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sábado. 24.09.2022

Democracia y partidos políticos

Que nuestra democracia está gravemente enferma no es decir nada novedoso. Muchos son los que han contribuido a esta situación lamentable. Entre todos la matamos y ella sola se murió. Entre los más destacados asesinos aparecen los partidos políticos. A estos últimos quiero dedicar las líneas que vienen a continuación. El papel de los partidos políticos es fundamental en un sistema democrático.

Que nuestra democracia está gravemente enferma no es decir nada novedoso. Muchos son los que han contribuido a esta situación lamentable. Entre todos la matamos y ella sola se murió. Entre los más destacados asesinos aparecen los partidos políticos. A estos últimos quiero dedicar las líneas que vienen a continuación.

El papel de los partidos políticos es fundamental en un sistema democrático. De acuerdo con el catedrático de la Universidad de Zaragoza, Manuel Rámirez, nuestra Constitución de 1978 los reconoce expresamente. Ni siquiera, en la Constitución de la II República de 1931 encontramos una referencia tan clara a ellos, ya que en su artículo 62 que trata sobre la composición de la Diputación Permanente de Cortes, se habla de las distintas “fracciones políticas” llamadas a integrarla en función de su fuerza numérica. Sin embargo, en el artículo 6º de nuestra actual Constitución y por primera vez en nuestra historia constitucional, se hace un reconocimiento contundente.

Veámoslo:

Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”.

Si se hace un reconocimiento tan explícito de los partidos políticos y de su protagonismo en nuestro texto constitucional es explicable por el contexto internacional Se convirtió en norma que tras la II Guerra Mundial se constitucionalizaran, como en la Constitución italiana de 1947, la Ley Fundamental de Bonn de 1949 o la francesa de 1948. Mas también los constitucionalistas españoles quisieron darles un papel relevante, visto el desprestigio que venía de tiempos de la dictadura. Después de haber sido prohibidos, perseguidos y castigados, ahora llegaba el momento de hacerles justicia, que, de acuerdo, con la redacción, eran exaltados. Sea bien recibido tal reconocimiento del que los políticos han hecho un mal uso, como veremos más adelante.

Retorno al susodicho artículo 6º. Es de una claridad meridiana. Los partidos políticos sirven para expresar el pluralismo político, aunque este es previo a ellos. Concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política, lo que no excluye que esta misión puede ser compartida con otros grupos que el texto no cita. También sienta el principio de libertad de creación y de actividad, siempre que se respete la Constitución y la Ley. Y por último que su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.

Hoy los partidos incumplen nuestro texto constitucional, ya que ni expresan el pluralismo político, ni concurren a la formación de la voluntad popular ni son instrumento fundamental para la participación política, tal como estamos constatando con las manifestaciones masivas en las calles. El Parlamento tiene que estar protegido del pueblo por parte de las Fuerzas del Orden Público. Y en cuanto a que la creación y el ejercicio de su actividad tendrán que ser libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley y que su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos, circunstancia que también la señalan categóricamente, no faltaría más, los estatutos de los diferentes partidos, también se incumple por el aparato de los partidos, pues son sus dirigentes, quienes toman las decisiones marginando a las bases, a las que únicamente recurren para llenar los pabellones deportivos cuando llega un destacado dirigente del partido en las campañas electorales. Existen muchas agrupaciones en los partidos que no se reúnen nunca. El aparato (en manos de unos pocos, que permanecen largos periodos de tiempo, sin saber cómo ni por qué, ni cuáles son los méritos contraídos), la excesiva burocracia interna, la lucha por el poder en el seno del partido y el culto a la alabanza y la sumisión, son absolutamente incompatibles con la opinión, la sana discrepancia y el debate transparente. Por ello, la renovación de ideas y personas es imposible. Y no lo es porque sus dirigentes tienen auténtico pavor a la "democracia", es decir, al debate de ideas, a permitir las discrepancias, a que el voto sea "libre, igual, directo y secreto" en todas sus elecciones de cargos directivos y de candidatos. La elección no se hace por el mérito ni por los valores éticos del candidato, sino por su capacidad para la sumisión y la obediencia absoluta a los de arriba. Sorprende la pasividad de muchos de sus militantes ante estas circunstancias. Lo que estoy diciendo es lo que todo el mundo piensa y pocos se atreven a decirlo. Y no se atreven a decirlo por temor a ser castigados, por lo que la libertad de expresión que es un derecho que asiste a todo ciudadano en la vida cotidiana, se le niega a un militante dentro del partido. ¿Pero esto qué es? Cada cual puede ponerle el nombre que le parezca oportuno. Insisto, no deja de ser sorprendente la falta de coraje de sus militantes ante esta circunstancia. También es cierto que muchos de ellos en los pasillos durante la celebración de sus diferentes congresos se muestran muy críticos con los dirigentes, aunque luego cuando entran al salón a votar se muestran sumisos y obedientes a las consignas que vienen emanadas desde arriba. Lamentablemente esta es la deriva por la que caminan todos los partidos. Esta situación no es nueva, ya nos la señaló Robert Michels en su conocida "ley de hierro de la oligarquía" en 1911 en su libro, basado en la dinámica institucional de Partido Socialdemócrata alemán (SPD), Partidos Políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas en la democracia moderna. La tesis fundamental es que no es posible la lucha obrera sin organización, pero que esta trae consigo especialización de funciones, división del trabajo, y con ellas, burocracia, jerarquía y el gobierno crecientemente oligárquico de una cúpula cada vez menos sometida al control de las bases. Expone cómo y por qué mecanismos los dirigentes políticos del partido tienden a integrarse en el sistema social y económico vigente, en contra de la opinión mayoritaria de las bases; cómo se perpetúan y se reproducen por cooptación; y cómo, finalmente, los de abajo que aspiraban a llegar arriba establecen un relación clientelar con los dirigentes. La conclusión es desoladora, ya que si en el partido de vocación más democrática, como el SPD alemán, se cumple esta "ley de hierro de las oligarquías", entonces tiene que suceder con más intensidad en el resto de partidos. Por ello, la obra de Michels debería ser de obligada lectura para los dirigentes de nuestra clase política.

