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viernes 27/5/22

El error secular de la izquierda

NUEVATRIBUNA.ES - 4.4.2010 ...como una apelación que quedara en el saco de lo ideológico. Craso error. A mí me parece que es una definición -si nos ponemos cartesianos- precisa de cuáles son las clase sociales o grupos sociales que cumplen las condiciones necesarias para querer cambiar la sociedad en un sentido de mayor justicia e igualdad.
NUEVATRIBUNA.ES - 4.4.2010

...como una apelación que quedara en el saco de lo ideológico. Craso error. A mí me parece que es una definición -si nos ponemos cartesianos- precisa de cuáles son las clase sociales o grupos sociales que cumplen las condiciones necesarias para querer cambiar la sociedad en un sentido de mayor justicia e igualdad. Marx no da puntada sin hilo por su pretensión de trasladar el método científico de Galileo y Newton al ámbito de lo social. De este criterio o definición marxiana la izquierda comunista y, en alguna medida y en otras épocas la socialista, ha pasado a creer que la clase obrera -proletaria en Marx- es la depositaria de ese carácter revolucionario por el sólo hecho del papel que juega en el sistema de producción capitalista, ahora y desde el siglo XIX. En mi opinión ha sido un error. La izquierda y los sindicatos que pretenden cambiar el sistema capitalista y no sólo gestionarlo mejor -aunque sea con un mayor sesgo social- deben rectificar este error estratégico porque de él se deriva una riada de errores tácticos sin solución de continuidad.

Del análisis de las anteriores elecciones en Francia que llevaron a Sarkozy al poder se deducía que los asalariados en este país y en especial en feudos obreros habían votado más al partido de este soñador de La Grandeur perdue que en otras regiones menos obreras; incluso una gran parte del voto a Le Pen se debía a la clase obrera. Algo parecido ocurre en Italia desde la llegada del nuevo Duce, es decir, de Berlusconi. El norte de Italia, especialmente la Lombardía y el Piamonte (Turín), los feudos obreros de Italia están en manos de la Liga Norte, es decir, de la extrema derecha independentista. En ello algo tiene que ver la clase obrera de esas regiones, sea por acción o por omisión. Y la historia se viene repitiendo en Francia, en Italia y en España, donde, por ejemplo, los barrios más obreros (Madrid) están cayendo en manos de una tardofranquista como Esperanza Aguirre, una reaccionaria que parece salida de la Sección Femenina del P.P.

Los ejemplos se pueden multiplicar y tienen constancia en el tiempo. No se puede votar al P.P., al PDL, a la Liga Norte o al partido de Sarkozy y querer cambiar la sociedad en un sentido de mayor justicia social, económica, de mayor igualdad, incluso respetando el capitalismo como sistema económico. La izquierda debería rectificar el error que en las clases revolucionarias o simplemente de izquierdas se deriva de su posición en el sistema económico o, en lenguaje marxiano, del papel que tienen en las relaciones de producción. Había un sindicalista de cierto rango que se enorgullecía de que en el sindicato fuera tan plural que hubiera afiliados que votaban al P.P. Mayor error es imposible y mayor desvergüenza para ambos -para el sindicalista y el afiliado- tampoco; y lo que es peor, mayor lastre para los sindicatos, tampoco. Los sindicatos mayoritarios deben pasar de ser eso que se llaman sindicatos de clase a ser sindicatos para cambiar el sistema, sea de la clase que sean sus sindicalistas, afiliados, votantes y simpatizantes. No importa si eres obrero o eres autónomo, si eres oficinista o pensionista, si eres rico o pobre, lo que importa es cómo administras tu margen de maniobra en aras de cambiar el mundo en que vivimos -todo el mundo, es decir, el planeta- en un sentido determinado, en un sentido mayor igualdad, mayor justicia social, mayor libertad. No importa lo que pienses o de donde procedas, sino lo que haces, a lo que voluntariamente te comprometes contigo mismo. Los sindicatos y la izquierda siguen adscritos ante esta ilusión de las clases sociales como si los que quieren cambiar la sociedad en un sentido socialista dependiera del tipo de su contrato laboral. Suena caricaturesco, pero es una realidad. Si los sindicatos, la izquierda del PSOE y el propio PSOE quieren recobrar el prestigio perdido tienen que cambiar muchas cosas, algunas metas, muchos programas, pero, en mi opinión, resulta ineludible definir de qué mimbres, de qué cañamazo está formado la urdimbre de sus fuerzas para abordar con realismo elecciones sindicales y políticas, para posibles pactos políticos y sociales, para posibles alianzas entre la izquierda y sindicatos dentro de su autonomía.

