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domingo 29/5/22

Capítulo 33 Leningrado-Karelia-Leningrado. Junio-agosto de 1941

soldados españoles
Soldados españoles que lucharon del lado de la URSS. (Foto Público)

“EXIGIMOS NUESTROS DERECHOS DE CIUDADANOS SOVIÉTICOS”

La frase, en ruso y en español, estaba escrita en una pancarta hecha con una sábana blanca. Unos ciento cincuenta jóvenes españoles de entre dieciséis y veinte años la exhibían frente al edificio del Centro de Reclutamiento.

¿Qué derechos reclamaban? ¿El derecho a comer, a beber, a la cultura? No: el derecho de alistarse en el ejército. En caso de guerra los países, para reclutar, suelen apelar al “deber”. El deber de defender a la patria, el deber de arriesgar la vida. En el caso de los españoles, por el contrario, lo exigían ellos como “derecho”.

Era jueves 26 de junio. Habían pasado cuatro días desde el fatídico 22 en el que había comenzado la “Operación Barbarroja”: la invasión de la URSS por los germanos con el apoyo de los finlandeses por el norte y rumanos y húngaros por el sur.

El mismo lunes en la Casa de Jóvenes una gran parte de los alumnos comunicaron al director su deseo y decisión de alistarse como voluntarios. El director, en contacto con el Narkomprós y también con el Partido Comunista de España, les trasmitió que, tanto las instituciones como él mismo, se oponían radicalmente.

Los chicos, el martes, se dirigieron cantando canciones soviéticas y con pancartas, al centro de reclutamiento del Smolny, esgrimiendo su derecho a enrolarse en el Ejército Rojo. El conflicto saltó al Comité de Defensa de Leningrado que, a su vez, se puso en contacto con el gobierno soviético y con Dolores Ibárruri. La inquietud era similar allí donde hubiera casa de jóvenes españoles.

En ese primer momento todas las instancias cerraron filas en el “No”. Tampoco se aceptaba, en el ejército, a los varios miles de veteranos de la guerra de España que, igualmente, pretendían incorporarse. En su calidad de refugiados se rechazaba su incorporación al Ejército Rojo. La indignación de los españoles no cedía. Martes, miércoles y jueves se mantuvieron, todas las mañanas, frente a las Cajas de Reclutamiento.

-Pero si aún no se ha dado la orden de apertura de reclutamiento para la incorporación de voluntarios–. ¿Qué hacéis aquí? –les decía el comisario, instándoles a que se fuesen.

-Se van a abrir de un momento a otro y sabemos que las instrucciones son de no aceptarnos –decía Héctor Viadú, un chico valenciano, mientras le coreaban los demás–. Somos tan ciudadanos soviéticos como cualquiera.

-El pueblo soviético es muy numeroso. Agradecemos mucho el gesto de ustedes, pero su obligación es salvaguardarse para regresar a España el día de mañana. Queremos devolverles a sus padres sanos y salvos (9).

El viernes 27 se emitió la comunicación pidiendo el alistamiento de voluntarios. Entre los primeros de las largas filas que se formaron de inmediato estaban los españoles. Cuando les llegaba el turno y esgrimían la cédula de ciudadanía en la casilla de “origen” figuraba “España” y eran rechazados automáticamente. Los escándalos eran tremendos y bloqueaban la actividad de los reclutadores. De poco servía las amenazas de que por estar boicoteando podían ser detenidos. Los rusos no estaban acostumbrados a lidiar con la in- disciplina con la que se encontraban. Por otra parte no era cosa de detener o reprimir a un grupo de jóvenes que lo que querían era defender a la patria que les había acogido y retribuir lo que les había dado con tanto prodigamiento.

Ese mismo día se celebró en Moscú, una reunión de representantes del PCUS y del PCE para adoptar una postura común: o se detenía masivamente a los jóvenes, ya que estaba claro que no iban a cejar, o bien se aceptaba su alistamiento.

Los dirigentes del PCE tenían la presión en sus propias filas. Los veteranos también apretaban. La propia Dolores Ibárruri lo tenía en casa; su hijo Rubén era monocorde cada vez que se veían. Los dirigentes del PCE dieron a los rusos unas pinceladas de lo que pasaría si persistía la negativa aunque les metieran en el calabozo; en el momento en que salieran, cada uno de los españoles iba a buscarse la manera de poder enrolarse para combatir. Unos lo harían falsificando documentos, otros con los partisanos, entre los que ya se estaban dando casos de incorporación aprovechando la irregularidad de su funcionamiento; y otros, algunos veteranos poco disciplinados, organizando sus propios grupos guerrilleros. Más valía que se permitiese hacerlo de forma estructurada, si no, sería caótico y la mortandad aún mayor que si se hacía en el ejército regular. Persistió, eso sí, durante un periodo, que no se admitirían oficiales de grado, aunque pasados unos meses también eso cambió.

