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domingo. 25.09.2022

Capítulo 37 (1ª Parte) Finlandia

Campo Concentración Finlandia-Fotografía Web “Sputnik”
Campo Concentración Finlandia-Fotografía Web “Sputnik”

¡Ispansi!, ¡Ispansi! A izquierda y derecha, Tino oyó gritar a algunos compañeros. Él se había quedado en blanco, paralizado, viendo gesticular agresivamente a los soldados finlandeses, avanzado en círculo hacia ellos.

¡Ispansi!, ¡Ispansi! Se oyó decir a sí mismo con voz estentórea.

Con gestos y gritos en finés y ruso les hicieron tirarse de bruces en la nieve. Mientras unos les apuntaban otros les registraban para terminar de desarmarlos. Sonaron cuatro disparos y dos gritos breves provenientes de las gargantas de dos de sus compañeros que fueron ejecutados en ese instante. Quizás hubieran movido una mano, un dedo o una ceja; o quizás les había disparado un soldado que buscaba venganza por algún compañero caído a manos de los rusos.

Permaneció todo lo paralizado de lo que fue capaz.

–¡En pie!, gritó un sargento finlandés mientras, para acelerar el cumplimiento de la orden, sus subordinados las emprendían, con ellos, a patadas y golpes con los cañones de los fusiles.

Aún mientras se levantaban detonó otro disparo y, uno más de entre ellos, se desplomó al recibir un tiro a quemarropa.

Durante un rato interminable les mantuvieron de pie con los brazos en alto. Tras mucho tiempo con los hombros entumecidos por el agarrotamiento y el frío llegó un camión al que les hicieron subir. Tenían la sensación de ir como ovejas al matadero. Unos encima de otros y con malas perspectivas viendo como tres camaradas rusos habían sido eliminados sin más.

Tras unas horas traqueteando encima de la nieve, apilados en la caja, paró el camión. En un llano aparecían dispersos unos barracones improvisa dos de madera sin devastar. A los españoles les separaron metiéndoles juntos en uno de ellos.

Los primeros días se hicieron eternos. Las temperaturas bajaban de treinta bajo cero; por la noche tenían que levantarse para dar saltos y hacer circular la sangre. Dormían con las manoplas y los valenki puestos. El gorro lo mantenían con las orejeras bajadas todo el tiempo. Y eso que les habían entregado cobijas y el suelo era de madera aserrada, que aislaba de la nieve. El rancho no estaba del todo mal y les habían proporcionado un brasero. Madera era lo que no faltaba en esos bosques.

Se turnaban en torno al fuego por plazos de una hora. A ratos de espaldas y otros de frente para intentar templar todo el cuerpo.

Desde los pequeños huecos de los ventanucos que tapaban con trozos de manta podían ver varios chamizos parecidos al suyo; a unos treinta metros había otro en el que habían metido a sus compañeros rusos todos juntos, hacinados. Por el ventanuco podían comunicarse. Aunque los guardias a veces les instaban a callar, no eran demasiado insistentes. Así se enteraron de que a los rusos no se les había proporcionado brasero ni tampoco leña para hacer una hoguera; estaba habiendo congelaciones y algunos tenían fiebres muy altas; probablemente por pulmonía.

Los que habían recibido culatazos al hacerlos prisioneros permanecían con costillas rotas o heridas en la cabeza sin ser atendidos. Obviamente se estaban vengando en ellos de los importantes daños que les habían causado en sus acciones en retaguardia. Por alguna razón, a los españoles se les estaba dando un trato menos duro.

Lo peor, tras el frío helador, eran los piojos. A los tres o cuatro días se habían multiplicado exponencialmente; parecían no tener cabida en sus zonas de vello y en las costuras de las ropas, corrían por todo el cuerpo. Los picores se coaligaron con las heladas para dificultar poder conciliar el sueño, permaneciendo horas en duermevela en cualquier momento de la jornada. Resultaba complicado saber qué momento del día o de la noche era ya que, en esa época del año, dos terceras partes de la jornada trascurren en penumbra. Sólo el suministro del rancho les ayudaba a suponer los ritmos temporales.

Tras unos días de estancia observaron que, poco a poco, se relajaba un tanto el trato hacia los rusos. Recibieron la visita de sanitarios que aten- dieron a heridos y congelados. También a ellos les suministraron braseros y leña. A partir de entonces, por turnos, les iban sacando a hacer trabajos del campo de concentración; normalmente lo hacían de dos en dos, españoles y rusos. Era el único momento en el que estaban en contacto. Tino salió un día, junto con otro joven español, a los que se unieron dos siberianos, para cortar leña.

Se enteraron que estaban a unos treinta kilómetros de la línea del frente, en algún lugar intermedio entre el Ladoga y el Onega.

Al día siguiente les tocó a otros lo de la leña. A Tino, junto con los mismos del día anterior, les ordenaron un destino desagradable: limpiar le- trinas. Salvo por eso, casi agradecían tener actividad con tal de romper la monotonía y entrar en calor. Al menos había una razón para agradecer el intenso frío: las deposiciones que había que limpiar a pala, permanecían congeladas y resultaba menos repugnante.

