sábado 29/1/22

Cuando el $ se defiende: respuesta a Paul Krugman

nuevatribuna.es | 16.01.2011La crisis está consiguiendo que lo políticamente correcto adquiera a veces caracteres esperpénticos. A la demanda ciudadana de soluciones rápidas y eficaces responden los gobiernos con recetas más o menos acertadas. Pero también lo hacen algunos economistas que, a pesar de sus laureles y probablemente a causa de ellos, empiezan a rozar la carencia de rigor.

nuevatribuna.es | 16.01.2011

La crisis está consiguiendo que lo políticamente correcto adquiera a veces caracteres esperpénticos. A la demanda ciudadana de soluciones rápidas y eficaces responden los gobiernos con recetas más o menos acertadas. Pero también lo hacen algunos economistas que, a pesar de sus laureles y probablemente a causa de ellos, empiezan a rozar la carencia de rigor. Es el caso del por otros esfuerzos intelectuales admirado Paul Krugman, Premio Nobel de Economía. Cada vez mayor es la distancia que media entre, por ejemplo, su libro “El retorno de la economía de la depresión” (Crítica, 1999) y sus artículos sobre la Unión Europea y la crisis. Mientras aquel puede ser considerado uno de los análisis más rigurosos de la tormenta financiera de finales de los ’90, estos conforman un endeble conglomerado de lugares comunes a mayor gloria de las virtudes económicas de quien precisamente tiene la responsabilidad principal de la crisis: los Estados Unidos.

El último ejemplo de las ligerezas de Krugman acaba de ser publicado en España por El País con un llamativo titular de portada: “Cómo evitar que Europa se hunda” (¡ahí es nada!) y con un no menos bíblico título: “¿Tiene salvación Europa?”.

“Para no mirar dentro de casa, mejor despejar balones fuera”, parece ser la máxima de Krugman. Porque, puesta en duda la posibilidad de salvación de Europa (lo que presupone que hay que salvarla: ¿por qué y de quién, me pregunto?), no hay tiempo para acordarse de que las hipotecas basura, los grandes hundimientos bancarios, las estafas que pasarán a la historia con nombres de película, los estados en quiebra (de dimensión económica y tamaño geográfico y humano mayores que los más grandes miembros de la UE), el inimaginable déficit comercial y fiscal, la mayor distancia entre pobres y ricos (creciente, por supuesto), los más altos niveles de desprotección social y de pobreza del mundo desarrollado y, por supuesto, la sempiterna máquina de hacer dinero a la antigua (o sea, $ a mansalva) no son cosa de la UE, sino de los Estados Unidos. Pero, a pesar de todo ello, para Krugman los problemas residen en Europa e incluyen que esta carece de lo que hace que la unión monetaria de los Estados Unidos funcione (eso sí, añado, exportando sus problemas al resto del Mundo desde hace décadas: ¡denle a la impresora de los billetes que las consecuencias la pagarán los demás!): un gobierno central grande, un idioma común y una cultura compartida.

Puesto que lo del gobierno central grande se va consiguiendo poco a poco (fortaleciendo las instituciones de la Unión Europea y aumentando sus competencias, de lo que el Tratado de Lisboa y lo hecho durante el Trío de Presidencias iniciado por España el 1 de enero de 2010 son buenos ejemplos), habrá que darse prisa en lo demás: hablemos inglés como idioma común -hasta que el castellano sea mayoritario en Norteamérica, que todo se andará- y adoptemos sin perder un minuto la cultura anglosajona.

Nuestro Premio Nobel no se para en tal afirmación. Añade otras dignas de mención: que todavía se oye a la gente hablar injustamente de la crisis económica mundial de 2008 como si fuese algo fabricado en Estados Unidos (¡vaya, nos habíamos equivocado!), que las economías periféricas de Europa eran más o menos como los hipotecados ciudadanos norteamericanos ninja (sin ingresos, sin empleo, sin patrimonio), que vamos a terminar como Argentina (al menos los españoles tendremos la ventaja de compartir idioma para la experiencia) y otras cuantas sutilezas por el estilo, entre las que destaca la más genial: reconoce ahora que las consecuencias de abandonar el euro para un país serían devastadoras (cuando lleva meses añorando la posibilidad de devaluación competitiva que daría no estar en la moneda única: ¡viva la coherencia!).

Afortunadamente, Krugman termina admitiendo que nuestra salvación pasa por un gobierno económico, aunque da la impresión de que le llega tarde y mal la documentación, porque ni palabra en su artículo del Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, de la reforma de la supervisión económica común, de la Estrategia 2020 de Crecimiento y Empleo o de la compra de deuda por parte del BCE, todo ello ya en marcha y con buenos resultados, aunque quede mucho por recorrer o por hacer mejor, desde luego, empezando por ser una auténtica unión económica con Tesoro propio, presupuesto suficiente, armonización fiscal y Europa social.

No digo yo que Krugman una especie de Gordon Gekko, un tiburón financiero norteamericano. Pero cada vez que le leo no puedo olvidar que al dólar no le viene nada bien un euro fuerte; que si el dólar fuera sustituido como moneda de reserva e intercambio mundial, el poder político estadounidense se resentiría con fuerza y su economía no podría seguir exportando alegre y catastróficamente sus problemas y debilidades con tanta sencillez como lleva haciendo durante décadas; que cada noticia de que China o Japón compran deuda pública europea o acumulan euros es una mala nueva en Washington; y que, como ha escrito Giscard D’Estaing (poco sospechoso de antiamericanismo) hay billones de dólares preparados en Wall Street para desestabilizar la moneda única europea.

Penoso que aquí seamos tan ingenuos como para llegar a preguntarnos “Cómo evitar que Europa se hunda” (admitiendo la premisa falsa de que se hunde) y darle la palabra a alguien para que responda a la pregunta en inglés con acento norteamericano, por mucho Premio Nobel que sea. Y que conste que me gustan los Estados Unidos, pero también que prefiero la Unión Europea, con sus defectos y con sus virtudes, incluida la de hablar muchos idiomas.

Carlos Carnero

Cuando el $ se defiende: respuesta a Paul Krugman
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