sábado 29/1/22

Cádiz 1812: la conmemoración y el significado

Los aniversarios, las fechas redondas, las celebraciones de los hitos históricos, al margen de la parafernalia y la exaltación, tienen la virtualidad y ofrecen la oportunidad, si se acude a los especialistas, o de otro modo, se huye del oportunismo periodístico amarillo o de la retórica política tan reiterativa como un ovillo, de contener una cierta pedagogía del tiempo, de un significado del que podemos extraer un aprendizaje político.

Los aniversarios, las fechas redondas, las celebraciones de los hitos históricos, al margen de la parafernalia y la exaltación, tienen la virtualidad y ofrecen la oportunidad, si se acude a los especialistas, o de otro modo, se huye del oportunismo periodístico amarillo o de la retórica política tan reiterativa como un ovillo, de contener una cierta pedagogía del tiempo, de un significado del que podemos extraer un aprendizaje político.

El autor de este artículo rechaza de plano la solemnidad vacía y hagiográfica, carente de utilidad práctica, más allá de la industria (editorial, turística, o de otra índole) que conllevan este tipo de efemérides. Me centraré por lo tanto en extraer algún tipo de significado, que, por otra parte, se puede extraer en cualquier momento, porque el pensamiento y la reflexión histórica no se hacen presentes en los aniversarios, sino que su funcionalidad reside en ofrecer una interpretación del tiempo para dar la inteligibilidad que comporta en el transcurrir de las sociedades y los individuos.

Se cumplen 200 años del proceso desarrollado en Cádiz que llevó a la aprobación de una constitución que tenía el objetivo de derribar institucional y jurídicamente el Antiguo Régimen (el absolutismo) y forjar una nueva sociedad liberal. Cádiz fue un momento fundador de un camino que tendrá un recorrido escaso (hasta la vuelta de Fernando VII de su prisión en Bayona en 1814) y muy discontinuo (paréntesis del Trienio Liberal tras el golpe de Riego). Luego vendrán otros textos, Estatuto Real de 1834 impulsado por María Cristina, la primera regente de la futura reina Isabel II, la Constitución de 1837, la de 1845, la de 1869, la de 1874, la más duradera de la Historia, por el momento, y la frustración modernizadora de 1931, hasta llegar a la Constitución de 1978, instrumento eficaz, hasta el momento, para la modernización y la convivencia ciudadana.

Con Cádiz se inicia una senda que en cierto modo, ha marcado la Historia de España durante el XIX y el XX. El avance y el retroceso de las ideas progresistas, del fin de los privilegios por nacimiento, del reconocimiento de la soberanía popular, de la efectiva pérdida de gobierno de la Monarquía, han sido pugnas y querellas no resueltas totalmente hasta 1978. Justo en esa atávica resistencia al progreso, reside a mi modo de ver, la lectura que hoy podemos hacer de la Constitución de Cádiz. Cádiz pone de manifiesto que España siempre contó con ciudadanos inclinados al progreso justo y sostenido, pero también excesivas resistencias de carácter intransigente que impedían la marcha evolutiva o formar siquiera un acervo. Aunque Cádiz sea una ruptura con el pasado, se trata de una ruptura efímera en donde, a diferencia de otros países, la vuelta al estado anterior, no era a través de una rectificación o por medio de una comprensión cívica e integradora de algunos elementos que pudieran suponer una síntesis política o un encuentro entre modelos políticos distintos. Al contrario, restaurar era aniquilar, exterminar, depurar. Por esta razón, España siempre fue un país de exilios con los pronunciamientos militares dirigidos por camarillas y con las guerras carlistas.

Por supuesto, el panorama era distinto en Europa. Europa integraba y arraigaba cultura política. Así sucedió muy pronto en Inglaterra con políticos como Wallpole, Canning, Peel o Cartwright. Incluso la Francia de la reacción anti-revolucionaria, supo entender que en la revolución había elementos de acervo civilizatorio. Así lo entendió por ejemplo Napoleón, y posteriormente, tras la Revolución de 1848 que supuso la caída de Luis Felipe de Orleans, con el Segundo Imperio, Napoleón III.

Una de las causas del fracaso de la revolución liberal primero, o de la democratización del Estado después, cuando Azaña se empeñaba en realizar la experiencia monárquica, es, a mi modo de ver, la ausencia de un ethos común, es decir, la carencia de una conciencia integradora que construya elementos compartidos. ¿Cómo podemos apreciar esa carencia de elementos compartidos? En primer lugar, en la concepción del poder: instrumental para la mayoría, patrimonial para bastantes, solo legal, para una minoría hasta muy entrado el siglo XX. En segundo lugar, por ejemplo, la idea de ciudadanía: basada en la propiedad y por tanto de carácter elitista y exclusivista para los privilegiados, o basada en la igualdad legal, solo para profesionales o clases bajas. Incluso la propia idea del Estado: concebido como un instrumento al servicio de los intereses corporativos, o entendido como agente transformador de las clases sociales.

Nunca la historia de España consiguió forjar un ethos común basado en la construcción de una civilidad. Tuvo que esperar hasta Constitución de 1978 para lograrlo. Cádiz debe ser entendido como hito, como momento fundador que alumbraba un nuevo tiempo, como por otra parte estaba sucediendo en Europa, pero si queremos ver más cosas que la cara de la Luna iluminada por el sol mediático, si queremos ver la cara oculta de la Luna, que es la única manera de ver la Luna entera, debemos prestar atención no solo al acontecimiento en su sincronía, sino entender que el significado o el aprendizaje político que debemos extraer no está tanto en el hito, como pueda ser cualquier otro, sino en la manera en que las sociedades puedan extraer elementos compartidos de las experiencias políticas.

Cádiz 1812: la conmemoración y el significado
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