Eran muy conscientes de lo que eso significaba, sabían que querían ir a la primera fila y sería costoso en vidas. Dolores Ibárruri acabó sufriéndolo de cerca; posteriormente su hijo Rubén fue herido y en cuanto curó, se reincorporó. Murió en combate, en Stalingrado, con 22 años. De poco le valió, como madre, que recibiese la condecoración de “Héroe de guerra”.

El sábado 28 de junio, Tino se sentó frente a uno de los suboficiales encargado del alistamiento.

-Aquí tiene mi cédula, sargento. –El sargento leyó: “España”, en la casilla de origen. Luego el año de nacimiento. Le miró a la cara

-¿Tú tienes dieciocho años?–. La edad mínima era esa, siendo admitidos aquellos a quienes les faltaran tres meses para cumplirlos.

-¡Claro! ¡Ahí lo pone!

En la casilla de nacimiento, el último dígito de 1924, se había convertido, artesanalmente, en un “3”.

-Me faltan menos de tres meses, lo que dice la orden.

El sargento volvió a mirarle esta vez de arriba a abajo. “Cara de crío tiene, pero se le ve fuerte” –pensó– “Él sabrá, no seré yo quien vaya a reñir con un español”. Cogió un impreso, le estampó el sello con la fecha, lo firmó y se lo entregó.

“VUIVORSKAYA DOVOVOLNAYA DIVISIA

3ª División de Voluntarios de Leningrado
3er
. Regimiento – 11ª Compañía”

legajo

Acreditación de incorporación de Celestino con la fecha de nacimiento “adelantada” a 1923.

La Tercera División fue destinada al frente norte, a Karelia. Las defensas de las que se hicieron cargo estaban situadas al norte de Lakhdenpokhya, una población situada al septentrión-oeste del lago Ladoga, muy próxima a la línea por donde avanzaban las tropas finlandesas aliadas con Germania, en dirección hacia Leningrado.

Habían llegado al frente mediado el mes de julio tras solo dos semanas de entrenamiento militar. La unidad de Tino, la 11ª Compañía de Voluntarios de Leningrado, había recibido formación en fusiles Mosin Nagant; subfusiles PP S 43. Y, especialmente intenso, en el manejo del fusil antitanque PTRD 41, de una longitud de nada menos que dos metros y veinte centímetros. Les habían enseñado sobre todo a buscar los laterales vulnerables de los tanques y las zonas sensibles de los engranajes de las cadenas, ya que las balas antiblindaje podían penetrar, dependiendo de la distancia de tiro, hasta algo menos de cuarenta centímetros como tope, que venían a ser el grosor de los laterales de los carros blindados alemanes suministrados al ejército finés. También les enseñaron el manejo de un tipo de bomba perfeccionada del “cóctel Molotov” que habían desarrollado precisamente los finlandeses en la pasada Guerra de Invierno. Aunque la del tipo básico explotaba por percusión, tenía la dificultad de que, si no lo alcanzaba en zonas delicadas muy concretas, no resultaba eficaz y el fuego se apagaba en la propia carrocería sin causar apenas daños. La innovada tenía una zona imantada para adosarse a un punto sensible del tanque. El problema era que, para hacerlo, había que contactar físicamente con el tanque; o sea acercarte para ponerla, lo que conllevaba un altísimo riesgo de ser alcanzado por la ametralladora del carro o la infantería que los acompañaba.

Todas esas prácticas les hacían pensar que iban a tenérselas que ver frecuentemente, con los carros blindados, como así fue.

Ese julio y parte de agosto fue especialmente tórrido para esas latitudes. La humedad que desprendía el propio Ladoga y las tierras inundables adyacentes convertían aquello en un caldo de cultivo inmejorable para los mosquitos. Ese fue el primer enemigo contra el que tuvieron que luchar.

Tino recibió, además de un subfusil y el equipo de campaña, uno de esos largos fusiles antitanques. A los veinte kilos de peso habituales añadió sobre sus espaldas los diecisiete adicionales del PTRD41. Uno cada cinco soldados de la unidad porteaba uno. Menos mal que de la munición, el trípode y otros elementos se hacían cargo dos de los cuatro soldados de apoyo. Los dos restantes llevaban “cócteles Molotov” y otras bombas de mano. Es decir, su segundo enemigo fue el peso. En las marchas, las botas se hundían pesadamente en los barrizales.

