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jueves. 30.06.2022

Cualquier día es miércoles

Cualquier día es miércoles, pero no siempre es catorce de noviembre.  Hay quien habla de un antes y un después, quien asegura que es una fecha histórica, quien reivindica su recuerdo para siempre. Pero el tiempo es una memoria blanda y dudaremos dentro de poco si fue el catorce, si era miércoles, si el otoño se hizo primavera, o si era víspera irremediable de un invierno.

Cualquier día es miércoles, pero no siempre es catorce de noviembre.  Hay quien habla de un antes y un después, quien asegura que es una fecha histórica, quien reivindica su recuerdo para siempre. Pero el tiempo es una memoria blanda y dudaremos dentro de poco si fue el catorce, si era miércoles, si el otoño se hizo primavera, o si era víspera irremediable de un invierno.

Pero existió un miércoles, catorce de noviembre de dos mil doce. Los sindicatos, junto a ciento cincuenta organizaciones sociales, habían convocado una huelga a nivel nacional con  manifestaciones en todas las ciudades al caer la tarde porque la vida, como la tarde, se nos estaba cayendo.

Desde su convocatoria hasta su celebración, las tertulias radiofónicas y televisivas, los artículos de opinión, las editoriales, chorrearon teorías sobre su conveniencia, su posible éxito o fracaso, su oportunidad, su negativa aportación a la economía del país. Los empresario reconocían el derecho a la huelga (siempre demócratas ellos, aunque sin vincularse a la democracia ellos, oligarquía más bien la de ellos) pero asegurando que no era buen momento, economía aparte, por la mala imagen que daríamos a los mercados y a los demás países. Los empresarios, vestida el alma de smoking, perfumados y con crema anti age cuidaban la imagen de España ante el extranjero como cuidaban la suya ante la amante que les acompañaba a un congreso importante para gente importante. Los parados por millones, los desahuciados, los viejos-avecrem, los dependientes sin una mano que empuje la vida, los sin cartilla para una diálisis, los jóvenes sin futuro, los estómagos que gritan hambre, los enfermos ingresados en una sanidad-beneficencia, los que no tienen el primer trabajo, los que ya no tienen el último…Todos eso se tapa con el manto de la virgen del Rocío, amiga de Fátima Báñez o se le encarga a Wert que niegue la realidad.

Y muchos tertulianos y articulistas con la pregunta que les secó las neuronas: ¿Sirve una huelga para arreglar la situación?  ¿Si la actual política económica es la única posible, qué van a solucionar los partidarios de una huelga?

Es verdad que una huelga no santifica la economía ni la mediocridad de nuestros gobernantes, ni la inercia de una oposición-hisopo esparciendo agua maldita sobre la bancada contraria. Y a fuerza de esgrimir el argumento de su inutilidad, el gobierno y sus adláteres van creando una conciencia de fracaso anticipado que desvirtúa la fuerza de un pueblo que se pone en marcha, que se sabe depositario del poder, que puede llegar a denunciar el incumplimiento de unas promesas electorales incumplidas, que puede enfrentarse a decisiones contrarias al bien de la sociedad.  ¿Qué soluciones aportan los huelguistas? Es una pregunta lanzada contra la frente de quienes salen a la calle a exigir la devolución de unos derechos usurpados, de una sanidad, de una educación, de una vivienda digna reconocida por la Constitución, de un trabajo como derecho, nunca como regalo, de una ruptura de la reforma laboral que deja el horario, el sueldo, la movilidad, el despido en manos de quien tiene el dinero y dispone de los trabajadores a su antojo como quien  cambia de traje, de perfume o de zapatos.

Aún reconociendo por parte de muchos la postura de un mundo boca abajo, distorsionado como un calidoscopio amargo, continúa la pregunta: ¿Arregla algo una huelga? Y el vaticinio envenenado: nada se consigue, todo seguirá igual. T Tertsch describiendo el día anterior el fracaso de lo que todavía no ha sucedido. Y Francisco Marhuenda, hueco, sin esqueleto interior que le sostenga el cerebro, asegurando que es un fracaso “porque si alguien que hace una cosa fracasa, es un fracasado” Y Marhuenda siguió dando clases en la Universidad a la muchachada mejor preparada de la historia y dirigiendo un periódico que burlonamente se llama La Razón.

¿Pero es el papel de una huelga arreglar una situación creada por los grandes bancos, los especuladores, los mercados deshumanizados, por reformas laborales, por privatización de la sanidad, por hacer de la educación un despojo, por dejarlo todo en manos privadas para convertir en negocio los derechos? Nadie, ni los convocantes, ni los participantes, ni los que miran por encima del hombro con desprecio y hasta con sublime antipatía, deben esperar que una huelga sea una solución. El papel de la huelga es exigir soluciones a aquellos que prometieron implantarlas porque repitieron hasta la saciedad que tenían el diagnóstico correcto y las soluciones idóneas para cambiar una sociedad que venía ya herida del pasado. Sabían cómo crear empleo, cómo hacer frente a los mercados, cómo vivir bajando impuestos, como mejorar la sanidad y la educación, cómo cuidar con más esmero de los dependientes, cómo subir las pensiones miserables de muchos, cómo abrazar con cariño a las mujeres maltratadas, cómo mimar a la infancia haciendo compatible el trabajo y el cuidado de la niñez, cómo…Y lo juraron “por mi conciencia y honor…”  La huelga sirve para eso, para exigir el cumplimiento de lo prometido, para que se convierta en realidad lo que nos dijeron que iba a ser  realidad, para que el canje voto por promesa culmine en cumplimiento.

Quien exige soluciones a una huelga es un malintencionado consciente. De ahí el interés de los gobiernos en no reconocer el éxito numérico y argumental, porque les coloca ante su propio fracaso y su propia traición.

Cualquier día es miércoles. Cualquier día es una exigencia. Cualquier día es un éxito.

Cualquier día es miércoles