lunes 25.05.2020

Carta a un amigo catalán

Querido amigo. Sigo cada día, artículo a artículo, persona a persona, el complejo debate sobre la “cuestión catalana”.

Querido amigo. Sigo cada día, artículo a artículo, persona a persona, el complejo debate sobre la “cuestión catalana”. Uso la palabra “cuestión”, con resonancias italianas, porque para mí no es tanto un problema, como una preocupada y, a veces, angustiada búsqueda de una respuesta personal y colectiva ante una no deseada, ni inevitable, confrontación entre tú y yo, entre vosotros y nosotros, hijos, partícipes y defensores de una misma cultura, aunque en lenguas diferentes. (Escolta, Catalunya, -la veu d’un amic que et parla en llengua - no catalana).

Dolorida preocupación y dolorida búsqueda que responden, en mi caso, a tres motivos principales. Me siento parte de una amplia cultura y un entrañable paisaje catalanes, del norte o del sur. Me unen y me han unido a Catalunya lazos de sincera amistad y respeto con personas de muy distinta clase y profesión (profesores, compañeros políticos, viejos amigos del Liceo en Barcelona o pescadores de un pueblo mediterráneo, con los que siempre hablé un mal catalán del sur, con sus modismos y acentos propios, que algunos se empeñan en diferenciar con el nombre de “valenciano”). Como ciudadano progresista, incluso radical de izquierdas, por herencia, cultura y voluntad, estoy obligado a encajar en mi pensamiento y en mis palabras una clara comprensión de la relación Catalunya-España.

Hoy me declaro federalista, como el camino más transitable y amistoso por el que las tierras, las lenguas y los hombres de una España (o Espanya) plurinacional se entiendan y juntos construyan un futuro más justo y solidario, y más rico. Siento un profundo rechazo ante cualquier nacionalismo identitario, siendo el más odioso, por su prepotencia histórica y afán de dominio, cuando no de anulación del contrario, el “nacionalismo españolista”, un nacionalismo-centralista que proclamaba, no hace mucho, como un grito de guerra “una, grande y libre”.

Ante el actual discurso nacionalista-independentista catalán, solo puedo reconocerle un valor en las circunstancias actuales españolas y europeas. Su carácter de propuesta ideológica, señalando un futuro colectivo ilusionante, aunque incierto, frente a una práctica política de los dos grandes partidos de ámbito nacional, encerrados en una continuada respuesta coyuntural ante los problemas, ciertamente graves, que día a día nos acosan, pero sin un diagnóstico coherente de la crisis y sin ofrecer un horizonte apasionante, un proyecto ideológico atrayente.

Tomando prestadas las palabras de E. Gil Calvo (El País, 12-11-12), me atrevo a decir que el proyecto independentista que se proclama hoy en Catalunya genera “una consoladora embriaguez”, pero oculta una dura e injusta realidad, y cuyo despertar puede desencadenar una triste y gran frustración. “Un espejismo imaginario pero seductor” que ha prendido, sobre todo, en las generaciones más jóvenes golpeadas e indignadas. La importante y masiva manifestación de la Diada, el 11 de septiembre, ha hecho creer a muchos líderes políticos y culturales, incluso sindicales, que el deseo está ya maduro para consolidarse en una contundente y próxima realidad. Insisto, una aventura hacia un horizonte incierto, que oculta una realidad dolorosa y permite a CIU y Artur Mas (representantes de una burguesía conservadora, por no calificarla de derechas) camuflar y diluir su responsabilidad en los duros recortes que, en los últimos meses, han destruido piezas fundamentales de un irrenunciable estado del bienestar.

No me alarma y nunca me opondré a una posible consulta o referéndum, como quiera llamarse, en el que se exprese la voluntad mayoritaria de los catalanes. Si fuese esta voluntad la independencia, deberemos respetarla todos y abrir un diálogo con el que encontrar las formas que articulen social y constitucionalmente esta voluntad, sin quebrantar una pacífica convivencia y un mutuo enriquecimiento.

Junto a mi amistad, siento un profundo respeto por tu persona y lo que representa. Por ello sigo buscando las respuestas más progresistas, solidarias e innovadoras, a esta malquerencia actual, generada más por los malos políticos al mando, de uno y otro lado, que por las gentes que en estos dos lados vivimos.

Vuelvo a leer “Els Tres Cants de Guerra” de Joan Maragall y no quisiera pronunciar nunca “Adéu Catalunya!”.

Un abrazo.

Carta a un amigo catalán