Desde el principio se percataron de que a pocos metros de la puerta de entrada permanecía el cadáver de una hembra de reno. Al lado, su cría, viva, se negaba a separarse de ella. Los finlandeses, todos los días, le llevaban algo con que alimentarla. Gracias a las bajas temperaturas, la carroña no se corrompía. Los finlandeses habían intentado llevarla al interior del campamento, la cría berreaba de tal manera que crispaba los nervios y la tuvieron que dejar volver. Uno de los presos siberianos, pastor en tiempos de paz, les dijo a los fineses que porqué no alejaban al cadáver de allí y le echaban nieve encima; solo así lograrían que el animal aceptara separarse de su madre muerta. Le respondieron que no se arriesgaban a retirarla; ya estaba allí cuando llegaron y temían que fuese una trampa con una mina debajo que les hiciera volar por los aires. No sería la primera vez que se oía algo así.

Los siberianos se ofrecieron a retirarla ellos, cosa que hicieron con cui- dado. El pellejo estaba pegado al hielo y tuvieron que calentarlo con un fuego de leña para desprenderlo. Después lo sacaron con cuidado de la nieve para ir descubriendo si debajo había una bomba. Cuando se cercioraron de que no, pusieron el cadáver en un trineo y lo apartaron más de un kilómetro. La cría permaneció atada berreando hasta que, al no percibir el olor, se fue tranquilizando y aceptó entrar al recinto.

El animal se convirtió en una especie de mascota compartida entre los bandos enemigos, vigilantes y prisioneros. Como tantas veces logran los animales, sin saberlo, el pequeño reno actuó como un vínculo humanizador entre ambos.

A finales de noviembre, cuando el ambiente parecía estar más fluido apareció una camioneta de alemanes de las SS. Desde el ventanuco pudieron ver la parada frente al pabellón de oficinas de donde salió el comandante finlandés, que era el jefe del pequeño campo de prisioneros. El teniente alemán le entregó un papel y entraron juntos al cobertizo que servía de oficina y despacho. Mientras, los soldados alemanes bajaron de la camioneta y miraban con aire y gestos amenazantes hacia los barracones de prisioneros. Se dirigieron a los finlandeses de forma arrogante y con tono de voz más alto del que cabría esperar entre aliados.

Al rato los oficiales salieron nuevamente del barracón de la oficina. El teniente alemán dio instrucciones y sus tropas se distribuyeron por los barracones. Vieron sacar de ellos a varios de sus compañeros de destacamento y a otros prisioneros rusos llegados unos antes y otros después que ellos.

Juntaban a doce o catorce individuos y los iban sacando del campo. Desde que perdieron de vista al primer grupo trascurrirían unas dos horas hasta que sonó una descarga cerrada. Después, tiros sueltos de un calibre menor que identificaron de pistola. Con los siguientes grupos, desde que entraban al bosque, no pasaban más de diez minutos sin oír otro ciclo de descargas. Luego se enterarían de que a los primeros les habían obligado a cavar fosas para ellos mismos y para los que les siguieron en ser fusilados.

Los soldados guardianes finlandeses permanecían próximos al barracón de oficinas. Varios con la cara pálida. Alguno se separó para no vomitar, a pesar de que desde allí no podían ver nada, ya que las ejecuciones estaban sucediendo tras las líneas de los árboles que tapaban la escabrosa escena.

Los soldados finlandeses permanecían atentos al comandante, en tensión, como esperando una orden para intervenir. Repitieron la operación, de “saca” de grupos de prisioneros durante cinco veces.

Entre los españoles, unos lloraban, en parte por miedo, en parte por impotencia; otros se mantenían silenciosos paralizados por la rabia. Por algún motivo habían ido dejando su barracón para el final. Cuando ese momento llegó vieron que cuatro SS se dirigían hacia ellos. Abrieron la puerta y les hicieron señas con las metralletas para que salieran. Los llevaron hacia la camioneta. Antes de que llegaran a subir, un sargento finés se acercó con un papel a su comandante y éste con paso rápido fue hasta el teniente alemán, poniéndole el documento delante de sus narices. El teniente SS parecía no ceder a lo que le estuviese diciendo el oficial finlandés. Finalmente, entraron de nuevo a las oficinas y tras unos treinta minutos el teniente dio la orden de ir a otro barracón para subir a otros seis rusos al camión en el cual hizo subir a su tropa. Al partir, los españoles quedaron desconcertados en medio del emplazamiento.

Antes de subir a la camioneta las miradas y la tensión entre alemanes y fineses se podría cortar. Parecía que fuesen dos ejércitos enemigos en una tregua con poco equilibrio. Al alejarse, los finlandeses se dirigieron amistosamente hacia los españoles a los que, a pesar de ser sus prisioneros, les pal- meaban amigablemente en la espalda. Alguno se acercó a darles la mano.

