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miércoles 18/5/22

Capítulo 27 Txíscovo. Agosto de 1938 a mayo de 1939

Clase de gimnasia

–Cuando saques la cabeza del agua coge una bocanada de aire de una sola vez. Al meterla, échalo poco a poco; cuenta hasta tres antes de terminar de soltarlo. ¡Escúchalo salir con un buuuu!

Tino, haciendo pie con el agua por la cintura en un tramo del entrante del lago junto al embarcadero, daba instrucciones a un niño de unos diez años que flotaba ayudándose con las manos agarradas a las corcheras; estas delimitaban un espacio en el que no cubría y en el que chapoteaban otros cinco chavales más intentando mantenerse a flote.

–Haced todos lo mismo, se tendió en el agua boca abajo para mostrar en qué consistía el ejercicio.

–Al coger aire encoged las piernas como hacen las ranas y al meter la cabeza para echarlo, dais patada a la vez con ambos pies abriendo las piernas todo lo que podáis para luego juntarlas otra vez. Con las manos sujetaos a las corcheras; cuando flotéis bien y os salga la respiración y la patada, pasaremos al movimiento de manos de la braza.

En el entarimado del embarcadero observaban una mujer y un hombre, ambos de porte atlético y elevada estatura. Ella era la profesora de natación y de gimnasia, Svetlana. El varón, delegado de deportes del soviet del distrito, que coordinaba la organización de unos campeonatos de la comarca y estaba visitando la Casa de Pravda para seleccionar competidores de ese centro.

–Veo que tienes un joven ayudante español.

–Le gusta enseñar y le entienden mejor que a mí. Me está dando buenos resultados centrarme en los mayores. Los que tienen aptitudes enseñan, a su vez, a los pequeños.

-Se ve que le hacen caso. ¿Qué tal nada él? ¿Podemos incluirle en los campeonatos?

-Para la prueba de espalda, sí. En las otras no porque ha tenido un problema importante en el oído y no debe de meter la cabeza. A mariposa imposible. En crawl y braza tiene que nadar sin meterla del todo y pierde velocidad, claro. Cuando entrena se pone tapones. Se los hace él mismo con cera y sebo.

-Bueno, pues en espalda, si crees que lo puede hacer bien.

-Lo hablaré con él. De todas formas, donde sí quiero que compita es en gimnasia deportiva. Sobre todo en suelo es muy bueno.

-Y en el oído, ¿qué le pasa?

Svetlana le contó al delegado del soviet.

–El chico no ha tenido una buena primavera. Primero le picaron un montón de avispas y tuvo una fuerte alergia. Después, como consecuencia de las plagas de mosquitos, ya sabes que en toda la zona se producen muchos casos de malaria, parece que a los españoles les afectan aún más o tienen menos anticuerpos. El caso es que tuvieron que enviar al hospital a muchos de ellos, entre ellos a Tino. El tratamiento a base de quinina puede ser perjudicial para el oído. El caso es que, o se pasaron de dosis, o se le complicó por la alergia que desarrolló anteriormente por las pica- duras de las avispas, pero el hecho es que se le infectó el oído izquierdo y no mejoraba –continuaba la profesora con la explicación–. En el informe del médico que enviaron a la Casa ponía que la quinina es ototóxica y se diagnosticaba síndrome de cinconismo cronificado. Y añadía que se había previsto una operación consistente en una trepanación. Pero al día siguiente, cuando suponíamos que tendría que estar en el hospital de Moscú, convaleciente por el posoperatorio, apareció Tino en la Casa. El director, sorprendido, le llamó para que se explicara y nos pidió a mí y a un maestro español que estuviéramos con ellos en el despacho. Te lo cuento para que veas cómo son de peculiares estos españoles.

–Continúa, has conseguido intrigarme.

