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viernes 27/5/22

Capítulo 18 | Leningrado. Octubre de 1937

Con este capítulo se inicia la 'Segunda parte 1937-1942'. Para leer anteriores capítulos ir al blog.
crucero aurora
Botadura del Crucero Aurora, 11 mayo de 1900. (Foto Público)

SEGUNDA PARTE 1937-1942
Capítulo 18 | Leningrado. Octubre de 1937


выход. Delante tenían un enorme cartel, con esa inscripción, hacia el que se dirigían en formación. El traductor había señalado allí indicando a los maestros que fueran hacia él.

Significa salida –les dijo alzando la voz a la vez que señalaba extendiendo el brazo–.Tras la cancela del puerto les esperan los autobuses. Vayan hacia la barrera que hay debajo de ese letrero.

A los oficiales les había costado que la marinería y los civiles volvieran a sus sitios. Los maestros y cuidadores hicieron formar a los niños. Otra vez los contaron y recontaron por números. Habían hecho grupos de cincuenta con un maestro y un cuidador por cada uno. En el de Tino se mantenían juntos la mayor parte de los procedentes de Salinas. Arregui y Olvido eran los designados para organizar su grupo. Según iban numerando, oyó el suyo: “Catorce”.

¡Presente! –voceó para ser oído. Una vez que comprobaron que estaban todos en formación, se dirigieron hacia el cartel de salida a la ciudad: Los oficiales señalaban también el letrero y pronunciaban vijád (salida), o algo parecido.

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Detalle fotográfico de pintura conmemorativa de una de las evacuaciones de niños.

Una vez que subieron a los autobuses, Olvido dijo que primero los llevarían a los baños públicos y cuando estuvieran bien aseados irían al hotel a comer y descansar.

En el trayecto pudieron comprobar que la ciudad estaba surcada por canales, y las calles unidas por multitud de puentes las que iban atravesando. Se detuvieron frente a un gran edificio de ladrillo rojo; entraron a través de sus enormes salas. El día era caluroso para ser octubre, pero en el interior hacía más calor aún. Cuando llegaron comprobaron que otros grupos les habían precedido y había bastante revuelo; sobre todo las chiquillas, que hacían grandes aspavientos, y las cuidadoras parecían acompañar sus gestos con claros movimientos de negación con la cabeza. Según fueron escuchando comprobaron que la discusión consistía en que las encargadas de los baños, unas grandes y gordas mujeronas de altos pómulos, daban instrucciones para que niños y niñas compartieran vestuario, se desvistieran y entraran a unas duchas que consistían en un pasillo en forma de ele con grifos a ambos lados, para ir duchándose supervisados por las encargadas. Estas llevaban una especie de enaguas que apenas ocultaban las grandes curvas de su abultado cuerpo. Ellos permanecían tímidamente silenciosos, las niñas, en cambio, divididas según su carácter: unas algo encogidas y recatadas; otras chillando a coro su protesta, que se hacía más potente al comprobar que también los maestros y cuidadores les daban amparo y gesticulaban su negativa cabeceando fuertemente de lado a lado.

Los traductores consiguieron poco a poco calmar el “guirigay”. Las maestras españolas explicaron que en su país eso estaba mal visto y ese era el motivo del revuelo que aquellas encargadas, con aspecto de matronas, no conseguían entender. Los traductores fueron explicándoles a las rusas cuál era el problema. A medida que se lo contaban los ojos de aquellas grandes mujeres se iban abriendo más y más por efecto de algo que les parecía sorprendente e inaudito.

Tras un buen rato, fueron separados por sexos y se les asignó vestuarios y duchas diferenciadas.

Todo el personal de la casa de baños eran mujeres que habían debido recibir claras instrucciones de supervisar que el enjabonamiento fuese  a fondo. Los pequeños se comportaban con toda naturalidad, pero a los más crecidos se les notaba “el pavo”. Tino no sabía donde posar los ojos para no fijarlos en las “mollas” que se pegaban a las enaguas ya empapa- das de esas mujeres que no dejaban nada a la imaginación.