Luego se enteraron de que había habido un pulso entre ambos oficiales al mando. La primera orden que traían las SS explicitaba que debían hacer entrega de los prisioneros soviéticos a los que se hubiesen cogido sin el uniforme completo ya que, en esos casos, no tenían derecho al tratamiento de soldados regulares y serían tratados como espías o partisanos. La selección la hicieron los propios alemanes de forma bastante aleatoria, ya que era frecuente incorporar prendas de abrigo no reglamentarias y, casi con cualquiera, podría considerarse el no ir uniformado. A los rusos que quedaban bajo su responsabilidad los fusilaron sin que nada pudiesen hacer los finlandeses, ya que el comandante pidió confirmación telegráfica de la orden y se la ratificaron. Mientras los alemanes estuvieron ocupados con los fusilamientos, el comandante aprovechó para telegrafiar de nuevo, esta vez solicitando no entregar a los españoles, alegando que no eran soviéticos y que, por edad, claramente tenían que haber sido obligados. La respuesta telegrafiada con instrucciones de no entregar a los españoles y mantenerles bajo custodia finlandesa, hasta contactar con la embajada española, había llegado poco antes de que fuesen a subir a la camioneta. La intención de los alemanes había sido llevarse más lejos a los españoles para fusilarlos sin dejar testigos que pudieran acreditar su procedencia y así evitar interferencias diplomáticas.

Unos días después, los diecisiete españoles permanecían en círculo. Estaban siendo entrevistados por un italiano que se decía periodista, pero que en su indumentaria tenía las insignias de oficial de los “alpinos” italianos. Nada hay más surrealista que la guerra, sus escenarios con cuerpos humanos destrozados componiendo figuras imposibles, carroñas acorazadas de hierros descompuestos, caballerías despanzurradas que nunca entendieron qué hacían allí en vez de estar correteando por las praderas verdes, instintivamente imantados por ellas en sus sueños. Nada, salvo ese campo de prisioneros: dos ejércitos aliados a punto de liarse a tiros. Unos cancerberos palmeando la espalda de sus prisioneros como felicitación por librarse de los fusilamientos. Un reno pegado a su madre muerta y congelada. Los insectos celebrando sus olimpiadas en veloces carreras sobre la piel humana. Sus propios saltitos a las cinco de la madrugada para evitar congelarse. Y ahora, en el culo del mundo, aparece un extraño periodista en un trineo hablándoles en italiano.

Los jóvenes españoles respondieron recelosos, podía ser un agente italiano, aliado de los nazis. Respondían con desafección a sus preguntas. Y el caso es que éste parecía simpatizar con ellos y compartir su desagrado al tener noticias de los recientes fusilamientos. Se acercó hasta la zona de la fosa excavada en la nieve helada, acompañado por un cabo del Campo, cámara de fotos en ristre, donde tomó unas cuantas instantáneas.

Les aconsejaba, insistentemente, para que negaran su doble condición de ciudadanos soviéticos y españoles, que solo debían decir lo segundo. Y mucho menos decir que eran comunistas, ni komsomoles. Les habló de la orden emitida por Hitler al inicio de la “Operación “Barbarroja” con que se conocía la invasión de la URSS: “Ejecución inmediata de todos los comisarios políticos”. Y de que ésta se estaba aplicando con el criterio más  amplio. “Todo bolchevique es un comisario político en potencia”. Los españoles afirmaban inocentemente que ser komsomol bolchevique era un orgullo, parecían no ser capaces de entender que eso les costaría la vida. El periodista se lo explicaba una y mil veces.

Aunque sabía que el comandante lo había trasmitido a su general y éste, a su vez, había dado cuenta a la Embajada de España en Helsinki, el periodista afirmaba que conocía personalmente al embajador y que también le había telegrafiado para que se hiciese cargo de su situación, pidiéndole que acudiese. Iba a esperar unos días con ellos hasta que llegase, porque se sentía responsable de que no les sucediera nada si volvían los alemanes o cualquier orden inconveniente de algún oficial finlandés afín a los nazis.

Tino, era el menor de los prisioneros españoles, permanecía en silencio. Uno de los mayores explicitó lo que era el sentir general. Ellos no querían saber nada de un embajador franquista y no colaborarían con él en absoluto.

Pasados un par de días, apareció el diplomático español. La apariencia era como ellos se habían imaginado a un plenipotenciario de Franco.

Envuelto en un abrigo impecable, con las solapas de piel subidas, un gorro de astracán con orejeras. Se bajó del mismo trineo que había traído anteriormente al periodista y del que Tino, después, no recordaría el nombre, pero sí el del embajador: Agustín de Foxá.

Llevaban meses en el frente y cerca de un mes en el campo de concentración. Solo habían visto personas enjutas en ese tiempo, rostros curtidos y encuerados. El embajador era grueso y sobre todo blando. Sus facciones laxas; sin embargo, su mirada era curiosa y un tanto cínica. Sus modales cordiales, aunque afectados; eso sí, igualmente excesivos con ellos que con los finlandeses, incluso con el que parecía ser su amigo, el periodista italiano. Se comportaba como un aristócrata mirando a todos desde otra altura imaginaria que no compartía con el resto de los mortales.

Tuvo una larga charla con los prisioneros españoles. Les hablaba del buen camino que había emprendido España y lo bien que les iría allí. Debían renunciar a esa ideología bolchevique y les ayudaría a reencontrarse con sus familias cuanto antes. Pero hacía falta que firmaran una declaración que traía preparada, tanto para que los finlandeses tramitaran su liberación como para gestionar su pasaporte español. Ellos respondieron tal cual un frontón inaccesible: no estaban dispuestos a declarar una adhesión que, en definitiva, es en lo que aquello consistía.

–En unos días volveré; así os doy tiempo para que podáis pensar que España es vuestra verdadera patria, donde vuestros seres queridos os están esperando deseosos del reencuentro. Esa opción es muy preferible a un campo de prisioneros –razonaba Foxá.