El director le preguntó que si acaso le habían dado el alta sin operarle y Tino le respondió: “más o menos”. Panshin, insiste: “¿Qué quieres decir?”. No sé si no entiendo tu respuesta por un problema del idioma. La respuesta es sí o no, pero más o menos no es adecuada a la pregunta. A lo que el chico respondió: Bueno… “más o menos” porque no he preguntado si me daban el alta. ¿Entonces?, preguntó el director desconcertado y nada acostumbrado a que alguien se saltara olímpicamente una orden del médico. “Entonces he cogido mi ropa, que estaba en una bolsa atada a los pies de la cama, me la he puesto y me he venido. Si pensaban que me iban a trepanar, de eso nada”. Arregui, el maestro español, quería contener la risa. El director y yo nos mirábamos desconcertados. ¡Con estos Ispansi tenemos que trabajar! Es difícil entenderlos. Son individualistas para tomar decisiones a su antojo, pero luego hacen piña colectivamente para respaldar lo que uno ha hecho. Se defienden y se protegen mutuamente.

–Ya veo, no debe ser fácil trabajar con ellos.

–Si no te aburro te cuento otro suceso de…, hará como un mes. Tuvo movilizada a la población de la comarca.

–Al contrario, me viene bien; voy a tener que tratar con los que vayan a la competición.

Svetlana relató al delegado cómo dos hermanos, los Moro, estudiantes aquí en Pravda, tienen otro hermano menor que fue enviado a Odesa, porque venía delicado de salud desde España. El clima y los cuidados le sentaron bien y se fue recuperando a lo largo del curso. Llegaron car- tas suyas que les tranquilizaron. Desde que acabó el curso anterior, los hermanos mayores estuvieron insistiendo para que antes de comenzar el siguiente, fuese trasladado a Pravda para estar juntos. Pero a pesar de múltiples cartas e instancias de los profesores y la dirección, la burocracia lo iba retrasando. Mediado el mes de julio y faltando poco más de un mes para el inicio del curso, tenía pinta de que no se iba a resolver. En ese caso sería, al menos, otro año más de separación. Ni cortos ni perezosos los dos Moro dejaron una carta en la que decían que se iban al bosque hasta que llegara su hermano, en señal de protesta, y que si no llegaba en quince días, se irían ellos por sus propios medios hasta Odesa para reunirse con él. Pero que, de una forma o de otra, estarían juntos los tres. Y desaparecieron.

Profesores, bomberos y todo el personal de la Casa los estuvieron buscando durante dos días, pero no aparecían. Dieron parte a la policía que, junto con paisanos de la aldea, ampliaron la búsqueda.

Los profesores españoles, que conocen mejor su forma de ser y actuar, llegaron a la conclusión de que algo sabían los compañeros de los Moro, porque no se les veía nada preocupados. Invirtieron la táctica de búsqueda y se instalaron en escondites separados. Finalmente vieron a dos de los educandos, un tal Ramón Moreira y otro al que llaman Maximino, llevando una talega llena internándose en el bosque con aires huidizos. Les siguieron y, en veinte minutos, dieron con los fugados, que habían hecho un escondite con unos capotes encerados cubiertos por un techo de ramas perfectamente camuflado. Dentro estaban bien provistos. Estaba claro que habían tenido la ayuda de un buen número de compañeros. Sin embargo, nadie había hablado y cuando los encontraron aún se negaban a volver. Tuvieron que prometerles que si no se resolvía antes uno de los profesores viajaría a Odesa con el hermano mayor. No hizo falta. A primeros de agosto llegaba el pequeño a la Casa reuniéndose, por fin, todos los hermanos.

–Una curiosa mezcla de individualismo y solidaridad colectiva. Difícil de entender –comentó el responsable del soviet.

–Dicen que el español es de los pocos pueblos al que sus defectos les favorecen.

***

El fin de semana del 10 y 11 de septiembre de 1938 se disputó el campeonato de gimnasia deportiva de Moscú de todas las categorías, infantil y sénior, tanto femenina como masculina.

El equipo de la comarca de Pravda se había formado entre los distintos gimnasios de sus poblaciones. De la Casa Número 1 de españoles habían entrado, en los equipos femeninos, dos niñas en infantil y una en juvenil. En los masculinos, uno en infantil y otro en juvenil. Tino era el de menos edad entre los juveniles de todos los equipos del campeonato.

El gimnasio en el que se celebraba era enorme, al estilo ruso. Había dos pistas completas con todos los aparatos de tal manera que podían competir hembras y varones simultáneamente. Los equipos de Pravda llevaban sudadera blanca en el torso y pantalones azules. Bajo el chándal para competir, los equipos femeninos, malla roja sin pernera ni mangas y cuello redondo. Y los masculinos, pantalón corto blanco y camiseta roja de tirantes. En todas las prendas figuraba al escudo de Pravda.

