martes. 23.04.2024

El cambio que nos urge

La Sociedad española requiere cambios. Todo parece indicarlo. El periodismo de investigación o las filtraciones, o ambos, están destapando tramas indeseables que ponen de relieve la exposición a la corrupción a la que la sociedad española está abocada.

La Sociedad española requiere cambios. Todo parece indicarlo. El periodismo de investigación o las filtraciones, o ambos, están destapando tramas indeseables que ponen de relieve la exposición a la corrupción a la que la sociedad española está abocada. La Justicia, a su pasitrote, no responde en tiempo y forma y eterniza los problemas y en casos, los agrava, al dejar de ser ejemplarizante, también habrá que cambiar algo para que pueda cumplir lo que se espera de ella. Si se contabilizaran todos los problemas acumulados de violencia sobre derechos fundamentales de los ciudadanos, podríamos aterrarnos. Los cambios son imprescindibles.

Otra cosa es la precisión de lo que se tiene y debe de cambiar. El propio concepto de cambio es controvertido. La adaptación a los tiempos y circunstancias impelen a ello permanentemente y forma parte de lo cotidiano. Pero no estamos en esas. Ahora se precisa un cambio disruptivo, capaz de alterar la estructura del sistema, incluso afectando al modo de ser de la ciudadanía. Es posible que estemos hablando de una auto-transformación, pero de alcance. Y el cambio no solamente tiene que ser político, que también, desde luego, sino económico y social. No podemos permanecer por más tiempo inmóviles, limitándonos a una continuidad perniciosa que nos corroe implacablemente. Es preciso una evolución en la que el cambio político forme parte de un cambio social. Son palabras mayores, pero no nos perturba pronunciarlas, aún cuando somos conscientes de la dificultad de materializar la pretensión.

En general, los cambios, suponen convulsiones. Vivimos en un equilibrio sostenido por voluntades de mantenerlo. No son las leyes, sino los acuerdos en mantener los compromisos suscritos, los que mantienen los regímenes. Cuando el equilibrio se tambalea, el sistema le sigue. Y los cambios requieren de una amplia coincidencia. Solamente hay una clase de cambio que suele escapar a las leyes sociológicas y neurológicas y es el cambio técnico. Su evolución es más rápida que cualquier otra. No tanto como algunos se empeñan en mostrar, por cuanto tecnologías de décadas anteriores, todavía no se han generalizado en su potencial alcance. Y probablemente se debe a que hay otros dos cambios que tienen que acompañarla que marchan a velocidad sensiblemente inferior, que son los cambios sociales, y los mentales que son los que alteran las programaciones de las personas a nivel colectivo e individual. La asimilación del cambio es la que alimenta la innovación, que no se da, mientras a nivel individual y colectivo no esté aceptado el cambio como beneficioso, positivo y capaz de mejorar el bienestar en algún aspecto ventajoso.

Y son estos retardos que acontecen entre los cambios técnicos, sociales y mentales, los que generan las tensiones que pueden desequilibrar a los sistemas. Afortunadamente contamos con partidos socialdemócratas, con todos los errores que cometan, pero que valoran a las personas y a la participación de las mismas en los procesos políticos, que podemos esperar que se susciten cambios que puedan calificarse de innovaciones. No obstante, un cambio exige atravesar una situación de precariedad para que se inicie. Ya lo preconizaba Platón en La República con la proposición de que “la necesidad es la madre de la invención” y a través de Roma, con los estoicos, encabezados por Séneca, hasta nuestros días, empíricamente, se puede comprobar que así ha sido. El denominador común en las innovaciones asociadas a patentes industriales han sido las limitaciones internas y externas en las que se han desenvuelto los proyectos.

La situación, hoy día, puede resultar algo desencajada, dado que disfrutamos de tecnología de los siglos XX y XXI, mientras que buena parte de las estructuras sociales están gobernadas por esquemas propios del siglo XIX y, para rematar, en algunos aspectos, más de los deseables, las mentalidades pueden ser anteriores al XVIII, sino medievales, en casos. La falta de armonía nos enfrenta al mayor problema que tiene la Sociedad para desembarazarse de sus adherencias. Por ello, la educación es la única que nos puede reequilibrar en parte, aceptando, pese a ello, que el proceso será largo, penoso e incierto. Un cambio cultural es algo que hace convulsionar los pilares mejor establecidos. Son palabras mayores. Pero no por ello tenemos que ignorar el problema, que está bien caracterizado. Precisamente, si algo define con precisión la demagogia es la negación de la complejidad. Si no llamamos a las cosas por su nombre y aceptamos su existencia, es difícil que atajemos nuestra forma de ser infeliz, que es el resultado final del desajuste. Y, por último, señalar que somos muy proclives a calificarnos al margen, creyendo que nuestro propio resultado es mejor que la media, que por tanto, los problemas no van con nosotros, hasta que comprobamos que estamos en el mismo reservorio que el resto, es cuestión sólo de tiempo.

El cambio que nos urge