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viernes 27/5/22

Capítulo 31 Leningrado. Junio 1940 a junio de 1941

guimnastas
Gimnastas, s.f. ¿Década de 1930? Cortesía Archivo Lafuente. Autor: Georgi Zelma

¿Dónde está la memoria
detrás de que latido se levanta
para enseñar su rostro,
el tesoro que lleva en sus ojeras
de canciones perdidas, de promesas
que nos tiran de pronto hacia otra parte?

Luis García Montero


RELACIÓN DE ESPAÑOLES TRASLADADOS DE LA CASA Nº1 DE PRAVDA (TXÍSCOVO) A LA CASA DE JÓVENES DE LENINGRADO.

Álvarez, Everardo
Cuervo, Aladino
Cuervo, Amador
Bernaldo, Sabina
Duruelo, Jesús
Fernández, Honorina
Fernández, Celestino
García, Luciano
Inda, Eusebio
Moreira, Ramón
Moro, Aquilino
Moro, Ignacio
Osorio, Juanita
Quintín, José Manuel
Unzueta, Juanita
García, Aida
... y así, veintiocho nombres en total.
Maestra Responsable Asignada: Concha Fernández

Firmado: El Director

PANSHIN

En total veintiocho jóvenes de entre los que aprobaron el 7º curso fueron trasladados a la Casa de Jóvenes Españoles de Leningrado en la Perspectiva Nevski. Posteriormente superaron los exámenes de recuperación Elíseo “El Esdrújulo”y “Calcetu”, que también llegaron a Leningrado pasado el verano. Otros continuaron sus estudios en Moscú, pero trasladados a Casas de la capital.

Tino tuvo que despedirse de algunos amigos que se quedaban en Pravda, bien porque estaban en algún curso inferior, o por no haber supera- do el curso. También de los que fueron trasladados a Moscú para seguir con estudios superiores.

En Pravda quedó gente tan cercana como Maximino, que no llegaría a Leningrado hasta un año después por algo menor; Lino Herrero, varios de los hermanos Moro, Florián “El Andaluz”, o los hermanos Ferreiro, entre ellos el pequeño Txomin que, aunque con cuatro años menos, le tenía cariño por lo simpático y buen chaval que era.

Tino tuvo que dejar atrás a los maestros y cuidadoras que le habían atendido desde los tiempos de Salinas: Arregui, Vicente o la cariñosa Olvido, juntos desde Salinas, que había hecho con frecuencia las veces de hermana mayor y que le había atendido con tanto desvelo cuando contrajo la malaria y se le complicó con la grave infección de oído.

Y, desde luego despedirse de Svetlana, la profesora de gimnasia y natación a la que tanto debía por haber sabido trasmitirle la pasión por lo que deseaba fuera su futuro.

Al menos iba con ellos Concha Fernández, la maestra catalana que le recordaba a su hermana Mari por su disposición a resolver cualquier inconveniente, aunque Concha era algo mayor que ella.

La Casa de Jóvenes ocupaba casi toda la manzana. Era un edificio sobrio pero con empaque; nada que ver con la campestre casa de Txíscovo. Estaba céntrica, en la Perspectiva Nevski, número 9. Tenía biblioteca y aulas, pero mucho más reducida que la de Pravda.

Durante la semana que duró la recepción de los diversos grupos fueron llegando otros jóvenes procedentes de otras “Casas de niños españoles” diseminadas por las repúblicas soviéticas.

Con rapidez se fueron trabando nuevas amistades. En esa semana conoció a algunos con los que haría buenas migas en lo sucesivo, en muchos casos, después, compañeros de armas.

Los hermanos Juan y José Larrarte, vascos de Donosti. De Asturias, Martín Peña; Herminio y Fermina del Valle, de Sama; Aida García, de Gijón. También había de otras zonas, como María Pardina, de Madrid, Héctor y Alejo Vela, valencianos.

Muchos de estos nombres quedarían grabados, además de en la memoria de Tino, en la barandilla de las escaleras que unen las dos plantas de la Casa de Jóvenes: Ismael–Héctor–Alejo–Martín... Por esa barandilla se deslizaban a horcajadas para bajar a la planta inferior.

–Mira, Héctor, me paso tu nombre por el forro los coyones –decía Esdrújulo cuando pasaba por encima de la inscripción. Una de las veces el propio Esdrújulo se cayó a mitad de trayecto y, aunque todo acabó en unos cuantos moratones, el director mandó poner unas redes de protección que a la vez impedían la caída y dificultaban la bajada, al engancharse en el pie la parte del hueco.

La organización de las jornadas de los jóvenes en Leningrado nada tenía que ver con las de las casas infantiles. Desayunaban y el resto del día lo pasaban fuera. Unos iban a la universidad y otros a formación profesional. Pero estos últimos estaban asignados, a la vez, a una empresa o fábrica aunque no tuviera, aparentemente, mucho que ver con la enseñanza elegida.