El mismo día que llegaron entraron en combate reforzando las propias líneas de la avanzada del ejército regular, que ya estaban intentando contener al enemigo desde hacía siete días.

-¡Joder!, ¡qué bochorno hace, Ramón!

-No te arremangues, Tino, los mosquitos están rabiosos. ¡Ya tuviste bastante con la malaria en Moscú!, ¿no? –le recordaba Ramón Moreira, que estaba en esa misma unidad.

-Pero si al final es lo mismo, te abrasan el cuello y las manos, hasta la cabeza a través del pelo. Parecen Stukas.

Incluso cuando hablaban entre ellos, los jóvenes españoles lo hacían ya directamente en ruso, salvo expresiones y “tacos”, que les sonaban más contundentes en español. Como la mayoría llegó siendo niño, tras cuatro años, lo hablaban con mayor soltura que el castellano. Tino pensaba en ruso; en castellano, a veces tenía que buscar en su memoria alguna palabra concreta, que no le salía de corrido. Pero al soñar, casi siempre lo hacía en bable, sobre todo si era sobre su familia.

En la Tercera División de Voluntarios de Leningrado, había setenta y cuatro españoles. La mayoría eran compañeros de la Elektrosila y, todos, de la Casa de Jóvenes número 9. Los más, procedían de Euskadi; les seguían en cantidad los asturianos, aunque también había valencianos, los hermanos Vidal y hasta un cubano, Ángel. Antes de partir, desfilaron por las calles de Leningrado.

Habían procurado mantenerse cerca, en la formación, entre la multitud de jóvenes rusos. Un sesenta por ciento del total de las tropas voluntarias eran komsomoles, militantes de las juventudes comunistas.

La tensión de saber la inminencia de la entrada en combate y la calurosa despedida de los ciudadanos de Leningrado aclamándoles en las calles les hacía vibrar, sobrecogidos y emocionados; muchos tenían los ojos vidriosos. Esdrújulo, en parte porque no podía remediar el hacer de las suyas hasta en las situaciones más dramáticas y quizás por esconder su propia tensión, comenzó a hacer extraños movimientos según desfilaba; como había visto hacer a Charlot en una película proyectada reciente- mente, dando un pequeño saltito cada varios pasos. Los españoles no pudieron contener la risa. Los disciplinados rusos miraban sorprendidos y sin entender qué le ocurría.

Desde la fila de atrás “el Cubano” le dijo:

-¡Oooye, Chiiico!, vas a conseguir que te metan en el calabozo antes de que empiecen los tiros.

-Lo hará por eso –comentó otro cuyo apellido, a Tino siempre le hacía acordarse de la postinera cafetería ovetense: Peñalba–. Seguro que está “cagao”.

-Esdrújulo respondió con un sonoro “cuesco”.

El primer día de combate, nada más llegar al frente y tomar posiciones en las trincheras, en los primeros minutos, aturdido entre explosiones de obuses, no recordaba ni cómo cargar el subfusil. Después, sin pensarlo, instintivamente, fue actuando mimetizado con los demás. A finales de julio ya se sentían veteranos; quince días de combate ininterrumpido no era para menos.

Cada dos o tres días, pero a veces varias veces en un mismo día, cambian de posiciones de defensa para reforzar las líneas de contención de los ataques de los finlandeses. Se han acostumbrado a intuir cuando va a producirse un cambio de ubicación. Los oficiales adoptan una actitud de expectativa a la espera de mensajeros que envía el Estado Mayor. A veces aparece montado en una motocicleta y otras en caballería, dependiendo de lo disponible y también de lo intransitable del terreno pantanoso.

Las posiciones eran defensivas; se trataba de contener porque, de perderla, a pocos sitios podían ir. Por el norte y noreste el enemigo; detrás, el agua del lago. Y hacia el sureste, Leningrado, la ciudad que había que defender. Ni un paso atrás si querían salir con vida.

En esas expectativas inactivas el tiempo transcurre lento, sobre todo cuando se escucha silbar el obús precediendo a la rifa de la explosión.

¿Dónde caerá?, ¿a quién y qué cercenará?, ¿una extremidad?, ¿la vida? Cuando lo hace es inevitable un suspiro de alivio por más que se vea salir la humareda de una posición en la que había otros camaradas.

