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miércoles. 06.07.2022

Capítulo 28 Madrid-Oviedo. Finales de octubre de 1939

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Acababan de amueblar lo imprescindible del piso que habían alquilado, en Madrid, en el primer piso de la calle de Hortaleza, número 70. Paule y Mari se sentaron en el escaño de la cocina.

–Estoy reventada –dijo Mari. Esa frase sonaba raro en ella.

–¡Pues yo, no te digo! –contestó Paule–. Menuda paliza llevamos.

–Estas cajas las dejamos sin abrir, ya lo haremos mañana, ¿eh?

–¡Si, por favor! Sobre todo porque la mayoría son libros y hay que colocarlos por orden, ya sabes que en eso soy maniático.

–Menos mal que la habitación grande que da al exterior tiene toda una pared con estantería. Nos va a venir estupendamente. Yo creo que has elegido la casa por la librería y por el despacho; lo demás te importaba menos.

A Galo le habían trasladado al Regimiento de Caballería Montesa 1, en el cuartel de Conde Duque. Tenía unos días de permiso para organizar la mudanza. En Oviedo habían alquilado una camioneta mediana y con- trataron a unos mozos de cuerda que cargaron en ella los muebles y las cajas de la casa de la plaza del Paraguas, que no eran muchos. Una vez en Hortaleza otros mozos los subieron en un santiamén por las escaleras; aunque tenía ascensor, estaba prohibido usarlo para subir mobiliario. La casa era grande y una vez colocados parecía un tanto vacía.

El alquiler era un chollo. El barrio, siendo muy céntrico, no era la zona noble de la alta burguesía, que se ubicaba al final de la calle, en la glorieta de Santa Bárbara. La clase media se había empobrecido en la guerra. Las familias que conservaron sus rentas no estaban dispuestas a irse a una casa que, aunque grande, estaba avejentada. Diseñada a principios del siglo XIX, no había sido modernizada. No tenía ducha o bañera, lo cual era muy común en numerosas fincas del centro de Madrid, incluso hasta mucho después.

Habían conseguido una renta excelente gracias a la cantidad de pisos vacíos. El precio del alquiler se mantendría estable por decenas de años mientras permaneció en vigor la ley de rentas antiguas.

Tenía dos estancias con balcones a la misma calle de Hortaleza, un gran salón y un cuarto que sería el despacho de Galo Paule, con una preciosa chimenea de forja; ambos daban al exterior. A su vez, el despacho conectaba tanto con el salón como a la estancia donde se ubicó el dormitorio de la pareja. Un largo pasillo daba acceso a tres habitaciones más y a un oblongo cuarto de baño con lavabo e inodoro. Todos estos con ventanas que daban al patio interior. El pasillo, al fondo, giraba a la izquierda para acceder, tras el ángulo, a otro pequeño dormitorio, un aseo y una amplia cocina que conectaba con la alacena y aún con otro cuarto más.

Salvo en las estancias húmedas, todo el suelo era de tarima de madera, con tablas anchas desgastadas por el uso y blanquecinas por la lejía con la que habían tenido que sacar la mugre así como por la falta de ceras o barnices, productos caros en la época.

Cuando consiguieron instalarse y colocar la mitad de los libros (la otra mitad no cabía, ya que eran la suma de la numerosa biblioteca que Paule hizo traer de África y de la algo menor de Mari) decidieron dar un largo paseo por Madrid, ciudad desconocida para ambos.

Acometieron su inicio doblando a la izquierda. Al salir del portal, pasaban por delante de una tienda de semillas, justo debajo de sus balcones, cuyo propietario resultó ser su propio casero. A unos quinientos metros la calle llegaba a la Gran Vía, donde doblaron nuevamente a la derecha; tras cruzar Fuencarral se percibía la huella de la guerra. El edificio de Telefónica, primer rascacielos de la capital, fue un objetivo clave en los bombardeos, tratando de interrumpir las transmisiones; presentaba impactos por varios paramentos a partir de la quinta planta. Dejaron a su espalda la Red de San Luis para avanzar en dirección a Callao. Los señoriales edificios presentaban boquetes, algunos de gran tamaño, pero no habían conseguido doblegar su prestancia. Las esculturas de porte romano, los caballos alados de sus azoteas se desplegaban aún orgullosos de haber retado y resistido a los aviones alemanes e italianos.