En el caso de Tino, la Teknikume (Formación Profesional) era Fiscul- turnik (enseñanza deportiva) y estaba adscrito a la empresa Elektrosila, que era una fábrica de motores eléctricos. Sus gigantescas instalaciones incluían varios gimnasios de primer nivel y piscina olímpica. Además de otros recintos deportivos, campo de fútbol, lucha grecorromana. En esas dependencias era donde la academia desarrollaba su actividad formativa, práctica y teórica.

Era muy frecuente, y se mantiene hasta la actualidad, que las grandes empresas de Rusia estén dotadas de estos medios y tengan equipos propios que compiten a todos los niveles, incluidos los de las primeras categorías.

La jornada de estudio y laboral de Tino era de ocho horas. Cinco de- dicadas a la formación para la Enseñanza Deportiva y tres al trabajo puramente productivo.

A las ocho tenían que estar para la cena en la Casa de Jóvenes. Normalmente debían de llegar algo antes para estudiar. Tras la cena y hasta las once tenían libre para charlar y compartir un rato con los compañeros. Los sábados y los domingos eran de asueto, aunque por las mañanas era muy frecuente que se reunieran los “círculos”, cada cual según su afición.

A primera hora de la mañana tenía que presentarse en  el  gimnasio de la empresa para las prácticas. No se trataba tanto de la ejecución sino de la didáctica para enseñar a otros. Dos días por semana tocaba natación en la piscina. Cuando llegara la nieve y el hielo, un día a la semana se desplazarían a las afueras para aprender a aplicar pedagogía en los deportes de invierno. Esos días estaban exentos de labores de producción en la fábrica. Salvo esa excepción, tras las dos horas de prácticas, tenían que integrarse durante otras dos en la cadena pro- ductiva. Después almorzaban y continuaban la formación con dos o tres horas de teórica según la jornada.

En Enseñanza Deportiva estaba María Pardina que había sido adscrita a una fábrica textil cercana a la Elektrosila, que es donde acudía a las clases. La madrileña destacaba en atletismo, tanto en carrera de media distancia, como en salto de longitud y de altura. Las prácticas eran en la pista de atletismo, colindante a la nave del gimnasio. También en esa Teknikumi, estaban Iñaki Moro y José Larrarte.

En la Elektrosila había otras muchas especialidades formativas. No me- nos de cien jóvenes españoles acudía a sus instalaciones a estudiar y trabajar simultáneamente.

El primer día de incorporación al curso en la fábrica les había reunido el tutor y el supervisor del departamento de producción al que fueron asignados. El tutor les explicaba, aunque ellos ya habían sido aleccionados, los criterios del Ministerio en cuanto a la formación profesional.

–Es importante combinar el trabajo de formación con el productivo, debéis conocer y vivir en primera persona las responsabilidades de los trabajadores. Así, el día de mañana desarrollaréis vuestra actividad laboral cualificada vinculada a la clase obrera y no de forma elitista.

–Pero los que continúan con los tres cursos, de octavo a décimo, para entrar a la universidad, no hacen trabajo en fábricas –cuestionó Iñaki.

–Aún no, porque siguen la línea puramente lectiva. Pero más adelante también tienen que compatibilizar estudios y producción durante un periodo de tiempo. Aun así, los fines de semana hacen voluntariado en tareas comunales; está mal visto no hacerlo.

Al finalizar la reunión el supervisor les llevó a conocer la fábrica.

–La Elektrosila en realidad es un conjunto de fábricas en múltiples naves. La mayor parte de instalaciones son de producción, pero también las hay de dotaciones y servicios, gimnasios, campos de juegos, piscinas, comedores, vestuarios, guarderías, biblioteca y aulas.

Produce desde motores en miniatura hasta turbinas para saltos de agua que ocupan una nave entera.

La visita acabó en el puesto que tenían asignado donde les presentó a sus compañeros.

–Esta sección es muy especializada. Las máquinas que vais a manejar son de precisión, por eso se la denomina Schisfovska (pulido o  último toque).

Consistía en un disco pulidor por el que pasaba la pieza que recibía ese “último toque”.

–Durante un mes estaréis formándoos con piezas desechadas. No podemos permitirnos perder las nuevas. Luego los errores serán responsabilidad de cada cual. El trabajo en cada pulidora es individual, con lo cual si os “cargáis” una pieza estará claro quién es el responsable. Ante la duda, es mejor lijar de menos que de más. No tengas reparo en avisar a uno de nosotros para acabarlo.

Seguían con el método pedagógico de visitar a personalidades o academias destacadas. Los del círculo de pintura a pintores reconocidos como Aleksander Deneineka, que les recibió recién llegado de gira por Estados Unidos y era una figura destacada del “realismo socialista”.

