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miércoles. 10.08.2022

Benidorm y todo lo demás: esperando a Berlusconi

NUEVATRIBUNA.ES - 21.9.2009Es Benidorm ahora, pero no sólo Benidorm: son lo mil gestos de degradación, las semillas del desaliento, los síntomas de la dimisión colectiva y, sobre todo, del encallanamiento de los principales partidos. Se dice que la primera víctima de una guerra es la verdad; pues bien, la primera víctima de un acto de transfuguismo –o de otro tipo de corrupción política- es la inteligencia.
NUEVATRIBUNA.ES - 21.9.2009

Es Benidorm ahora, pero no sólo Benidorm: son lo mil gestos de degradación, las semillas del desaliento, los síntomas de la dimisión colectiva y, sobre todo, del encallanamiento de los principales partidos. Se dice que la primera víctima de una guerra es la verdad; pues bien, la primera víctima de un acto de transfuguismo –o de otro tipo de corrupción política- es la inteligencia. Por eso PP y PSOE se han dedicado estos días, primorosamente, a escupir a la inteligencia de los ciudadanos: he ahí, quizá, su más indigna responsabilidad.

Como la cultura política no se construye en abstracto, el imaginario del transfuguismo –y de buena parte de la política- se está edificando sobre los modelos informativos con más éxito: el deportivo y el del “corazón”. Así, las justificaciones de los sucesivos actos de transfuguismo se explican emotivamente por la necesidad perentoria de que gane el equipo propio; al fin y al cabo cada partido es el partido del siglo, y si es por bien de unos colores todo está permitido: los comentaristas propios nunca ven los penaltis de su propia formación, y siempre son inmensas las patadas del contrario; “¡este partido lo vamos a ganar!” es la voz que concita unanimidad, sobre todo si el equipo va mal; no importa el mañana, ni el descenso ni el ridículo: lo importante es ganar este partido y embolsarse las primas de la victoria. La prensa rosa aporta su capacidad para la banalización, para hacer subir a la epidermis lo que fuera susceptible de permanecer en las raíces: el honor, la vergüenza, las convicciones…. todo es vendido y comprado en ese cuarto de hora de gloria; observe usted algunas opiniones de políticos de la contornada: no sabrá si están hablando de la moción de Benidorm o de la emoción por las últimas desventuras de la hija de un tal Jesulín.

El escenario está dispuesto: si sólo vale el triunfo a corto plazo y la eliminación de razonamientos mínimamente serios, nos adentramos en una escolástica de la corrupción: se trata de saber si los ángeles pueden cambiar de bando o si los concejales tienen sexo. PP y PSOE han asumido que lo que va sucediendo es malo, que ellos mismos son malos; se trata, sólo, de dilucidar quién es peor –“¡¡¡y tú más!!!”, que podrían gritar, con agradable punta de histerismo, Pajín, Cospedal o Esteban (González Pons o Belén, tanto da)-. Desde luego no hay ética ni valores autónomos y racionales que se puedan mantener a partir de estas tesis: todos deben dar igual asco, tanto por su verborrea de club nocturno como por la aniquilación de la razón en sus sinrazones. Y más aún: obsérvese, en el caso que nos hace delirar, la argumentación central de muchos socialistas: justifiquemos lo que nos pasa porque en el pasado hizo el PP lo mismo. Me permito recordarles que eso se llama “Ley del Talión” y que, harta de perder los ojos y los dientes, la civilización erigió la democracia en torno a principios que excluyeran esos argumentos; y en España la izquierda –también el PSOE, Dios se lo perdone- fue quien más se esforzó: por ética y porque le iba la vida en ello.

Pero lo más grave es que ninguno de los dos grandes partidos es capaz de pensar en lo principal: su incapacidad manifiesta para cumplir sus obligaciones constitucionales y, en concreto, para preservar la autonomía de la política democrática. Detrás de cada trásfuga, detrás de cada corrupción, detrás de cada tropa de asesores incapaces, detrás de cada proyecto urbanístico incomprensible, hay algún poder fáctico, algún empresario con prisas, algún mediador-conseguidor. PP y PSOE se prestan en demasiadas ocasiones a sacrificar su credibilidad para satisfacer los intereses privados de gentuza. Y lo demás son pamplinas, vacuidad en las palabras y codicia de dinero o/y de salir en las fotos. Eso puede cambiarse con reformas en la Ley Electoral y en un montón de campos en los que las leyes podrían ayudar a los éticos a que no degenere más la vida política. Pero ni PP ni PSOE están por la labor. Y el que está pierde. Y el que gana, llevado por el instinto del cazador, se cabrea por artículos como este, que para eso estamos.

Se está convirtiendo en un entretenido pasatiempo preguntar cómo es posible que Berlusconi triunfe en un país como Italia. Aquí, incluso, nos sentimos satisfechos por nuestra ventaja moral. Berlusconi –dueño de equipo de fútbol y padre máximo de la prensa más esperpéntica- quizá sea irrepetible. Pero puede haber otros Berlusconis, siquiera sean de opereta. O Berlusconis fragmentarios. Pero lo suficientemente Berlusconis como para pasar por encima de las normas jurídicas, para doblegar al opositor y, sobre todo, para considerar que los límites éticos implícitos en la democracia no sirven para ellos. Pero para que Berlusconi fuera posible Italia debió atravesar años en los que la vida democrática se fue degradando, en la que todos parecieron iguales, en la que la corrupción afloró, en la que los grandes partidos fueron incapaces de propiciar reformas que pasaran por limitar su propio poder, hasta que el hastío consiguió brindar a Berlusconi la ofrenda de la resignación.

A mí me da lo mismo, dadas las circunstancias, quién gobierne en Benidorm. Primero porque intuyo que quien de verdad mandará no estará en el Salón de Plenos y, segundo, porque tanta vanidad desbordada, tanta opinión que no incluye ni traza de cordura y prudencia, han acabado por aburrirme. Pero no me da lo mismo saber que en Benidorm, en Denia, en La Vila, en los gabinetes de muchos políticos, quien de verdad gobierna es, ya, el Partido de los Berlusconis. No me da lo mismo: pero no sé qué hacer para impedirlo. Y así somos muchos, cada vez más: el Partido de Berlusconi va ganando.

Manuel Alcaraz Ramos es Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Alicante y Director de Extensión Universitaria y Cultura para dicha ciudad. Ha militado en varias formaciones de izquierda y fue Concejal de Cultura y Diputado a Cortes Generales.

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