El centro de la ciudad estaba deteriorado, pero nada que ver con las zonas arrasadas de Moncloa, donde se situó el frente durante una gran parte de los largos años de la guerra. Y menos aún de las zonas devastadas en los barrios del cinturón rojo como Vallecas o Carabanchel, y otros más aleja- dos aún de la urbe: Perales del Río en Getafe, en los que no quedó piedra sobre piedra en todo lo que fue frente de batalla del Jarama. A todos esos sitios les llevó la curiosidad de la pareja en los autobuses o los tranvías de las pocas líneas que habían quedado operativas y que en los meses y años posteriores se volvieron a poner en activo hasta que fueron desmanteladas definitivamente, esta vez no por las bombas, sino por un discutible concepto de modernización urbanística imperante en los años sesenta.

El cuartel de Conde Duque, donde estaba el Regimiento de Caballería, ocupa una gran manzana que transcurre a lo largo de la calle de la que toma nombre, en sentido longitudinal y que, en su parte trasera, es colindante con el Palacio de Liria, de los Duques de Alba. Las caballerizas estaban en la parte alta, la que da a la calle de Santa Cruz de Marcenado.

Con su curiosidad habitual, Galo estuvo indagando ¿Fue primero el gallo o la gallina? ¿El cuartel da nombre a la calle o es al revés? En la biblioteca municipal había escritos con diversas hipótesis. Había quien decía que venía del tercer duque de Berwick y Liria que, a su vez, era conde de Lemos y que promovió la construcción del lindante Palacio del Liria. Pero a Galo le convencía más la tesis de Mesoneros Romanos de que provenía del Conde Duque de Olivares, ya que tuvo allí un palacio y tierras. Varias de las casas tipo corrala que hubo en el principio de la calle, junto a la plaza de Cristino Martos, parece que fueran pro- movidas por sus descendientes. Eso dio origen al nombre por el que se conocía popularmente a la calle. Después, Felipe IV mandó construir el cuartel sobre el proyecto de Pedro de Rivera, de ahí el churrigueresco pórtico principal creado por el discípulo de José Churriguera, que hizo escuela propia dentro del barroco. Le gustaba saber esos detalles de los sitios que frecuentaba.

Paule se sentía bien en el regimiento. Sabía, con su claro sentido de la realidad, que ese destino era debido a que quisieron quitárselo de en medio por los dolores de cabeza causados a los oficiales de rango superior que formaban los tribunales. Su estrategia de triquiñuelas con los que actuaba, dilatando los casos a fin de que el fervor de condenas a muerte se fuese relajando, conllevó que sus casos parecieran no acabar nunca y se acumularon expedientes judiciales sin resolver en los tribunales mili- tares, hasta el punto que, alguno de los miembros, había recibido algún tirón de orejas del gobernador militar. Estaban hartos de ese listillo del teniente Paule. Además les irritaba, con el proverbial sentido de casta que ese oficial que les daba cien vueltas en conocimiento de protocolos judiciales, fuese un “chusquero” como denominan a los que provienen, no de la academia, sino de la “clase de tropa”, pasando por la suboficialidad.

Él también estaba harto del denso ambiente jurídico represivo de Oviedo. Sin duda, quitarlo de ahí y enviarlo a caballería era hacerle de menos; pero Galo no había perdido su base de origen junto a la milicia y no le hacía ascos al dulzón olor a caballo y cuadra. Y, desde luego, ese era el ambiente del cuartel.

El Regimiento compartía el sólido edificio con una compañía de la “Guardia Mora” de Franco. Había espacio suficiente para todos. Las cuadras tenían capacidad para trescientos caballos y el cuartel de tropa para quinientos individuos.

A algunos de los componentes de esa “Guardia Mora” los conocía de su época africana y podría conversar en árabe para no perder esa lengua que tanto amaba aunque, la mayor parte de sus componentes, estaban en la residencia de Franco, en el Palacio de El Pardo, donde se les había habilitado un ala mientras se acondicionaba el resto del palacio.

Galo Paule era consciente de que Francisco Franco no se fiaba de nadie; ya era famoso en África por ese motivo y lo menos inseguro que encontró de lo qué echar mano fueron las tropas indígenas de Marruecos, ajenas a los intereses e influencias políticas de las fuerzas vivas españolas. Por eso se rodeó de ellos durante la guerra y les mantuvo para darse pábulo en los desfiles y actos. Por eso mismo se les había uniformado con guerrera azul cielo y pantalón blanco. Desde sus hombros hasta la grupa de sus cabalgaduras, caía una doble capa cuya denominación nadie conocía en el cuartel, con la salvedad de los propios marroquíes y de Galo: “Suljan” azul y alquicel albo. En la época de calor vestían totalmente de blanco.Toda una puesta en escena, de lustre, para deslumbrar al pueblo, pardo en su sentir y vestir, en la inmediata posguerra.

