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domingo. 25.09.2022

Capacitar a Europa como forma de vida

A lo largo de un periodo de continuas turbulencias, a través de sucesivos Consejos europeos que se presentaban como históricos, han ido paliando los líderes europeos, mal que bien, la crisis de deuda de los Estados en buena medida propiciada por la ausencia de una integración fiscal de la moneda única.

A lo largo de un periodo de continuas turbulencias, a través de sucesivos Consejos europeos que se presentaban como históricos, han ido paliando los líderes europeos, mal que bien, la crisis de deuda de los Estados en buena medida propiciada por la ausencia de una integración fiscal de la moneda única. Sin embargo, esta ausencia no significa que no se hayan ido adoptando decisiones muy importantes: se ha dado un avance histórico en la coordinación de las políticas económicas de los 17 países del Euro, y también pasos adelante en relación a la gobernanza global, por ejemplo las finanzas.

En cualquier caso, los mercados han demostrado ser mucho más rápidos que la política: la institucionalidad de la UE, y en especial de la zona Euro, opera con dificultades en un contexto de mercados financieros globalizados. En este periodo, desde la UE se han puesto en marcha mecanismos ambiciosos para corregir las disfuncionalidades causadas por unos mercados que ponen en riesgo economías enteras, al Euro, e incluso a la propia UE. A modo de síntesis podemos enumerar los siguientes:

- Nuevo Marco Europeo de Supervisión Financiera, que incluye dos componentes, el Consejo de Riesgo Sistémico y las nuevas autoridades de supervisión microprudencial, entre las que se encuentra: la Autoridad Bancaria Europea, formada por los bancos centrales de los estados miembros y el BCE que se encarga de la regulación y supervisión del sistema bancario europeo, y está orientada a controlar a las entidades financieras para prevenir desequilibrios como los que dieron lugar a la crisis de 2008. Este sistema a nivel europeo tiene su correlato a nivel de G-20 en el Consejo de Estabilidad Financiera (a su vez promotor de Basilea III sobre nuevos requisitos de capital para las entidades financieras).

- Ligada a la anterior, la recapitalización y reestructuración de bancos europeos en dificultades, actualmente supervisada por los gobiernos, y que, posiblemente requiera una intervención masiva del Banco Central Europeo (algo que ya ha hecho de forma tímida en dos ocasiones a lo largo de esta crisis).

- La Tasa de Transacciones Financieras, que el Presidente de la Comisión, Barroso, acaba de proponer formalmente en el presupuesto europeo, no solo como elemento disuasorio ante la especulación, sino como elemento a formar parte de los “recursos propios” de la UE, con una recaudación estimada de 55.000 millones de Euros. La TTF se halla actualmente en fase de discusión. Si originalmente estaba supeditada a su puesta en marcha a nivel global (como propuesta europea en el G-20 de Pittsbourgh), ahora se plantea incluso solo dentro de los límites de la UE.

Sin embargo, estas medidas han venido lastradas por la ausencia de un verdadero espíritu de proyecto común, de creación de espacio político y económico real, o de una unión de pueblos, como se define a la UE en el Tratado de Maastricht. En este sentido, es notoria la ausencia de políticas que deben propiciar la construcción de ese espacio político propio y solidario. Se echa en falta una propuesta real y articulada de la Comisión Europea de crear una agencia de rating europea independiente, que sirva de referente a los inversores además de las otras agencias (Moody’s, Fitchs, Standard and Poor). Respecto a la lucha contra la evasión fiscal y los paraísos fiscales, aquí la acción de la UE se vincula al nivel del G-20, sin liderar un proyecto propio o arbitrar medidas específicas a tal efecto.

