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martes. 28.06.2022

Céline

nuevatribuna.es | 31.01.2011Sus escritos antisemitas, Bagatelas para una masacre (1937) y La escuela de cadáveres (1938), entre otros, siguen pesando sobre la memoria de las víctimas judías.A estas harturas de la vida, después del baño ideológico que hemos recibido, cualquiera se atreverá a negar que Céline era un cabrón y un antisemita de cuidado. Lo dice la gente como si lo hubieran tratado noche y día.

nuevatribuna.es | 31.01.2011

Sus escritos antisemitas, Bagatelas para una masacre (1937) y La escuela de cadáveres (1938), entre otros, siguen pesando sobre la memoria de las víctimas judías.

A estas harturas de la vida, después del baño ideológico que hemos recibido, cualquiera se atreverá a negar que Céline era un cabrón y un antisemita de cuidado. Lo dice la gente como si lo hubieran tratado noche y día. Pero de Céline sólo se puede hablar de lo que dejó escrito. Y reducir su obra a los escritos antisemitas anteriormente citados es pura baba ideológica. Lo mismo podría hacerse con Quevedo si se rescatara su libelo La isla de los monopantos, texto rabioso contra los hijos de Sión como ninguno de los que, más tarde, escribieron casi todos los escritores españoles, a excepción de Galdós.

El problema de Céline es que, también, era un genial escritor de los que aparecen una vez en una época o en un siglo. Su novela Viaje al fin de la noche (1932) es tan buena que la obra de Marías y de Muñoz Molina juntas palidece al lado de aquella.

A Céline se le recuerda por su odio a los judíos, pero estaría bien señalar que su otra literatura, la que él tenía como verdadera, iba directa contra la buena conciencia o estómago de la burguesía de su tiempo, hipócrita y putrefacta. Una burguesía que se enriquecía mediante todo tipo de crímenes, alentados desde la esfera del poder. La burguesía de la derecha y la de la izquierda.

En Viaje al fin de la noche, como un Zaratustra de bitácora, lo advirtió a quien quiso oírlo: “Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor. Os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros, es porque van a convertiros en carne de cañón”.

O en chivo expiatorio, que es en lo que devino su figura, donde persona y personaje diluyeron a posta.

Sería tan cínico como hipócrita considerar que el único caso de antisemitismo francés fue el de Céline.

La verdad es que la sociedad francesa venía siendo antisemita de forma consciente y pragmática desde la Ilustración. Ni Voltaire ni Diderot ni los socialistas utópicos se libraron de serlo.

Al final, el caso Dreyfus puso a cada uno en su sitio. Hasta hoy.

Víctor Moreno | Escritor y profesor

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