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lunes 23/5/22

El blanco vínculo entre México y Colombia

nuevatribuna.es | 08.12.2010González Gacha es, sin embargo, un caso muy interesante: un traficante que, aunque originario de Pacho (Colombia), era conocido como “El Mexicano” y a quien se le llegaron a dedicar corridos con música de mariachi.

nuevatribuna.es | 08.12.2010

González Gacha es, sin embargo, un caso muy interesante: un traficante que, aunque originario de Pacho (Colombia), era conocido como “El Mexicano” y a quien se le llegaron a dedicar corridos con música de mariachi. González Gacha, que se inició en el contrabando de esmeraldas antes de entrar al negocio de la marihuana y convertirse luego en un capo del tráfico de cocaína en los años 80 dentro del Cártel de Medellín, fue uno de los contactos del mexicano Miguel Ángel Félix Gallardo, pionero del narco contemporáneo en México, conocido como “El Padrino”, actualmente en prisión. Con él se reunió muchas veces en Sinaloa, en donde posiblemente el colombiano desarrolló su gusto por los corridos. Su figura es un buen preámbulo para el tema que abordo aquí: la conexión entre México y Colombia en la historia del narcotráfico, simbolizado gráficamente por la cocaína.

Se trata de un vínculo asaz importante, pues México no es ni ha sido un productor histórico de cocaína (si lo ha sido, en cambio, de heroína y marihuana, ambos cultivos centenarios). Y porque, a decir de especialistas como Raúl Benítez Manaut, del Colectivo de Análisis de la Seguridad con Democracia, uno de los hechos que transformó el tráfico de estupefacientes en un crimen “de alto impacto” en México fue la incorporación de nuestro país a las rutas de tráfico de esta droga provenientes de los Andes.

El origen de la conexión

En los años 70 y 80 aparecen en Colombia los dos grandes cárteles: primero el Cártel de Medellín (de Escobar, Ochoa, y Rodríguez Gacha), seguido del Cártel de Cali (de los Rodríguez Orejuela). Ambas organizaciones ya se dedicaban al trasiego de coca, utilizando la vía aérea para mover la pasta básica desde el sur de los Andes hasta Colombia, donde se refinaba el producto que a continuación pasaba a ser introducido a Estados Unidos vía Florida, principalmente por medio de buques de carga o de lanchas rápidas (y ocasionalmente, por vía aérea). Una vez en tierra la droga se distribuía por medio de redes criminales ya existentes.

Según fuentes oficiales mexicanas y norteamericanas, los primeros contactos entre los traficantes mexicanos y colombianos para pasar cocaína en cantidades importantes por México se dieron también a mediados de los años setenta, gracias a la intermediación del químico hondureño Ramón Matta quien sirvió de puente entre los traficantes antioqueños (entre los que destacaba Escobar) y el sinaloense Félix Gallardo. Matta había trabajado con el traficante de cocaína más importante que operaba en México en años anteriores: el cubano Alberto Sicilia Falcón, quien fue encarcelado en 1975. Así fue como el negocio de la cocaína en México pasó a estar (como la heroína y la marihuana) en manos de nacionales, particularmente de sinaloenses (Estado del noroeste del país que aún hoy conserva protagonismo en este ilegal negocio). En este contexto es en donde se dice que Gonzalo Rodríguez Gacha tuvo reuniones con Félix Gallardo en su casa de playa de Sinaloa, muy cerca de la casa de playa del gobernador del Estado, quien brindaba protección política a Félix Gallardo.

Daría así inicio una relación entre traficantes mexicanos y colombianos particularmente exitosa, al grado de que parece haber existido un mejor entendimiento entre ellos que entre grupos de la misma nacionalidad, y en donde los enfrentamientos no han sido la regla sino una rara excepción.

En los años 80, considerada ya la guerra contra las drogas un asunto de seguridad hemisférica por el gobierno de Ronald Reagan, este puso en marcha para combatir el narcotráfico a través del Caribe la llamada South Florida Task Force en 1982. Bajo el mando del vicepresidente George Bush, esta fue una estrategia que aparentemente tuvo éxito en sus objetivos de decomisos y arrestos (aunque hay académicos que ponen esto en duda, como Fernando Escalante). Muy pronto se reveló que este éxito tuvo un efecto no previsto: el uso más intensivo de las rutas a través de Centroamérica y México para mover la coca hacia los Estados Unidos y una asociación más estrecha entre traficantes mexicanos y colombianos, en donde los mexicanos actuaban como transportistas y revendedores, gracias a su extenso conocimiento de la frontera y de las rutas de los Estados Unidos.