Los de teatro visitaban a primeras actrices y actores. Los de literatura, a escritores famosos. Tino había comenzado a frecuentar este “círculo”. En el último curso, aun en la Casa de Pravda. Empezó a asistir, según se confesaba a sí mismo, inicialmente para compartir más tiempo con Sabina; al poco se aficionó vivamente a la lectura gracias a ella. Le gustaban los clásicos rusos, Dostoievski, Tolstoi y otros casi contemporáneos como Máximo Gorki, que era un semidiós de la literatura rusa. Tino había devorado la novela La Madre; en cada renglón se imaginaba a la suya. La imagen que se había hecho de la protagonista era la de Catalina. Otro semidiós contemporáneo era Mayakowsky, “el poeta de la Revolución”, pero a él no le convencía ni su teatro ni su poesía. Pero el dios por excelencia era Pushkin. Sabina lo adoraba; Tino tenía celos de él, aunque hubiese muerto siglo y medio antes. Llegó a aprenderse algunas poesías de Pushkin en ruso solo para conseguir ver arrebolar las mejillas de la chica que le gustaba. A ella también le encantaban los poetas en boga en aquel momento: Ajmátova, Tsvietáieva, Pasternak. En Leningrado siguió compartiendo algunas actividades de ese círculo. De las visitas a los autores recordaría la que hicieron a Mijail Shólojov, un escritor que tendría entonces unos treinta y cinco años, según Sabina, que se sabía la vida y obra de la mayoría de los escritores conocidos.

En el “círculo” habían leído, para comentarlo cuando lo vieran, Cuentos del Don. En la entrevista el autor les dijo que estaba enfrascado en la finalización de El Don Apacible, una obra enciclopédica sobre una etnia cosaca en la región del gran río, a través de la Primera Guerra Mundial, la Revolución y la Guerra Civil.

Ya hacía algunos años que había publicado los tres tomos anteriores y quería acabar la redacción del cuarto y último que tenía previsto editar en el próximo mes.

Al día siguiente de conocer a Shólojov Tino fue a la biblioteca a por los tres tomos que se habían ido publicando como “separata” en la revista Oktyabr. Se enganchó con su lectura por la meticulosa descripción de las batallas. Sin embargo, Sabina no pasó de mediado el segundo. Le aburría tanta guerra.

Cuando le gustaba un libro le daban ganas de dejar todo y dedicarse solo a acabarlo. Le había pasado antes, recordaba que el año anterior le ocurrió con una lectura de culto entre komsomoles: Así se forjó el acero, de Nicolai  Ostrovski. Tino, al igual que la mayor parte de sus compañeros de esa edad, que- rían emular a Pavel Korchaguin, el protagonista. Sabina le tomaba el pelo:

–Mucho querer ser como Korchaguin, pero recuerda la escena en que decide dejar de fumar radicalmente para demostrase a sí mismo su fuerza de voluntad. ¡Eso no lo haces tú!, ¿eh?

-¡Lo puedo hacer cuando quiera! – dijo Tino con el cigarrillo entre los dedos y el humo saliendo por su boca.

Nadie sabría, tantas décadas después, cuanto se acordó de ese reproche las dos veces que dejó de fumar drásticamente. A los sesenta y muchos, cuando tuvo un amago de infarto y lo dejó durante dos años, y luego ya definitivamente a los setenta y dos, cuando con un infarto en toda regla le tuvieron que hacer un cateterismo. Las dos veces se lo planteó: “Nada de poco a poco, de que si hoy me fumo tres, mañana uno: ¡Ninguno! ¡Como Pavel Korchaguin!”.

La comisura izquierda de la boca se le subía en una sonrisa clandestina por la ocurrencia juvenil: “Ya te decía yo que podía dejarlo cuando quisiera”. ¡Qué bien no tener delante a la interlocutora para rectificarle! Se imaginaba lo que le hubiera dicho: “A buenas horas; tras cincuenta años de ensuciarte los pulmones, de tener los dedos de tu mano derecha amarillos de nicotina, y una EPOC esperándote a la vuelta de la esquina”.

***

(GRABACIÓN. Madrid 2011)

–Ya sé de donde te viene la paciencia para las cosas manuales abuelo –le dijo Carol–. ¿Estuviste mucho a cargo de una máquina de esas?

–Pues como un año manejándola; del torno pasaba a la schifovska. Era una piedra como de afilar, ancha, pero precisa en centésimas de milímetro; si te pasabas en lo mínimo llegaba el ingeniero a revisarlo y si se daba el caso: “te has pasado, te has comido más de la cuenta. Para tirarla”. ¡Precisión total y absoluta! Y hacía unos agujeritos que tenían que estar perfectos para que entraran en los ejes. Era precioso. ¡Esos trabajos son preciosos! A pesar de que las piezas son grandes, la precisión era total. En un motor pequeño no tiene gran importancia. Pero en uno de esos que ocupaban una nave, que era para los saltos de agua, te equivocabas y un eje a la mierda. La traducción de schifovska sería el “último toque” o “la que pule”; no hay traducción literal. Del torno, el eje, salía con rayitas y la schifovska lo deja como un espejo.

–¡Qué curioso!, a la vez se trabajaba y estudiaba en la propia fábrica.

–Allí era frecuente que la enseñanza, a ese nivel, estuviese ligada al trabajo productivo.

–¿Y las clases teóricas, o todo era de prácticas deportivas?

–¡No, que va! De deporte sí: teoría y práctica; ¡claro!, era en lo que nos estábamos formando, sobre todo pedagogía deportiva. Pero había de todas las materias, gramática rusa, matemáticas; de todo.

