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jueves 19/5/22

Economía mundial: soñar para no tener pesadillas

La semana comienza llena de buenos presagios: Barack Obama ha ganado las presidenciales, el Consejo Europeo ha sido capaz de ponerse de acuerdo en una posición común que exponer y defender en la Cumbre contra la crisis y, finalmente, España estará en esa cita el próximo 15 de noviembre.
La semana comienza llena de buenos presagios: Barack Obama ha ganado las presidenciales, el Consejo Europeo ha sido capaz de ponerse de acuerdo en una posición común que exponer y defender en la Cumbre contra la crisis y, finalmente, España estará en esa cita el próximo 15 de noviembre. Y, sin embargo, uno tiene la sensación de que a esas agradables vibraciones les falta una partitura de fondo que, si las cosas empeoran, evite que la orquesta lance un “viva Cartagena” y se disperse sin orden ni concierto, dejando al público sin espectáculo y sin empleo. ¿A qué partitura me refiero? Me explico.

En primer lugar, cunde la euforia sobre el papel de la UE en esta crisis. Yo mismo la estoy viviendo. La rápida reacción frente a la crisis encabezada por Nicolás Sarkozy, Gordon Brown y José Luis Rodríguez Zapatero ha permitido que, por primera vez en años, la Unión no fuera a remolque de los acontecimientos, sino que se pusiera al frente de la manifestación. Al cajón han ido todos los artículos pesimistas sobre la incapacidad comunitaria para jugar un papel activo en el Mundo. Desmadejados han quedado los argumentos euroescépticos. Reforzada ha sido la confianza en el enorme tesoro que representa el euro como moneda única. Tanto es así que el año que viene podría revertirse la tendencia bajista en la participación en las elecciones europeas, ahora que buena parte de la ciudadanía piensa que la UE sirve para algo más que para ocuparse de la intendencia más pedestre.

Pero todo esto, con ser bueno, no basta y, todavía peor, puede convertirse en efímero si no se aprovecha el impulso político para crear un auténtico gobierno económico de la UE. ¡Ahora o nunca! La crisis demuestra que la UE como tal no la suma del PIB de sus miembros- no es un enano político, como dicta la frase hecha, sino ante todo económico más allá de lo monetario, lo agrícola, lo comercial y, en buena medida, lo medioambiental-, porque no cuenta con reglas constitucionales que establezcan una política económica común y los instrumentos para aplicarla. Lo sabemos bien: nos hacen falta competencias y mecanismos de toma de decisiones en política económica, necesitamos una hacienda pública europea basada en un presupuesto comunitario mucho mayor que el actual y en impuestos europeos que no tienen por qué suponer un incremento de la carga fiscal sobre el contribuyente-, requerimos una política industrial que aproveche todas el capital humano, material, técnico y científico acumulado durante siglos, es imprescindible una política social y de empleo, con un salario mínimo europeo y regulaciones que garanticen el futuro del estado del bienestar y eviten el dumping social. Quiero ser claro: este es el momento de empujar para conseguir lo que no fue posible alcanzar en la Constitución Europea y en su hijo, el Tratado de Lisboa. Por eso, cuando este entre en vigor, deberemos aplicarlo inmediatamente para, basándonos en sus valores, objetivos y derechos y gracias a sus nuevos procedimientos, dotarle de su capítulo fantasma: el del una unión económica y social. De lo contrario, la UE hiperactiva de estas semanas terminará encallando ante nuevas difcultades o, sencillamente, se parará cuando la presidencia francesa de paso a la checa y la sueca -precisamente los dos países que más reticentes se han mostrado a las conclusiones del últimos Consejo Europeo-, a la espera del semestre español en 2010.

En segundo lugar, el G-20 debe reunirse para ser superado. ¿Perdón? Sí, habéis leído bien. El asunto en juego no es cómo salir de esta crisis, sino cómo gobernar la globalización. Y eso ni puede ni debe hacerse a través de estructuras irregulares sin vocación de permanencia. Desde ellas de ahí lo esencial de la participación ahora, cuando todo comienza-, lo que necesitamos es promover una gestión de la economía global basada en el derecho y la igualdad, lo que pasa, antes que nada, por reformar las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad, porque no es asumible por más tiempo que ese organismo esté basado, en su composición permanente, en el poder nuclear, y en su pertenencia temporal, en la lotería rotatoria. Al contario, en él se deberían sentar los países política, económica y socialmente más representativos -incluida la UE con voz propia- de los diferentes ámbitos de la comunidad internacional y tendría que ejercer funciones de gestión otorgadas por una nueva Carta de la ONU reformada que pusiera bajo su égida para su profunda renovación- estructuras existentes como el FMI o la Organización Mundial del Comercio u otras que habría que crear como una Organización Financiera Internacional con poderes de regulación y supervisión o una Organización Contra el Cambio Climático que sustituyera al salto del canguro de los acuerdos de Kyoto. Esta sería la única vía para abordar de manera integral, permanente, democrática y segura la vida del Planeta, integrando al tiempo todos los objetivos imprescindibles: crecimiento económico, coto al capitalismo financiero desregulado e irresponsable, creación de empleo, lucha contra la pobreza, liberalización comercial y protección del medio ambiente. ¿Hace falta un nuevo Bretton Woods? Sí, claro. ¿Hace falta un nuevo San Francisco? También.

Mi apuesta es alta: la UE tiene en ese sentido que luchar por exportar su modelo de economía social de mercado, bucando una alianza con la nueva administración norteamericana y con los paíse emergentes y en vías de desarrollo.

¿Estoy soñando? Puede, pero lo hago para no tener pesadillas.

Carlos Carnero
Eurodiputado y Vicepresidente del Partido Socialista Europeo

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