El embajador volvió pasados unos días. Mismo trineo; mismas ropas de abrigo. No debía haberse ido muy lejos. Quizás a Joensu, que era la ciudad de cierta importancia más cercana, según les había dicho los guardianes.

Ese mismo día dieron sepultura a uno de los compañeros españoles que había muerto el día anterior, un bilbaíno de la margen izquierda del Nervión. En pocos días se le había complicado la pulmonía y en otros dos de fiebre alta se le fueron las pocas fuerzas que le quedaban, junto con la vida. Se le enterró en presencia de ellos y del embajador en una ceremonia laica y peculiar. Tuvieron que explotar dinamita en la tierra helada para conseguir perforarla y hacer la sepultura. Foxá, enterado del fallecimiento y empeñado en celebrar oficio religioso, había traído con él a un sacerdote. Los españoles se opusieron y al final tuvo que intervenir el capitán al mando del campo que, respetuoso con las disposiciones del fallecido, impidió la celebración del rito católico; a unos metros de la tumba se agruparon los compañeros. El embajador y el cura, desde la distancia, rezaban el responso.

Cuando acabó el entierro nuevamente se reunió con ellos. Pero esta vez las entrevistas fueron individuales. Con Tino estuvo cordial y dialogante; sus modales afectados eran inevitables, pero el tono era conciliador. Le preguntó por su familia; notó la emoción cuando habló de su madre. Foxá se interesó:

–¿Tu madre es católica?

-Sí, católica practicante –afirmó Tino.

–Y tú, ¿también eras practicante?

–Sobre los diez años dejé de ir a la iglesia.

–¿Pero estás bautizado? ¿Hiciste la comunión?

–Bautizado sí; comunión no hice.

El perspicaz embajador se percató de que las preguntas directas sobre Tino provocaban un efecto con el que se cerraba como un mejillón en su concha. Respondía por corrección social pero con su introversión protegía su intimidad. Por tanto, no siguió por ahí, mantuvo sus preguntas sobre aspectos indirectos: “qué estudios había hecho” y cosas así… Hablando de deporte se le notaba cómodo. “Lástima mi ignorancia en semejante práctica tan cansina” –pensó el embajador.

Con algún circunloquio, le comentó la posibilidad de volver a España. Tendría que decir que le habían obligado a enrolarse, ya pondría el mismo Foxá la “poesía” que diera credibilidad a esa afirmación.

Tino no respondía abiertamente ni que sí, ni que no; pero Foxá no salió ni medio convencido de que su plan pudiese salir bien en la persona de aquel joven delgado y de ojos chispeantes. Algo le decía que en su fuero interno era tozudo y no iba a aceptar así como así. No, no era la apuesta para su proyecto, que no era otro que elegir al que se mostrara más dispuesto a volver a España y pudiese presentarlo como añorante de la patria y aceptando de buen grado el nuevo régimen y el catolicismo imperante. Su intención era conseguir un éxito previo que diese respaldo a la teoría del “secuestro de los niños por los rusos” para, en base a eso, lograr que al resto de los prisioneros españoles, no solo a los que en ese momento lo estaban, sino a los que sin duda irían llegando, se les diera acogida en España. No podía olvidar que quedaban varios miles de muchachos españoles en la URSS y en tanto ese país fuese derrotado por las fuerzas del eje, el rescate de los niños y su vida futura en España podría ser mejor si se demostraba, con la llegada de prisioneros, que la adhesión al régimen era un éxito.

Ya se veía a sí mismo protagonista salvador de un grupo tan numeroso. Un buen servicio a los chavales, al régimen y a la Iglesia. Una triple buena acción humana, católica y falangista; para que luego dijesen sus críticos que su único mérito era haber compuesto algunas estrofas del “Cara al Sol” y practicar el bon vivant haciendo ácidas observaciones sobre cualquier interlocutor que se le pusiera por delante... Aunque tenía que reconocer que ese touché en una buena esgrima verbal era lo que más le gustaba en la vida. Aún recordaba el enfrentamiento que le había costado su puesto en la Embajada de Roma con la disculpa de estar espiando. ¡Espiando él! Toda Roma sabía que cuando el conde Ciano, yerno de Mussolini, le recriminó que beber tanto alcohol era un riesgo para la vida, no pudo evitar lo que salió por su boca como un disparo: “Mejor perder la vida que pasarla con una pesada cornamenta”, aludiendo a los amores de la condesa, la hija del duce.

En eso pensaba en el trineo de vuelta. Había sido una jornada satisfactoria en la que tomó tres decisiones que le trasladaría al general finlandés del Estado Mayor de Joensu, de quien dependía el campo de prisioneros, y del que requería su aprobación: la primera era trasladar a la comisaría de Helsinki a ese chico cordobés, “El Rubio”, como le llaman los compañeros, que había aceptado firmar el documento que guardaba en su cartera. El chaval había roto a llorar de emoción antes la perspectiva de volver con su familia cordobesa. Todavía conservaba el acento andaluz a pesar de los años transcurridos. La segunda era el traslado de todos los demás al campo de concentración de Joensu para ir alejándolos del frente, no fuese a haber una ofensiva rusa que los rescatara y volviesen a perderse para su salvación nacional y católica. Y la tercera era tener una jugada en la manga por si le fallaba la primera con el chico cordobés. Dejar al más joven, a Tino, tras unos días en Joensu y trasladarlo a la comisaría de Helsinki, pasando antes por una cárcel más cercana a la capital, para ver si la separación de sus camaradas le iba “ablandando”.

