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viernes 20/5/22

Capital y Trabajo, ¿definitivamente arriba y abajo?

12.01.2009 ...Es más, debería estarlo por el bien del trabajo. Debería estarlo si las fuerzas sindicales y las organizaciones de izquierda se sacuden su estupor ante la crisis y comienzan a tomar la iniciativa en medidas que favorezcan la innovación económica desde la innovación social. El tema es central y ya está planteado claramente desde otras instancias.
12.01.2009
...Es más, debería estarlo por el bien del trabajo. Debería estarlo si las fuerzas sindicales y las organizaciones de izquierda se sacuden su estupor ante la crisis y comienzan a tomar la iniciativa en medidas que favorezcan la innovación económica desde la innovación social.

El tema es central y ya está planteado claramente desde otras instancias. Stephen Roach, cualificado analista como economista jefe de Morgan Stanley (ahora, vicepresidente para Asia) lleva años defendiendo que el campo de batalla de la globalización “obliga” a Occidente a seguir disminuyendo el peso de las rentas del trabajo. Defiende que la salida de cualquier escenario de crisis en los países desarrollados debe ser, esencialmente, una “wageless recovery” es decir una recuperación basada en un nuevo descenso de los salarios reales. Es necesario, viene a decir, llevar hasta el final la supremacía del capital sobre el trabajo.

Los hechos que acentúan la actualidad del debate están claros. Antes de que la presente crisis financiera nos recordara la de 1929, otro parámetro menos visible, la distribución de la renta en EEUU entre capital y trabajo, había retrocedido a los niveles previos a esa fecha fatídica, reflejando un sesgo sin precedentes a favor de los beneficios empresariales. Esa tendencia se había reforzado con la disminución de las ganancias no salariales (sanidad, pensiones) percibidas por los trabajadores, resultado de las políticas privatizadoras. En todos los países de la OCDE se ha intensificado el mismo desequilibrio en los últimos años, también en España.

Si ambos fenómenos, crisis financiera y desigualdad de rentas, son simultáneos es porque están interconectados, son manifestación del mismo modelo empresarial y deben participar del mismo diagnóstico.

Sin embargo, ¿qué es hoy exactamente el capital? Simplemente, un factor de coste más, un recurso financiero que se adquiere en el mercado servido por los fondos de inversión, verdaderos mayoristas del capital como recurso. No es ya, propiamente, un factor de poder algo que descansa sobre los primeros ejecutivos, apoyados en minorías de control. Ha sido precisamente la concentración y opacidad de ese poder, soporte de los modelos empresariales que hasta ayer constituían paradigmas, los que están en el origen de la actual crisis. Los mismos que han propiciado estrategias simples de negocio basadas en el apalancamiento financiero y en la debilidad objetiva del trabajo considerado como mera fuerza de trabajo.

Pero la crisis está aquí y ya es de todos. Descargar sobre el trabajo el ajuste de la crisis es una temeridad. Lo es porque provocaría un nuevo hundimiento de la demanda, pero también y sobre todo, porque es imprescindible cambiar el modelo económico y volcarlo hacia nuevas industrias más intensivas en conocimiento, para multiplicar la innovación y la productividad. Y ese objetivo es incompatible con la precaria y continua rotación de recién licenciados o con modelos empresariales que requieren la expulsión sistemática de trabajadores expertos mediante prejubilaciones forzadas.

Y, sin embargo, es imprescindible impulsar una flexibilidad solidaria ante la crisis para que no descargue su factura exclusivamente sobre el empleo. El descenso de los salarios, en un 10% o más, está siendo incorporada por algunos sindicatos británicos como variable negociadora para aliviar el ajuste de empleo. Es una medida defensiva e insuficiente. Cuando la desconfianza se ha instalado en la economía es necesario poner en valor, desde la lógica del trabajo, los controles internos de las empresas. Si se pretende evitar que una minoría de ejecutivos, comportándose como monarcas absolutos se apropie de los beneficios colectivos, es necesario saber qué es lo que se espera del trabajo en las empresas. Y en qué pueden contribuir a ese control. La lógica del buen gobierno y la responsabilidad empresarial no puede imponerse desde fuera pero se queda vacía si no se vincula a la reconstrucción de un modelo de convivencia basado en la revalorización del trabajo y en su nuevo engranaje con el capital. Los trabajadores tienen derecho a capitalizar en acciones el riesgo que implica los sacrificios actuales.

Alemania, país con un modelo de cogestión que facilita la participación de los trabajadores en el control, seguía siendo en 2007 el primer país exportador del mundo a pesar de sus altos salarios. Los trabajadores de buena parte de las grandes empresas tecnológicas americanas son también accionistas de sus compañías. A pesar de décadas de hegemonía neoliberal, sigue habiendo 11.000 firmas norteamericanas acogidas a los programas ESOPs fundados en 1971 (Employee Stock Ownership Plans, planes de propiedad accionaria de trabajadores) que emplean a casi un 20% de la fuerza de trabajo e incluyen el 14% de las compañías que cotizan en bolsa, las que tienen más valor.

Ningún modelo social es perfecto, pero son más imperfectos los que propagan un creciente desapego entre empresa y trabajador. Los profesionales deben asumir el destino de sus empresas, ser parte de ellas y de su accionariado, implicarse en su competitividad y estabilidad. El mundo del trabajo debe saber sumarse a las alternativas más racionales y factibles, aquellas que combinen eficacia y participación, para articular los deseos de los verdaderos interesados en su futuro: los accionistas, las instituciones, las asociaciones de usuarios y las empresas de servicios que han acogido el trabajo externalizado.

Es necesario un pacto a largo plazo que permita compartir riesgos, sacrificios y beneficios. Y decisiones. Impulsar social, legal y fiscalmente estos cambios es parte de las verdaderas reformas estructurales que reclama la situación. Ese es hoy el verdadero test para una política socialdemócrata.

Ignacio Muro Benayas
Economista y profesor de periodismo en la Universidad Carlos III.
Autor de “Esta no es mi empresa” (Ecobook, 2008)

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