A la orden de marcha se agita el “cris–cras” metálico del armamento entrechocando, el fusil que roza en la munición, las cajas de granadas con las hebillas de los aperos de las mulas. Las marchas, al menos, no son “forzadas”, lo cual supondría cerca de cuarenta kilómetros en una jornada con todo el cargamento. A veces son de doce o catorce, otras veces sólo tres o cuatro kilómetros. Cambios posicionales para dificultar que la artillería y aviación enemiga los localice con precisión.

Al llegar al nuevo emplazamiento lo primero es estudiar el terreno. Siempre resulta necesario profundizar y ampliar las trincheras. A veces el suelo es duro. Aunque sea así, y cueste abrirlo con el pico, es preferible al limo, que se escurre y deshace lo hecho y que, permanentemente, hay que fijar con sacos terreros y estructuras de maderamen para ir ganando centímetro a centímetro al “medanal”, como lo denominaba el cubano.

Al poco, de la retaguardia empiezan a llegar los carros de munición. Es un alivio. Cuando se retrasan, en caso de ataque, la tensión crece exponencialmente en función de su tardanza por la inquietud de quedarse sin munición.

Hasta ese momento, antes de finalizar el mes, las bajas lo han sido, sobre todo, por fuego de artillería y bombardeo de aviación. También algunos escarceos directos con fuego de ametralladora; pero no se ha llegado al cuerpo a cuerpo. Los tanques han aparecido en alguna ocasión y desde la unidad en la que está Tino han llegado a hacer disparos contra ellos con los fusiles antitanques, sin apenas resultado. Ha sido la propia artillería y la aviación quienes han destruido algunos y les han hecho retroceder.

Los primeros días de agosto se mantuvo el bochorno y las nubes de molestos zancudos pero, finalizando la primera semana, como suele suceder cuando las temperaturas son  anormalmente  extremas, como lo habían sido en este caso, con tanto calor en esas latitudes, el tiempo comenzó a cambiar con rapidez. El viento soplaba con rachas intensas que traían hojas secas de los bosques de abedules hacia la orilla del lago situada a sus espaldas. Rápidamente y sin invitación ya que, por fechas, en el carnet de baile del calendario aún no le correspondía, se presentó precursor del otoño vistiendo su hojarasca y despojó al verano de su verde ropaje. Lo bueno que trajo ese cambio, fue el descenso de las temperaturas; y lo mejor, que el viento racheado impedía volar a los aviones enemigos sobre sus líneas. El problema es que lo mismo ocurría con la propia aviación.

El doce de agosto fue especialmente ventoso. Al principio el aire lo amortiguaba pero un sonido chirriante se oía, pavorosamente, saliendo del bosque entre las rachas de aire. Al poco los árboles parecían cobrar movimiento y realmente así era. Los tanques tumbaban los troncos más delgados para abrirse camino. En la franja diáfana entre el agua y el bosque, en vez de dirigirse contras sus defensas, giraron para pasar paralelos a distancia de la orilla. Estaba claro que se dirigían a las posiciones del Ejército Rojo en una bahía estratégica, para la llegada de suministros, situada a unos veinte kilómetros al sur, a fin de cortar la línea de defensa soviética. Si conseguían pasar, sus unidades quedarían aisladas.

El teniente se dirigió a ellos con una orden clara.

–¡Atacad con todo! Los acorazados no pueden pasar. Si toman la posición de la bahía estaremos perdidos sin suministros. Luchad por la patria, pero también por vuestras vidas.

La aviación soviética no podía pensarse en que apareciese con ese vendaval huracanado. La artillería hizo blanco en algunos carros, pero no era suficientemente precisa para inutilizarlos y obligarlos a retroceder.

Los disparos de los fusiles antitanques arreciaron. Tino había disparado varias veces las siete balas por minuto de que era capaz el PTRD 41 pero, salvo que hiciera diana en algún punto neurálgico, cosa que no había sucedido hasta el momento, no conseguiría parar a ninguno. Muy pocos fueron detenidos con esos fusiles. Desde su posición, a doscientos cincuenta metros de ellos, aunque tenían eficacia de perforación hasta los trescientos metros, la precisión era insuficiente.

Un buen número de carros germanos se habían colado hacia el sur. La infantería finlandesa, sin embargo, no consiguió penetrar y se limitaban a dispararles desde sus posiciones en el bosque recibiendo idéntica respuesta.