Las zapatillas, parecidas a las de ballet, pero sin puntera y del mismo material: una finísima piel toda ella, incluida la suela, y con un elástico sobre el empeine.

Hacía un rato que había comenzado la ronda de los seis equipos del Óblast (región) de Moscú y ahora le tocaba el turno al juvenil de Pravda en la categoría de suelo.

Estaba comenzando su ejercicio el participante que precedía a Tino; le quedaban pocos minutos para competir. Se despojó del chándal y finalizando su calentamiento “tiró” un par de equilibrios a pulso. Había desarrollado una ancha espalda y potentes pectorales para su edad. Aunque, por propia morfología, se diferenciaba del estándar del gimnasta. Era mucho más delgado. Su musculatura no era redondeada sino fibrosa. Probablemente, además de la genética, influyera la combinación con de- portes aeróbicos como el esquí de fondo o el patinaje.

Era su turno. Saludó al jurado en posición de firmes y levantó el brazo izquierdo hasta la vertical para indicar el inicio. A partir de ese momento tenía tres segundos para comenzar. Su posición partía de una de las esquinas del cuadrado que formaba la lona. Era obligatorio completar, al menos, dos diagonales y los cuatro laterales. Inició la primera diagonal con carrera; al llegar al centro hizo una rondada con dos flixflax seguidos clavándose de pie en el ángulo contrario. Movió sus pies cuarenta y cinco grados para comenzar el primer lateral: equilibrio a puente encadenándolo con una serie de molinos rusos en los que su pierna extendida pasaba velozmente bajo la flexionada que se elevaba a su vez para dejarla circular bajo ella. De ahí, en escuadra desde el suelo, subió el equilibrio a pulso. Continuó el ejercicio combinando figuras de salto, paloma, rueda árabe con una “quinta” hacia atrás y varias planchas de fuerza. Le dieron una ovación al finalizar; los chicos y el entrenador le felicitaron efusiva- mente. También se acercaron a darle la enhorabuena las compañeras de los equipos femeninos de Pravda.

Continuó el campeonato haciendo la ronda completa de aparatos: potro de saltos, barra fija, paralelas, anillas y caballo con arcos.

Aurora Osorio bordó el ejercicio en la barra de equilibrios con unos saltos elevados. Tino la miraba con el corazón encogido. Siempre que veía a las mujeres en esa barra se le ponían los pelos de punta: “menos mal que no era especialidad masculina” pensaba. Se había subido alguna vez y tenía la sensación que en cualquier momento pudiera caerse espatarrado y romperse los “huevos”. Sin embargo las chicas tenían una soltura inexplicable, sin aparente miedo a “escoñarse”. La soltura y elegancia de Aurora fue premiada con “oro”.

En el resultado final Tino fue el primer clasificado en suelo y tercero en paralelas. Recibió sus primeras medallas, una de color dorado y otra de bronce con la estrella de cinco puntas del Komsomol. “Que pena que su familia no estuviera viéndolo. Si al menos se lo pudiera contar en una carta”.

***

Las hojas de las hayas y los robles que rodeaban Txíscovo comenzaron a teñirse de ocre, amarillo y rojizo. Cuando el sol caía el bosque parecía arder al iluminarse con la luz sesgada. A las pocas semanas todo el exterior de “la Casa” recibió una intensa lluvia de hojarasca durante varias semanas. Los jardineros no daban abasto y los chicos se organizaron para hacer recogidas de hojas, sobre todo en el campo de fútbol. Querían aprovechar esas jornadas para los últimos partidos antes de que se helara el terreno y los bomberos lo convirtieran de nuevo en pista de patinaje. Sin casi darse cuenta, el ciclo de la naturaleza avisó de su presencia anunciando la fiesta con ese confeti blanco al que llaman nieve.

En el mes de enero de 1939, quizás los Reyes Magos, les trajeron un regalo: Concha Fernández, una nueva maestra que procedía de Barcelona. Doña Concha sería una nueva madre, que sustituiría sentimentalmente a doña Enriqueta, la esposa de Pablo Miaja. Aunque mucho más joven, doña Concha transmitía confianza; las niñas y las jovencitas se refugiaban con ella más que con otros maestros y cuidadores sin una aparente razón ya que casi todas ellas se desvivían por atenderlas y mimarlas.