El primer día de su llegada Paule se enteró de que al mando de la “Guardia Mora” estaba el caíd de Meharnia, Mohamed Ben Chaivi, con el que había compartido armas y batallas en las tropas de Regulares. Fue a saludarlo con la efusividad habitual de los antiguos compañeros de armas. Se encontró con un inesperado desplante. Mohamed Ben Chaivi se volvió de espaldas sin contestarle. Media hora después, un soldado marroquí se le acercó diciéndole.

–El caíd le pide disculpas. Tiene orden explícita y directa de Franco de no hablar con ningún español que no sea de la propia Guardia, especial- mente con militares. Le envía esto –alargándole un pequeño paquete primorosamente envuelto en una tela con motivos magrebíes–. Y le ruega que lo acepte como prueba de que usted le perdona la afrenta.

Sucram, gracias; y envíale mi saludo: Salam Aleikum.

Salvo que tuviera guardia, Galo Paule salía del cuartel a eso de las dos de la tarde para comer en casa. Desde el pórtico principal atravesaba la plaza de los Guardias de Corps. Llegando a Amaniel, si iba con algún compañero y no tenía prisa, giraba a la izquierda para tomarse un “corto” de cerveza en la propia fábrica de Mahou que daba a las Comendadoras y, aunque no suministraban al por menor, tenían esa deferencia con los militares. El personal ponía empeño en mostrar de qué lado estaban los pocos que quedaban antiguos. La fábrica, ante la fuga de los propietarios durante la guerra civil, estuvo en manos de la cooperativa que formaron los trabajadores, manteniéndola plenamente operativa y rentable. Con la caída de Madrid, algún destacado líder consiguió huir; la mayor parte de la dirección y muchos de sus trabajadores, los más cualificados y los técnicos que habían impulsado la cooperativa, fueron represaliados, los que tuvieron suerte, solo con el despido.

Pero lo del “corto” de cerveza era cosa de pocos días; normalmente giraba en sentido contrario, a la derecha, para coger Francisco Ferrer y, todo hacia adelante atravesar la calle Ancha de San Bernardo hasta salir a la Corredera Alta de San Pablo y al mercado de San Ildefonso. Cruzando Fuencarral doblaba por Hernán Cortes: justo enfrente estaba su casa.

Mira, Mari un antiguo compañero me ha hecho un curioso regalo –mostrándole el paquete envuelto en la tela con motivos rifeños, al tiempo que le contaba la anécdota del caíd.

-Eso es miedo más que desconfianza –decía Mari–, tiene a sus guardias como presos, en lugar de como personas de confianza.

-Franco es así. Ya lo era en Regulares antes de llegar a general. Esa cautela paranoica le ha salvado la vida en alguna ocasión. Siendo capitán, le hirieron en el vientre; le daban por muerto, pero se salvó. ¿Sabes por qué? Había oído a un médico que, si te hieren en el estómago y has comido, es casi imposible salvarse. Es algo que todos sabemos, pero nadie quiere entrar en combate desfallecido de hambre. Salvo él; nunca comía antes de entrar en batalla. Por esas cosas los rifeños decían que tenía baraka (suerte).

–Es como el rey Midas; pero en lugar de que todo lo que toca lo convierte en oro, éste lo convierte en miedo. En la guerra es normal el miedo. Pero en estos meses, desde que ha acabado, aún hay más temor. La gente va con la cabeza gacha por la calle, no sea que se cruce la mirada con la de algún camisa azul que la encuentre provocadora; o con un cura que le reconozca del barrio y le identifique como de los que no iba a misa.

-Bueno, vamos a ver qué hay dentro de este paquete que me ha regalado el caíd y a dejarnos de miedos.

Lo desenvolvieron con cuidado. Dentro había una pipa rifeña des- montable en dos trozos. Una vez unidos tendría unos cuarenta y cinco centímetros y un grosor como de dos dedos. El color dominante era el amarillo, con dibujos geométricos en distintos tonos de verde. También contenía un pequeño recipiente: una especie de petaca de cuero fino muy trabajado hasta dejarlo suave; una tira de cuero la envolvía; dentro tenía unos doscientos gramos de unas hebras parecidas a las del tabaco, pero no lo eran.