La suerte, a veces, se pone de tu lado. Aprovechando un rato en el que el viento sopló con menor intensidad, la aviación logró sobrevolar y atacar a los carros blindados alemanes, que tuvieron que retroceder ante  la barrera de fuego. Entre la ida y la vuelta dejaron un buen número de esqueletos de chatarra en el camino.

Sin embargo, no eran tanques lo que escaseaba en la guerra relámpago de la Operación Barbarroja, que se basaba en la capacidad de la caballería mecanizada de los Panzer.

Viendo el escaso resultado que habían logrado con los fusiles antitanques, conscientes de que fue la artillería y sobre todo la aviación la que había conseguido que retrocediesen, los mandos del Regimiento de Voluntarios no podían arriesgarse a que, si al día siguiente continuaba el vendaval, el enemigo consiguiera su objetivo.

Los mandos cambiaron la táctica de las posiciones de trinchera. Manteniendo una parte en la misma línea de defensa, otros cavaron agujeros de la profundidad de la estatura de un hombre y con capacidad para tres soldados en la trayectoria que, previsiblemente, tendrían que seguir los tanques si no querían aproximarse en exceso a las trincheras y ser un blanco fácil. Cada cincuenta metros dos excavaciones a cada lado. Así durante tres kilómetros, ciento veinte agujeros servidos por trescientos sesenta soldados. En cada fosa un soldado disparaba el fusil, otro servía la munición y el tercero quedaba a cargo de las bombas anticarro.

La nueva táctica consistía en dejar que penetrasen los carros, permaneciendo ellos encogidos y atacar, inicialmente, solo desde las posiciones lineales a doscientos cincuenta metros, manteniendo a los carros enemigos vigilantes y con las torretas cañoneando en esa posición, liberando así de la atención de los tanques a los soldados agazapados delante. Permanecieron atrincherados y ocultos hasta que, no menos de veinte carros rebasaron sus posiciones. Era cuanto tenían de margen para atacarlos desde cerca tanto con los fusiles (uno por fosa), como después saliendo de los agujeros y utilizando las bombas-lapa. Al estar a ambos lados,  el tanque más próximo podía atacar solo contra una de las trincheras. Desde la otra paralela disponían de unos instantes para disparar a su vez y de unos segundos para, de ser necesario, llegar hasta el tanque y adosar el cóctel explosivo.

Desde su agujero, ya bautizado como “tumba” por sus usuarios, junto a sus dos tovarich rusos, vieron penetrar a la caballería motorizada. Tras unos minutos interminables en los que oían pasar sobre sus cabezas los disparos de sus propios compañeros, sonó para ellos la orden de ataque. En ese momento se quedaban sin la cobertura de fuego de apoyo desde las trincheras longitudinales que tuvieron que dejar de hacerlo al quedar (amigos y enemigos) en la misma línea de fuego. Comenzaron a batir los impactos. Varias fosas recibieron el cañonazo directo y sus defensores saltaron por los aires; pero bastantes carros estaban siendo detenidos. Como si se tratara de veloces hormigas saliendo del hormiguero, los camaradas depositaban su carga explosiva en la carrocería acorazada y corrían veloces hacia sus líneas, tal como tenían previsto. Si la carga había sido eficazmente colocada, el tanque se incendiaba a los pocos segundos. Algunos conseguían llegar al resguardo de sus trincheras, otros caían fulminados. Un Panzer acababa de rebasar su “nido”, tan cerca que necesariamente tenía que haberles visto. En cuanto avanzara unos metros y su torreta tuviera ángulo de tiro el impacto de su disparo los machacaría: ya estaba girando su castillete. Los tres se miraron sin necesidad de palabras. Cogieron dos bombas cada uno y saltaron a descubierto precipitándose hacia el monstruo de acero. Tino sintió como una de las dos bombas

-lapa que llevaba se pegaba con fuerza al blindaje tirando de su propio brazo hasta que abrió la mano para dejarla adosada; la otra la arrojó bajo el hueco de las cadenas según aceleraba su carrera; tenía la sensación de que sus dos camaradas habían hecho lo propio. Saltaba vertiginosamente en dirección al lago, notando las raíces de los arbustos bajo sus botas. En una décima de segundo pensó:

“Espero que no sean rododendros y me trabe como de pequeño jugando a policías y ladrones... Y si me caigo, ¡que no haya avispas!”

Después, por la noche, se lo contaba a Ramón Moreira:

–Dicen que en los últimos instantes pasa por la cabeza toda tu vida…. Tu madre, tus hermanos, la novia… Pero si me hubiese atravesado una bala yo habría estado pensando en esa gilipollez de las avispas. ¡Parece mentira!