¿Es esta visión, esta crítica, algo original o novedosa? Ni mucho menos. Si leemos al Marx del 18 Brumario o el de las Clases sociales en Francia, vemos como analiza de forma dinámica el proceso revolucionario, cómo unas clases sociales sobrepasan a otras, a veces de forma sorprendente, en sus reivindicaciones. Lo mismo con Lenin y con el Mao de las clases sociales, obligado por la falta de una clase obrera en la China de la Gran Marcha, por poner ejemplos de revolucionarios que lo fueron en un momento determinado, aunque luego el devenir histórico merezca otro juicio. En cambio, releyendo a Althusser (1) veo y recuerdo esa frase del filósofo francés de que “la Historia es un proceso sin sujeto”, negando en cierto modo el papel del individuo en la Historia, para sustituirlo por las clases sociales per se. Aunque resulte increíble, al mismo resultado -aunque desde el lado contrario- se llega con la concepción de Ortega en La Rebelión de las masas, donde el filósofo madrileño se lamenta de la sustitución de la élites que dirigían la sociedad por individuos indiferenciados (las masas) que se han convertido en protagonistas de la Historia. Ambos llegan a lo mismo: sean las élites o las clases sociales, ambas están dadas, unas sustituyen a las otras como motores del cambio. En origen, ambas concepciones son sugerentes, pero de ellas se deriva un poso peligroso: una vez adscrito cada papel a cada intérprete, ya no se puede cambiar; por ejemplo, una vez adscrito al proletariado su papel revolucionario (Marx), no hay que analizar en concreto su función en cada coyuntura; una vez adscrito a la clase obrera o a los asalariados el papel del sujeto y objeto sindical no vale la pena analizar su comportamiento en el ámbito de la empresa, en lo político, en lo social e ideológico, porque a esa clase nos debemos, aunque voten a Le Pen, a Umberto Bossi o a Esperanza Aguirre.

Un ejemplo que se de deriva de este error secular de sindicatos y partidos de la izquierda transformadora en España son los casi 2 años que llevan CC.OO. y UGT intentado pactar con los empresarios. Estos últimos no tienen nada que ofrecer a la parte social, pero los sindicatos siguen sin retirarse de esa nonnota negociación para supuestamente salir de la crisis porque viven acomplejados por su mala imagen, y piensan que para mejorarla deben estar ahí, en una negociación sin sentido, esperando que sea la otra parte la que se retire. Y ello es así por la grave indefinición sobre las fuerzas sociales que representan, haciendo sujetos de sus intenciones a parte de quienes no quieren serlo. Lo mismo pasa con los intentos de negociación del PSOE con el P.P.: el error en la valoración de qué y a quienes representan, esa falsa ilusión sobre los deseos de cambio de las clases sociales definidas a partir de su papel en el mundo del trabajo les lleva a sustituir lo que representan por el espejo de sus deseos, por la imagen de lo que son en lugar de lo que son y representan. Los sindicatos deben decir a sus afiliados, a sus votantes, a sus simpatizantes, cuáles son sus intenciones; que desean cambiar las cosas en el mundo en que vivimos en un sentido más justo y más igualitario, y que eso es incompatible con cosas como por ejemplo votar a ese rescoldo del franquismo que es el P.P. en España, en Italia a la extrema derecha de la Liga Norte o al payaso de Berlusconi, o en Francia al encoñado de Sarkozy.

Y en España algo imprescindible en el trabajo y fuera de él: que los sindicalistas, los representantes de los trabajadores, deben ser ejemplares sin llegar al apostolado; dedicados a su tarea sindical, pero no en exclusiva; viviendo con dignidad y nunca con aprovechamiento de su condición de representantes, tanto en su vida laboral como en su vida más privada. Que no haya ni un sólo caso de este tipo, ni un solo garbanzo negro que nos fastidie el cocido. No puede ocurrir que haya un solo ciudadano, asalariado o no asalariado, que reproche a los sindicalistas cualquier aprovechamiento de su condición de representante y que tenga una brizna de razón; que cuando se le pregunte a un secretario general sobre la financiación de los sindicatos se muestre a la defensiva y sin dar explicaciones satisfactorias a ciudadanos de la calle. Ser honesto y parecerlo debe ser también -junto con el error secular de quiénes son revolucionarios- una tarea sindical. Para terminar sólo decir una cosa: ¡cómo me gustaría estar equivocado!

Antonio Mora Plaza - Economista.

(1) En su respuesta a John Lewis en “Para una crítica de la práctica teórica”, edit. siglo XXI.

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