Pero lo que notoriamente falta es una arquitectura política eficaz para realizar un proyecto de crecimiento, desarrollo y sostenibilidad compartidos: lo que Tony Judt denominó en su libro Posguerra, forma de vida. Es cierto que en los tres últimos años se ha producido un avance muy notable en la construcción de una gobernanza económica dentro de la UE, en particular en la Eurozona. En su origen, la Unión Económica y Monetaria presentaba debilidades notorias en su diseño institucional que se han puesto de manifiesto con la crisis. La más importante fue la falta de una verdadera unión económica y fiscal para contrarrestar la pérdida de instrumentos de política económica, como el tipo de cambio, la política monetaria o el control los tipos de interés, que pasaron a depender del Banco Central Europeo. Unido a eso el BCE recibió un mandato muy claramente enfocado en la lucha contra la inflación, dejando la promoción del desarrollo y el mantenimiento del nivel de empleo, como objetivos secundarios (a diferencia de la Reserva Federal norteamericana o el Banco de Inglaterra, por ejemplo). Esto es, las políticas económicas siguieron siendo competencia de los estados miembros del Euro, aunque han quedado notoriamente encorsetadas por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento que, en realidad busca una convergencia de los indicadores presupuestarios (déficit y deuda).

Construir Europa como forma de vida es definir claramente una coordinación de todas las políticas según la cual, Europa crezca y se fortalezca a partir del desarrollo armónico de todos sus Estados y no solo a través de los dictados de la economía más fuerte. En este asunto, Europa muestra separaciones peligrosas: La primera – que en cierto punto puede ser entendible – se observa en el peso real de los Estados que estuvieron en su fundación (Italia, Francia y Alemania, especialmente estos dos últimos) frente a la nueva Europa del este, pero también se puede observar cómo España, desde la marcha de Felipe González, ha perdido importancia. España forma parte de Europa, pero el núcleo duro no acaba de considerarla una de sus pares y tratarla al mismo nivel. Sin embargo, esto no fue siempre fue así: España tuvo un peso decisivo al principio de la década de los 90 no tanto porque se considerara a España un país importante, sino por el incuestionable liderazgo que supo ejercer Felipe González. Liderazgo que no ha sabido jugar Aznar (que se alistó con Bush), ni Zapatero (que se mostró incapaz de tener una voz propia o buscar alianzas), ni es previsible que el melifluo Rajoy haga nada por su propia incapacidad política. La segunda separación se da entre el norte rico y el sur pobre: en este asunto Francia, con Sarkozy, no ha sido más que el mayordomo de Merkel mostrándose torpe a la hora de tender un puente entre Italia, España y Alemania. La tercera separación se da entre Reino Unido y la Europa continental. Pero contrariamente a lo que se piensa, la diferencia no viene por cuestiones económicas. El Reino Unido no es más liberal que Europa, ni Europa más social. Es un problema puramente político. Reino Unido concibe a Europa como un espacio de perfeccionamiento nacional que, en cualquier caso, no puede ser incompatible con peculiaridades que no quiere perder (por ejemplo, el estanque de tiburones que es la City de Londres que campa a sus anchas y reporta pingües beneficios). Un equilibrio difícil que, en cualquier caso, ha permitido a Reino Unido, hasta la fecha, seguir vinculado a una Europa a la que solo pudo entrar tras la marcha de De Gaulle (que siempre boicoteó su acceso), tras el referéndum de 1973. Pero esta situación puede cambiar en el momento actual, cuando el proyecto europeo, o más específicamente, su ethos de forma de vida, solo se construirá de manera efectiva forjando un espacio público superior que merme decisivamente la autonomía de los Estados. Si Reino Unido no entiende que ese proceso lleva necesariamente a compartir soberanía, tendrá que abandonar Europa. Y, a este respecto, las elites políticas e intelectuales de la isla, saben que las consecuencias podrían ser muy negativas.

