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miércoles. 29.06.2022

Dejad que los niños se acerquen a mi

NUEVATRIBUNA.ES - 26.3.2010Es apropiado empezar con cita bíblica hoy, cuando las calles se abrirán para que los cortejos, dorados de palmas y verdes de olivo, inauguren una semana de emoción y maravilla en muchas ciudades. Lástima que la cita, inevitablemente, nos acerque al estallido, un estallido que no ceja, de casos de pederastia en la Iglesia Católica.
NUEVATRIBUNA.ES - 26.3.2010

Es apropiado empezar con cita bíblica hoy, cuando las calles se abrirán para que los cortejos, dorados de palmas y verdes de olivo, inauguren una semana de emoción y maravilla en muchas ciudades. Lástima que la cita, inevitablemente, nos acerque al estallido, un estallido que no ceja, de casos de pederastia en la Iglesia Católica. No faltará, estoy seguro, quienes se enfaden conmigo por abusar del enunciado evangélico en estas circunstancias. A ellos les dedico otro: los hay que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Así están las cosas.

Como se ha señalado, no se conoce otro grupo humano que acumule tantos incidentes de pederastia, lo que nos debe llevar a reflexionar sobre las causas. La Iglesia, en última instancia, atribuye el origen del fenómeno a la presencia del Mal, a la naturaleza intrínsecamente pecadora del ser humano. Nada tengo que objetar a tal manifestación. Porque es imposible argumentar contra una posición que se ciñe a lo irracional: o creo o no creo en esa fuga hacia la nada, porque, al fin y al cabo, el Mal conduce teológicamente a la aniquilación. El problema para la Iglesia es que sí cabe alguna explicación racional, aunque, ya se sabe, si alguien arguye en nombre de la razón laica, el buen Papa le acusará inmediatamente del pecado de relativismo –la razón esta siempre abierta a admitir otras razones-. Y ese sí que es un buen pecado, de los de anatema y penitencia pública, y no como la pederastia masiva, que es de resolver en la oscuridad del confesionario o en los susurros de un Dicasterio romano.

No hay que pensar mucho para relacionar el diseño celibatario de la estructura eclesial con el fenómeno. Pero, seguramente, sobre ese hecho primario, se elevan otras circunstancias. Así, en primer lugar, la ausencia de argumentos fiables -¿no estaba San Pedro casado?- que avalen que la disposición sobre el celibato sacerdotal obligatorio es de orden divino, lo que conduce a muchos teólogos y sociólogos de la religión a pensar que tal medida busca, sobre todo, favorecer una disciplina rígida sobre el gran ejército de religiosos. Este hecho supone que las desviaciones clamorosas no afectan sólo al culpable –al pecador, si se prefiere- sino que contamina la estructura que jerárquicamente se desea blindar. No es, pues, una cuestión de compasión y reconciliación sacramental lo que está encima de la mesa, sino de ver hasta dónde puede funcionar el ocultamiento para que la estructura no salga dañada. Lo han podido hacer por siglos –porque nadie pensará que el fenómeno es nuevo-, pero no ahora, en esta pecaminosa era de Derechos Fundamentales, democracia y medios de comunicación. Por eso no es disculpa aducir que no se puede acusar a toda la Iglesia por lo que hacen algunos de sus miembros. Claro que no: pero la realidad es que las prácticas que permiten la difusión de la pederastia, y las que la encubren cínicamente, propiciando impunidad y evitando la disuasión en otros religiosos, sí están asumidas por “toda” la Iglesia, precisamente porque son parte de sus reglas: autoritarismo, opacidad, desviación al “misterio” cuando desprecia evidencias racionales para realidades que se pueden explicar acudiendo críticamente a la historia de la institución y de su imbricación con las sociedades en evolución.

Todo lo dicho se sobrepone a la obsesión de la Iglesia por la enseñanza, o sea, por controlar la educación de los niños y niñas, en la seguridad de que ello es lo mejor para adoctrinar desde la raíz a la comunidad. Si antes se dirigía preferentemente a las élites, la llegada de la sociedad de masas y del Estado del bienestar le obligó a universalizar sus destinatarios. ¿Podremos negar ejemplos de abnegación en esta tarea? No es necesario, como tampoco lo es reconocer que, a la vista de muchos estudios, sus éxitos doctrinales, al menos en Europa, son más bien escasos, consiguiendo, mayoritariamente, unas masas de descreídos alfabetizados en una religiosidad superficial. Pero, sea como sea, lo importante es que logra reproducir en ese nivel –influyendo de paso en las familias- el designio jerárquico. Y no es casualidad, por lo tanto, que las víctimas afloren en el eslabón más débil, en el que la sumisión es parte de la pedagogía implícita.

Recomienda Umberto Eco a los no creyentes que no se empeñen en decir a la Iglesia cómo debe comportarse o lo que debe predicar. En general comparto la tesis, que estoy harto de escuchar a amigos ateos absurdas redefiniciones del Dogma. Pero cabe un matiz: ciertas ideas y prácticas de la Iglesia, aunque presuntamente sean de consumo interno, afectan al conjunto de la sociedad y condicionan al Estado en su funcionamiento. ¿Qué hacer entonces? Quizá sólo sirva ahora una reflexión: el tratamiento global de sus casos de pederastia aconseja a una mente racional prevenirse, de entrada, ante cualquier admonición moral de la Iglesia, en especial en lo que afecte a los comportamientos sexuales. Porque prestarles atención sería como creer siempre a un ladrón cuando pontifica sobre el respeto a la propiedad privada. Al menos hasta que los justos creyentes, incluidos los religiosos y religiosas, no sigan siendo una masa pasiva y acomplejada, cómplices con su silencio de tanto pecado, de tanta conversión de niños en ecce homos, de tanto indulto a barrabases con sotana, “pues no es de paz de lo que hablan/ a los pacíficos de la tierra”.

Y que se abran las calles a los inocentes con sus palmas y sus ramos y que en las noches de la Semana Santa los niños, sin miedo, hagan su cosecha de caramelos, protegidos por la sociedad bajo la primera luna llena de la primavera.

Manuel Alcaraz Ramos es Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Alicante y Director de Extensión Universitaria y Cultura para dicha ciudad. Ha militado en varias formaciones de izquierda y fue Concejal de Cultura y Diputado a Cortes Generales.

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