jueves. 20.06.2024

Bin Laden y el paro

Parece que Bin Laden no tenga nada que ver con la crisis económica que empezó con las subprimes americanas en el verano de 2007.

Parece que Bin Laden no tenga nada que ver con la crisis económica que empezó con las subprimes americanas en el verano de 2007. Pero la muerte de Osama a manos de los comandos de Obama, como se suele decir haciendo un fácil juego de palabras, y los casi 5 millones de parados que asolan la economía y la sociedad española llenan la actualidad de estos días y es difícil escoger cuál de los dos temas tratar en esta crónica de la crisis. Pero me temo que, sin brotes verdes a la vista, habrá mucho tiempo para hablar del paro y de la crisis, mientras que la desaparición de Bin Laden puede cerrar una época iniciada el 11 de septiembre del 2001 y que se acaba con “la primavera árabe”. Y además, Bin Laden puede haber jugado en el desencadenamiento de la crisis económica un papel mayor de lo que puede parecer a simple vista.

Pasado el primer efecto sorpresa de su muerte, los comentarios se han centrado en el juicio jurídico-legal-moral de las circunstancias de su muerte. El “se ha hecho justicia” de Obama se compadece mal con lo ocurrido que en realidad es un acto de venganza buscando deliberadamente evitar la intervención de la justicia en el sentido procesal del término.

Pero más allá de ese debate sin fin, el asesinato extrajudicial de Osama es en realidad su segunda muerte, una muerte biológica que coincide con una muerte política en la que los americanos no tienen nada que ver. Esa muerte política se podía leer en las banderolas de los manifestantes de la “primavera árabe” de Túnez y El Cairo pidiendo democracia y libertad, y no la instauración del califato de Al Qaeda. Esas revoluciones inesperadas son la obra de las generaciones postislamistas, que no gritan contra Occidente sino contra sus dictadores, aunque estos se hayan mantenido durante tanto tiempo gracias al apoyo de nosotros los occidentales.

Eso no quiere decir que se haya acabado la amenaza del terrorismo que lleva su marca ni que sus filiales en el Magreb o en el Sahel se disuelvan de la noche a la mañana. Pero su muerte se produce cuando su sueño de restauración violenta del califato y el retorno a los orígenes del Islam se desvanece ante el cambio de los valores culturales de las nuevas generaciones de musulmanes, al menos en las riberas del Mediterráneo.

Pero la influencia de Bin Laden en este principio de siglo habrá sido enorme .Y lo habrá sido a través de los cambios que sus ataques terroristas han producido en la mentalidad de los americanos. Osama cambió a Estados Unidos y no siempre para bien. Los ataques del 11 de septiembre de 2001 causaron que EEUU se embarcara en dos guerras, la de Irak y la de Afganistán, que todavía no han terminado. La primera es la más cara y la segunda la más larga de todas en las que han participado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Antes del 11 de septiembre, G. W. Bush ya buscaba la excusa para atacar Irak, pero Bin Laden contribuyó a darle una, aunque estuviese basada en la mayor de las falsedades. El régimen de Bagdad no tenía nada que ver con Al Qaeda ni había ningún riesgo de que le suministrara las armas de destrucción masiva que nunca tuvo.

Además, Bush no quiso que los americanos pagasen con impuestos los costes de esas guerras y las financió convirtiendo el superávit heredado de Clinton en un gigantesco déficit público y un endeudamiento privado mayor todavía. Así, Osama contribuyó a que se produjera ese desequilibrio estructural en la economía americana que está en las raíces de la crisis que soportamos. No estaría en sus planes, pero los acontecimientos que desencadenó su ataque a Nueva York condujeron al debilitamiento de la economía del mundo occidental que ha acabado afectando más gravemente a países como España que a los propios Estados Unidos, es decir, más a la periferia que al centro del sistema capitalista como solíamos decir en nuestros análisis de juventud.

Pero el peor cambio producido por el difunto Osama no fue económico ni geoestratégico, sino psicológico. El sentimiento de vulnerabilidad ante ataques extranjeros en suelo americano, la primera vez que ocurría, con la excepcional excepción de Pearl Harbour, condujo a la declaración de la “guerra contra el terror” y a la invención del “eje del mal” y al “estás conmigo o contra mí” que caracterizó la respuesta de Bush a la destrucción de la Torres Gemelas de Nueva York. Y, desde entonces, Bin Laden, icono del mal envuelto en su turbante y supuestamente escondido en alguna cueva de las montanas de Afganistán, se convirtió en el fantasma que atemorizaba el sueño de los americanos, en un símbolo de un peligro más peligroso que el que fue el nazismo. A fin de cuentas, Hitler nunca soltó una bomba sobre América y sus ejércitos eran una realidad más tangibles que la difusa red de Al Qaeda.

Por aquel entonces los Estados Unidos generaron una oleada de simpatía y solidaridad. Pero ese “todos somos americanos” se desvaneció ante el abuso del poder y la fuerza de los Bush, Cheney y Rumsfeld. Aquellos lodos causaron Guantánamo y Abu Grhaib, la denegación del habeas corpus y la judicialización del uso de la tortura. Y esos excesos fueron los mayores éxitos de Bin Laden y la justificación de su diabolización de América.

La “guerra contra el terror” continuó transformando la mentalidad de la sociedad americana hasta que los propios americanos se acabaron hartando y eligieron a Obama. Y ahora que éste ha conseguido su mayor éxito al liquidar al fantasma que alimentaba la obsesión securitaria, que a su vez justificaba la limitación de las libertades públicas y los enfrentamientos maniqueos, es hora de que los americanos cambien los esquemas mentales producidos por el trauma del 11 de septiembre. Se habrá acabado entonces la época que empezó con Osama y acabó con Obama. Pero qué nos ha dejado detrás una crisis económica que parecía que iba a impulsar un cambio profundo en el sistema capitalista globalizado y que en realidad está provocando una enorme regresión social en Europa, ante la cual la izquierda parece impotente.

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