El abuelo fijó su mirada en el vapor humeante del té; quizás su aroma, junto con los recuerdos, le había transportado a la schifovska de la que con tanto cariño hablaba. ¡Precioso!, era como definía su trabajo. Sus dedos sujetaban suavemente la cucharilla del azúcar, y los pasaba por su pulido mango de acero. Tal vez en ese momento, para él, era un eje al que había de tratar con delicadeza para que engarzara a la perfección en el engranaje.

Leningrado 15 Octubre de 1940 Querida Mamina

Espero que estéis todos bien, yo también aunque os echo mucho de menos.

Aprobé 70 curso y ahora ya no estoy en la Casa de Pravda. Me han trasladado a Leningrado a la Casa de los Jóvenes, en el remite va mi nueva dirección postal. Me refiero al sobre de dentro, donde va la carta, el exterior va con la de la Cruz Roja para que os llegue a través del consulado inglés como siempre.

Parte de los que acabamos curso se trasladaron a Moscú y a otros nos tocó Leningrado. Finalmente estoy haciendo “Formación Profesional de Enseñanza Deportiva”. El sitio donde estudiamos es una fábrica enorme, con muchos edificios. También hago dos horas de trabajo al día con una máquina de precisión que es mucha responsabilidad. Se me da bien. Y me gusta.

Concha Fernández, la maestra de la que ya os he contado, ha venido con nosotros a Leningrado. Me alegró que viniese ella también porque así no todo es nuevo. Me ha dicho que no deje de contarte que cuando termine los dos cursos, hay un tercero que, al acabarlo, da paso para ir a la Universidad, si luego quisiera continuar.

Han venido varios de los de mi curso de Pravda. Sabina también está aquí. La otra vez que os escribí estábamos de medio novios, pero ahora ya va más en serio.

Si la conocieras te caería bien y es muy guapa. Ha empezado la carrera de Filología Rusa, en realidad lo que le interesa es la literatura y quiere ser profesora. Se llevaría estupendamente con Mari, que le gusta tanto leer. No habría quien las aguantara a los dos juntas.

A ver si con lo de la guerra en Europa no se interrumpe esta forma de hacernos llegar las cartas, aunque sea solo cada seis meses. Con lo del Pacto entre la URSS y Alemania aunque aquí los españoles no nos fiamos, a ver si sirve para que, al menos pudiera haber relaciones diplomáticas con España y que sea más fácil mandarnos cartas con mayor frecuencia.

Me alegro de lo de Mari y Paule, aunque me da mucha pena no haber estado. Y a Adolfo le quedará poco para la boda ¿no? Recuerdo, del barrio, a Carmina, ya antes de irme él estaba colado por ella. La recuerdo muy guapa, aunque Sabina no lo es menos. A Ina no me la imagino con novio, aunque en su caso le pasará lo mismo conmigo. Recuerdos a Feli y a su marido y también a Bernandín y a Fisi; ¡que mayores estarán, no sé si les reconocería!

Muchos besos para todos, un abrazo muy fuerte para ti.

Os quiere,

Tino.

***

Por la calle de la Casa de Jóvenes pasaba un autobús que les llevaba a las afueras de Leningrado. Desde las ventanillas veían las ruedas levantando salpicaduras de nieve sucia y troceada. El bus llevaba el sentido contrario al de las aguas del Neva, acompañándole paralelamente en dirección oeste. La última parada era en el Instituto Smolny y luego, en tren, se podía ir hasta Osinovets, en el lago Ladoga, aunque ellos se bajaban antes, a medio camino. Cada uno llevaba su equipo de esquís y bastones. En la misma parada se bajaron otros muchos jóvenes esquiadores además de ellos. En su grupo, iban cinco chicas y siete chicos españoles.

Desde la propia estación salían múltiples pistas que se sumergían en el bosque, llano y abierto, cubierto por nieve. Se calzaron los esquís ajustándose la correa delantera de las ataduras. A medida que se internaban, los senderos se diversificaban, muchos de ellos ya con huella trazada por los que les antecedían.

-¡Catorce! –le decía Armando manteniéndole el apodo que le acompañaría durante toda su estancia en Rusia y al que se había acostumbrado desde los tiempos de Salinas–. ¿Qué pasa? ¿dormiste mal que te retrasas? Qué raro en ti que siempre vas de afoguín, abriendo huella.

-No os preocupéis por nosotros, quedamos en la estación a la vuelta, que hoy no tengo ganas de correr.

