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martes. 09.08.2022

El fin del mito del libre mercado

NUEVATRIBUNA.ES - 08.11.2009Frankfurt 30 de octubre - Bruselas 5 de noviembreCon la economía en el centro del debate político, esta semana arrancan en el Parlamento Europeo los trabajos de la comisión especial sobre la crisis financiera, económica y social.
NUEVATRIBUNA.ES - 08.11.2009

Frankfurt 30 de octubre - Bruselas 5 de noviembre

Con la economía en el centro del debate político, esta semana arrancan en el Parlamento Europeo los trabajos de la comisión especial sobre la crisis financiera, económica y social. Diseñar el modelo económico que queremos para Europa no sólo requiere mirar al futuro sino también ser conscientes de que la crisis aún no ha pasado y de que sus efectos se harán sentir aún durante los próximos años, especialmente entre los más desfavorecidos. Sin duda, tenemos que analizar tanto las causas como las consecuencias de la crisis. No cabe mantener el status quo ni volver a la normalidad anterior a la crisis que generó esta situación. Pero, en palabras del diputado socialista Antolín Sánchez Presedo, no podremos responder a las expectativas si no conseguimos hacer legible esta crisis, llegar a un acuerdo no entre nosotros sino con los ciudadanos y lanzar propuestas concretas con una verdadera capacidad de movilización. Para regresar a la senda del progreso tendremos que ser capaces de proyectar un horizonte de confianza incorporando la perspectiva comunitaria.

Decía recientemente un amigo que la caída del Muro de Berlin en 1989 supuso el fin del mito de la economía planificada, mientras que la caída de Lehman Brothers veinte años después en 2009 representa el fin del mito del libre mercado. En cierta medida, no le falta razón. Muchos de los grandes problemas a los que nos enfrentamos en la actualidad se explican ante el fracaso de los grandes referentes ideológicos que marcaron el siglo XX. La teoría política dominante en Norteamérica reclama la superación del sistema de partidos argumentando que la llegada del posmaterialismo supone la desaparición de los axiomas que han dividido tradicionalmente a las sociedades occidentales. Los hay sin embargo quienes no comulgamos con esta visión de la realidad. De hecho, la decadencia de las familias políticas tradicionales no encuentra su razón de ser en la desaparición de las diferencias sino en su incapacidad para identificarlas y articular un discurso renovado para el futuro.

No debemos caer en la tentación de abordar este asunto desde un plano meramente académico, abstracto. El crecimiento desproporcionado de los servicios financieros respecto de la economía productiva y la excesiva dependencia del crédito han alimentado una burbuja que ha venido creciendo a lo largo de los últimos veinte años. A todo ello tenemos que sumarle los desequilibrios de fondo que la volatilidad fruto de la especulación ha causado en el reparto de los recursos naturales. La crisis económica pero también social que atravesamos tiene serias y devastadoras consecuencias. De un lado, millones de personas han perdido su empleo hasta alcanzar tasas de paro superiores al 30% en una veintena de países. Otros 53 millones de personas en todo el mundo se verán arrojadas a la pobreza y se encontrarán en riesgo de exclusión social. Por si fuera poco, 400.000 bebés más podrían morir cada año debido a la desaceleración del crecimiento económico.

Hace 80 años, en 1929, otra gran crisis no sólo trajo consigo décadas de crecimiento negativo sino que también dio lugar al alza de las ideologías totalitarias. Y, lo que es peor, sólo se zanjó tras una Guerra Mundial. No podemos tolerar que se repita la historia. Desde la izquierda es necesario articular un discurso que proyecte un futuro de estabilidad y esperanza. De lo contrario continuaremos asistiendo al resurgimiento de la extrema derecha que, como en el caso de Le Pen en Francia, sabrá cómo infestar la sociedad con ideas detestables cargadas de demagogia aprovechándose de la urgente necesidad de propuestas para los muchos retos a los que se enfrenta el conjunto de la sociedad.

Si de algún modo podemos medir el retroceso que supone el momento histórico actual respecto de periodos anteriores probablemente sea por el aumento de la dependencia y las desigualdades. Es por ello que esta crisis no hace sino reafirmar la vigencia de los valores socialistas de emancipación, libertad e igualdad. Es decir, tener las herramientas para poder tomar decisiones de manera autónoma. Sin embargo, separar lo estructural de lo coyuntural se antoja como una tarea complicada en demasiadas ocasiones. La izquierda tiene que reaccionar identificando quiénes son los nuevos dependientes, quiénes sufren las consecuencias de la desigualdad y qué políticas han dado lugar a los factores que determinan estas condiciones.

Keynes anunciaba en 1936 que, de algún modo, todos somos dependientes de los mercados financieros. La crisis, la socialización de las pérdidas y la privatización de los beneficios prueban que vivimos en una "economía de casino" en la que nadie nunca nos preguntó si queríamos participar. No podemos permitir que el único árbitro de la prosperidad sea el comportamiento irracional de aquellos agentes con capacidad de influenciar los mercados. Rara es la ocasión en que el reparto de beneficios que hace el mercado realmente implica un verdadero reparto equitativo de las oportunidades en el conjunto de la sociedad. Cambiar la realidad requiere cambiar las reglas de juego. Se hace necesario, por tanto, regular de una manera más estricta el sector de los servicios financieros. La socialdemocracia tiene que abanderar este proceso si quiere aspirar a reconstruir su discurso. La también eurodiputada socialista Magdalena Álvarez decía ayer que tenemos que ser valientes y adoptar en el ámbito financiero un enfoque similar al que se ha adoptado en el terreno medioambiental con el fin de desalentar determinados comportamientos: el que contamina paga. El debate reabierto acerca de un impuesto sobre las transacciones financieras quizás sea un buen punto de partida.

Alejandro Olmos Marcitllach es asistente parlamentario en el Grupo de la Alianza Progresista de socialistas y demócratas en el Parlamento Europeo.

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