Entre los españoles se intercambiaban, además de piojos, impresiones sobre la segunda visita del embajador. Convinieron contar cada uno su entrevista para evaluar mejor qué se podía esperar de él y lo que pudiese afectarles en el futuro inmediato.

Todos coincidían en su afabilidad, pero algunos consideraban que era pura estrategia del representante de Franco, del que solo podía esperarse lo peor, al tratarse de un representante de la dictadura. Otros, por el contrario, pensaban que podía tener buenas intenciones. Todos coincidían en que, por mucho que les atrajera volver con sus familias, tener que vivir bajo el yugo fascista no era una opción atrayente. Hasta temían que les fueran a encerrar nada más llegar o algo aún peor. Todos, menos “El Rubio”. Con la voz rota y con más acento que nunca les dijo que había aceptado poner su rúbrica en un papel afirmando no ser ciudadano soviético y solicitando volver a España. No era que no pudiera aguantar el campo de concentración, ni el frío, ni los insectos, sino que quería volver con su familia. Durante el tiempo en el que esa opción no existía, había aceptado la situación como inevitable. Pero desde que se abrió esa puerta, allí al fondo, hasta soñando se les aparecían su madre y sus hermanos. Hasta su padre, fusilado en la guerra civil, parecía llamarle para que acudiera con ellos como cabeza de familia.

Los demás quedaron en silencio. Lo entendían, pero no querían oírselo decir a sí mismos, en alto, por miedo a emprender la carrera hacia esa misma puerta entornada y acabar de abrirla por si, lo que hubiera tras ella, fuese un irresistible imán.

Unos días después, en los primeros días de diciembre, custodiados en un camión oruga, emprendieron el trayecto hasta Joensu.

Las rodadas transcurrían por una pista que a veces se perdía por las continuas nevadas. El denso bosque de pinos y abedules obligaba a un trazado sinuoso. Sus cuerpos oscilaban en los bancos longitudinales situados a ambos lados del camión; la caja estaba cubierta por una lona blanquecina para camuflarse con el entorno. En los extremos, a ambos lados, cuatro soldados armados los vigilaban.

A través del hueco del fondo pudieron ver cómo, en tramos abiertos o cruces de pista, un inmóvil vigilante señalaba hacía la dirección principal: Joensu. Les extrañó que permaneciera tan estático, y comentaron que no tardaría mucho en congelarse si no se movía pronto. Al tercero que vieron en una postura similar, como si se tratase de un poste humano señalando, impertérrito, con el brazo levantado en la misma dirección hasta que se le perdía la vista, les resultó sumamente extraño. La escena resultaba desagradable, incluso parecía no incomodarles permanecer en zonas con nieve tan profunda que les llegaba por encima de sus rodillas.

En una nueva encrucijada el camión paró al lado de uno de los “vigilantes”. Pensaron que el chófer le iba a preguntar para asegurarse. Cuando arrancó, a dos metros escasos vieron, con todo detalle, al supuesto vigilante: muerto, erguido y con nieve hasta los muslos, con el tamiz opaco y azulado de los cadáveres congelados.

–¡Joder!, ¡son rusos!

–Estos cabrones se los han cargado y los han dejado ahí de “señal indicadora”.

–¡Hijos de puta!

Uno de los soldados finlandeses, viendo sus caras, unas de terror, otras de ira, pareció disculparse.

–No somos nosotros. Son los alemanes quienes lo hacen. Dicen que así no se confunden de camino y sirve de advertencia a los partisanos.

–¿Los matan y les ponen luego erguidos y con el brazo levantado?

–No. Eso es mucha molestia y demasiado tiempo para conseguirlo. Les obligaban a ponerse así, les echan nieve para cubrir las piernas, apelmazándola, para que luego no caigan. Y les pegan un tiro en la sien. El riego sanguíneo se ralentiza al producirse una herida, más aún si es en el cerebro. Lo único que tienen que hacer es extenderle el brazo poniendo debajo una rama a modo de bastón para que no se le caiga; una vez congelado en pocos minutos, se la quitan.

–¡Nazis hijos de puta!

–¿Y se lo consentís? Están en Karelia, no en Alemania.

–El armamento pesado y la aviación depende de ellos, por tanto no es tan fácil desautorizarles. –El joven soldado retiró la vista abochornado, su edad aún no le permitía el disimulo, intentaba defenderse–. Si no hubieseis invadido Finlandia en el 39, ahora no seríamos enemigos.

–No seas inocente. Tus líderes son aristócratas, antiguos generales del zar. Se hubiesen aliado contra nosotros de cualquier manera.

–Eso está por demostrar –se defendía el muchacho en un diálogo de hombres jóvenes, sin hacer uso de la autoridad que le daba su subfusil ametrallador.

Cuando pasaban cerca de una de esas siniestras siluetas retiraban la vista. No querían encontrarse con un rostro conocido no fuese que, alguno  de los compañeros que se llevaron los SS, hubiera acabado haciendo de heladora señalización.

