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miércoles. 17.08.2022

El criminal nunca gana

“El criminal nunca gana” era el título de un programa de radio que durante los años de mi infancia recuerdo que se escuchaba en mi casa, antes de la, casi diaria, conexión a muy bajo volumen con La Pirenaica.

“El criminal nunca gana” era el título de un programa de radio que durante los años de mi infancia recuerdo que se escuchaba en mi casa, antes de la, casi diaria, conexión a muy bajo volumen con La Pirenaica. Era una serie radiofónica de episodios sobre crímenes y robos, algunos envueltos en tramas dignas de lo que hoy se denomina “thriller”, que nos mantenía encandilados a niños y adultos durante media hora diaria, siempre con un final previsible ya desde su título: tarde o temprano los malos nunca se salían con la suya y acababan en el trullo o en la silla eléctrica (por supuesto todas eran cosas que pasaban en el extranjero).

No sé por qué, cuando sin sorpresa, pero con brusquedad, tuve conocimiento de la primera sentencia de la ristra de procesos seguidos contra el juez Garzón, por ese extraño mecanismo mental que es la asociación de ideas, me acordé de aquella radionovela de los primeros años sesenta. Aún no había tenido ocasión de leer algunas crónicas, ni de escuchar a algunos intervinientes fascistoides en las tertulias de las televisiones digitales. Por tanto, en ese primer momento, mi mente aún no estaba para nada contaminada con el ambiente de jolgorio que se ha formado en el ámbito derechista, tras darse a conocer la resolución del Supremo. No, simplemente que en mi cerebro se unieron dos ideas y dos sentimientos recorrieron mi piel de la cabeza a los pies, casi sin solución de continuidad. La primera: ¡qué sarcasmo el de la moraleja de aquella serie de mi infancia, a la que, para ser real, hoy como entonces, habría que haberle añadido: nunca gana si es pobre o si, en España, no pertenece al Régimen, porque de lo contrario siempre sale a flote! Y la segunda: ¡pobre del iluso funcionario, policía o juez, que no tenga en cuenta quién detenta el poder real!

¡Qué duras lecciones estamos aprendiendo en estos días de champán y fiesta “gurtelianos”! ¡Qué lejos queda la ilusión de una transición en la que creíamos haber, de una vez, doblado el cabo de la triste historia del canibalismo político y el odio entre españoles! Dos calambrazos, dos sensaciones desagradables que me invadieron. Algo difícil de explicar con palabras, pero que, a buen seguro, muchos de ustedes habrán también sentido.

El caso Garzón es la constatación del verdadero límite del sistema político actual. Es como esas señales que aparecen en canales y puentes: hasta aquí llegó el agua en tal fecha. Hasta aquí hemos llegado y de ahora en adelante todo será bajar y bajar en la calidad de lo que creímos democracia modélica.

Para la generación que, desde la izquierda, luchamos contra la dictadura, es como la evaluación final de curso: treinta años después vivimos en libertad, elegimos a una parte de nuestros gobernantes (no al Jefe del Estado), tenemos una Constitución que ha sido socialmente muy avanzada hasta que le metieron el neoliberalismo en las venas hace unos meses y que, a pesar de ello, sigue siendo bastante aceptable, pero no logramos acabar con el franquismo. Ha permanecido hibernado y enquistado en los aparatos del Estado, ha sabido mutar como los virus y adaptarse. Ha aguardado el momento oportuno para eclosionar descaradamente, a plena luz, sin cortarse y ya revienta por los cuatro costados, exultante.

El criminal nunca gana
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