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viernes. 01.07.2022

Clima revuelto

nuevatribuna.es | 20.02.2011La caída de Mubarak, como la de Ben Alí, además de plástica es elocuente.

nuevatribuna.es | 20.02.2011

La caída de Mubarak, como la de Ben Alí, además de plástica es elocuente. La diferencia con el caso de Sadam Hussein es que a los egipcios, nadie les ha ayudado a derribar estatuas pero sobre todo que, su lucha, ha costado mil veces menos vidas que en el caso de Irak (cerca de 400 frente a 400 mil) y que, el impacto de su revuelta no ha sido tan delicado como el de las “Revoluciones de Colores”, tan caras a Estados Unidos.

La clave del asunto está en que la reivindicación democrática que está fermentando en el mundo árabe (que ahora florece en Bahréin, Yemen y Libia) no solo está carcomiendo la legitimidad –y por ende, la imagen pública- de ignominiosas dictaduras sino que, también, está contribuyendo a develar los mecanismos externos que las oxigenan.

Recordar, a estas alturas, que Occidente siempre apoyó, sin titubear, a personajes como los descritos termina sonando reiterativo porque, a partir del momento en el que sus vergüenzas quedaron al aire, se activó la maquinaria propagandística occidental: así es como, los antaño “baluartes” contra comunismo y/o integrismo se convirtieron, de repente, en abominables dictaduras. Y de ni mencionar a esos países en los telediarios o de hacerlo sesgadamente; de tildar de paranoicos, radicales y/o irresponsables a los que denunciaban sus crímenes, se ha pasado a emitir, en directo, desde la Plaza de la Liberación de El Cairo subrayando de paso, con indignación, que ni los medios cubanos ni los chinos ni los iraníes están queriendo saber nada de lo que se cuece en los países árabes…

El problema de fondo no es que, ni a nuestros gobernantes ni a nuestros periodistas, les sean indiferentes cambios de línea tan desvergonzados sino que eso tampoco parezca preocuparle a la ciudadanía. Seguramente ahí es donde radica la razón última de tanta impunidad. ¿O será viceversa? como la impunidad campa, a nuestros gobernantes se les permite casi todo…

A veces, el cinismo tiene nombre y apellidos. En los casos de Túnez y de Egipto se llama François Fillon y Michèle Alliot-Marie. Según la prensa francesa parece haber fundadas sospechas de que ambos –respectivamente, Primer Ministro y ministra de Asuntos Exteriores- no solo habrían pasado sus vacaciones de Navidad en Egipto y Túnez sino que, además, habrían utilizado aviones privados prestados –de forma más o menos directa- por Mubarak y Ben Alí. Es más: en los primeros días de la revuelta, Alliot-Marie, habría ofrecido colaboración policial a Túnez para reprimir las manifestaciones populares en pro de la democracia. Pero una vez derribado el régimen, su jefe, Sarkozy, no dudó en ponerse “al lado del pueblo tunecino”. Obama hizo lo propio en el caso de Mubarak: del silencio cómplice a “la historia está en marcha”, una de sus habituales frases huecas.

El problema de fondo tiene, sin embargo, mucha más enjundia: no solo se trata de las inconfesables relaciones que Occidente mantiene con dictaduras anacrónicas, sino de la sociología de las movilizaciones populares que las están derribando y de las implicaciones políticas de las mismas.

Lo ocurrido en los países árabes se parece bastante, de hecho, a lo sucedido en América Latina durante la década pasada. Allí, en la mayoría de los casos, los cambios fueron menos espectaculares que los de ahora en el mundo árabe aunque, no por ello, menos trascedentes: en algunos países (como Perú, Ecuador, Venezuela, Bolivia e incluso la propia Colombia) los sistemas políticos sufrieron notables transformaciones mientras que en otros (como Brasil, Argentina o Uruguay) tuvieron lugar alternancias significativas.

El desencadenante de las rupturas, tanto en América Latina como en los países árabes, ha sido una reacción popular abierta contra las políticas económicas neoliberales o sus consecuencias.

Hay, empero, algunas diferencias significativas: América Latina, después las transiciones democráticas de finales de la década los 1980, hizo las veces de laboratorio sociológico y su población, de conejillo de Indias: allí es donde se ensayaron las “Políticas de Ajuste” que, posteriormente, fueron aplicadas a diestra y siniestra, hasta llegar a Europa.