Llegados a la ciudad de Joensu se dirigieron a las afueras hasta detenerse en la cárcel, un sólido edificio que había sido ampliado por pabellones con aspecto prefabricado. Todo el perímetro estaba alambrado de espinos y probablemente electrificado.

Esa noche la pasaron en uno de los barracones junto con numerosos prisioneros del Ejército Rojo. En cuanto pudieron hablar con quienes llevaban ya más tiempo, les explicaron: aquí no hay soldados rasos; en este barracón, solo suboficiales; los oficiales están en otros edificios del penal. A los de más alta graduación y a los pilotos de avión, les tienen en el edificio principal. Suponemos que porque están mejor acondicionados y mejor aislados y sobre todos por mayor seguridad por los interrogatorios. De vez en cuando aparece la Gestapo para participar en los interrogatorios.

–Pero si no hay soldados rasos ¿qué hacemos nosotros aquí?

–Eso es lo raro. Pero es evidente que tenéis una cosa en común. Sois todos españoles. Me figuro que será por eso –dijo un sargento de rasgos tártaros, que era tanquista.

–De todas formas, no os asustéis con los interrogatorios –comentó otro sargento, en este caso, de artillería, un hombre sólido de unos cuarenta años, que les miraba con piedad–. Hasta ahora no han sido demasiado terribles, yo creo que el teniente coronel finés les impide ir más allá de unos cuantos puñetazos y patadas que se aguantan bien echándole un poco de moral; de eso nadie se muere. Amenazan con barbaridades. “Te voy a arrancar las muelas”, y te enseñan un alicate. “Te voy a cortar los huevos”, y exhiben una podadora. Pero no lo han hecho. Creemos que no se lo permiten. Es cierto que en casos concretos la Gestapo se ha llevado a alguno, con autorización expresa, en ese caso ya no sabemos cómo habrá acabado. Pero con vosotros no va a pasar. Eso va con sacar información a pilotos, oficiales y en todo caso a algún suboficial de comunicaciones...; pero a vosotros ya veréis como no, tranquilos –mostrándose paternal.

Los españoles permanecieron un tanto acojonados y silenciosos ante el cambio y la incógnita de su destino. También respetuosos con sus mayo- res en edad y graduación por más que estuvieran compartiendo encierro.

–Alegrad esas caras –les intentó animar el tártaro. Incluso en los pabellones ya veis que hay una estufa. Vais a estar mucho mejor que en mitad del bosque en un cobertizo con un mal brasero. Aquí en el exterior hace veinticinco o treinta bajo cero, tanto o más que en el bosque, pero en el interior no suele bajar de menos ocho o nueve grados; allí seguro que estabais a bastante menos.

Al día siguiente, después de un té caliente y pan negro de desayuno entró una patrulla finlandesa a cuyo mando iba un cabo. Leyó en ruso un solo nombre, el de Tino, y le indicó que le acompañara. Los compañeros se dirigieron al cabo.

–¿Dónde lo llevan? ¡Dejen que le acompañemos uno de nosotros!

–Aún no tiene dieciocho años. Deje que vaya con él –dijo Joaquín Urbieta, el mayor de ellos aunque solo tenía veintiuno.

Los suboficiales también preguntaron.

–Tranquilos, simplemente se le traslada al edificio principal. Allí se está mejor. Órdenes superiores; yo no sé para qué. Solo viene él, es el mandato que tengo.

Tino fue trasladado a una celda con cuatro oficiales de tierra, dos de ellos capitanes y dos tenientes; y también un piloto con graduación de capitán.

Al principio estaba cohibido. Le acogieron efusivamente. Todos intentaron que se sintiera amparado. Le preguntaron por toda su trayectoria de guerra, dónde había estado en el frente, la manera en que le hicieron prisionero. El contó lo imprescindible. Había sido aleccionado sobre los métodos de interrogatorio incluido el de compartir celda con potenciales soplones con apariencia de compañeros prisioneros. Se calló lo de las operaciones especiales en retaguardia y solo se explayó contando desde que se les hizo prisioneros y lo del grupo de españoles traído a Joensu. Sobre todo uno de los capitanes que había sido miembro del Estado Mayor del frente norte de Leningrado, rápidamente se dio cuenta de   las reservas y lagunas en el relato del Tino y le felicitó por su cuidado. Pero no, ninguno era un infiltrado, se evidenció en poco tiempo. “Aun así mejor callar lo que no fuese necesario relatar”, pensó.

El avispado capitán, tras oír cuando contó lo de la visita del embajador español, se hizo una idea bastante precisa de por dónde podían ir las cosas para ellos.

–Mira, que seáis los únicos soldados sin graduación, vosotros los españoles, que estéis aquí, debe ser porque muy probablemente haya habido una gestión de la embajada española. Quizás os quieren preservar. El que os sacaran del campo de concentración es positivo. Otra cosa es que sea para llevaros a España y eso os convenga o no. Pero lo importante es que habéis ido a mejor con el cambio.

–Sí, pero que ahora me separen de mis compañeros no entiendo porqué puede ser. Y me inquieta.

–Quizás busquen eso. Por lo que me dices, habéis hecho bloque; con la excepción del que aceptó renunciar a la ciudadanía soviética, los demás os habéis mantenido firmes. Ya sabes, divide y vencerás. ¿Y dices que eres el más joven de vosotros? Es posible que ahí tengas la respuesta.