En las duchas asignadas a féminas flotaba en suspensión el vapor desprendido por el agua caliente. Bajo los chorros reían Lola, la guapa chica que había falsificado su edad para poder ir de cuidadora, y dos de las maestras, su hermana Julia y Aquilina, unos años mayores que ella. La piel morena de Aquilina contrastaba con la blancura de las hermanas:

-¡La que hemos montado cuando pretendían que usáramos las mismas duchas que los chicos! –recordaban entre carcajadas.

-¡A quién se le ocurre! Y lo que les ha costado entenderlo –decía la mayor, que se carcajeaba aún más. Era su segundo viaje a Rusia; ya tuvo que exiliarse anteriormente a raíz de la revolución de octubre del treinta y cuatro y estuvo algo más de un año, hasta que volvió a Asturias para participar en la campaña de abril del treinta y seis en las elecciones que ganó el Frente Popular.

-Es que en los países nórdicos lo del cuerpo no se rodea del mismo misterio que en los mediterráneos, donde los curas mandan mucho. Aquí se ve más natural.

Se nota que llevan veinte años de revolución.

-¡Qué va, Lola! No es por eso. Esto viene de siglos y no solo en Rusia. En estos países, de siempre, ha habido baños de vapor y saunas como espacio compartido.

-Allí ni con cien años de revolución.

-Pues aunque hace un momento estaba indignada dando voces como la que más, ha sido que me salió así, de dentro, pero pensándolo bien me parece más natural lo de aquí.

Tras la ducha les dieron toallas y, una vez secos, aún en pelotas, les formaron para la inspección médica. También los maestros fueron revisados, ya que habían compartido barco, mantas y probablemente piojos y otros parásitos. Arregui destacaba por su muñón en el brazo, cuya ausencia, sin ropa, se hacía oír como un clamor. Aún permanecía tierno y contrastaba con el resto del color de su piel con un rosáceo irregular, más intenso en las zonas hendidas.

Ante el más leve indicio de parásitos en los cabellos, les echaban un ungüento oscuro, de pez, de un intenso olor a brea. En otros casos detectaron sarna y les suministraron unos polvos de tono amarillo azufre, anotando sus números y nombres para que los cuidadores se encargaran de continuar el tratamiento.

Al salir de los vestuarios, vestidos con las nuevas ropas que les habían suministrado, alegremente se embromaban unos a otros. Ellos habían recibido una especie de vestidos de marineros. Los más pequeños llevaban pantalón corto y leotardos y a partir de los que habían cumplido once años, pantalón largo, camisa blanca y una chaqueta con botones dorados y galones en la bocamanga. Les dieron una gorra de paño azul con visera de charol negro. Los pequeños, sandalias y los mayorcitos, zapatos; los calcetines eran azules. Las niñas llevaban blusa satinada blanca; rebeca y falda, ambas azules. Para rematar llevaban tocada la cabeza con un gorro blanco de ala blanda con un pompón azul.

Se reían todos de todas y todas de todos.

-Parez que vas a facer la primera comunión un poco crecidín –le dijo Jimena, una niña de la misma edad que Tino y que habían coincidido en los últimos meses de Salinas cuando llegaron los huérfanos de los mineros–. Talmente como un señoritu del pan pringau, con galones y chorreras
–se burlaba divertida.

-Pues tú pareces una pastelín: tan brillante –contestó Tino riendo– hasta con guinda en la cabeza –señalaba hacia el pompón–.Así se guaseaban unos de otros, en el fondo encantados con sus vestidos de gala. Luego les contaron que era el que llevaban los pioneros soviéticos en desfiles y grandes ocasiones. Alguno, por darse importancia, todavía ponía pegas.

