lunes. 22.04.2024

El Barça derrota a la posmodernidad

NUEVATRIBUNA.ES - 2.6.2009Corría mayo de 2009. La era posmoderna estaba en todo su esplendor, el capitalismo se preparaba para acometer una nueva fase de acumulación, el individualismo había triunfado definitivamente, estaba en su máximo apogeo.
NUEVATRIBUNA.ES - 2.6.2009

Corría mayo de 2009. La era posmoderna estaba en todo su esplendor, el capitalismo se preparaba para acometer una nueva fase de acumulación, el individualismo había triunfado definitivamente, estaba en su máximo apogeo.

A decir del discurso oficial, jamás habíamos alcanzado mayores cotas de libertad y el precio por ella tan sólo había consistido en el aumento de nuestra angustia en la misma proporción.

Por fin cada uno era dueño y responsable de todas y cada una de las decisiones de su vida. Habíamos abandonado la penosa tarea de pensar a largo plazo, habíamos reducido al máximo el lapso de tiempo entre el nacimiento de un deseo y su satisfacción, lo novedoso había arrumbado definitivamente el valor de lo perdurable.

No necesitábamos historia porque no nos interesaba el futuro, el futuro era un presente continuo que había que devorar instantáneamente.

Los viejos productores nos habíamos transformado en eternos consumidores, hasta tal punto que nosotros mismos nos habíamos convertido en objeto de consumo y nuestras vidas eran una disputa feroz por mantenernos en el mercado.

Todo eso acontecía, cuando un miércoles de las postrimerías del mes de mayo los “chamanes” convocaron a las tribus para el rito del sacrificio. Lla cita era en Roma y corrió de boca en boca como un reguero de pólvora. Acudieron de todos los poblados, incluso de aquellos que estaban en guerra permanente.

Dio comienzo la ceremonia, los “chamanes” ocuparon el altar en silencio, sin ninguna estridencia y comenzó su ofrenda a los dioses.

La ofrenda tenía una sobria plasticidad y una energía desbordante, todos los “chamanes” participaban en una danza común de una enorme belleza.

Se desplazaban en bloque, de atrás a adelante, de un extremo a otro y cuando parecía que iban a detenerse, de entre todos ellos surgía el más veloz para situarse en el centro mismo del altar y elevar el sacrificio a los dioses.

Las tribus contemplaban la ceremonia y de pronto entendieron que algo nuevo estaba sucediendo: se sintieron de repente convocados al “aura” común que simbolizaban los “chamanes”, a ese sentimiento colectivo que creían definitivamente extinguido.

El sacrificio se repetiría una y otra vez y todos deseaban que volviera a producirse el hechizo del bloque desplazándose a su antojo, y todos supieron que cuantas veces se repitiera los dioses no serian defraudados.

Cuando todo hubo terminado y los miembros de las tribus regresaron a sus poblados, antes de que la luna llena se ocultara, supieron que desde esa noche el hombre ya no volvería a estar nunca solo.

Pedro Reyes Diez es Coordinador de Actividades FSE.

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