Pasados unos días, el mismo cabo, con otra patrulla, volvió a pronunciar su nombre en ruso con acento finlandés “Celestino”. Le llevaron a un jeep custodiado por dos soldados y acometieron un nuevo viaje que acabó en otra nueva cárcel, Mikeli.

Calculó que habían ido hacia poniente todo el trayecto. No debía estar muy lejos de Helsinki. Una pequeña celda con un único jergón. Medía dos metros y medio por tres, con una bombilla colgada del techo. Antes de entrar en la celda le llevaron al botiquín, donde le pusieron hasta arriba de desinfectante. Allí se despidió del raído uniforme pardo, de su gorra de puntas con orejeras y de toda la ropa que ya no salió de ese cuarto; la echa- ron dentro de la estufa cogiéndola con cuidado de no acercársela para no dar opción a chinches, piojos y otros parásitos a cambiar de usuario. Tras unos minutos para que el insecticida hiciese efecto en todo en el cuerpo, le raparon la cabeza al cero. Agradeció librarse de los picores y el riesgo de infección. Todo ese proceso de higienización le recordó su llegada a Leningrado en la expedición del 37. Después, una ducha y ropa limpia: calzoncillos largos y camiseta de felpa; pantalones de preso, pero gruesos y abrigados, jersey, y gorro de lana. Se sintió renovado y sano. Siempre había sido aficionado al agua y al jabón pero a partir de esa experiencia desarrolló algo de paranoia por la higiene que le habría de durar toda la vida.

No llevaba allí cuatro días cuando recibió visita del embajador español. En la oficina de la cárcel donde se mantuvo la entrevista hacía incluso calor. Cuando entró a la habitación, Agustín de Foxá le había precedido y se había despojado de su ya conocido abrigo y gorro de viaje. Llevaba un elegante traje con chaleco de lana inglesa y una llamativa corbata italiana de seda.

Le saludó afable y se sinceró con Tino.

–Para lo bueno y para lo malo, según lo quieras ver, yo soy el responsable de que os trasladaran. Tus compañeros siguen en Joensu y están bien hasta donde yo sé. También lo soy de que estés aquí. Mi intención es que vayas a España y tu llegada allí sea positiva para todos. Y que a continuación, tras una favorable rentrée, te sigan tus compañeros. Todo puede terminar bien para vosotros reuniéndoos con vuestras familias.

–Mire, señor Foxá. Yo no voy a firmar nada renunciando a la ciudadanía soviética, ni adhesiones y mucho menos mentir sobre eso de que nos secuestraron.

–Escucha, no voy a presionarte, solo aconsejarte. En un par de días hablamos a ver como lo podemos hacer sin que traiciones nada ni a nadie. Admiro vuestra valentía y la honorabilidad que mantenéis tú y los demás españoles prisioneros. En eso reconozco la españolidad y caballerosidad de nuestra raza. Pero no hay que llevarlo al extremo del quijotismo. Caballero sí, pero andante y enajenado, tampoco. Admiro, literariamente, la figura de Don Quijote, pero entiendo más a Sancho Panza, si no fuese porque él era pobre y aldeano y yo rico y conde. Eso sí, los dos compartimos estar algo ajamonados y el gusto por el yantar. También compartimos dar buenos consejos pegados al terreno del realismo.

Tino quedó obnubilado por el despliegue del discurso especiado y espaciado, con las paradas y cambios de tono de alguien encantado de conocerse y de oírse a sí mismo.

En la celda y solo, los días se hacían largos. Menos mal que el señor Foxá le había dejado un par de novelas de los Episodios Nacionales, de Pérez Galdós “El Empecinado” y “Trafalgar”. Hacía cerca de tres horas de gimnasia sueca, lo que permitía ese reducto. Aburrido, dormitaba en su jergón en un duermevela en el que se le juntaba la realidad del argumento de las novelas con los sueños de lo vivido.

Cuando Galdós describe en “Trafalgar” cómo echan arena en la cubierta de las naves para que empape la sangre y evitar que se escurriera la marinería, Tino lo transformaba en su sueño cuando echaban cubos de nieve para tapar a los fusilados, cubo tras cubo la sangre emergía filtrándose por la nieve y tiñéndola de rojo. Otras veces veía en la proa de un batel una imagen humana estática congelada, señalando rígidamente hacia el horizonte de un mar helado del que emergían agujas de hielo que atravesaban, como espolones, el casco y también al vigía inerte. Cuando lograba dormir profundamente, volvía a tener el sueño recurrente en el que su madre y su padre le aleccionaban, cada uno según su carácter.

Fiu –le dice Catalina–, ven con nosotros, te necesitamos. Aquí te espera tu siguiente vida y tu familia: la nuestra y la que aún no tienes y que tú debes de fundar. Si no vienes, nunca existirán, dejarás sombras vagando por la nada.

Y el padre que le habla llevándole sobre sus hombros. Él se inclina para ver la cara de su progenitor, pero no lo suficiente para llegar a distinguirlo mientras hace equilibrios para que no se le caiga el palo con la manzana glaseada en rojo, pinchada al otro extremo. Cierra su mano con fuerza.