Como tantas cosas en la vida, el “regalo” que recibieron con su llegada era consecuencia de algo negativo. Barcelona había caído. El general Yagüe había entrado en la ciudad, era la derrota republicana. Las noticias habían llegado esta vez rápido a Pravda, por su trascendencia, y habían caído como una losa sobre todos. También a los profesores se les veía afectados.

Concha Fernández era dirigente de las Juventudes Socialistas Unificadas y una destacada dirigente de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza de UGT. Salió por mar unos días antes de la caída de Barcelona porque el avance, por el sur, de las tropas franquistas la cogió en San Carlos de la Rápita y tuvo que huir precipitadamente en una barca de pesca para recalar en un puerto mayor, desde donde se organizó una de las salidas hacia la URSS. Desde las Casas de Niños se llevaba tiempo solicitando al Ministerio de Educación el envío de maestros cualificados; los que estaban eran insuficientes en relación al número de alumnos.

Concha, conocedora de esa situación, movió rápido los hilos para trabajar con los equipos de enseñantes españoles.

Ese segundo curso en Rusia conllevó cambios imperceptibles pero transcendentes en el sexto curso, el de los catorce a quince años. En los anteriores, los chicos y las chicas hacían “rancho aparte” y hasta se rehuían para jugar y charlar separados. En este buscaban acercamiento.

En el curso pasado les habían llevado un par de veces al famoso circo de Moscú. Sobre todo quienes atraían su atención eran los payasos, los magos, los números con tigres o caballos. Este año las miradas de ellos se iban tras las piernas de las trapecistas; las de ellas hacia los bíceps y los dorsales de los equilibristas.

Las pandillas se fueron conformando de forma mixta por afinidades; dentro de cada pandilla comenzaban las primeras atracciones, caminar de la mano, los fugaces roces y algunos besos.

También se notaba en el vestir. Las chicas habían comenzado tiempo antes a poner cuidado en ello, acicalándose meticulosamente, pero a ellos también les llegó el turno. Curiosamente no seguían las pautas de la moda rusa sino lo que ellos entendían que era moda española. Los rusos llevaban pantalón de pernera de pitillo, los españoles acampanados. Las rusas llevaban largas temporadas leotardos, las españolas prescindían de ellos cuando aún el frío enrojecía la piel; y las faldas eran más cortas. Frecuentemente se hacían la ropa en los círculos de costura.

Los círculos, a veces, fomentaban y consolidaban aficiones. Arte, literatura, pintura, música, baile, deportes. Comenzaban a afianzarse los gustos de cada cual, las tendencias y distintas sensibilidades. Ese año tuvieron un importante avance en sus resultados, y de los talleres salían exposiciones de dibujo, conciertos de música dentro y fuera de la Casa, así como exhibiciones de danza y ballet y competiciones deportivas. Casi todas semanas, conocidas figuras de artistas y deportistas departían con ellos y les daban clases magistrales. El círculo de pintura y escultura lo dirigía el maestro toledano Alberto Sánchez que sería, posteriormente, célebre escultor.

Tino era asiduo del círculo de deportes, aunque también asistía, por motivos diversos que luego aclararemos, al de literatura. Nunca se le olvida- ría la conferencia de Iván Papanin, el explorador ártico que ese mismo año había dirigido la primera expedición científica en las proximidades del Polo Norte. En su visita se leyeron los versos de uno de los estudiantes de la Casa Pirovorskaya, José Fernández Sánchez, que luego, en 1971 escribió el libro Mi Infancia en Moscú. Sus estrofas, de aire juvenil, decían:

Tú conquistaste el Polo
Lo que nadie hizo en la tierra
Y en el centro enarbolaste
La gran bandera soviética.

Cuando se lo tradujeron a Papanin, este les aclaró que “en el centro, centro” no había estado, aunque sí muy cerca. Pero agradecía los versos. A ellos les daba igual grado arriba, grado abajo. Papanin era su “Héroe” condecorado por la URSS.

