierno ya no le quedaba nada por hacer.

Los de Davos serán unos cerebritos de los números pero como pitonisos no han destacado nunca: en 1993, en puertas de la anterior crisis, allí hablaban de “la recuperación global”. Y el lema de 2003, no pudo ser más explícito: “Construyendo confianza”. Seis años más tarde, en el encuentro que se clausuró este fin de semana, le dio la réplica a dicho eslogan uno de los asistentes, Montek Ahluwalia, ministro de Planificación de la India, quien sentenció: "La confianza crece como crece un árbol de coco, pero cae como cae el coco del árbol".

JUAN JOSÉ TÉLLEZ
Escritor y periodista

El foro de Davos, el mundo prescindible y el coco de la confianza
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