-El pantalón es un poco basto; me pica.

-El que no está acostumbrao a bragues les costures fainlen llagues -comentó Jimena, que tenía ocurrencias para todo.

Solo había una niña, Elvira, con cara enfadada, que explicaba a todo el que la quería oír que le habían robado el vestido que traía de España.

-Era un vestido beige con nido de abeja en el torso, me lo compraron mis padres para el viaje. ¡Me lo han robado esas rusas gordas!

Elvira era cántabra, sus padres llegaron a Gijón huyendo desde Santander y era una familia con más “posibles” que la mayoría.

El resto de los pequeños no echaban de menos las ropas con las que venían de España. Casi todas gastadas y sucias. Gustosamente aceptaron el cambio por las que les dieron nuevas. Les habían vacunado, aunque no sabían de qué, pero les entregaron unas cartillas sanitarias. A los pequeños se las colgaron del cuello con una cinta. En ellas constaba el resultado de la revisión, diagnósticos y vacunas, todo en cirílico. Se les suministró cepillos de dientes con cajitas de polvos dentífrico y jabones con formas de frutas y animales.

-A esti diéronle unu con forma de manzana y va y le mete un bocau, el famientu d’el. ¡Después le salía espuma por la boca!

-Pues quien fue a hablar, faltote pocu pá desmayate cuando viste a aquella muyer con una jeringa más grande que otru pocu.

Tras un rato de distensión y bromas salieron los cuidadores y maestros hechos unos pinceles. Entre las mujeres, Tino vio salir a Lola, su pelo aún húmedo relucía con la luz del sol. Llevaba una chaqueta azul sobre una blusa blanca y una recta y elegante falda gris perla, a la moda, por debajo de las rodillas.

Se subieron a los autobuses y en escasos minutos, al poco de pasar la estación de tren, se detuvieron frente a un impresionante edificio: El hotel Oktyabraskaya (Octubre), donde se alojarían hasta que se organizara la distribución de sus destinos definitivos. El suave gris de la fachada estaba equilibradamente horadado por centenares de ventanas de rectángulos verticales que parecían señalar al piso superior y, el último, proyectándose hacia el propio cielo. La planta inferior seguía la misma estructura, en este caso de pórticos elevados en la misma disposición rectangular de los ventanales. Más adelante, aprovechando para que les empezaran a sonar algunos términos de arte arquitectónico, les explicarían que era un edificio neorrenacentista.

En el interior todo era majestuoso. Para ver los techos artesonados había que forzar el cuello hacia arriba. Atravesaron el gran hall; sus pisadas quedaban amortiguadas por una mullida alfombra granate con dibujos orientales.

Guardaban un respetuoso silencio, anonadados por el sobrecogedor lugar. Les distribuyeron en grupos de cuatro por habitación:

-“Trece, Catorce, Quince y Dieciséis –llamó Olvido siguiendo la numeración asignada. Ramón Moreira, “Quince”, un chico de León, se hizo cargo de la llave de la habitación.

-Tino, avisa a esos dos pasmaos que nos sigan, nuestra habitación está en el segundo piso.

-¡Trece, Dieciséis!, corred, que Quince ya va por las escaleras.

– Estí nos deja tiraos –dijo “Trece”, un chaval de Infiesto –menudu cazurru; ya se ve que ye leonés.

Una vez que se organizaron y trastearon en la fabulosa habitación, bajaron al restaurante a la hora indicada. La sala era alargada; a un lado estaban las mesas y al otro un ancho pasillo con arcos de herradura cada diez metros unos de otros. Situándose en un extremo, con la perspectiva, daba la sensación de que los arcos iban achicándose. Los camareros circulaban bajo ellos desde las cocinas; a lo lejos les veían salir desde unas puertas batientes: figuras vestidas de blanco. Al principio pequeños liliputienses que se engrandecían a cada paso y que al llegar a ellos parecían gulliveres provistos de enormes fuentes repletas de manjares.

