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jueves. 30.06.2022

Comentarios sobre la religión y efectos colaterales

Comentario 1 ¿Qué ha supuesto la religión -como catecismo y conducta cristianos- en la historia? Me atrevo a decir -osadía que me puedo permitir porque no me asiste la fe, sino los datos de la propia historia- que la religión ha constituido el más formidable escalpelo para cercenar de cuajo todo tipo de tolerancia, de ciencia, de investigación, de libertad y, en consecuencia, de responsabilidad.

Comentario 1

¿Qué ha supuesto la religión -como catecismo y conducta cristianos- en la historia? Me atrevo a decir -osadía que me puedo permitir porque no me asiste la fe, sino los datos de la propia historia- que la religión ha constituido el más formidable escalpelo para cercenar de cuajo todo tipo de tolerancia, de ciencia, de investigación, de libertad y, en consecuencia, de responsabilidad.

La religión ha intentado capar a todo el mundo el intelecto y la sexualidad. La religión ha constituido el fundamento de muchas de las conspiraciones que se han forjado contra la inteligencia, contra la racionalidad, contra el progreso y contra la felicidad de los hombres y de las mujeres.

No quisiera molestar a nadie al afirmar que la religión es una solemne superstición, cuyos componentes más señeros son la credulidad y el fetichismo. Entiendo por superstición aquella operación mental -un tanto animista e infantil, desde luego- que funde y confunde lo personal y lo impersonal, lo exterior y lo interior, lo lejano y lo próximo, lo sensible y lo que no se ve, ni se toca, ni se oye, ni nada. Es decir, el caldo de cultivo más apropiado para dejarse sobornar por el chantaje de la promesa de la resurrección de la carne.

Comentario 2

Dios no es ni la verdadera cuestión ni la cuestión capital en la vida de muchas personas. Ni, menos aún, la realidad objetiva, ni la realidad previa, ni la realidad original, ni la realidad envolvente. No es, siquiera, una realidad. Y, a pesar de ello, muchas personas, que viven ajenas a este soborno transcendental, mantienen una profundidad vital y una identidad personal tan seria o más que la que pueda tener un cristiano convencido y coherente.

El atavismo secular, con el que se ha analizado sempiterna y obligadamente la religión, ha derivado en una serie de tópicos y lugares comunes que, más que en creencias, se han convertido en supersticiones.

Se acepta como dogma que el ser humano necesita necesariamente referencias objetivas y universales, ideas e ideales, para superar el nihilismo en que supuestamente transcurre su existencia. A continuación, como única salida a ese vacío se presenta la religión, como si ésta fuese la única alternativa posible que revele el sentido de la existencia.

Más aún. Algunos jerarcas de la Iglesia, entre ellos el papa, sostendrán que no se puede ser buena persona si no se cree en Dios. Y que sólo la fe en “el Dios vivo y verdadero” le otorgará la etiqueta auténtica de bondad.

Comentario 3

¿Desde cuándo los llamados Derechos humanos son producto de la cultura cristiana? Más bien, lo serán de una lucha endiablada contra la cultura cristiana, que es muy distinto. Si se nos apura, diríamos que la historia de Europa es la historia de la resistencia del individuo a la violencia del catolicismo como religión de poder. Y, desde luego, no fueron las cruzadas, ni los crímenes cometidos, derivados de la confusión entre teología y política, quienes produjeron la ilustración y, menos aún, los Derechos del Hombre.

Los valores, que ha fundado el Derecho, se deben a una lucha enconada contra quince siglos de civilización oscurantista, representada por el cristianismo. Lucha que supuso muchos miles de muertos debidos, precisamente, al poder religioso en connivencia con el poder político, ambos enfrentados a cualquier avance de la libertad individual.

La Iglesia aliada del Poder político ha sido la gran adversaria de la coexistencia pacífica entre los pueblos. La historia de las religiones si algo demuestra es que todas ellas han intentado imponerse por la violencia. ¿Por qué? Porque toda religión representa una amenaza para los otros, ya que ninguna está libre de integrismos

Comentario 4

A priori, creer o no creer es inocuo. Es decir, no nos hace ni peores ni mejores personas. La jaleada validez y utilidad moral de la religión es un camelo. Las pretensiones éticas y morales de todas las religiones son falsas. El sistema de creencias, que una persona pueda tener, no convierte a ésta en un dechado de virtudes, ni de vicios.

Considerar que, por el hecho de creer en Dios, alguien se convierte en virtuoso es de una ingenuidad intolerable. Y en cuanto a la correspondencia, más o menos congruente, entre lo que pensamos y lo que hacemos se dan tantos hiatos en el comportamiento humano que es imposible afirmar que nuestros hechos sean resultado de lo que creemos o pensamos.