Previamente ya había concertado con Sabina que se irían retrasando para ir a su aire y coger otros senderos. Querían quedarse sin “carabinas”. Cuando empezaron a no distinguir las voces de sus compañeros, consideraron que era el momento de coger una desviación entre los abetos que no tenía huella abierta. Entraron por la trocha; no cabían en paralelo y Sabina iba tras Tino, que marcaba una profunda huella cargando todo su peso en uno u otro esquí para facilitarle, a ella, el deslizamiento. Los extremos de las ramas bajas, colmadas de nieve, les rozaban las pellizas. A una considerable distancia del cruce, tres abetos entrecruzaban sus ramas formando un reducido espacio al que penetraron. Parecía el interior de una tienda de campaña natural. La nieve apenas tenía sitio para caer entre las ramas, y se había formado una costra densa en el arbolado que producía un efecto parecido al interior de una carpa. Dentro de un iglú bien hecho, por mucho frío que haga en el exterior, no bajaría de cero grados. En este caso, al no ser una cúpula perfecta, la temperatura sería de tres o cuatro bajo cero, por lo menos, cerca de quince por encima que al descubierto. La sensación del contraste y el calor generado por el ejercicio que sus pellizas, botas y gorros, no dejaban que se perdiera, creaba un efecto confortable en el que influía no poco la intimidad de su aislamiento. Sacaron unas tarteras de sus mochilas de loneta gris. En una llevaban unas rodajas de embutido similar a “cabeza de jabalí”, y unas castañas. En la otra unos trozos de chalstxik, una carne que se toma ensartada en brocheta. La cantimplora la llevaban colgada bajo la pelliza para evitar que se congelase el té que iba dentro. Se sentaron pegados uno junto a otro, encima de las mochilas. Y el tiempo trascurrió con el murmullo de los sonidos del bosque.

Solo dieron por finalizado su descanso cuando comenzaron a sentirse ateridos. Reanudaron la esquiada, en sentido contrario, para reencontrase en la estación con el resto del grupo.

–Traéis la cara roja de frío y la nariz blanca. ¿Dónde os habéis metido?

Dieron la callada por respuesta. En el vagón las chicas se apiñaron alrededor de Sabina haciéndose confidencias. A Tino no le sacaron nada, aunque Iñaki Moro y Martín Peña le habían tirado alguna indirecta poniendo sonrisa pícara. “Catorce” permanecía con los labios apretados, tajante:

-Nada, que nos hemos despistado. –Él era un caballero, no permitiría que le sonsacaran.

Otras veces, los fines de semana, paseaban recorriendo la hermosa ciudad que, merecidamente por sus canales y belleza, los viajeros apodan la “Ve- necia del Norte”. Muchos de los lugares que habían recorrido en la semana que permanecieron en Leningrado cuando años atrás llegaron desde España, los reconocían, pero eran otros ojos los que lo contemplaban. Percibían detalles y sensaciones que su perspectiva infantil de entonces había amortiguado. Se extasiaban en sus nuevas visitas al Hermitage.

Paseando por la extensa ulitsa (calle) Perspectiva Nevski, oteaban una cúpula con la punta dorada al final de la avenida: era el Almirantazgo. Disfrutaban de sus largos paseos ceñidos, a un lado, por el borde de los canales por el río Neva o por el Moika y el Fontanka, tributarios del primero; y por el otro costado por los palacios que, desde las barcazas, parecen caer a pico sobre las aguas prologándose a través de su propio reflejo.

Ni Tino, ni su amigo Armando Herrero, eran aficionados a la música clásica; pero Sabina y Aida, sus parejas respectivas, tenían el capricho de ir al conservatorio de música. Ese sábado interpretaban obras de Mijail Ivanovich Glinka, un prestigioso compositor ruso del siglo anterior, enamorado de España El catálogo incluía tres piezas tituladas “Recuerdo de Castilla” “Recuerdo de una noche de verano en Madrid” y “La jota aragonesa”. Con esos evocadores títulos no se lo querían perder.

El viernes fueron a las taquillas. La cola era inmensa, y la gente comentaba que no quedaban muchas entradas. Aida estaba compungida comentando su disgusto. Una señora que estaba delante de ellos, al oírles hablar en otro idioma, se giró preguntándoles en ruso:

–¿De dónde son ustedes?

Ispansi–le contestó Aida.

–Eso nos había parecido; ustedes no pueden quedarse sin ver la función.

–Pues me temo que, con lo que tenemos delante, no entramos.

La mujer rusa pasó la voz hacia delante informando que había cuatro es- pañoles que se iban a quedar sin entrada. El asunto corrió rápidamente. De entre los que estaban ya cerca de la taquilla salió un hombre maduro y ele- gante que se dirigió hasta ellos e hizo que les acompañaran. A medida que iban pasando al lado de los que hacían cola todo era sonrisas y hasta alguno alargó el brazo para darles una solidaria palmada en la espalda; gesto extraño para un ruso, que se guardan de exteriorizar su efusividad. Cuando llegaron a las puertas ya salía uno de los responsables del teatro que les hizo pasar directamente a taquilla. Ellos estaban bastante “cortados” y con gestos de disculpa hacia los potenciales perjudicados; sin embargo, la gente lo aceptaba de buena gana y les hacían indicaciones de “adelante”.

El encargado les dijo:

-No podemos consentir que unos jóvenes españoles como vosotros, que estáis lejos de vuestra patria y sois nuestros huéspedes, os quedéis fuera. Y menos aquí. Sepan ustedes que hemos representado el ballet “La Cenicienta”, del catalán Fernando Sor; aunque solo sea por esto, tienen ustedes preferencia.

Estos detalles y reacciones no eran excepcionales. En cuanto los ciudadanos rusos se daban cuenta de que eran españoles, se multiplicaban los gestos de simpatía. Frecuentemente, en los transportes, fiestas, representaciones, los rusos pretendían agasajar a sus huéspedes.