Un traductor iba de mesa en mesa acompañado por un maestro.

– Hoy tenéis que aprender cuatro palabras de lo que hay en la mesa; mañana las tenéis que saber para poder pedir. Cuchillo es “nos”; si no lo sabéis decir tendréis que cortar las cosas con los dedos. Esto es fácil –dijo señalando hacia la sopa–: “sup”. No os quejaréis de que os lo pongo complicado. El pan, “khleb”. Y los camaradas camareros que os están trayendo todo: “tovarich afitsiant”; en caso de ser mujer la palabra acabaría en “ka” en vez de en “t”, o sea, “afitsianka” (camarera). Si no les llamáis así, tienen instrucciones de no haceros caso, así que ya sabéis.

Ese método de aprendizaje práctico, a lo largo de los meses posteriores fue combinado con las clases de gramática y dio un resultado positivo y rápido en la inmersión lingüística.

Al acabar fueron a unos espaciosos salones donde podían jugar y charlar. Tino vio que Lola se le acercaba: qué galán te ves de almirante –le dijo.

Tragándose su apuro se sintió un tanto ridículo así vestido, pero hizo de tripas corazón.

-Tú sí que estás guapa con ese vestido.

-¡Vaya! Veo que me has hecho caso y te apresuras a hacerte mayor; ya has aprendido a decir piropos.

 En los días siguientes les llevaron a conocer algunos símbolos relevantes de la ciudad y de la revolución.

Les anunciaron que visitarían el Palacio de Invierno. En el trayecto pararon a ver el crucero “Aurora” que permanecía, flotante, amarrado a uno de los diques de un gran canal. Les llamó la atención las tres grandes chimeneas, y sobre todo sus cañones. Pudieron visitarlo por dentro, sus salas estaban habilitadas como museo. Contemplando las fotografías expuestas explicaban que la noche de la revolución del 25 de octubre de 1917, según el calendario gregoriano era el 7 de noviembre, la tripulación se amotinó. La señal concertada por los bolcheviques para la insurrección era un disparo de su cañón a las 9:45 p.m. A esa hora, un fuerte estruendo se oyó en toda la ciudad y marcó el momento del inicio del asalto al Palacio de Invierno y el levantamiento armado en la ciudad con el que poco después los soviets tomaban el poder en Petrogrado, que es como se llamaba la ciudad hasta 1924, cuando murió Lenin y se lo cambiaron por Leningrado -tal como les habían dicho anteriormente. Incluso Petrogrado era un nombre reciente, antes de 1914 se llamó San Petersburgo. Se ve que la urbe era proclive a los cambios.

Después llegaron al Hermitage. Desde el exterior les explicaron que era una de las pinacotecas más importantes del mundo. Desde la gran plaza frontal señalaron los seis hermosos edificios que lo componen, dispuestos frente al espejo del río Neva. Pero ellos querían ver el principal: el del Palacio de Invierno; sus instintos infantiles estaban ávidos para evocar la gran aventura de la revolución; imaginarse a los marinos y soldados asaltando el Palacio más que a la observación reposada de las pinturas de los grandes maestros.

Aprovechando ese interés les hicieron sentarse en el suelo frente a un óleo de grandes dimensiones que representaba, precisamente, al crucero “Aurora” la noche de la Revolución, iluminando con un potente haz de luz de su reflector el cielo nublado de San Petersburgo bajo el que se libraba el enfrentamiento.

Fueron contándoles cómo, tras la rendición de los “junkers” (las compañías de cadetes), el Palacio quedó defendido solamente por un batallón femenino. Les enseñaron una foto de esa tropa de mujeres con aspecto fiero. Finalmente también se rindieron y el Palacio de Invierno fue tomado por los revolucionarios. Todas las obras de arte y el mobiliario fueron respetados escrupulosamente. Uno de los primeros decretos, promulgado por el Soviet a las cinco horas de la toma del poder, a propuesta de Troski, fue la prescripción de la ejecución sumarísima en los casos de pillaje, especialmente para los objetos de arte, joyas y metales preciosos.