Al principio, como cuenta Bruce Bagley de la Universidad de Miami, este paso se dio por la intermediación del dictador panameño Manuel Antonio Noruega, a la sazón nuevo socio de los capos colombianos que se encontraban escondidos en el país centroamericanao tras el asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla en 1984 .Con su ayuda, los traficantes pudieron reorganizar sus operaciones fuera del Caribe, a través de Centroamérica y México, que paulatinamente se fueron convirtiendo en las rutas por excelencia de la cocaína por medio de pagos a los autoridades corruptas y a los traficantes mexicanos locales.

Faltaría poco para que, a finales de los 80 y 90, la relación pasara de ser “una asociación estratégica de ventajas comparativas” a una relación de franca superioridad de los mexicanos.

Se voltean las tornas

El mismo Bagley aduce este giro a que ocurrieron dos cosas: en primer lugar, George H. Bush es electo Presidente en 1989 y ese mismo año se invade Panamá y se captura a Noriega. En segundo lugar, y casi al mismo tiempo, la industria de la cocaína colombiana comienza a sufrir importantes cambios en su estructura, lo que facilitó una mayor participación de los traficantes mexicanos y su ulterior predominio. El resumen de los hechos es el siguiente:

En 1989 Escobar manda matar al candidato presidencial Luis Carlos Galán, lo que desencadena una guerra total del Gobierno de Barco Vargas apoyado por Estados Unidos contra el cártel de Medellín. En 1991, el capo llega a un acuerdo con el gobierno que implica su rendición y una estancia temporal en una prisión (construida por él mismo). Sin embargo, al año siguiente se escapa y reinicia sus actividades, para finalmente ser asesinado por fuerzas de seguridad colombianas en 1993. La caída de Escobar y el arresto de los líderes del cártel de Medellín dejaron al Cártel de Cali de los Rodríguez Orejuela como la organización dominante en Colombia. Ellos habían cooperado en la caída de Escobar y al menos desde 1992 hacían negocios con Amado Carrillo, en ese entonces cabeza de los traficantes sinaloenses, quien aprovechó la coyuntura y llegó a un arreglo más favorable a sus intereses. Según refiere el sociólogo Luis Astorga, el trato entre ellos era el siguiente: la mitad de la droga sería para Rodríguez Orejuela y la otra para Carrillo, quien se comprometía a pasar toda la droga a los Estados Unidos.

Los de Cali finalmente sucumbieron a las presiones de los gobiernos colombiano y estadounidense, aceptando una rendición en los términos del gobierno de Ernesto Samper (presidente que, dicho sea de paso, fue acusado de haber aceptado millones de dólares procedentes de este mismo cártel en su campaña). La era del duopolio colombiano de la cocaína había terminado, pero no el narcotráfico.

La situación resultante fue la de un vacío en el comercio de cocaína colombiana que intentó ser llenado por algunos traficantes que buscaban reconstruir un gran cártel (p.e. el cártel del Milenio) pero que en su mayoría fracasaron. Lo que resultó exitoso, en cambio, fue la proliferación de los llamados “cartelitos” (en 2009, Bagley maneja el número de 300), con un perfil menos violento y menos visible, y que habrían dejado el cultivo y procesamiento de la coca a otros actores como las FARC y los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia. Su relativa debilidad los forzó a formar alianzas con grupos criminales fuera de Colombia, hecho que los mexicanos de nuevo aprovecharon para negociar en una posición de ventaja y se posicionaron definitivamente como los líderes en el negocio.

Las organizaciones criminales mexicanas, posteriormente fortalecidas en el particular proceso de fragmentación y debilitamiento del poder político mexicano tras la alternancia desplazaron definitivamente a los herederos de los grupos de Cali y Medellín. Manteniendo contacto desde una posición de prevalencia con organizaciones colombianas dentro del negocio de la droga (pero también de Perú y Bolivia) se aseguraron una provisión permanente de cocaína y convirtieron a México en el nuevo epicentro del tráfico del polvo blanco, lo que explica (en parte) la situación actual del país.

Un lamento

Termino estas breves notas volviendo a una reflexión de Luis Astorga: lo verdaderamente triste y trágico de esta historia que une a México y a Colombia (pero no sólo a ellos) es que ninguno de estos países encontrará soluciones viables al problema de la droga mientras no se modifique el paradigma dominante impuesto desde Washington. El que nos ha llevado desde hace tiempo a un callejón sin salida.

Tomando en cuenta los últimos acontecimientos, agrego: la votación de California de la Propuesta 19 fue un paso importante en un futuro cambio de paradigma con respecto a las drogas. A pesar de haber perdido, el debate sobre la legalización es un tema que al menos en Estados Unidos llegó para quedarse. Es verdaderamente lamentable y raya en el absurdo el que precisamente los presidentes de las naciones que se han visto más flageladas por la violencia asociada con el narco y la estrategia prohibitiva unilateral impuesta desde Washington (Santos y Calderón) hayan sido los primeros en disgustarse y reclamar contra ello.

César Morales Oyarvide | Politólogo mexicano

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