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lunes 23/5/22

De Héroes, Máquinas y Tumbas

NUEVATRIBUNA.ESAlgunos Deportistas de élite, Toreros, Cantantes, y otros “famosisímos”, forman parte de los dioses de nuestro tiempo. Dioses amados, hasta la locura, por más humanos que nunca lo ha sido cualquier otro Dios. Dioses laicos, terrenales pero inalcanzables. Mezclados con los humanos como los dioses griegos del Olimpo. Más imitables que los religiosos. Nacen, crecen, se reproducen y mueren. Más consumibles.
NUEVATRIBUNA.ES

Algunos Deportistas de élite, Toreros, Cantantes, y otros “famosisímos”, forman parte de los dioses de nuestro tiempo. Dioses amados, hasta la locura, por más humanos que nunca lo ha sido cualquier otro Dios. Dioses laicos, terrenales pero inalcanzables. Mezclados con los humanos como los dioses griegos del Olimpo. Más imitables que los religiosos. Nacen, crecen, se reproducen y mueren. Más consumibles. Desde la pantalla nos venden de todo.

Cansados de todo, decepcionados de todo, nos volvemos hacia ellos. Son como nosotros: simples, sencillos, no necesitan de largos y pesados estudios. Como quisiéramos ser: jóvenes, fuertes, atractivos, llenos de vida, atrevidos, simpáticos, cercanos. No necesitan de los años para conseguir la experiencia y sabiduría de la vejez.

Su vida cotidiana es biografiada y difundida en tiempo real. No es una vida cualquiera. Los detalles más mínimos se someten a un proceso de producción para su venta y consumo de masas. Aman exageradamente, mientras aman, a sus parejas, a sus padres, a sus hijos, a sus amigos. Son extremadamente felices, mientras lo son.

Sus fortunas son inabarcables para nuestras calculadoras mentales. Cifradas en pesetas, desbordan nuestras pantallas. Ejercen la asistencia social privada en competencia con el Estado de Bienestar, pero con cara y ojos. Llevan el patriotismo en la sangre. Mientras, se resisten al fisco como se resistieron al servicio militar obligatorio.

Trabajan sin descanso en España aportando un gran valor añadido, y como emigrantes con papeles reequilibran nuestro déficit en la Balanza Comercial, nuestra Política Exterior y de Cultura. La toponimia callejera, la medallística laboral y el homenaje institucional, así lo reconocen.

Viven en la admiración y mueren en la devoción. La vida y la muerte de un héroe de nuestro tiempo se convierte en un fenómeno social y sociológico. Sentimos sus problemas más que los nuestros propios. Sufrimos, lloramos, morimos y matamos por ellos. Cuando mueren en acto de servicio, bien remunerado, todos acudimos emocionados a su entierro. Después de la liturgia de masas, no hacen escala, van directamente al Paraíso Celeste.

Mientras, las abejas obreras soportamos la carga diaria de la producción y los artificiales ritmos circadianos regulados por el just-in-time, más importante, en nuestro mundo actual, que el meridiano de Greenwich y el Centro Español de Metrología juntos.

No vivimos, sobrevivimos, corriendo tras ilusiones descargadas de fatigas, retos vulgares y cotidianos, incertidumbres, inseguridades, conflictos personales primitivos, inservibles para rellenar cualquier mínimo espacio del papel couché más cutre. Sin espectaculares concursos de acreedores o fraudes billonarios, sin tetas, no hay paraíso. Nos queda la esperanza, eso sí, de otros Concursos, otras Operaciones, otros Triunfos.

Y al fin morimos, descansamos que diría el poeta, de una existencia de trabajo, dejando en herencia la humilde capitalización de nuestro salario diferido, a través de un sistema de reparto solidario, sin que nuestros herederos tengan o puedan recurrir a homenajes recaudatorios o acudir a platós de televisión mercantilizados. Pasamos desapercibidos, de puntillas. Sólo en el fondo, arrebujados de pena y dolor, nos lloran nuestros familiares y nos duelan nuestros amigos. Los entierros de trabajadores, muertos en acto de servicio, no son apetecibles. Procuramos acudir a las estadísticas, compadecernos por telegrama o protestar por nota de prensa,. No es un plato de gusto encontrarse con la viuda y los hijos de frente.

La extensión de la moda de la incineración para pobres, evidentemente infernal, ofrecerá más suelo a la especulación inmobiliaria y no dejará huella material, en romántico panteón, de nuestra anodina existencia. Aunque, “La vida de nuestros muertos sobrevivirá en la memoria de nuestros vivos” (Cicerón). Al fin, salvados por elbio-software y por el bio-hardware.

Gregorio Benito Bartres - Analista de Salud Laboral.

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