Lola se acercó a Tino:

-¿Viste el batallón ese de muyeres zaristas? Nuestres milicianes son más guapes.

Tino se rió imaginando para sí a Lola vestida de miliciana. “Sí, desde luego, ella era más guapa”, pensó.

Luego prosiguieron la visita por los salones. Jamás habían visto una exuberancia semejante. Lámparas de araña y de cristales de lágrimas, relojes, cortinajes, chimeneas de mármol tallado, vidrieras… No sabían que pudiese haber tales cosas en el mundo.

-Hay unos tres millones de obras de arte. Si alguien viniera todos los días durante diez horas y se parara treinta segundos ante cada una, tardaría dos mil quinientos días en verlas todas. Casi siete años.

En vez de darles la murga teórica, procuraban distraerles con anécdotas que les hicieran interesarse por el arte. En la sala de Egipto les mostraron la escultura de Sejmet, una diosa con cabeza de león.

-Cuenta la leyenda que una vez al año, siempre con luna llena, por la noche aparecen en su regazo unas gotas rojas que parecen sangre y desparecen antes de llegar el primer visitante; algunos vigilantes han podido verlo.

Llamaba su atención la cantidad de cuadros de pintura española que tenían. El Greco, Ribera, Velázquez, Murillo. Ni en España habían visto ellos más de dos cuadros de grandes maestros juntos… Muchos, ni siquiera uno.

-¿Cómo habrán venido a parar aquí? –decía Ramón, el leonés.

Julia, la maestra hermana de Lola, aficionada a la pintura, le respondió:

-Algunos zares, las zarinas y la aristocracia de los últimos siglos eran muy aficionados al arte. Pero, sobre todo, poseer obras de arte era signo de poder y de riqueza. También hay mucha pintura de los Países Bajos, de Francia…

En una gran sala, cuyo suelo asemejaba un tablero de ajedrez marfileño, por el brillo de sus piezas de mármol blanco y negro contrapeadas, el guía se detuvo a explicar que la zarina Catalina la Grande había sido la gran impulsora del Hermitage como museo. A todos les sorprendió la pregunta de Lola.

-Y desde Catalina la Grande, ¿ha habido alguna mujer que haya sido directora del Hermitage?

El traductor quedó desconcertado y repitió la pregunta en ruso al guía asignado que, a su vez, le respondió haciendo gestos negativos.

-No, ninguna. Todos han sido hombres.

-Pues ya va siendo hora –respondió Lola– Sobre todo porque desde 1917 han transcurrido veinte años; ¡a ver si lo vemos pronto!; vergüenza tendría que dar que tenga que ser de la época de los zares la única, muyer al frente del Hermitage*.

Todo el grupo, aún sorprendido, prosiguió la visita. Los rusos haciendo que no habían entendido aunque el traductor les explicaba en voz baja y los españoles disimulando por si los otros se lo tomaban a mal.

En la sala de pintura holandesa Tino oyó que Julia llamaba la atención para que Lola se fijase en un cuadro de Van Dyck.

-Mira: ese es Carlos I de Inglaterra, si te fijas bien verás que hay tres guantes en vez de dos.

-¡Hermana, no se te pasa una! ¡Ya hay que fijarse!

-No lo había leído –contestó Julia riendo–. Yo creo que Van Dyck, que era un genio, o se equivocó o se cachondeó. El rey le había encargado otro cuadro anteriormente, que ahora está en Londres, en el que el monarca quiso estar representado en un tríptico: en el medio, la figura de frente, y a ambos lados, los perfiles contrapuestos del propio rey. Yo creo que el maestro pensó: “Ya que tienes el capricho de tener tres rostros, pues yo te concederé tres manos enguantadas, en otro retrato”; que es el que estamos viendo.