Europa como forma de vida tiene que solidificarse en un proyecto de construcción armónica entre estados, pero especialmente, entre sociedades. Solo sobrevivirá de este modo. En el momento actual, Alemania está equivocando la estrategia, obsesionada por la crisis de la deuda sin tener en cuenta la crisis de crecimiento y empleo que está induciendo esta política de ajustes drásticos, sin la compensación de políticas activas para animar la demanda hasta que arranque la inversión privada. El discurso que debe subyacer – y que Alemania no pone sobre el tapete, ni tampoco Sarkozy – es que muchos ciudadanos están teniendo que soportar enormes sacrificios y una clara degradación económica o moral, para salvar el funcionamiento económico de Europa. Muy al contrario, Sarkozy no ha parado de alertar a los franceses del peligro de acabar como España si no lo votan a él. El silogismo es tan absurdo que se desmonta por sí solo: España, no ha tenido otro remedio que seguir fielmente las políticas que dictan Sarkozy y Merkel y esas políticas la están llevando a la ruina. Y es precisamente por este motivo, en el nombre de todos y cada uno de esos ciudadanos, por el que Europa ha de forjarse como ethos de estilo de vida. Y eso supone necesariamente crear un gobierno económico europeo que sea capaz de modular el ajuste presupuestario sin renunciar a objetivos razonables de déficit; impulsar inversiones con el Banco Europeo de Inversiones y con el Fondo del mismo nombre; pedir a Alemania que utilice sus márgenes de crecimiento interno; acordar que el Banco Central Europeo cumpla una función semejante a la Reserva Federal; regular el funcionamiento del sistema en la Unión, incluida la tasa a las transacciones financieras, que no afectan al funcionamiento del sistema financiero sino a los movimientos especulativos a corto plazo. El Banco Central Europeo tiene que bajar los tipos al nivel de Estados Unidos o Reino Unido; debe comprar deuda soberana, sin excusas innecesarias, para limitar el poder de los especuladores y bajar drásticamente las primas de riesgo que arrasan la economía europea. Claro que esto no significa que se permita la indisciplina en la eurozona. La gobernanza económica y fiscal de la Unión debe entenderse como cumplimiento de obligaciones para ser acreedores de la solidaridad del conjunto. Para lograrlo, sería imprescindible crear una fiscalidad europea, esto es, dotar a Europa de competencia para recaudar impuestos específicos, para ejecutar políticas contingentes en cada Estado según una estrategia conjunta y la coyuntura que contribuya al funcionamiento armónico de la Europa.

Hay que corregir el rumbo de la Unión y hay que hacerlo ya. Graduar en el tiempo la lucha contra el déficit de manera acordada y con un paquete de premios y sanciones para todos por igual, es algo inaplazable si no queremos vernos lastrados por varios años más de depresión.

El compromiso de estabilidad presupuestaria debe abarcar a todos los países de la zona euro. Y con ese compromiso debe ponerse en marcha el mecanismo del Bono Europeo hasta el límite del 60% de deuda que establece el Pacto de Estabilidad. Al mismo tiempo, los países de la Unión, no solo del euro, tienen que mejorar su competitividad. Todos los acuerdos sociales y las reformas estructurales deben guiarse por ese objetivo de ganancias de competitividad, desde la negociación colectiva a la formación profesional, pasando por la simplificación administrativa o la reforma judicial. Nuestra opción para construir una Europa como forma de vida basada en una sociedad integrada a través del Estado del bienestar que permitan la seguridad y la movilidad social o, más genéricamente, el progreso estable, no es competir por costes salariales bajos, sino por ganancias de productividad, por excelencia, por innovación. Solo así, seremos capaces de sostener nuestro PIB y no vernos arrastrados por los países emergentes como China donde los costes laborales son mínimos. Una tarea en definitiva, que pasa decididamente por políticas de inversión e innovación pública, así como por la potenciación de la formación permanente del capital humano de las empresas.

Europa es una realidad como proyecto histórico. Ahora bien, ese proyecto, como forma de vida, que para Felipe González cristaliza en el ethos de la paz, la libertad y la cooperación solidaria entre adversarios históricos, solo tendrá legitimidad cuando lo dotemos de capacidad. Y esa es una decisión política.

Capacitar a Europa como forma de vida
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