Era viernes, 5 de abril, un bonito día que dejaba atrás el invierno. Serían las siete de la tarde cuando Tino entró, tras la jornada laboral, a cambiarse de ropa y luego estar un rato de charla con Sabina y el grupo de amigos antes de la cena. Cuando se acercó a su cama se encontró un huevo de pascua pintado con motivos azules y dorados  y un sobre cerrado.

–¡Catorce! –le avisó, Herminio Valle, un chico de Sama –vino a verte una chavala guapísima; además paisana, estuvimos hablando un ratín en bable ¡Qué gusto da!

–¿Y quién era?

–Me dijo que se llamaba Lola, dejote una carta y el huevín esi con tanto

rebilicoque–. Y añadió con picardía–. No sé si será una carta de amor.

¿Qué yé?, ¿que no te basta con una moza, ho? Deja algo pa los demás, no seas abusón.

Tino no respondió y abrió el sobre.

¡Sorpresa!, resulta que he terminado los cursos de enfermería en Eupatoria y me han enviado al Hospital de Gresheski, aquí en Leningrado, a hacer las prácticas. Lo solicité yo porque, Julia, mi hermana, ya sabes, la maestra, está aquí en la ciudad.

Llegué de mañana y fui directo a su casa; me voy a quedar allí. Dejé las cosas y vine a traerte esto y felicitarte la Pascua.

Te dejo mi dirección, si quieres vente a comer mañana. Te invito y nos contamos las novedades.

Con muchas ganas de verte,

Lola

P.D.: Ya verás que, con este huevo que te he traído, decorado por mí, ganarás en el juego del Crams Pascua.

Se refería a que, frecuentemente, con los huevos adornados con motivos de Pascua, que se regalaban unos a otros, se hacía un juego consistente en chocarlos con golpes de menor a mayor intensidad hasta que uno de los dos se agrietaba. Vencía, y se llevaba también el roto, el que se había mantenido sin fisuras. Si ganabas varios podías llegar a hacer un buen botín. Aunque, al final, la costumbre era repartirlos.

Cuando se reunió con el grupo, en la sala, el rumor de la visita de una guapa asturiana preguntando por Tino había corrido por la Casa y fue la “comidilla”.

-Es Lola, venía en el barco como cuidadora, la enviaron a Eupatoria –aclaró él.

-Sabina permanecía callada, muy seria, con aires de ofendida.

-¿De cuidadora? –preguntó María Pardina–. Pues es bastante joven, según me han dicho.

–Bueno sí, pero mayor que nosotros. Ahora tendrá unos diecinueve años. En el barco tenía dieciséis, tuvo que falsificar la edad para que la admitieran y venir con su hermana mayor.

–¡Qué bien te acuerdas de esos detalles! ¡Qué buena memoria tienes! – cogió el relevo de sospechas, Aída–. ¿Y cómo dio contigo?

-Pues porque de vez en cuando nos mandamos cartas contando qué tal nos va.

–¡Ah, ya! –“palmeó” María Pardina, haciendo “canasta”, en la conversación, con el comentario.

Tras la cena, Tino hizo por quedarse un momento a solas con Sabina, que no había despegado los labios.

–No seas boba; es buena gente y a mí me trató muy bien en el barco cuando estábamos todos “acojonaos” ¿Qué es?, ¿que no puede uno tener amigas?

–¡No, si boba no soy! Pero parece que tú, las amigas, te las tienes que buscar siempre guapas; y por lo que dicen esta lo es.

–¡Venga! ¡Que es mayor!

-Primero me dices que no sea boba y luego me tratas como si lo fuese.

¡A ver! Que hace unos años, vale, pero ahora conocemos un montón de parejas, que tiene dieciséis una y diecinueve el otro.

–Pero al revés, de chica a chico, se nota más la diferencia.

–¡Lo estás arreglando!; o sea, ¡además, eso no te lo crees ni tú! ¿Los hombres sí pueden ser mayores que las mujeres y al revés, no? Lo que pasa es que te viene bien el argumento como tapadera.

–Bueno, el caso es que mañana no le puedo hacer el feo de no ir a comer.

–¡Ah, vale! Mañana no hacemos el plan previsto.

–Pero podemos quedar después, a eso de las cinco, donde tú digas.

 -Pues mira, no. Mañana lo tienes libre; puedes quedarte con tu amiga toda la tarde.

Tino acudió un poco antes de la hora de comer a la dirección que le había escrito Lola. Era una vivienda con una estancia de cocina-comedor y otra de dormitorio. Le abrió la puerta Julia, la hermana, que saludó efusivamente a Tino.

–¡Si te encuentro por la calle no te reconozco! ¿Qué te han dado de comer? ¡Lola, sal de una vez que llevas una hora acicalándote! Salió del cuarto con una amplia sonrisa que descubría su blanca dentadura. Llevaba el pelo suelto y cepillado en una media melena, más largo de como lo llevaba en el viaje. Aún estaba más bonita de lo que recordaba. Se abrazaron durante unos segundos, más que un instante. Tino rememoró la leve doble presión en sus costillas. Ya sí sabía a qué obedecía esa dulce sensación que de niño solo fue capaz de intuir.

