jueves 2/12/21

Contra la profecía autocumplida

Puede ganar cualquiera. Y no, no me refiero a la Liga de Fútbol de Primera División, que para escribir sobre ese tema en Nueva Tribuna ya está José Luis Egido. Hablo de las elecciones generales del 20 de noviembre. Sí, repito, cualquiera: el PSOE, el PP, IU, EQUO… Solo necesita para conseguirlo cumplir una condición necesaria: presentarse en todas las circunscripciones.

Puede ganar cualquiera. Y no, no me refiero a la Liga de Fútbol de Primera División, que para escribir sobre ese tema en Nueva Tribuna ya está José Luis Egido. Hablo de las elecciones generales del 20 de noviembre.

Sí, repito, cualquiera: el PSOE, el PP, IU, EQUO… Solo necesita para conseguirlo cumplir una condición necesaria: presentarse en todas las circunscripciones. Y, por supuesto, completarla con otra suficiente: recibir el voto de los electores.

Hasta aquí, todo claro. Casi de Perogrullo.

Pero conviene repetirlo una y otra vez, porque, de no hacerlo, estaremos ayudando, sin quererlo, a que se haga realidad la profecía autocumplida, tan del gusto de los mercados a lo largo y ancho de la crisis económica como tan nefasta para el juego democrático.

¿A qué me refiero con la profecía autocumplida?

Repitamos una y otra vez –he llegado a encontrar la frase repetida en nueve artículos diferentes de un mismo periódico de ámbito nacional en un día- que el PP ganará las próximas elecciones generales, añadiendo siempre la coletilla de si se cumplen las encuestas. A partir de ahí, construyamos todo el futuro en torno a esa posibilidad –que se presenta de hecho como una certeza-. Hasta el punto de que resulta casi imposible imaginar que pueda ocurrir otra cosa.

El que lanza la profecía siempre podrá argumentar que nunca dejó de incluir el si condicional. Pero, en la práctica, habrá conseguido varios efectos imprescindibles para que su vaticinio se cumpla: desmotivar a quien pensara votar a otras opciones, fortalecer la confianza de quienes tuvieran decidido apoyar al hipotético ganador, provocar trasvases de voto (mejor estar con vence que con quien pierde) y, muy importante, ir cambiando el resultado de las encuestas.

Esto último es esencial para la consecución de la profecía autocumplida: a medida que cala la idea de la victoria anunciada, muchos más consultados tienden a responder en el sentido de la misma. Por ejemplo: sondeo a sondeo, crece el porcentaje de quienes estiman que el candidato del PP ganará frente a los otros candidatos, aunque muchos de ellos no lo deseen.

De manera que cada encuesta es un capítulo que materializa el final profetizado, convirtiéndolo en casi insoslayable.

Alguno pensará que soy ingenuo; otro, que pretendo negar la realidad; uno tercero, que para que no ocurra lo que digo deberían prohibirse las encuestas (nada más lejos de ni ánimo, en primer lugar por respeto a la estadística como disciplina científica).

Puede que sea un iluso, pero como demócrata me niego a aceptar que decidan por mí, que voten por nosotros, que nos alienen de nuestra capacidad soberana para decidir.

El resultado de unas elecciones solo se conoce cuando se cuentan las papeletas depositadas en las urnas a través del voto libre, directo y secreto. Cualquier otra cosa no es la decisión avanzada del electorado, sino solo una profecía, un vaticinio o una estimación.

Puede que gane el PP. O que lo hagan el PSOE, Izquierda Unida o EQUO. Saludado sea quien lo consiga en las urnas, no en los periódicos.

Así que la fiesta de la democracia que son las elecciones comienza ahora, en vivo y en directo, porque no es un plato precocinado en cuatro editoriales y veinte artículos. Afortunadamente.

Contra la profecía autocumplida
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