-En total fueron seis días los que estuvieron en Leningrado toda la expedición al completo. Mientras ellos habían estado visitando la ciudad y jugando en los parques cercanos, se había formado un comité organizativo formado además de por Pablo Miaja, como director de la Expedición; Eskotnikova, responsable de los “asuntos de evacuados españoles” en el Comité Central del Komsomol (organización juvenil comunista); Teres- chenco, jefe del Departamento para “las Casas” del Soviet en Enseñanza; y por Leonor Estévez, secretaria general del Socorro Rojo español que había acudido desde Moscú para ayudar en la organización de la recepción y más adelante sería también educadora en Pravda.

Habían establecido los criterios para formar los grupos de destino. Los más pequeños que estuviesen sanos, mayoritariamente a Ucrania. También irían a esa república los que estuviesen enfermos o débiles, con falta de peso o raquitismo, concretamente a Odesa. Allí el clima era más templado y extrañarían menos el de España. Además, en Crimea estaba el sanatorio de Eupatoria habilitado para tratamiento y reposo.

Entre siete y catorce años irían, preferentemente, a Moscú. Y los más mayores, desde catorce a diecisiete, se quedarían en Leningrado, donde se organizaría además de las casas infantiles, otra para jóvenes.

Eso era solo un criterio general ya que, en realidad, por no separar a familiares hubo que llevar de diferentes edades a todas las Casas; y puesto que hubo que organizar diferentes cursos, tuvieron que completar cupos mínimos, por lo que al final había de casi todas las edades en todas ellas, aunque en mayor o menor número.

Otro criterio importante fue tratar de que los que procedían del mismo lugar, no perdieran los vínculos que les quedaban, amigos, compañeros; y procurar que alguno de los maestros o cuidadores de origen permaneciese con ellos en el mismo destino.

Sin embargo, no siempre se consiguió. En poco tiempo tuvieron que organizar los traslados y a pesar del cuidado puesto en las fichas persona- les, como muchos eran muy pequeños, tuvieron que tomarles la filiación a ellos mismos o allegados, produciéndose errores en apellidos y otros datos. En una decena de casos los hermanos fueron separados debido   a esos equívocos y a la dificultad del idioma. Con posterioridad fueron reubicados para que volvieran a estar juntos.

Tino tuvo suerte, fue destinado a la Casa Infantil Número 1, denominada Pravda por el nombre de la estación de tren, a unos cuarenta kilómetros de Moscú. Prácticamente todos los procedentes de Salinas, unos cincuenta, permanecieron juntos. También varios maestros; el propio di- rector de la colonia, don Pablo Miaja y su mujer, doña Enriqueta; José María Arregui. Les acompañarían Olvido y Aroca, que habían sido personal de servicio en Salinas y se reconvirtieron en cuidadoras.

Al día siguiente partirían hacía Moscú, por lo que les dieron la tarde libre para despedirse de los compañeros, maestros y cuidadores que habían conocido en esa quincena pero que, por la intensidad de los acontecimientos y desde su perspectiva infantil, parecía ser media vida a la que decían adiós.

En uno de los amplios salones del hotel Oktyabraskaya, coincidieron Tino y Lola.

-¿A dónde te envían? –preguntó el chico.

-Voy a Crimea. Me han asignado al cuidado del grupo de los guajes que están más delicados. Parece ser que en la finca del orfanato de allí hay un hospital donde irán los que están peor; me han dicho que el clima es muy bueno. Mi hermana se queda de maestra en Leningrado –continuó Lola–. La verdad es que me alegra ir a atenderlos pero, por otra parte me hubiera gustado quedarme con ella, claro. No pudiendo ser eso, también me hubiese apetecido que vinieses. Me caes bien, Tino, hemos hecho buenes migues. A ti no te pregunto porque ya sé que los de Salinas vais cerca de Moscú.

