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jueves 19/5/22

El fontanero rumano o el origen de las especies

No era polaco. Ya me habría gustado un macizo como aquel que, en gigantescos carteles callejeros, advertía en París acerca de la necesidad de respetar a los emigrantes que -conviene decirlo una vez más visto lo que se avecina en esta Europa al pairo, la de los test de ADN que tan orgullosamente preside este semestre Sarkozy, con su torre Eiffel tachonada de estrellas- vienen a hacer los trabajos más sucios, en el sentido literal de la expresión.
No era polaco. Ya me habría gustado un macizo como aquel que, en gigantescos carteles callejeros, advertía en París acerca de la necesidad de respetar a los emigrantes que -conviene decirlo una vez más visto lo que se avecina en esta Europa al pairo, la de los test de ADN que tan orgullosamente preside este semestre Sarkozy, con su torre Eiffel tachonada de estrellas- vienen a hacer los trabajos más sucios, en el sentido literal de la expresión. Aquel cartel con el tipo inalcanzable se prestaba también a su pizca de xenofobia -y la hubo- porque era como una premonición encubierta: a partir de ahora, venía a decir subliminalmente, todos los fontaneros serán polacos. Así que los fontaneros locales tienen que ir planteándose hacer un cursillo rápido de formación en cualquier otra especialidad.

Pero volvamos a los orígenes. Como decía, no era polaco, era rumano. La situación ya la han vivido ustedes: Madrid, una casa antigua, un verano canicular y una filtración de agua en la pared que todas las mañanas descubres que misteriosamente ha crecido por la noche. Y, como es justo dar al César lo que es del César, tengo que decir que primero recibí la visita del fontanero español que se cargó tres azulejos de la bañera, metió una mano en el agujero y se levantó, muy digno, para pasarme la consigna: “Tiene usted que poner silicona alrededor, esto no lo cubre el seguro”. Dejó todo hecho un asco al marcharse.

Compré la silicona en un “chino”, donde una canija que no tendría más de cuatro años me explicó con enorme seriedad como tenía que colocar el tubo, apretar el émbolo, y pasar el dedo mojado por encima de la pasta. A la china, su madre, le parecía de lo más normal el monólogo de la cría y se limitó a cobrarme en un mutismo que era hasta incómodo. Llevé a cabo toda la operación, que confieso me quedó perfecta, y vuelta a contemplar el crecimiento de la mancha de agua cada mañana.

Y, por fin, llegó el fontanero rumano. Dos metros de envergadura y el zapato más grande que había visto en mi vida. Una ojeada panorámica al baño, una docena más de azulejos a tomar viento, y una exclamación triunfal: “Aquí”. Y era cierto, “aquí” estaba el agujero. Me sentí tan agradecida que le ofrecí una lata fría y me quedé a hacerle compañía, mientras iba sacando el soplete, una llave inglesa y tres o cuatro herramientas más, cuyo nombre desconozco. Fue entonces cuando me contó que era rumano y mientras yo, para hacer amistades, pretendía explicarle que estaba en Bucarest el día que mataron a Ceaucescu y le enseñaba un brazalete con los colores patrios, que no le causó la menor emoción, él empezó un discurso interminable que funcionaba como una banda sonora mientras se ocupaba del boquete de mi cañería. Algo como “aquí he conocido a Jesucristo, me ha hecho mucho bien, a mí y a mi familia, desde que le conocemos todo nos va bien, cuando llegamos mi mujer y yo casi nos íbamos a separar, todo tiene un origen, él es el origen de todo”, me enseñó la llave inglesa”alguien ha creado todas las cosas, como esta. En Rumania yo era ortodoxo, pero es como si no fuera nada”El rollo no me iba y le corté: “Soy atea”. Se quedó mirándome y pronunció un lacónico “ah”.

La avería estaba prácticamente reparada. Tuvo que bajar para coger algo del coche. Se marchó pensativo y regresó rumiando lo que tenía que decirme. “Disculpe, pero ¿qué es ser atea?”. Le respondí, no se le veía convencido. “Entonces, ¿el origen de todo?”. “La evolución, pura química”. No dejaba de mirarme. Por fin: “¿Darwin?”. Asentí y respiró aliviado: “Ah, eso es lo que nos decían en Rumania, en la escuela”. O sea, como si nada. Y se marchó realmente satisfecho.

Tiene motivos para estarlo. Mientras el fontanero español siga siendo un chapuzas a 30 euros la pasada de soplete, más desplazamientos más IVA, jesucristos aparte el fontanero rumano, como el macizo polaco, formara parte de la emigración “elegida”.

El fontanero rumano o el origen de las especies
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