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martes 17/5/22

Deslocalización es igual a ruina

Hace dos décadas que comencé a oír la palabra “deslocalización” de forma reiterada y pelmaza. Yo, como la mayoría de las veces no me entero de lo que ocurre ni de por donde van las cosas, viniendo de donde vengo y sin el María Moliner a mano, pensé que ese vocablo se refería a algún remedio del última hora para las cosas de la cabeza, o de los nervios.

Hace dos décadas que comencé a oír la palabra “deslocalización” de forma reiterada y pelmaza. Yo, como la mayoría de las veces no me entero de lo que ocurre ni de por donde van las cosas, viniendo de donde vengo y sin el María Moliner a mano, pensé que ese vocablo se refería a algún remedio del última hora para las cosas de la cabeza, o de los nervios. Sin embargo, después de pensarlo mucho, llegué a la conclusión de que ese no podía ser su significado, porque de haberse inventado algo a través de las células madre o del mapa del genoma humano para curar la locura, al proceso se le llamaría desenlocar o deslocar, pienso, aunque no estoy seguro. Con el tiempo y la ayuda de Doña María, que dios o quien sea tenga en su gloria, he ido comprendiendo el significado y resulta que indica el traslado de empresas o actividades mercantiles de un lugar a otro, de un país a otro para maximizar beneficios y que al parecer nuestro país plurinacional –que tanto se benefició de la instalación de industrias procedentes de otros países cuando éramos muy pobres y no teníamos derechos y tan poco se preocupó de crear un tejido industrial propio–, está padeciendo ahora “que fuimos ricos y con derechos”, ya que como es sabido, el capital no tiene patria, sólo intereses.

Desde hace años, no tengo ni la más remota idea de por qué será, numerosas multinacionales han abandonado España con rumbo a Oriente. Con ser eso muy grave porque se trata de desplazar la industria a lugares dónde los salarios son bajísimos y no existe el Derecho, lo es más que la mayoría de los “emprendedores” españoles hayan imitado su conducta, trasladando sus empresas, grandes, medianas o pequeñas a ese lugar por dónde según nosotros se pone el sol, por idénticos motivos y razonamientos “patrióticos”, de modo que hoy un simple fabricante de hilaturas o de alfileres contacta con un “emprendedor chino”, manda allí a su hombre o mujer de confianza e, ipso facto, tiene montada una industria por cuatro perras en el otro lado del mundo, ahorrándose las molestias de asegurar a los trabajadores, respetar los tiempos de trabajo o las vacaciones o pagar impuestos y cotizaciones, que son cosas del pasado y limitan la libertad que en todo momento y situación debe tener la iniciativa privada. Pero como digo, no estoy seguro de casi nada. Ni tan siquiera de que este artículo se vaya a publicar, ni de que lo envíe al periódico, pero ese es otro cuento que no viene a cuento.

El hecho es que la España plurinacional, la España de la diversidad que algunos quieren ver muerta, viene sufriendo, desde que Aznar y Rato inventaron el ladrillazo y la especulación financiera siguiendo el modelo económico de Bush, un proceso de desindustrialización imparable amparado en las deserregularizaciones constantes y en la falta de leyes estatales e internacionales que impidan el trabajo de niños, de mujeres embarazadas, de enfermos, de viejos y de cualquier persona que no tenga garantizados los derechos políticos, laborales, económicos y sociales fundamentales, todos ellos recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. Y lo que está ocurriendo, en este caso si hay algo de seguridad, es que se han ido, se están yendo y se irán muchas empresas que tienen beneficios sin que nadie ponga coto a esta sangría humana que supone perpetuar la explotación y expandir la pobreza a todos los rincones del planeta por el afán de lucro desmesurado que late en cualquier capitalista por el hecho de serlo cuando el Estado y la Comunidad Internacional lejos de ponerle límites, se convierten en colaboradores necesarios principales promotores de esos comportamientos suicidas, ya que el beneficio, el enriquecimiento rápido, por el modo que sea, es la antesala –como bien estamos sufriendo en nuestras carnes– de la desigualdad y de la ruina de los países y los ciudadanos que los habitan.

Nada de cuentos chinos. Ya está bien. La empresa, que según nuestros gobiernos tiene una función básica en nuestra organización social, como el municipio, la familia y el sindicato –aunque haya honrosas excepciones–, no surge para contratar trabajadores, para crear empleo, para que la gente tenga un contrato indefinido, un buen sueldo y una jornada que le permita formarse, disfrutar de su familia y de su tiempo libre. La empresa, como es natural, queridos amigos, nace solo y exclusivamente para ganar dinero, pero no únicamente para ganar dinero, sino todo el dinero posible, y si se puede, un poquitín más. A los dueños, a los ejecutivos de las grandes multinacionales y a los dueños de las pequeñas y medianas empresas –ya he dicho que hay excepciones que confirman la regla– les importa bien poco dejar familias en la calle, echar sobre el Estado cargas millonarias después de haberle sacado otro tanto el día en que decidieron venir a visitarnos, arruinar comarcas enteras. Lo que les interesa, y es coherente dentro del sistema de felicidad que nos hemos dado, es su beneficio particular. Tampoco se les puede criticar. Si España lleva más de cuarenta años beneficiándose, por los bajos salarios de entonces, de que numerosas transnacionales eligieran el suelo patrio para instalar sus sucursales, lo que, indudablemente, suponía dejar a otros países bastante tocados –hoy mismo, día 24 de octubre hemos conocido que Ford cierra sus fábricas en Bélgica para trasladarlas de momento a las que tiene en Alemania y España, en espera de mejor destino– ahora les toca a otros países disfrutar de “las ventajas de la localización”.

Los teóricos ultraliberales dicen hipócritamente, como si les importase algo más que un bledo, que esa es la única forma de eliminar las diferencias entre el Norte y el Sur, el Oeste y el Este, pero a mí, que como he dicho, cada vez entiendo menos de nada, se me ocurre pensar, que la igualación se quiere hacer por abajo, es decir, no se pretende que Corea, Vietnam o China lleguen a tener el nivel de vida de que gozan los españoles, los europeos, sino de que nosotros desarmemos todo nuestro tinglado fiscal, de protección social, de regulación laboral, para así, igualarnos con ellos por abajo, con lo cual las empresas que ahora nos deslocalizan, pasado un tiempo, volverán a localizarnos, cuando estemos dispuestos a trabajar como un chino por lo que gana un chino, sin que derechos sociales, laborales, ni otras zarandajas hagan la vida imposible a quienes desde las torres de marfil mueven los hilos de nuestras vidas. Mientras tanto seguiremos a la cola de los países de Europa en I+D, insistiremos en los recortes sociales de todo tipo hasta que nos dejen como nuestra santa madre nos trajo al mundo, continuaremos buscando el tesoro por las calles de nuestras ciudades, levantándolas una y otra vez para volverlas a tapar, y nos dedicaremos a la economía especulativa o la sumergida, pensando que eternamente nos visitarán cincuenta millones de turistas y esperando a que vuelva Godot. No se puede ser más feliz.

Deslocalización es igual a ruina
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