martes. 23.04.2024

De encuestas y barómetros

Cada tres meses y mediante el sistema de encuestas telefónicas, el barómetro de Metroscopia sirve para medir el grado de aprobación que mantiene la ciudadanía sobre las instituciones por las que se les pregunta...

Cada tres meses y mediante el sistema de encuestas telefónicas, el barómetro de Metroscopia sirve para medir el grado de aprobación que mantiene la ciudadanía sobre las instituciones por las que se les pregunta. Igualmente mide el hipotético respaldo electoral que obtendrían los partidos políticos con representación institucional, si hubiera elecciones en el momento en el que se realiza la encuesta.

Por eso cuando, como ahora, no hay un proceso electoral próximo, para lo que sirve fundamentalmente es para ver y valorar tendencias. Que ciertamente en los momentos presentes, la verdad es que resultan tan  obvias que no sorprenden a nadie.

La reflexión que cabe hacerse, a la vista de la magnitud de los datos que se van conociendo, es si no hemos pasado ya la frontera (la mayoría de la ciudadanía) del despego  o del abierto rechazo a los partidos (abrumadoramente mayoritario en el último barómetro) y se está ya, abiertamente, en el rechazo al sistema tal y como lo hemos venido conociendo hasta la fecha. Con elecciones cada cuatro años y sin otra posibilidad de intervención que la crítica, en cualquiera de sus fórmulas, hasta las siguientes elecciones.

Me inclino a pensar que es esto último lo que también está en crisis y en cuestión.

Lo de votar cada cuatro años y soportar las mentiras y engaños que se les ocurran a quienes ganan las elecciones diciendo y prometiendo lo que saben que en ningún caso se proponen cumplir.

Es esta estafa y la falta de ética que comporta, lo que no se soporta por más tiempo. Y es uno de los motivos, junto a la corrupción, de que aparezcan los políticos en el último lugar de la aceptación ciudadana, por debajo, incluso, de la banca.

Por eso les digo que, desde mi punto de vista y modesta opinión, es el sistema actual el que está en cuestión. Hoy ya no se acepta sin introducirle modificaciones sustanciales.

Hoy es imprescindible si se quiere  hacerlo pervivir, realizar cambios importantes y de calado. El alejamiento y el desprestigio de los políticos  e instituciones es tan fuerte que no va a resolverse con maquillajes o acomodaciones más o menos pragmáticas de la realidad.

La desafección que viene recorriendo España, pero que puede verse también (en algunos casos con connotaciones distintas) en el resto de Europa, requiere reformas de calado en distintos órdenes.

En el representativo y electoral acercando el voto popular a la proporcionalidad en la representación institucional a obtener.

En la programática estableciendo la obligatoriedad de cumplir los compromisos como si se tratara de un contrato  con el que se pide el voto.

En el de la transparencia, especialmente en todo lo que se refiera a los recursos obtenidos, estableciendo la obligación de publicar las balances detallados de ingresos y gastos.

En el democrático y representativo, estableciendo la ejemplaridad ética que tienen que observar quienes participen en la cosa pública…

En el de las reformas institucionales, donde se tiene que asumir que estamos en el siglo XXI con sistemas organizativos y de participación del siglo XIX, por ejemplo, en todo el tema de de consultas o referendos para una democracia más activa y participativa.

Y por no alargarme más. En la necesaria reforma de la Constitución para dar cabida precisamente a muchos de estos cambios necesarios, y a los que se quedaron a medio camino como todo lo referente a establecer el Senado como la Cámara de la representación territorial de España…

Por eso les digo que no son solo los partidos y los políticos quienes están en crisis y en cuestión, es el sistema. Eso de ir a votar cada cuatro años y sentarse a esperar a las siguientes elecciones, no aguanta más.

Y una última reflexión, si no actúan y la gente se queda en casa y no acude a votar (que es lo que ahora mismo estarían reflejando los sondeos con índices de abstención cercanos al 50%) lo que entra en crisis es la propia legitimidad del sistema. Algo tremendamente grave, sobre todo por ser el mejor caldo de cultivo de “caudillos”, populismos y demás negadores de la libertad y de la razón.

De encuestas y barómetros