Como decía Lichtenberg “no hay que juzgar a los hombres por sus opiniones, sino por aquello en lo que sus opiniones les convierten”. Ahora bien, ¿cómo saber las razones por las que una persona actúa de una manera determinada? Pues con toda probabilidad de ningún modo. Spinoza ya advertía de que sabemos lo que hacemos, pero rara vez por qué.

Lo único que sabemos es que la religión, cuando se organiza en plan colectivo y es manipulada por la Jerarquía, es una amenaza permanente para la felicidad individual del género humano.

Comentario 5

Formulado de una manera desgarradora podríamos preguntar: El día en que el mundo se quede vacío, ¿quién se acordará de Dios? Y formulado de otro modo mucho más incómodo para quienes creen en él: si la fe les abandonara –al fin y al cabo, Pablo dice que la fe es un don de Dios al hombre-, ¿significaría eso que dejarían ipso facto de ser amables, solidarios, respetuosos, honrados, justos, sinceros y cumplidores con los deberes que manda, pongo por caso, el orden ético o constitucional?

Mucho me temo que la mayoría de los creyentes estén cautivos de su fe, es decir, sobornados y chantajeados por el cielo. ¡Cuándo llegará el día en que proclamen, como aquel personaje de Bernard Shaw, “he dejado atrás el soborno del cielo”!

Hay quien asegura que la religión le ha servido de consuelo y de alivio en la vida. Sin duda. Del mismo modo, que a otros les ha confortado el psicoanálisis, el alcohol, el senderismo, el parchís y la lectura.

Pero los casos de carácter individual, en los que alguien ha encontrado desahogo psicológico a su atormentada intimidad, no son comparables a los mismos efectos de esa misma religión en su pertinaz intento de destruir la convivencia pacífica entre iguales. Este es, ciertamente, otro nivel. Un nivel trágico.

En este sentido, la historia de la religión, convertida en partido de masas y en empresa moral, es la historia de una infamia que ha dejado a la humanidad convertida en una herida parpadeante.

Comentario 6

A los obispos les gusta proclamar una y otra vez que ellos no se meten en política Hacen mal en decirlo. Porque ése es, precisamente, el ámbito social en el que debería zanjarse toda cuestión que realmente interesa a la res pública. Afirmar, como hacen ellos, que su influencia es de “naturaleza religiosa y moral” sólo cabe entenderlo como producto de su cinismo y de su mala conciencia. Porque la pretensión de influir en la moral y en la religión de las personas es la cosa más política que existe, especialmente en España.

La Iglesia católica española lo viene haciendo desde que se instituyó como tal. Y espero que siga haciéndolo de este modo. Porque es la única manera de saber qué es lo que está tramando contra el tejido social y político democrático en el que ella no cree con la misma fe que cree en el dogma de la Inmaculada Concepción, por ejemplo.

Y no es cierto que la Iglesia respete “las normas civiles comunes, legítimas y justas”, cuando estas normas van en contra de sus intereses. Hace, sí, ejercicios malabares para hacer como que las respeta y que las acepta, pero ni las respeta, ni las acepta.

Comentario 7

Vivimos en una época realmente insólita. En una época, en que la vitalidad de las cosas se manifiesta en que pueden ser discutidas, la Jerarquía se resiste a que las creencias religiosas se pongan en el tablero de la interrogación o del humor.

Si la fe religiosa es una creencia, ¿por qué, entonces, no darle acceso al mismo derecho que tiene la democracia a ser criticada, censurada o motivo de risa? Si las creencias sexuales, políticas, gastronómicas o artísticas, no cesan de sufrir el acoso dialéctico de todo el mundo, ¿por qué no han de gozar del mismo estatus polémico las creencias religiosas? ¿Acaso porque tengan un fuero especial?

Desgraciadamente, éste es, quizás, el peor celofán que envuelve la religión: su intangibilidad. El que no pueda ser tocada, cuestionada, puesta en la higiénica picota de la reflexión y de la negación como la inflación económica o un plan de pensiones. Pero tal cualidad, más que una virtud, es su peor defecto.

A quienes se empeñan en subirla al banquillo de la perplejidad, se les acusará de estar tocados de “fundamentalismo irreligioso”. Y a quienes se muestran razonablemente incapaces de aceptar la “potencia humanizadora de la religión” se les tildará de “inflexibles enterradores del espíritu”.

No perciben que si algo podría redimir a la religión de su oscurantismo es su puesta en entredicho. Al fin y al cabo, cada cual tiene la creencia que está más acorde con su raciocinio o su estómago, que de todo hay en la viña del señor marqués.

La Iglesia sabe, mucho mejor que Mandeville, que son los vicios privados, la búsqueda del interés personal, lo que permite acrecentar el bienestar colectivo, y no la moralidad, sea ésta practicada en clave subjetiva o colectiva.

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