***

SALVOCONDUCTO

Фернандаc Cелестино (Fernández, Celestino) 14 de agosto de 1941

“En reconocimiento al valor en combate se concede al soldado el salvoconducto con permiso de estancia en Leningrado desde esta fecha, debiendo presentarse antes de las 9’00 h de la mañana del 18/8/1941 en el Centro de Reclutamiento del Smolny de la División.

Firmado

El capitán de la 11 Compañía Regimiento 3º de la División 3ª de Voluntarios.”

El viernes 15 de agosto un camión militar dejó a las puertas del cuartel a veinticinco soldados que se habían distinguido en la batalla. Toda la División se había retirado por la presión del ejército germano-finlandés, hasta otra posición, al este de la bahía, para evitar el aislamiento al que habían estado expuestos. Allí, a los veinticinco soldados con “permiso” para estancia en Leningrado, les habían llevado en una embarcación por el Ladoga, que era trayecto más seguro que desplazarse por tierra. Quedaban expuestos a la aviación, pero no a la artillería. Desembarcaron en Shlisslbur y de allí, unas dos horas en camión, a la ciudad.

Tino se dirigió directamente a la Casa de Jóvenes, donde conservaba cama y taquilla con sus enseres personales. Llegó a la hora del almuerzo, que hubo de retrasarse un rato por el revuelo que se armó; todos querían abrazarle, incluidos profesores, cocineros, enfermeras. Tino estiraba el cuello mirando por encima de los que le rodeaban buscando a Sabina.

-¿Cómo es que te han dado permiso?

–Bueno…, me han concedido cuatro días… ¿Dónde está Sabina? Tampoco veo a Aida ni a Honorina.

–Han evacuado a un grupo de chicas, Sabina entre ellas; van como acompañantes de los pequeños. Lo siento mucho pero no vas a poder verla: el tren salió hace tres horas, le dijo Armando.

Tino se quedó chafado. Mientras intentaba digerir el disgusto le llovían las preguntas:

–Pero dinos, ¿por qué estás aquí?

–¿Es que estás enfermo? No lo parece.

–¿Has venido con toda la unidad?

–¿Les habéis dado p’al pelo?

–¿Algún español ha muerto o está herido?

-¿Hay algún prisionero?

–No. Que yo me haya enterado, ningún español ha caído. –Aturdido, esta fue su única respuesta a tanto interrogatorio. No quería contar la razón del “porqué” de su permiso. No quería parecer un fanfarrón. Solo cuando apareció el director que, tras abrazarle efusivamente, dijo:

-Discúlpame Tino, pero tengo la obligación de pedirte el salvoconducto y verificar que está todo en regla.

Tino se lo dio medio a escondidas. El director lo leyó para sí. Después lo hizo en alto para congratulación de todos:

–¡Por valor en combate! –le mantearon gritando: “¡hurra por Catorce!”.

El racionamiento había comenzado en la ciudad el 18 de julio de 1941 en previsión del cerco que se avecinaba. Todos querían ofrecer un poco de su escasa comida a Tino. A pesar de que lo rechazaba, alguno se ofendía y acabó con la barriga llena.

Cuando consiguió terminar y que le dejaran en paz de tanto interrogatorio comenzó a preguntar él:

-¿Qué tal estaban Sabina y las demás que se fueron?

-Te dejó esta carta, Tino –le dijo María Pardina, su compañera en el curso de instructor deportivo.

 Cuando se quedó solo se le acercó Calcetu:

–Tienes otra carta –le dijo por lo bajo–. Es de esa chica tan guapa que cada vez que salía a colación, a Sabina le llevaban los demonios y terminaba cabreada. La introduje en tu taquilla por la ranura; allí estará.

Tino fue hasta su litera buscando intimidad y abrió el sobre de Sabina. Era la carta de una joven a su novio soldado con quien, además, había compartido parte de su niñez y adolescencia estando, ambos, huérfanos “de hecho”. Des- prendía cariño, preocupación y miedo, también tristeza por tener que alejarse aún más de él sin saber hacia qué destino. La guerra obligaba a cambiar de planes sobre la marcha; sabía que se dirigirían hacia el sureste pero no donde exactamente. Le escribiría en cuanto tuviera una dirección. Lo importante no eran las frases, sino el sentimiento. Las dos hojas de papel pesaban como si fueran de plomo, por toda la carga afectiva que soportaban.