–Nadie podrá decir que no cumpliste con lo que debías. Hiciste bien en hacerme caso. Te comprometiste y mantuviste tu palabra aunque fuese dada a los rojos; es lo que vale. Ahora, preso, ya no puedes hacer más. Esta vez deberás hacer caso a tu madre en lo que te ha dicho.

Era raro ese sueño. Normalmente sus progenitores se le aparecían discrepando como si del materialismo dialéctico se tratara: la tesis, su madre; la antítesis, su padre. La versión hegeliana del “ying” y el “yang” de los chinos. Pero esta vez estaban de acuerdo. ¿Estaría despierto?

A los tres días mantuvo una nueva entrevista con el embajador español. Cuando entró parecía la misma imagen que unos días antes. Sentado frente a la mesa se diría que no se hubiese movido de allí si no fuese por el cambio de corbata. Le invitó a sentarse frente a él. Tras unos instantes mirándole a los ojos, Foxá le espetó:

–La vida es una negociación –dejó pasar unos segundos para que asimilara sus palabras–. ¿Qué estás dispuesto a conceder tú en esta negociación?

–No le comprendo señor Foxá. Yo no tengo nada. Ni la ropa que llevo es mía.

–Tienes tu prudencia. Yo estoy dispuesto a ceder en que no firmes nada. Ni la renuncia a la ciudadanía soviética. La pregunta es: ¿tú estás dispuesto, a cambio, a concederme tu prudencia?

Tino seguía expectante, intuyendo el hilo de las frases del embajador, pero prefiriendo que mantuviese él la iniciativa.

–Para renunciar a este documento explícito que tenía previsto debo de tener tu palabra de mantener discreción absoluta. Yo voy a decir una mentira piadosa: que nunca llegaste a ser ciudadano soviético. De esa manera no necesito que renuncies a algo inexistente. ¿Puedes conceder- me eso en esta negociación?

Tras unos segundos, contestó:

–Puede contar con ello –Tino tuvo que reconocerse a sí mismo que le pilló con la guardia baja. No se esperaba eso. Que el embajador franquista le tratase “de tú a tú” y le reconociese estar en condiciones de establecer una “negociación” a pesar de su condición de prisionero. No contaba con el respeto. Tino sabía que le había tocado su punto débil. Si le trataban con injusticia y le presionaban reaccionaba hasta con fiereza. Pero por las buenas sabía que le resultaba difícil confrontar.

Foxá rompió sus pensamientos volviendo a retomar la conversación.

–Hay una cosa en la que sí tienes que mentir. Es imprescindible. No sólo para nuestro negocio, sobre todo para ti: no puedes decir que te apuntas te voluntario al Ejército Rojo: te obligaron. Ni tan siquiera te voy a pedir que me confirmes que eso es lo que dirás. Veo en tus ojos la chispa de la inteligencia para saber que decir otra cosa solo sería fanatismo. Y eso no es de personas lúcidas.

Quedó de nuevo observando la reacción de Tino. Pensó que era muy cerrado y que no era fácil conocerle. Pero, aun así, sabía que no haría estupideces. El Conde de Foxá se dirigió a Tino de nuevo.

–Ya está hablado con el general finlandés Edqvist. En lo que tarden en cursar la orden, quizás no más de un par de días, te van a trasladar a la comisaría de Helsinki. Allí tendrás que presentarte a dormir, pero durante el día podrás salir acompañado de un policía. Iniciaremos los trámites para tu vuelta y contactaremos con tus familiares para coordinar el regreso.

Tino quedó ensimismado cuando el guardia le tocó en el hombro para que se levantara, se percató de que no podría decir cuándo se marchó el embajador, ni cuánto tiempo había transcurrido desde entonces.

Unos días después, le citaron al consulado español en Helsinki. Tuvieron que atravesar uno de los puentes sobre el canal cercano al puerto. La comisaría quedaba en la orilla contraria, algo más alejada del centro. El policía que lo custodiaba tenía orden de llevarle hasta la legación de España. Aunque eran casi las once de la mañana, con la penumbra de los días sin apenas claridad, daba la sensación de ser madrugada si no fuese por el ingente trajín de las calles. Peatones y transportes públicos se movían en todas direcciones. En esos meses Tino se había desacostumbrado al bullicio de una ciudad. La soledad de los bosques y los pantanos primero y de los recintos de prisioneros después, había sido la tónica de vida en los últimos tiempos. Casi agradecía la compañía de su custodio, en dos ocasiones había tenido que ponerle la mano en el brazo para que no cruzase a destiempo. Se sentía desconcertado tras los meses de encierro. Atravesaron el “Bruns-Parquen” con sus árboles desnudos de hojas y completamente níveo. En los senderos que lo atravesaban, para acortar de una calle a otra, había que tener cuidado de no resbalar en la nieve compacta endurecida por el frecuente tránsito. Un trenecito de pequeños vagones, para niños, lo recorría. Algunos pasajeros lo tomaban para acortar el recorrido; aparentaban ser gigantones sentados en aquellos pequeños bancos. Le pareció que el mini-trén llevaba más velocidad de lo que cabría esperar en un parque. Al pasar junto a ellos un remolino agitó los veinticuatro grados bajo cero e instintivamente se subió las solapas.


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Capítulo 36

Pisaré sus calles nuevamente. Todos los capítulos publicados
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Capítulo 37 (1ª Parte) Finlandia