En el caso de los países árabes (pero también en el de Sudáfrica y en el de algunos otros focos de protesta) la situación está siendo ligeramente diferente: las movilizaciones no están siendo tanto una consecuencia de los “Planes de Ajuste” aplicados en sus propios países, como de un cúmulo de circunstancias ligadas a la naturaleza íntima del sistema. Por una parte está la contracción de la demanda, ligada a los “Planes de Ajuste” impuestos en Europa a raíz de la crisis y por la otra, la crisis alimentaria mundial, consecuencia de toda una serie de inesperados desastres naturales (incendios, inundaciones, etc.) pero sobre todo, del libertinaje financiero reinante que sigue permitiendo peligrosas especulaciones con peligrosas consecuencias (¡44 millones de nuevos pobres en solo medio año!).

En América Latina, en su momento, también hubo reacción: Hugo Chávez por ejemplo fue, en sus orígenes, un típico producto de clases medias, no solo empobrecidas, sino frustradas. Alberto Fujimori, Lucio Gutiérrez y Álvaro Uribe, tres cuartos de lo mismo… pero también, Lula en Brasil, el Frente Amplio en Uruguay y los Kirschner en Argentina. Cada quien con sus peculiaridades nacionales y sus derivas posteriores, indudable, pero todos, consecuencia de la reacción popular contra políticas económicas que estaban tetanizando a los tejidos productivos y asfixiando a las poblaciones.

La ventaja, en ese caso, fue que la existencia de sistemas políticos algo más abiertos que los del mundo árabe, permitió que los virajes fueran menos bruscos. En el caso de los países árabes, en efecto, el problema fue que, a pesar del apellido “democrático” de sus “partidos” de Gobierno (el RCD de Ben Alí formaba parte, incluso, ¡de la Internacional Socialista!) los hechos han demostrado que allí no había más opción para expresar el descontento que quemándose a lo bonzo, manifestándose en la plaza pública, plantando barricadas por doquier, lanzando piedras contra la policía, etc.

¿Y en Occidente? ¿Qué hay de Occidente? Porque en estos días suele hablarse mucho de casos como el de Irán o el de China, pero sin mencionar otros o hacer introspección. De hecho, aunque los medios de comunicación tiendan a soslayarlo, en las sociedades de “capitalismo avanzado”, también están presentes muchos de los ingredientes que, en América Latina, propiciaron bruscas transformaciones de los sistemas políticos y en los países árabes, ruidosos hundimientos de las dictaduras.

Se presente como se presente, en Europa y en Estados Unidos está habiendo un empobrecimiento general de la población, un repliegue exponencial de las políticas de bienestar y unas clases dirigentes que, lejos responder ante sus electores por sus esfuerzos para defender el principio moral de justicia social heredado de la posguerra, están aplicando políticas públicas orientadas a satisfacer a templos y mercados, que no solo son estructuras muy poco democráticas sino que constituyen los verdaderos focos de la conspiración contra el progreso y el bienestar.

Italia representa, probablemente, el ejemplo más evidente de una degradación que está gangrenando, sin remedio, la cohesión social. Pero no el único: los síntomas de podredumbre abundan. El reciente informe de auditoria interna del Fondo Monetario Internacional sobre la presidencia de Rodrigo Rato es solo una prueba más de la arrogancia, el fanatismo y en el fondo, la irresponsabilidad, con la que nuestros dirigentes suelen conducirse. Antaño, la cruz; hogaño, el superávit fiscal: el “Pensamiento Único”, aunque se exprese aterciopeladamente, nunca admite discusión.

Actualmente, nuestra democracia está en riesgo porque el neoliberalismo, desligado de los imperativos categóricos de su cruzada anticomunista, se ha adueñado de sus procedimientos, pervirtiendo su esencia. Así es como la ha ido convirtiendo en un burdo mecanismo de legitimación legaloide de políticas públicas que, cada vez menos, tienen una relación directa, no solo con los intereses de las mayorías sino con las promesas electorales de los partidos gobernantes e incluso, opositores. Cada vez más, el sistema contrapone el dinero a los principios; la ingeniería a la voluntad y la técnica a la política: por eso el sentir del pueblo no importa y su espíritu emprendedor no tiene cabida pero, también por eso, la historia parece haberse atascado. Episodios como los de Túnez o Egipto son simples recordatorios de que la crisis no solo es un problema de cuentas que no cuadran sino –como ocurría antaño al otro lado del Muro- de valores corrompidos y espíritus despreciados. Convendría, de hecho, tener cuidado porque -como rezaban numerosas pancartas durante las revueltas de Túnez- el pueblo es “inteligente”… y el clima, está revuelto.

Juan Agulló | Sociólogo y periodista

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