Prefirió salir a dar una vuelta con los compañeros de la Casa y dejar el sobre con la nota de Lola en la taquilla para leerla luego. No quería romper la cadena de las letras leídas que parecían aproximarle a Sabina. Hasta después de desayunar el día siguiente, no fue capaz de abrirla.

Querido Tino:

Cuando marchaste al frente no tuvimos ocasión de despedirnos. ¡Todo ha sido tan precipitado desde que nos invadieron los nazis!

Cuando me enteré de que te incorporabas se me encogió el corazón. Pero yo soy un poco bruja y estoy convencida de que saldrás de esta.

Estoy de enfermera en el Hospital donde hice las prácticas, el Gresheski. Entran heridos cada día. No puedo evitar mirar sus caras aunque sea para confirmar que no estás tú entre ellos. ¡Pobres chicos! Hago turnos de catorce horas porque no damos abasto.

Cuando vuelvas; y sé que volverás, búscame. Deja una nota en casa bajo la puerta si no estoy y déjame dicho una hora para volver; ya me las apañaré para poder llegar. Mi hermana también está ocupadísima, da cuatro horas de clase y luego ayuda en mi hospital como auxiliar. No para.

Estoy impaciente por verte.

A mediodía se acercó hasta la vivienda de Lola. Llevaba el libro que le había prestado ella, las poesías de Teodoro Cuesta, para devolvérselo. No estaba en casa, como era de esperar.

Mañana domingo vendré a la una de la tarde. Al día siguiente vuelvo al frente, pero si no puedes, no te preocupes, ya nos escribiremos. Por si acaso estás llevaré yo comida; con lo del racionamiento escasea, pero con la ración de La Casa y algo del cuartel, nos da de sobra para los dos o para los tres si estuviera tu hermana. En caso de que no puedas te dejaré el libro que me prestaste en el buzón. Pero si estás mejor, así te lo doy en mano.

Tino.

A la una en punto del día siguiente iba a golpear con los nudillos en la puerta, pero no hizo falta: Lola abrió de par en par y sin tiempo para que entrara dio un paso hacia el descansillo, abrazándole con fuerza. Tino no podía evitar que su olor y la presión de esos pechos evocaran otros tiempos.

Estuvieron charlando un buen rato en un pequeño y destartalado sofá.

-Yo no sé tú, pero yo tengo hambre. Desde ayer estoy con una sopa y un café de esta mañana.

-La verdad es que a mí me han atiborrado los compañeros con parte de sus propias raciones. Se enfadaban si lo rechazaba. Mira. Abrió el paquete que llevaba, sacando una tartera con kasha, un puré oscuro hecho a base de alforfón dentro de un envoltorio de papel de estraza había trozos de chaschlik, la brocheta de carne un poco picante, un molde de pan negro y un buen pedazo de mantequilla. Todo un festín en los tiempos que corrían; de sobra para los dos y para dejar a la hermana cuando viniese al día siguiente, ya que tenía guardia en el hospital.

Lola sacó una botella de vodka:

-¡Además es Stolichnaya! Por esto en el frente se paga cuanto se tenga.

-Llévate el sobrante y lo echas en una cantimplora.

-Si lo subasto en el frente me hago rico y te mando la mitad de las ganancias.

Pero mientras no es cosa de escatimar, ¡eh! Vamos a ponernos unas copitas antes de comer: “adonde fueres haz lo que vieres”.– Dijo sirviendo el alcohol en unas tazas

–¿Lo tomamos de un trago al estilo ruso o a modo español? – Preguntó Lola.

–Está tan rico que mejor al español: poco a poco. Eso de echárselo directamente al gutiellu me parece un desperdicio.

–Estoy de acuerdo. Los placeres poco a poco.

Tras la abundante comida Lola pensó que era la primera vez, en muchos días, que no se quedaba con hambre. A saber cuándo volvería a tener esa sensación de saciedad con la situación que sufrían.

–Vivamos el hoy sin preocuparnos del mañana –dijo expresando  sus pensamientos en alto–. Por cierto, ¿te gustaron las poesías de Teodoro Cuesta?

–Mucho. Algunas las conocía de oírlas en casa. Y hasta creo que mi hermana Mari tenía un libro de él. Pero me suena que era una edición actual, no tan antigua como la vuestra.

–Tenemos la tarde por delante. El vodka y los versos son una buena combinación. Y me apetece oír el sonido de nuestro bable. ¿Lo leemos a medias? Un párrafo tú y otro yo –dijo Lola levantándose a por el libro–. Acerca la silla y así lo vemos a la vez.

Cogió el libro en sus manos hojeándolo.