La vocación instintiva de Tino era la deportiva. Los exámenes los iba sacando adelante; pero donde se sentía pleno era en esas actividades. Comenzó la temporada de nieve y, tras las clases, pasaba más de una hora en la pista de patinaje y, hora y media o dos, hasta la cena, en el gimnasio. Los fines de semana salían al bosque con los esquís de fondo. Parecía que lo hubiera practicado toda la vida. El invierno anterior había sido largo y los casi seis meses de nieve dieron para ejercitar en abundancia.

El domingo hacía veinticinco grados bajo cero. En el vestuario se quitaron las botas y el gorro de piel. Los rizos de su pelo estaban brillantes como si se hubiese echado brillantina. Las horas intensas de actividad generaban calor suficiente como para traspirar, a pesar de las bajas temperaturas. Había salido a las nueve de la mañana y estuvieron cuatro horas en el bosque.

Ese día, temprano, salieron cuatro chicos y tres chicas con el instructor de esquí. Había nevado los días precedentes y estaban tapadas las pisadas anteriores. Se turnaban cada diez minutos para abrir huella. Al mantenerse todo el tiempo por debajo de los cero grados la nieve no se licuaba y por ese mismo motivo tampoco se helaba sino que se mantenía seca y profunda. El primero en pisarla, a pesar de sus esquís, se hundía más de una cuarta y para mantener un ritmo de marcha alto debían relevarse. Con frecuencia encontraban huellas de zorro y de perdiz blanca. Los lobos y los osos procuraban mantenerse en la espesura, alejados de las zonas donde transitaran los humanos.

Tras deslizarse una considerable distancia salieron a un claro del bosque con pendiente algo pronunciada. Allí se dedicaron a palear nieve para fabricarse obstáculos y trampolines naturales. Una vez preparado el blanco salón de juegos se turnaron para saltar a ver cuál llegaba más lejos. A la vuelta aprovecharon la huella marcada por ellos mismos para echar una carrera hasta la Casa, de ahí que llegaran sudando al vestuario. El instructor aprovechó para prevenirles:

–Si en vez de tener previsto la vuelta a la Casa tuvieseis planificado haber hecho paradas; o en el caso de que hubiera niebla y pudierais perderos, no debéis de correr; tenéis que ir despacio para no sudar ya que, si tenéis que pararos, con estas temperaturas en pocos minutos podríais congelaros. Salvo que no haya ningún problema para llegar a cubierto, como ahora, cuanto más frío, tan despacio como sea preciso para no transpirar.

EXTRACTOS DE LA CARTA DE LOLA A TINO

Eupatoria, Crimea 1 de mayo de 1939 Querido Tino:

He esperado a escribirte hasta hoy, 10 de Mayo, día de fiesta y a la vez de lucha de todos los trabajadores del mundo para que hubiera algo bonito que celebrar y poderte desear una feliz jornada; aunque sé que te llegará bastante después.

Y he estado esperando porque desde que me enteré que Franco ha ganado y la República ha caído, no quería escribirte solo con cosas tristes.

Imagino que en vuestra Casa estaréis tan apesadumbrados como aquí. No podemos pensar más que en las familias y amigos: si estarán vivos, huyendo o en la cárcel. Me consuela pensar que los tuyos, como sé que quedaron dentro del cerco de Oviedo, no habrán corrido tantos riesgos. Ojalá sea así y estén perfectamente.

Nuestra esperanza de volver pronto a España se apaga y pensar en el regreso a un país gobernado por los fascistas no produce ninguna ilusión. Pero creo que no todo acabará así tal y como está Europa; es lo que dicen algunos de los maestros que saben más y esperan que puedan cambiar las tornas.

Pero ese desastre no debe impedirnos seguir adelante y que las cosas del día a día las disfrutemos. Yo lo he hecho con tu carta en la que me contabas, ¡como de pasada!, algo tan importante ¡Que ganaste una medalla de oro de gimnasia! ¡Nada menos! Me gustaría verte en un campeonato. Seguro que en el futuro será posible.

Muchos, muchos besos,

Lola.


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Capítulo 26

Pisaré sus calles nuevamente. Todos los capítulos publicados
Novela histórica de Pablo Fernández-Miranda de Lucas, por entregas en Nuevatribuna

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