-A mí también me hubiese gustado coincidir contigo, pero que hubieses venido tú; para no separarme de los maestros y de los amigos –contestó Tino.

-¡Claro!, ¡es natural! Además el que no vengas significa que estás sano y fuerte. Eso se ve a la legua –afirmó Lola. – Vamos a hacer una cosa: como no sabrás aún la dirección exacta del lugar a donde vas, voy a apuntarte la de la mía en Eupatoria y me escribes en cuanto llegues con tus señas. Te prometo que en cuanto reciba la carta te contestaré. De todas formas mañana me acercaré a la estación para despedirnos. Nosotros no saldremos hasta pasado mañana.

Fueron caminando, en formación, desde el hotel hasta la cercana estación. Ellos con sus trajes de gala de marineros y gorra con visera negra de hule. Ellas con su amplia boina blanca y el pompón azul y todos con el pañuelo de pionero al cuello.

Les costó decir adiós a alguno de los cuidadores y maestros con otros destinos. De los que no iban a Moscú tuvieron que despedirse en el hotel ya que no les permitieron ir a la estación para evitar que, por equivocación o travesura, alguno acabara subido al tren equivocado.

-Adiós otra vez, Tino; estoy convencida de que volveremos a vernos, te digo lo que hace unos días: crece pronto –Lola le dio un fuerte y prolongado abrazo.

Tino quedó aturdido entre la emoción del sentimiento y la sensación del abrazo al sentir contra su pecho el de Lola. Que impresión tan nueva y diferente. No tenía nada que ver con el abrazo de sus hermanas, que le gustaba como muestra familiar su cariño y mimo, pero qué distinto al contacto. Esto, en cambio, le sorprendía con una nueva emoción que instintivamente creía interpretar.

Con los pitidos del tren y los primeros traqueteos agitaron sus manos; unos desde las ventanillas, y otros desde el andén.

Al poco de ponerse en marcha pasó una enorme inspectora por el compartimiento que le había tocado junto a otros siete chicos. Había una revisora por cada vagón, al lado de la puerta de cada uno tenía su puesto con una pequeña mesa y un estante donde se apoyaba un samovar.

Llevaba una bandeja con ocho tazas con té. Entregó una taza a cada uno y a continuación emitió unas breves sentencias que sonaban a órdenes rigurosas. El traductor que la acompañaba las repitió en castellano con fuerte acento:

-A partir de las diez, silencio. Los baños al fondo del vagón. Está prohibido fumar.

Uno de los chicos mayores torció el gesto; había conseguido una colilla que había pensado encender pronto.

Cuando se quedaron solos, uno de los chavales que era de Infiesto y al que llamaban “Calcetu” por haber llevado en el barco desde Gijón varios pares puestos, unos encima de otros, quejándose constantemente de frío, se dirigió al potencial fumador:

-Yo que tú, no lo hacía. ¿Has visto que muyer tan grande con pinta de fiera?

-¡Desde luego! –contestó el otro con retranca–. Seguro que a las del batallón femenino que resistió en el Palacio de Invierno las reengancha- ron luego: a unas en las duchas públicas y a otras en los trenes. Tienen la misma pinta. Deben ser ellas mismas con veinte años más.

– Tién les tetes más grandes que las de mi vaca. Ten cuidado que si te da de mamar afuégate.

– ¡Menos mal que el té no lleva leche!

El tren traqueteaba acercándoles a su nuevo futuro.


*Nota: Hasta 2018, aún no ha habido ninguna mujer directora del Museo Hermitage, al igual que en otras muchas de las principales pinacotecas del mundo.

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Capítulo 17

Pisaré sus calles nuevamente. Todos los capítulos publicados
Novela histórica de Pablo Fernández-Miranda de Lucas, por entregas en Nuevatribuna

Capítulo 18 | Leningrado. Octubre de 1937