–Mira: buscaba estos versos. Esto es lo que tenéis que hacer vosotros con los alemanes. Leyó en voz alta:

Los retueyos d’aquellos qu’en Pavía d’estocinar franceses se fartaron.

Rieron los dos a la vez.

–Es lo bueno del asturiano. Ya puede ser una poesía de ensalce patriótico, como esta, que siempre hay sitio para lo satírico. Pues nada: ¡a estocinar nazis!

Fueron leyendo a dos voces, por estrofas.

–Fíjate en esta. Por la época se tiene que referir a las guerras carlistas. Han pasado casi cien años y seguimos igual que como dice el título:

“Probe España”.

Leyó Tino los párrafos que le tocaban:

... Fai qu’ enturbien míos güeyos triste llantu
al ver que sufre España dolor tantu.
Con dos guerres y entrambes fraticides,
plasmu del mundo semos…¡Cuántes vides
segaes lleva la mortal gadaña…!
¡Cuánto gana la muerte con España…!

-Bueno, dejemos el tema de la guerra que ya tenemos bastante con la que hay liada. Vamos con otra cosa más sugerente. –Volvió a buscar entre las páginas–. “Cosadiella Uno” (adivinanza) y “Cosadiella Dos” ¿A qué estas no las conocías? –mirándole a los ojos con picardía.

-No, hasta que las leí en el libro.

-¡Claro! Es una edición antigua. Luego estuvo prohibida hasta que ya con la República se volvió a editar. Me figuro que lo habrán vuelto a prohibir: para la censura, demasiado explícitas refiriéndose al sexo, a pesar de que son de una sutileza total.

-Me ha resultado curioso que al final de la “cosadiella” femenina, se dice “ratina” refiriéndose al sexo de la mujer. Nunca supe porque, en mi casa, cuando había que hacer alusión a las zonas genitales femeninas, igual que de los rapacinos, en vez de “colita”, como en castellano, se dice “pitín”, en la rapacinas en vez de “chichi”, se dice “ratín”. Quizás viene de esta adivinanza. Si no, ¿de qué?

-O será que lo recoge de alguna zona de Asturias donde ya se dijese des- de antes –dijo Lola–. Bueno, creo que teniendo en cuenta el contenido de lo que hay que adivinar en cada una de ellas, a mí me corresponde leer la “cosadiella uno” y a ti la “dos”.

Tino cogió el libro, con voz segura pero tensa leyó:

¿Qué cosa cosadiella ye una cosa,
(y non ye cosadiella revesosa)
que s’encueye, s’espurre o s’enduviella
y espadoñu paéz, blima o civiella?
.../…
Direvos, además que tién llocura
por metese nos cloyos y que fura,
si la dexen furar les fíes d’Eva
un chorlitu dexándoyos na cueva.

Y así hasta su final:

-Ahora te toca a ti la “dos”.

Lola leyó con voz suave, lenta y sugestiva:

¿Qué cosa cosadiella ye una cosa,
(y non ye cosadiella revesosa)
que los homes no tienen en’a vida
y pa ellos ye una cosa perquerida….
…./……
¿Qué s’ufaya? ¡Carape! El rinconcín
u tá ella tá siempre calentín
Igual da que torcíu que derechu
llueva, nieve, xarice, pos tá a techu
…./……
Cuando mozu barrunta la cuitada,
ponse allegre, llistina y collorada,
y, a pesar de vivir entre la saya,
de gustín, ¡porretera!, se’smocaya
…./……
La muyer nunca – ¡nunca! – tá sin ella.
¿Quién acierta la mió cosa cosadiella?
–Yo, ¡recontra!, yo mesmu – diz Pioyina.
Esa cosa, pos ye... ye... la ratina.

Eran pasadas las siete de la mañana del lunes cuando Tino traspasaba la puerta de la Casa de los Jóvenes. Tenía el tiempo justo para cambiarse y recoger sus cosas; despedirse rápido de los compañeros y llegar a las nueve al Smolny, donde pasarían revista y les trasladarían al frente de nuevo, cada uno a su unidad.


(9)Testimonio de Aida Rodríguez, recogido en Los niños españoles evacuados a la URSS. E. Zafra; R. Crego y C. Heredia.


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Capítulo 32

Pisaré sus calles nuevamente. Todos los capítulos publicados
Novela histórica de Pablo Fernández-Miranda de Lucas, por entregas en Nuevatribuna

Capítulo 33 Leningrado-Karelia-Leningrado. Junio-agosto de 1941