-Es kif, se hace del cannabis. Y la pipa se llama sebsi, es con lo que se fuma en el Rif y otras zonas de Marruecos.

-Pero esto está prohibido, claro.

-Por supuesto; pero lo fuman la mayoría de las tropas de Regulares y es un pequeño vicio que no se persigue si no es al “por mayor”. La policía está bastante ocupada con otras cosas más importantes.

-Yo sabía que en una época anterior estuvo de moda y hasta bien visto entre los intelectuales. En el hospital psiquiátrico el cannabis lo utilizábamos con fines terapéuticos y entre médicos y enfermeras no es raro que se fume de vez en cuando.

-Mira Valle-Inclán, que escribió La pipa de Kif y se publicó sin problemas, y eso que el título no es nada alegórico –se levantó y volvió de la biblioteca con ese libro en la mano–. Escucha si es palmario lo que dice aquí:

¡Verdes venenos! ¡Yerbas letales de
paraísos artificiales!
A todos vence la Marihuana Que
da la ciencia del Ramayana
¡Oh marihuana, verde neumónica,
Cannabis índica et babilónica!
Abres el sésamo de la alegría
Cáñamo verde, Kif de Turquía
Yerba del viejo de la Montaña
el Santo Oficio te halló en España…

-¡Para! –ordenó Mari con la pipa en la mano y unas hebras en la otra, vamos a poner este poco en la sebsi y terminamos de leer el poema de Valle-Inclán rindiéndole homenaje, que dicen que lo escribió iluminado por la “yerba”.

-Sentados en el sofá con la biblioteca a su espalda, fueron dando profundas y pausadas caladas y terminaron de leer al escritor.

-Llevamos solo unas semanas aquí y he estado ocupada con la puesta en marcha de la casa –dijo Mari con los pies encima de la mesita de mármol negro que había adquirido de segunda mano en El Rastro, junto con otros enseres que necesitaban para acomodarse–. Pero tengo que ponerme a hacer algo y no se me ocurría qué. Ahora, leyendo este libro, aquí relajados, me ha venido una idea. Montar una tiendecita de intercambio y compra-venta de libros usados.

-¡Ah!, menos mal, creí que querías montar un negocio de kif –rió Paule con su propia ocurrencia–. Conociéndote me estaba echando a temblar. Pero eso de los libros de segunda mano e intercambio, no sé si dará como para hacer el esfuerzo… Menos que el cannabis, seguro.

-Cuando menos, nos libramos de unos cuantos cientos de libros, no nos caben a pesar del tamaño de la librería. Yo creo que podría funcionar. La gente necesita huir de la miseria cotidiana. Pero los ingresos de la mayoría no dan para comprar libros nuevos, apenas para comer y pagar el alquiler. Pero libros viejos, sí. Además se venden bibliotecas particulares por poco menos que nada. Podría proponer a los propietarios que, en vez de medio regalarlas a revendedores, me las dejan en depósito fijando un precio de común acuerdo y vayamos a medias en los beneficios. Yo pongo el local y la vendedora, que seré yo misma; y ellos, los libros. Empezamos por hacer una selección de los nuestros; nos quedamos con aquellos de los que no queramos prescindir y vendemos el resto.

-Pero el local cuesta dinero y hay que sacar para el arrendamiento.

-El zapatero de aquí a la vuelta, de Augusto Figueroa, me ha dicho que un cliente suyo tiene un localín pequeño en la calle Cartagena y me lo dejaría bien de precio. He quedado en ir a verlo mañana.

***

(GRABACIÓN. MADRID 2011)

¿Y montó la tienda de libros?

–Sí. La tuvo pocos años; me figuro que no sacaría mucho. Al liquidarla se quedó con los libros a los que no dio salida. En la primera página ponía el sello con su nombre y la dirección de la tienda en la calle Cartagena, creo que era el número 38. Tengo aún uno por aquí como recuerdo. El abuelo rebuscó entre sus libros. Mira, este es de Wenceslao Fernández Flórez, de 1931; anécdotas de las Cortes Constituyentes de la República. No sé si estaría prohibido. ¡Si la pillan igual hubiese tenido un lío! Dijo abriéndolo por la primera página. ¿Ves el sello?