La mesa estaba dispuesta. Al fuego se calentaba una sopa de borg: remo- lacha y algunas otras verduras. A Tino le gustaba más el color intenso del denso caldo que su sabor un tanto dulzón. En unos platos ya preparados embutidos, y lo más importante en la Pascua: la Pashja, una mezcla de queso fresco con pasas y otros frutos secos hecho en un molde piramidal; y el kulizh, un bizcocho de harina blanca.

Estuvieron charlando y preguntándose por lo acaecido en aquellos tres años tan largos e intensos. Lola quería saber con detalle sobre todas esas competiciones que Tino había mencionado de pasada en las cartas; de sus estudios de enseñanza deportiva. Y ella le habló, con satisfacción, de sus avances en enfermería. En unos pocos meses de prácticas sería enfermera titulada.

–Bueno Tino, ahora hagámonos confidencias, ¿tienes alguna o varias enamoradas?

Tino volvió a sentir la sangre en sus mejillas. Lola tenía la habilidad de sacarle los colores y agradeció el enmascaramiento que su tez morena le propiciaba.

–¡Qué tontería pregunto! –dijo Lola, sin dejarle contestar–. Todos los españoles de Rusia de más de catorce años os “ennoviáis”.

–Bueno…, estoy con una compañera, Sabina.

 -Seguro que es estupenda y preciosa. Ya me la presentarás.

-Vale. ¿Y tú? –se atrevió a preguntar.

-Pues me resistí por un tiempo porque los españoles adultos de Eupatoria me sacan muchos años y con los de este país no quería liarme pensando en volver a España pronto, como te dije en mis cartas, y rechacé a mis pretendientes. Pero al perder la guerra comprendí que esto va para largo y me lié con un ucraniano: Alexander, como Pushkin; es jardinero.

¡Un guapo jardinero que regaba mi jardín y me leía poesías de su tocayo!

–y volvió a reír con la alegría que trasmitía–. Lo único malo es que quedó en Eupatoria, que está algo lejos de aquí, como a dos mil kilómetros, metro arriba, metro abajo. Y no creo que yo vuelva ni que él venga, con lo que no auguro mucho futuro al asunto, quizás unas cuantas cartas de amor. Ya veremos.

La sobremesa se alargó. Tino se entretuvo mirando los libros de una pequeña estantería y cogió un bonito ejemplar, bellamente encuadernado, del poeta bablista Teodoro Cuesta.

-Era de mis padres, es una edición antigua, creo que la primera. Ábrelo. Fíjate, editado en Oviedo en 1895; hasta el nombre de la imprenta tiene gracia: “Pardo, Gusano y Cía,”. Llévatelo y me lo devuelves otro día. No hay prisa; mi hermana y yo nos lo sabemos de memoria. Mis padres nos lo leían cuando se nos pasó la edad de los cuentos.

-No, muchas gracias. No me atrevo, no sea que pase algo y se estropee

–dijo, dejando el libro de nuevo en el estante.

-Llévatelo, de verdad. Como alquiler impongo que te aprendas alguna poesía y me la recites. –Lola volvió a coger el libro depositándolo en las manos de Tino.

***

La primavera transcurrió a través de las jornadas de trabajo y estudio en la fábrica. El trayecto entre la Casa de Jóvenes y las fábricas de la Elektrosila y la textil lo hacían juntos, en grupos, los casi cien españoles que acudían a los centros de enseñanza ubicados en las instalaciones de esa fábrica. Ese día, María Pardina, iba hablándoles de Madrid, donde ella había vivido.

-Mi hermana Mari y su marido se fueron a vivir desde Oviedo a Madrid hace unos meses –comentó Tino–. Me lo contó mi madre en una carta.

-¿Y sabes dónde tienen la casa?

-En Hortaleza.

-¿Pero en la calle o en el barrio? Aunque se llamen igual están lejos una de otro.

-Creo que es por el centro, debe ser en la calle de Hortaleza.

-Pues no está lejos de mi barrio, Cuatro Caminos. De la glorieta, bajando, llegas a la de Santa Bárbara que es donde acaba la calle Hortaleza.

-¡Qué de santos! Mari, santa no, pero buena sí que lo es y lista, más; pero los tacos que dice tiembla el universo. Los santos deben estar escandalizados.

-Pues no acaba ahí la cosa, en la calle Hortaleza está el Convento de San Antón.

***

En mayo fueron los campeonatos de atletismo. No quisieron perdérselos. María Pardina competía en varias modalidades de juvenil y todos los compañeros de la Casa, profesores y cuidadores fueron a apoyarla. También el ingeniero y el capataz, que eran sus supervisores en la fábrica y que se comportaban como mucho más que eso, como consejeros y tutores, asistieron al campeonato. María ganó el absoluto de salto de altura.

Cuando Tino tuvo la competición de gimnasia deportiva, fueron igual- mente todos. El nivel era más alto que en Moscú y sólo pudo conseguir hacer tercer puesto en suelo. Quedó quinto en barra fija. Aún así era todo un éxito y en la Casa y la Fábrica se celebró como si fuese el primer clasificado.