Por ello, una de las asignaturas pendientes en nuestra joven democracia es la democratización interna de los partidos políticos. Esto es de dominio común. Lo que no deja de de ser contradictorio es que los dirigentes políticos nos obsequien continuamente a los ciudadanos con las excelencias del sistema democrático, y sean ellos precisamente los que menos la pongan en práctica en sus propios partidos. Mas, esta es la teoría, que se incumple sistemáticamente por el aparato de los partidos, lo que podría suponer que todos los partidos políticos fueran situados fuera de la ley, si alguien presentara una denuncia ante los tribunales de justicia por incumplimiento de nuestra Carta Magna. El profesor Ignacio Sotelo acaba de señalar de una manera contundente que como consecuencia de la ausencia de democracia interna en los partidos políticos “Hoy somos conscientes de que el lastre más pesado que arrastramos en nuestra democracia son los partidos políticos, totalmente desconectados de los ciudadanos.

Por si no fuera bastante con lo ya expuesto para desacreditar a los partidos políticos, éramos pocos y parió la burra, recientes acontecimientos vinculados con el caso Bárcenas, nos muestran otra lacra, cual es su financiación ilegal por parte del mundo de la gran empresa y la gran banca. En los 90 muchas siglas quedaron con las vergüenzas al aire: Filesa (PSOE), Naseiro (PP), el caso 'Casinos' (CiU) o el 'tragaperras' (PNV), por citar los más sonados. Y en las últimas fechas el caso Gürtel. «Si arañas un poco, en un gran número de casos de corrupción acaba apareciendo la financiación de algún partido político», sentencia Fernando Jiménez, profesor de Derecho Político de la Universidad de Murcia. La constatación cada cierto tiempo de que existen cajas 'b' o incluso 'c', revela uno de los grandes agujeros negros del sistema democrático español: la corrupción metida hasta la médula dentro de las entrañas de los partidos políticos. Estos deberían arrancarla de cuajo de sus estructuras, también tendrían que ser más escrupulosos a la hora de seleccionar para sus listas electorales a determinados individuos, como también el ser contundentes y borrarlos de ellas a aquellos incursos en delitos de corrupción. Tampoco deberían usar la corrupción como arma arrojadiza, y regocijarse cuando aparecen casos en el partido contrincante. Mucho hablar de transparencia, pero para el vecino.

Mas los pecados de los partidos políticos no se circunscriben a los problemas ya descritos, que ya son suficientemente graves. Otro problema viene como consecuencia de la omnipresencia de los partidos políticos en todas las esferas de la vida social, cultural, política, económica, etc. En lugar de limitarse a ser unos adecuados instrumentos para canalizar las demandas políticas, para facilitar los procesos electorales, los partidos tienen la pretensión y la alcanzan de estar en todas partes en la Universidad, en el Poder Judicial, en las Cajas de Ahorro, en empresas públicas, con el agravante de que a la hora de designar a sus representantes, no se tiene en cuenta su competencia, sino su sumisión a quien les ha designado. No es de recibo que una sentencia del Tribunal Constitucional sea conocida previamente, en base a que hay unos jueces conservadores y otros progresistas, que han sido nombrados por sus respectivos partidos políticos, a los cuales deben obedecer.

Quiero finalizar con un aspecto que me preocupa enormemente, cual es la necesidad de la socialización política, en este caso de transmitir y crear unos valores democráticos en nuestra sociedad, si tenemos en cuenta que nuestra democracia es reciente, si la comparamos con la de otros países europeos, que ya tienen una larga tradición democrática. Existen diversos agentes, como la familia, la escuela, los medios de comunicación para socializar la democracia. Mas, otro agente importantísimo son los partidos políticos. Ustedes mismos, si han llegado hasta aquí, pueden sacar sus propias conclusiones, sobre si ejercen esta función de socialización democrática.

Por todo lo expuesto es comprensible los resultados que refleja La Encuesta sobre Tendencias Políticas y Electorales que todos los años realiza el Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) hecha mediante 1724 encuestas entre las fechas 15 de septiembre y 17 de octubre de 2012, según la cual, en 2012 un 75% de los españoles no tienen ningún interés o un escaso interés por la política. Tendencia que aparece bastante más remarcada en el año 2012 respecto a años anteriores. De igual manera, en 2012 solamente un 18% de la población mayor de edad pertenece a alguna asociación u organización, siendo estas en su mayor parte de carácter cultural, deportivo, benéfico, religioso, o Asociaciones de Padres de Alumnos. Únicamente un 3% pertenece a alguna asociación de carácter político o sindical. Lo cual significa que buena parte de los españoles viven de espaldas a la política. Cada vez en mayor grado. En correspondencia con esta situación, y en gran parte como causa de ella, los datos indican que cada vez es mayor la falta de confianza que manifiestan los ciudadanos ante diversas instituciones y entidades políticas. Así, en una puntuación de uno a diez, en los últimos años hemos asistido a unas valoraciones que ya eran de por sí bastante críticas (por debajo del 5 como promedio), respecto a los Partidos políticos, el Parlamento, el Gobierno y los Sindicatos. En concreto, las valoraciones más bajas en confianza las merecen los partidos políticos, que han caído de un 3,8 en 2004 a un 2,5 en 2012.

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