–¡Qué curioso! ¿Y eso funcionaba?

–Date cuenta que bibliotecas públicas en barrios apenas existían; antes sí, cuando la República se abrieron muchas de ayuntamientos y centros obreros y “Casas del pueblo”. El intercambio era una manera de poder leer sin gastar apenas dinero. Me figuro que Mari lo hizo por mantenerse activa fuera de casa. ¿Ingresos?: debían dar para mantener el alquiler y poco más.

sello

Sello de la tienda de libros usados

-Me hubiera gustado conocer a tu hermana y la casa de Hortaleza. Habláis tanto de ella.

-Es que fue un refugio para casi toda la familia. Salvo Adolfo, por allí pasamos temporadas más o menos largas todos los hermanos y mi madre, que murió en ella. Cuando las cosas fueron mal en Oviedo, fue el lugar de acogida. La casa de Mari y Paule siempre estuvo abierta para todos. Era grande, aunque vieja. Los dormitorios individuales eran justitos, pero había muchas estancias. A la vez era acogedora y cómoda en el sentido de que, salvo el despacho de Paule, en el que todo estaba en su sitio, todo lo demás era un caos organizado. Eso sí, cada estancia tuvo su función. El salón-biblioteca poco después fue academia de corte y confección. De hecho, cuando se cerró la academia la seguimos llamando así toda la vida. Los balcones yo creo que no se limpiaron nunca, solo con las mangas del jersey o la camisa cuando nos asomábamos a tomar el aire. Recuerdo los autobuses de la línea 7, que los compró el Ayuntamiento en los años cincuenta, los Leylan ingleses de dos plantas. Desde el balcón el techo pasaba al “ras”; casi podías dar la mano a los pasajeros de la planta superior. O en Semana Santa para ver las procesiones, los “pasos” rozaban el balcón bamboleándose de un lado a otro.

-¿Y todo lo demás eran dormitorios?

-¡No! ¡Qué va! Además del de Paule y Mari había un montón de cuartos. Pero las estancias que daban al patio interior, a la izquierda del pasillo, no se usaban como dormitorios. La primera estancia al inicio del pasillo era una especie de vestidor donde se probaban las clientas los encargos de trajes y vestidos y el siguiente a su lado era el costurero, con una mesa corrida y alta para trabajar, de pie, los patrones. Y dos máquinas de coser que eran las que estuvieron antes en la casa de Oviedo de mi madre. Esos dos cuartos tenían sus respectivas puertas y entre ambas estancias tenían además una comunicación que estaba interrumpida por un gran espejo, casi de  la medida de la apertura, de unos dos metros de alto y metro y medio de ancho que era oscilante. La parte del cristal se podía poner tanto hacia una habitación como hacía la otra con tan solo girarlo sobre su eje.

-La verdad es que tenía que ser curiosa.

-A la vez entrañable e inquietante. Los pequeñajos de la familia iban  a la carrera por el pasillo oscuro porque les daba algo de miedo tanta estancia a todos lados.

Carolina siempre añoró no haber conocido esa casa. Y, casualidades de la vida, unos años después leyó nada más publicarse, en el año 2014 poco antes de morir el abuelo, la novela de Almudena Grandes Las tres bodas de Manolita; curiosamente sitúa parte de la acción en la tienda de semillas de Hortaleza 70. Se ve que ese edificio tiene magia.

De vez en cuando Carolina lo visita por fuera, le gusta esa parte del barrio. La tienda de simientes es ahora una óptica en la que han tenido el buen gusto de conservar, no solo el cartel de fuera, sino el mobiliario antiguo con los estrechos cajones de semillas que hoy albergan monturas y gafas. Al otro lado una clínica dental en el lugar que el abuelo contaba que hubo una pastelería en los años sesenta y setenta. Siempre que pasa mira hacia arriba: los dos balcones del primero izquierda. “Hay visillos; se nota que está habitada. ¿Cómo será ahora? ¿Quién vivirá? Si no me diera tanto corte molestar (herencia del abuelo), subiría ¡Cualquier día me atreveré!”.


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Capítulo 27

Pisaré sus calles nuevamente. Todos los capítulos publicados
Novela histórica de Pablo Fernández-Miranda de Lucas, por entregas en Nuevatribuna

Capítulo 28 Madrid-Oviedo. Finales de octubre de 1939