Según el tiempo fue mejorando, las fugas con Sabina por los parques, los días festivos, resultaban más acogedoras y sobre todo menos frías. Largos paseos por el Jardín de Verano; atravesaban la Plaza de las Artes para llegar al Canal del Cisne, una vereda recoleta que les gustaba especialmente.

Algunos sábados iba a comer con Lola y su hermana, procurando que Sabina no se enfadara demasiado, cosa que nunca conseguía; esas tardes, al volver, la encontraba de morros.

A primeros de junio recibieron las notas del curso. Tino y José Larrarte con notable. María Pardina, sobresaliente. El trabajo en la fábrica tenían que continuar haciéndolo y también algunas horas adicionales como voluntarios de producción, que era algo frecuente para recibir el premio “Stajanov”, si superabas unos objetivos determinados.

Con la entrada del verano, que había sido el día anterior, quedaban solo algunas finales de competición en los Juegos de Leningrado. La de fútbol juvenil sería el domingo 28 y el equipo de jóvenes españoles era finalista en competición contra una de las fábricas de Leningrado. Ese domingo, 22 de junio de 1941, la selección de jóvenes españoles jugaba un partido de preparación con el “combinado B”, que les haría de “sparring”. En el primer equipo jugaban el propio José Larrarte; Agustín Gómez; Ruperto Ignacio Sagasti. Todos ellos posteriormente serían futbolistas de primera división.

Casi todos los alumnos de la Casa estaban en las gradas. Tino y varios compañeros coreaban, animándole, el nombre del portero titular.

-¡Pepe! ¡Pepe! ¡Ánimo, que tú lo paras todo!

Pepe, un chaval vasco, era el portero. De estatura pequeña, pero con dos resortes en las piernas y unos reflejos espectaculares, llegaba a todos los balones.

Iba a dar comienzo el partido, cuando de pronto los altavoces del estadio comenzaron a emitir un chisporroteo:

-¡Atención, atención: conectamos con Radio Moscú!

Tras unos segundos en los que jugadores y público guardaban silencio, salió de nuevo otra voz por megafonía: “Aquí Radio Moscú. Les va hablar el ministro de Relaciones Exteriores, el camarada Vyacheslav Molotov. Ciudadanos de la Unión Soviética: el gobierno Soviético y su líder el camarada Stalin, me ha autorizado a formular la siguiente declaración”:

Hoy, a las cuatro de la mañana, sin que ningún tipo de exigencias se hayan pre- sentado a la Unión Soviética, sin una declaración de guerra, las tropas alemanas han atacado nuestro país, nuestras fronteras en muchos frentes y han bombardeado con sus aeroplanos nuestras ciudades: Zhitomiv, Kiev, Sebastopol, Kaunas y algunas otras. Han asesinado o herido casi a doscientas personas.

Ha habido también ataques aéreos y de artillería enemigos que provenían de los territorios rumano y finlandés.

Este ataque imprevisto sobre nuestro país es una perfidia sin par en las naciones civilizadas.

Molotov continuaba con aclaraciones de la unilateralidad del ataque. La voz sonaba firme pero de una tensión contenida. El ambiente se podría cortar con un cuchillo. Nadie se hubiese extrañado que del altavoz saliese un denso fuego acompañando al sonido. Finalizó su mensaje:

El gobierno les llama, ciudadanos de la Unión Soviética, para unirse alrededor de nuestro glorioso partido bolchevique, alrededor de nuestro gobierno soviético, alrededor de nuestro líder y camarada, Stalin. “Nashe diélo pravoie. Vrag búdiet rasbit, probieda budietza námi”. (“Nuestra causa es justa. El enemigo será derrotado. La victoria nos pertenece”).

Tras unos breves segundos, los españoles situados en las gradas bajaron al campo para unirse a los jugadores que, puño en alto, daban vivas a la Unión Soviética y a la República Española. Se esgrimía el puño, no como saludo bolchevique, sino como arma amenazante contra los nazis, como aviso a Germania.

Los rusos aún permanecieron unos minutos de pie en las gradas, incapaces de salir de su asombro. Habían creído en el “Pacto de No Agresión” firmado el año anterior entre Alemania y la URSS. Los españoles: ¡no! Incluso los que salieron de España siendo pequeños habían visto de lo que eran capaces los aliados de Franco. Era como si hubieran estado des- contando los días para que Alemania hiciera exactamente lo que acababa de hacer. Para ellos el fin de Hitler sería, también, el fin de Franco.

Finalmente los rusos empezaron a reaccionar y fueron bajando al campo a unir sus voces a las de los españoles. Sus rostros eran acordes con el tópico: los eslavos tardaban en asimilar pero, una vez que lo hubieron digerido, sus ojos expresaban firmeza y decisión. Quien les atacara se encontraría con el muro del pueblo y después sería una apisonadora.

Cuando los gritos de “Vivas” y de “Mueras” se fueron calmando una palabra fue transmitiéndose entre los españoles: ¡ALISTARSE!


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Capítulo 30

Pisaré sus calles nuevamente. Todos los capítulos publicados
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Capítulo 31 Leningrado. Junio 1940 a junio de 1941