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lunes 23/5/22

El chivo expiatorio

En la cultura ancestral hebraica existía un ritual en el que sacrificaban, en el mismo acto, a dos chivos. Sin embargo, lo hacían de diferente manera y con diverso propósito. Al primero, el sacerdote lo sacrificaba, ordenada y ritualmente, lo ofrecía a Dios. Al otro, lo mataban a pedradas, lo tiraban al desierto, entregándolo al Demonio.

En la cultura ancestral hebraica existía un ritual en el que sacrificaban, en el mismo acto, a dos chivos. Sin embargo, lo hacían de diferente manera y con diverso propósito. Al primero, el sacerdote lo sacrificaba, ordenada y ritualmente, lo ofrecía a Dios. Al otro, lo mataban a pedradas, lo tiraban al desierto, entregándolo al Demonio. Este último servía para expiar los pecados de los asistentes ya que las culpas propias eran proyectadas en el animal. Se le llamaba el chivo expiatorio. Pues bien, esta singular costumbre étnica tiene referentes universales. De tal modo, que el mejor amigo del hombre ya no es el perro; es el chivo… expiatorio.

La crisis hace emerger lo peor de uno mismo. La crisis no es una oportunidad, es un riesgo. Es una etapa de escasez, dificultades y privaciones. En este contexto, echar las culpas a los demás es un ejercicio cotidiano. Siempre hay alguien al que echar la culpa de nuestra desgracia. Por ejemplo, cuando se acude al Centro de Salud que, por mor de la escasez de recursos humanos, se encuentra saturado, son muchos los que se impacientan. Resuelven que la causa del colapso del servicio se encuentra en los otros usuarios. La reflexión se eleva genéricamente. El deterioro de los servicios y prestaciones no viene sólo derivado de la difícil coyuntura que estamos atravesando sino de la existencia de un importante número de gente de fuera. Es un impulso primario, una válvula de escape para la adversidad. Que, en ningún caso, se debe justificar ni reforzar.

Soy consciente de que la solidaridad en tiempos de escasez es más difícil de llevar. Cuando los miedos se propagan socialmente, la pauta habitual del individuo es a encerrarse. Agruparse internamente, y no empatizar con lo ajeno. Pero hay que ser conscientes de que actitudes de animadversión; incluso desprecio, hacia determinados grupos sociales que conviven con nosotros, conlleva muchos riesgos sociales. No solo de exclusión grupal sino también de germen de brotes de violencia.

El problema se agudiza cuando este bajo instinto es usado por los líderes de opinión como elemento demagógico y electoral. Para ganarse el aplauso fácil de la audiencia cabreada y obtener ventaja política. Por ello, el discurso del político democristiano Duran contraponiendo las dificultades del pueblo catalán a la supuesta holgazanería del pueblo andaluz es una auténtica irresponsabilidad. No sólo porque lo que expresa, que, por otra parte, es común de escuchar en determinados ámbitos. Sino porque, desde su posición de líder, multiplica estas insidiosas y nocivas expresiones. Y además, lo hace como recurso electoral, para competir con otras opciones que están extremando ese discurso incívico. Los políticos, los líderes de opinión, al igual que los medios de comunicación, antes de comunicar, deben darse cuenta de la responsabilidad social que representan.

En esta campaña electoral vamos a escuchar muchas perlas. Frases que apelarán a los bajos instintos de los votantes. Escucharemos propuestas de duros castigos y de enérgicas actuaciones. Es la campaña electoral de la Crisis; donde muchos políticos tendrán la tentación de recurrir a la demagogia. Aquella que Abraham Licoln definió como la capacidad de vestir las ideas menores con las palabras mayores.

No son buenos tiempos para la lírica; tampoco para el “buenísmo”, ni para la expansión de derechos sociales; más bien para la defensa de los mismos. La ciudadanía debe huir tanto de los cantos de sirena como del populismo de los malos políticos. Sólo desde el rigor y no perdiendo de vista los viejos principios de igualdad, fraternidad y libertad se puede salir de la crisis con el menor número de heridas sociales.

El chivo expiatorio
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